Capítulo 8 ''Abuso de poder''
Ya no era virgen, mis amigos me habían desvirgado, y ahora, el entrenador se ha enterado de ello, intenta forzarme, ¿me dejo? ¿me resisto?
Mi corazón galopaba a mil por hora, Iván estaba en la esquina de mi cuarto, tapado con el edredón de la cama, le notaba agitado.
Escuché a mi madre gritar desde abajo que fue ese golpe, refiriéndose a la silla caer al suelo cuando mi hermana abrió la puerta.
Mi hermana gritó que se había tropezado, se hizo el silencio, a los segundos, la luz del pasillo se apagó, pude verlo por debajo de mi puerta, Soufián salió del baño con una toalla en la cintura, mojado.
—¿Qué ha sido eso? —nos miró confuso.
—Su…, hermana…, nos ha pillado… —confesó Iván.
—¿Qué? —Soufián me miró, esperando alguna reacción de mi parte—. ¿Se va a chivar?
—No, no creo…, no…, no lo hará, no le dirá nada mi madre, si hubiese sido con una chica…, sí…, pero no creo que quiera amargarla… —dije sin estar convencido.
—Tío, ha sido muy fuerte, nos ha pillado y yo estaba dentro de Tomi, follándome a su hermano… —dijo Iván, ahora más calmado.
—Bro, no me jodas, habéis metido mucho ruido… —Soufián se tumbó en la cama, respirando hondo, se quedó dormido.
Iván se acercó a mí.
—Perdón, me dejé llevar, era mi primera vez…
—Iván, no pasa nada, mira, tarde o temprano lo iban a saber… —miré mi cuerpo, estaba todo sudado, mi ano manchado, me levanté—. Voy a ducharme e intentar dormir.
Iván se acostó directamente al lado de Soufián, yo, en la ducha, me empecé a limpiar a fondo, todo, el agua, templada, me empezó a calmar los nervios, aún estaba casi temblando por lo sucedido.
Al salir, me puse un pijama limpio, tuve que cambiar la sábana, estaba manchada también, la enrollé y la metí bajo la cama.
Me tumbé en mi cama, estaba reventado, miré por la ventana, el ruido de los grillos me relajaba, estaba durmiéndome.
—Tomi. —susurró Iván antes de dormirse.
—¿Qué…?
—¿Puedo dormir contigo?
No respondí, le escuché levantarse y subirse a mi cama, tumbándose a mi lado, le hice espacio, ambos nos mirábamos.
—Oye…, ¿te dolió…? —susurró el gitanito.
—No…, bueno, un poco, pero…, a la vez sentía placer, muy raro todo…
Silencio, intenté cerrar los ojos, pero Iván me volvió a desvelar.
—Tomi…
—Qué… —le miré
—Gracias por lo de hoy…
Me giré de lado, hacia la pared.
—No hay de qué…
Y nos dormimos así, cansados, satisfechos.
La alarma de mi escritorio comenzó a sonar de manera estridente, me levanté de golpe, Iván y Soufián también despertaron.
—Vamos, hay que ir a clase. —dije.
Bajamos abajo los tres, mi madre había preparado el desayuno, sonriente, como siempre, vale, no sabía nada, Claudia aún no abrió la boca.
—¿Y Claudia? —pregunté.
—Se fue temprano a la universidad, la ha recogido una amiga. —dijo mi madre terminando de vestirse—. Hoy llegaré un poco más tarde, te dejé de comida unas albóndigas, están en el frigorífico.
Me besó en la frente y se despidió de mis amigos, desayunamos en silencio, Soufián me miraba a veces y sonreía, le veía como más feliz, quería cazarme y lo logró.
—Oye, lo de anoche, queda entre nosotros, ¿va? —dijo Soufián.
—Sí, claro, no diré nada, fue solo un juego entre amigos, ¿no? —dijo Iván.
Yo suspiré, entre decepcionado y asimilando que ya sabía que pasaría eso, para ellos solo era eso, un culo que follar, dónde desahogarse.
—Sí, lo sé, fue un juego, lo pasamos bien, pero hasta ahí, seguimos siendo amigos, y creo que es mejor no repetirlo, para que no haya confusiones. —solté.
Ambos quedaron en silencio, creo que no esperaban eso, no sé si querían repetir, yo sí, pero me arriesgaba a pillarme por alguno de ellos, no quería eso, sabía que al final acabarían con alguna chica y me dejarían de lado.
—Vale, no hay problema, entonces dejamos aquí el juego, por mi perfecto, tienes razón, es mejor no arriesgar la amistad. —dijo Soufián.
Iván y yo asentimos.
—Pero antes de zanjar el tema, quiero que digas si te gustó, di que te gustó que Iván y yo te folláramos el culo. —soltó Soufián tras beber su vaso de leche y relamerse.
—Te gusta esto, ¿eh? —dije medio sonriendo.
Iván me miró, expectante.
—Sí, me gustó mucho que anoche me follarais, sentir vuestra leche dentro, me habéis follado muy rico, gracias.
—Joder, me he puesto duro. —confesó Iván tocándose sus partes.
Soufián se mordió el labio mirándome, los tres estábamos calientes.
Terminamos de desayunar y fuimos a clases, el miércoles no había entrenamiento, así que el día se sintió largo, como si se estirara más de la cuenta, después de comer, cogí la mochila y fui hacia casa de Marcos.
Y es que durante la clase me dijo de quedar tras almorzar, acepté la invitación, habíamos quedado, toqué el timbre de su casa al llegar, pasaron unos segundos, y fue Hugo quien abrió.
—Ah, eres tú. —dijo, sin sorpresa—. Marcos no está, dijo que no tardaría.
Me quedé en el umbral, incómodo.
—Vale, no sabía, quedé con él, pero bueno…
Hugo me miró un segundo, luego abrió un poco más la puerta.
—¿Quieres pasar? Estoy haciendo deberes, me vendría bien ayuda.
Dudé, solo un segundo.
—Vale. —respondí.
Entré, la casa olía a suavizante y algo dulce, como galletas recién hechas, aunque no vi nada en la cocina, subimos en silencio.
Su cuarto seguía igual, estanterías con cómics, la cama con sábanas de Spider-Man, el escritorio lleno de lápices y una luz tenue.
—Estoy atascado con lengua. —dijo, sentándose.
Me senté a su lado, dejé la mochila en el suelo.
—A ver, ¿qué temas te atascan?
Hugo me pasó el cuaderno, yo señalé la oración con el bolígrafo.
—Vale, mira, el sujeto está aquí. —dije señalándole en la libreta, me miraba atento.
Hugo asintió, sus ojos brillaban como cuando alguien entiende algo por fin.
—Tú sí que lo explicas bien.
—No es tan complicado cuando lo ves, solo es cuestión de saber dónde mirar.
Hubo un pequeño silencio, él se quedó observando el cuaderno, yo lo miré de reojo, no había tensión, solo calma, y a veces, eso es más raro que cualquier otra cosa.
Estábamos todavía repasando una frase cuando sonó la puerta de entrada, después, los pasos subiendo las escaleras, reconocí el ritmo antes de verlo.
Marcos asomó por la puerta, con el abrigo colgado del brazo y la mochila medio abierta.
—Ey. —dijo, medio sorprendido al verme—. No sabía que habías venido.
—Quedamos, ¿recuerdas?
Se rascó la nuca, la típica cara suya de "sí, pero se me olvidó".
—Cierto, perdona, fui a dejarle una cosa a Sara, pero ya estoy.
Se dejó caer en la cama, cogió el mando de la Play sin preguntar y encendió la consola, la pantalla iluminó la habitación con ese brillo azul familiar.
—¿Y eso? ¿Por qué trajiste la consola a vuestro cuarto? —pregunté.
—Mi madre, que le molestaba el ruido de los juegos mientras hace yoga. —dijo Marcos molesto—. ¿Una partida al Demon's Souls?
—Venga. —respondí, casi sonriendo.
—¿Puedo jugar? —preguntó Hugo desde la silla giratoria.
Marcos dudó un segundo, luego asintió.
—Claro, Hugo, te toca si palmamos. —dijo su hermano.
Y así fue, los tres frente al televisor, turnándonos con el mando, discutiendo si debíamos subir fuerza o resistencia, quejándonos por la cámara del juego, riéndonos cuando Hugo rodó sin querer y cayó por un acantilado.
—¡Tío! ¡Ese era el último enemigo! —gritó Marcos, sin enfado real.
—¡Fue sin querer! —se defendía Hugo, riendo con frustración por no llorar.
Estuvimos un par de horas, cuando la consola se apagó, ya de noche, nos quedamos unos segundos en silencio.
—Bueno, lo pasé genial, ¿nos vemos mañana en clase? —pregunté mientras me ponía el abrigo.
—Claro. —dijo Marcos.
—Me alegro que de nuevo seáis amigos. —soltó Hugo, sonriendo.
Tras eso, me marché a casa, estaba Claudia esperando fuera, respiré hondo, sabía que venía bronca.
—Te estaba esperando. —dijo cortante.
—¿Mamá está en casa? —pregunté.
—Sí.
—¿Se lo ha dicho?
—No.
—¿Se lo vas a decir?
—No lo sé, Tomi, ¿¿Qué vi anoche?? Tú…, estabas…
—Fue mi primera vez, Claudia, soy gay, ¿vale?, y estaba…, no sé…, experimentando con un amigo, nada más.
Mis manos estaban en los bolsillos de mis vaqueros, intentando evitar que temblaran, mi pierna derecha, en cambio, se movía con un temblor de nerviosismo que ella notó.
—¿No dices nada? —pregunté, nervioso—. Solo te pido que no le digas nada a mamá, prefiero hacerlo yo.
Caminé a la puerta y justo cuando me cruzo con ella me sujeta del brazo, la miré para replicarle y me da un abrazo.
Yo, en shock, me quedo quieto, sin saber qué decir o hacer, simplemente me mantuvo abrazado, estiré mis brazos rodeando su cuerpo y la abracé también, iba a llorar, hacía mucho no me abrazaba mi hermana.
Nos separamos y carraspeé intentando volver a la normalidad.
—Bueno, no le diré nada a mamá, díselo cuando estés seguro, solo espero que hayas tomado precauciones.
—Sí…, además, somos amigos, solo queríamos probar si nos gusta o no, ya sabes, esas cosas… —mentí.
—Vale, bueno, venga, cena y vete a dormir. —dijo sonriendo.
Los días fueron pasando, Soufián e Iván me trataban como siempre, como amigos, aunque los notaba incluso más cercanos, de vez en cuando hacían bromas sexuales y me miraban de reojo, sabía a qué se referían.
Por otro lado, Marcos lo dejó son Sara, el grupo estaba más unido que nunca, mi padre no me volvió a molestar, daba clase como un profesor más.
Llegó Noviembre, el frío comenzó a intensificarse, estaba en el entrenamiento, fue normal como siempre, tras terminar el partidillo, me quité la camiseta, la tiré al banco y abrí la regadera.
El agua caliente empezó a caerme encima, pesada, envolvente, estuve un rato mientras mis compañeros iban terminando y marchándose, cerré los ojos un segundo, solo un segundo.
Entonces escuché la voz del míster:
—Tomi, sal un momento, ven al despacho.
El tono no era de broma, tampoco urgente, era seco, tenso.
Cerré la llave del agua, me sequé rápido y me puse solo el pantalón corto de entreno, fui hasta su despacho aún con gotas bajándome por mi torso desnudo.
Él estaba de pie, apoyado en el escritorio.
—Siéntate.
Lo hice, notaba el banco de madera frío contra la piel mojada.
—No es por nada grave. —empezó—. Pero como segundo capitán, tienes que saber lo que se mueve en el equipo, lo bueno y lo que no tanto.
Me tensé sin querer.
—Vale. ¿Qué pasa?
Se cruzó de brazos.
—Me ha llegado. —y no diré por quién— Que Iván y Soufián han estado hablando de ti.
Me quedé callado.
—Escucha, lo que hagáis en los vestuarios, queda en los vestuarios, ¿os hacéis pajas grupales entre amigos? Me parece cojonudo.
El míster se acercó a mí y posó sus manos en mis hombros, los apretó y suspiró con fuerza.
—Lo que me JODE es que te han follado. —soltó de golpe.
—¿¡Qué?!? ¿De dónde sacó eso? Es mentira…
Intenté levantarme, pero el míster me mantuvo sentado en la silla, presionando mis hombros detrás de mí, le notaba tenso, ido, empecé a sentir miedo, me callé.
—Comentarios sueltos, entre risas, pero no en tu cara, y varios compañeros lo han oído, ahora eres el PUTO del equipo.
Sentí un golpe seco en el estómago, como si se me cerrara la garganta.
—Míster, no sé lo que escuchó, pero le juro que no hice nada… —estaba asustado, quería irme y llorar.
—Cosas como, ''Tomi ha dado el culo por ser capitán", o "ya ni es el mismo desde que le rompieron el culo".
Empecé a temblar, me sentía mareado, el míster movió la silla girándola para ponerse frente a mí, se puso en cuclillas y me miró enfadado.
—No es que te estén echando tierra, pero lo hacen a escondidas, y eso es peor, porque tú les distes confianza.
No dije nada, solo bajé la mirada, me rompí y comencé a llorar.
—No quería hacerte llorar. —añadió él, más suave—. Pero si quieres liderar, no puedes hacerlo con vendas en los ojos.
Me levantó la cara con su mano, se acercó y me besó en la boca, su lengua se introdujo en la mía, intenté resistirme, pero insistió, siguió besándome.
—Tú no mereces esto Tomi, yo puedo cuidarte…
Sus manos bajaron por mi cuerpo, me sujetó con fuerza y me puso de pie, me echó hacia atrás, poco a poco, hasta chocar con su escritorio.
—Míster… —mascullé.
Me tapó la boca con un dedo.
—No digas más, te ayudaré a sentirte mejor.
Con sus dedos limpió las lágrimas de mis ojos.
—Estos ojos, no merecen tristeza, yo te voy a dar placer, eres mi capitán favorito, deja que te haga sentir bien.
Sus manos se posaron en mi pantalón corto y lo deslizó hasta caer al suelo solo, me miró con lascivia, tocaba mi cuerpo como si fuese un manjar para él.
—Pare… —murmuré, sintiendo que se me apretaban los puños sin darme cuenta.
Pero el míster no paró, comenzó a lamer mi cuello, su lengua recorría mi cuerpo, bajando por él, sus manos se posaron en mis nalgas, las apretaba y estrujaba con fuerza.
No podía más, quería irme, quería parar, no quería esto, estaba incómodo, intenté resistirme, pero seguía, intentó levantarme encima de la mesa, ahí reaccioné, no pude más.
Le empujé y lo tiré al suelo de culo, su cara, de furia, me miró con rabia, apretando los dientes, se levantó y me cogió del brazo, intenté de nuevo empujarlo y me dió una hostia en la cara, haciéndome caer al suelo.
Mi mejilla izquierda me dolía, su mano, gruesa, me hizo un daño horrible, me ardía, le miré a punto de llorar, tumbado en el suelo, él me miró y parece que se dio cuenta de la situación.
—Tomi…, perdóname…, yo… —el míster me miró ido, respirando con dificultad, bajó la mirada y se marchó a paso ligero.
Empecé a llorar, desconsoladamente, me levanté con dificultad, me puse los pantalones y salí del baño.
—¿Tomi? —Marcos se acercó deprisa y me sujetó, me caía, me desmayaba—. ¿¡TOMI!?
Me sujetó y me llevó bajo una regadera, la abrió y el agua me espabiló, me sentía débil, comencé a llorar, Marcos no dijo nada, me abrazó con fuerza, allí, abrazados, mientras el agua mojaba mi cuerpo y su ropa.
Tras un rato, le dije de irnos, me puse una sudadera y nos acercamos a una cafetería que había cerca, entramos y fue a la barra, estaba chorreando, la calefacción del local me calmó.
La cafetería quedaba a tres calles del campo, pequeña, con las luces cálidas encendidas, olor a café y croissants del día, había una mesa al fondo, junto al ventanal empañado por el frío.
Allí me senté, Marcos pidió dos Latte macchiato calientes, se sentó frente a mí, apoyando los codos en la mesa, anochecía fuera, y algo en mí también.
Sujeté el vaso de cristal con fuerza, bebí un poco, su sabor me hizo entrar en calma, ahora más aliviado.
—¿Vas a contarme qué ha pasado? —preguntó, con ese tono serio que usaba cuando dejaba de bromear.
Miré hacia un lado, los cubiertos, el azucarero, cualquier cosa menos a él, no estábamos solos, había una pareja y otras dos chicas, no muy lejos de nosotros, también un chaval con su portátil, trabajando en él.
—No fue nada —dije.
—Tomi…, te conozco, tío, además… —sus dedos se posaron en mi mejilla.
—Auch… —me quejé.
Mi mejilla me ardía.
—¿Quién te ha pegado? —me miró con seriedad.
—No pasa nada, Marcos.
Él apretó los labios.
—¿Fue el míster?
Guardé silencio, tomé otro sorbo de mi café, tragué y volteé la mirada a un lado.
—Te vi salir del despacho del míster, y él… —añadió—. No me mires a la cara y digas que no es nada, joder, estaba fuera esperándote y le vi salir corriendo, supe que algo había pasado, y entonces cuando entré te vi…
Sentí la garganta seca, el pecho cerrado, y las ganas de llorar ahí, en medio de aquella cafetería, con canciones tranquilas de fondo.
Tragué saliva, y hablé.
—Él…, me dijo cosas…, feas, muy feas, cosas sobre mí, sobre lo que se dice.
Marcos frunció el ceño.
—¿Qué cosas?
—Me llamó maricón…, y me echó en cara cosas que no he hecho, o que…, ni siquiera le incumben…
El silencio fue denso, solo se escuchaba la cucharilla golpeando en la taza de una de las chicas al otro lado del local.
Marcos habló muy bajito.
—¿No pasó nada más?
—No…
—Mientes.
—No miento.
Marcos alargó su brazo y sujetó mi mano, estaba temblando.
—Tiemblas, Tomi, estás temblando.
Apreté la mandíbula, resistí, no podía llorar, otra vez no.
—Tomi, ¿Qué te hizo ese hijo de puta?
—Él…, él me intentó abusar…
Me miró, sorprendido, aunque algo le decía que lo sospechaba.
—¿Te ha…?
—¡No! Te lo juro, le empujé y me pegó. —dije en bajo, evitando que nos escuchasen.
—Vamos a denunciarlo, ¡Ya!
Levanté la mirada.
—No.
—¿Cómo que no? Eso no se hace, no puede insultarte, ni abusar de su autoridad, ni intentar abu…
—Marcos, no, no voy a denunciar, por favor no insistas.
Marcos apretó los puños sobre la mesa.
—¿Y con eso te basta? Es un puto violador, un abusador de mierda, le voy a romper la cara.
Sujeté con fuerza la muñeca de Marcos.
—No, por favor, déjalo estar, escucha, le diré al director que me trató mal y me pegó, así lo echarán.
—No estoy de acuerdo Tomi, debes contar la verdad, porque entonces puede repetir esto con otro chico, y quizás ese tenga menos suerte que tú.
Me callé, tenía razón.
—Tengo miedo…
—Lo sé, mira, mañana a primera hora voy contigo y hablamos con el director, le contamos lo sucedido, y ya vemos que dice, ¿vale?
—Vale…, no quiero que nadie sepa esto, nadie Marcos.
—Te lo juro, Marcos se puso en pie y me volvió a abrazar.
Yo no quería que se convierta en noticia en el instituto, solo quiero…, seguir, ya está.
Sus ojos se llenaron de rabia, pero no contra mí, contra él.
Esa noche solo obtuve el consuelo de Marcos, el cuarto estaba en silencio, apenas iluminado por la luz naranja de la farola que se colaba por la persiana, la casa estaba en silencio, le dije a mi madre que el golpe fue jugando al fútbol, dudó, no se lo terminó de creer, pero no insistió.
Yo estaba en la cama, de lado, con la manta hasta la barbilla, intentando no sentir, intentando dormir, pero no podía, cada vez que cerraba los ojos, volvían las palabras, las miradas, la rabia, el miedo, la duda.
Y entonces, me rendí, no hice ruido, no grité, no me moví, solo…, lloré.
Lloré como se llora cuando ya no hay nadie mirando, cuando ya no queda fuerza para esconderlo, lloré por todo lo que callé, por lo que no dije en el vestuario, por lo que no me atreví a contar a Iván o a Soufián, tenía que hablar con ellos, culpables de esto.
Por lo que sentí cuando el míster me miró como si yo fuera algo sucio, un juguete usado con derecho a volver a ser utilizado, me odié, odié ser así, anormal, por todo lo que dolía y que no sabía nombrar, lloré en silencio.
Toda la noche, hasta que el cuerpo se rindió, hasta que el sueño me encontró, empapado y temblando, pero por fin dormido.
La mañana había empezado igual que todas, pasillos fríos, olor a papel mojado, el murmullo de mochilas arrastradas y voces a medio gas.
Pero yo no estaba en automático, no hoy, Marcos caminaba a mi lado, sin hablar, ni una sola palabra desde que nos vimos en la entrada, solo un gesto suyo, una leve inclinación de cabeza, como diciendo ''vamos''.
Como si no hiciera falta explicar nada, subimos por las escaleras hacia el despacho del director, cada paso resonaba como si estuviéramos entrando en otro tipo de campo.
No el de fútbol, el de las cosas que importan de verdad, frente a la puerta del despacho del director, Marcos me miró.
—¿Preparado? —susurró.
—No, pero es lo correcto…
Él llamó a la puerta dando unos toques, una voz nos respondió desde dentro:
—Adelante.
Entramos, el despacho era cálido, demasiado, estanterías cargadas, diplomas colgados con marcos dorados que no combinaban entre sí, y una pequeña cafetera silbando en una esquina.
El director, un hombre de pelo blanco y cejas gruesas, nos observó por encima de unas gafas de lectura.
—¿Tomi? ¿Marcos? —dijo, como si no esperara vernos juntos allí—. ¿Qué ocurre?
Nos sentamos frente a él, las sillas eran más bajas que su escritorio, lo que hacía que pareciera aún más grande, más ''importante''.
Marcos fue el primero en hablar, su voz firme, sin rodeos.
—Venimos a hablar sobre el míster.
Entonces, el director alzó una mano, nos interrumpió.
—¿Cómo lo sabéis?
Nos miramos, confundidos.
—¿El qué… exactamente? —pregunté nervioso.
El director apoyó el bolígrafo sobre un montón de papeles, entrelazó los dedos y apoyó los codos sobre el escritorio.
—Esta mañana, a primera hora, me ha llamado, ha presentado su dimisión, dijo que tiene una urgencia familiar, algo ''grave pero irreversible'', según sus palabras.
Marcos y yo nos miramos, sorprendidos.
—Entonces… —yo no sabía qué decir, ¿y ahora qué?
—Ya se ha marchado de la ciudad. —continuó el director—. Supongo que ya lo sabíais, os lo diría ayer, ¿no?
No sabíamos qué decir, nos habían robado la escena que estábamos a punto de protagonizar, el director continuó.
—Supongo que habéis venido por eso, el tema es complicado, el equipo estará sin entrenador unos días, ya he contactado para que nos asignen un sustituto temporal, pero, de momento, os dirigiréis entre vosotros.
—Entiendo, ¿y los partidos? —preguntó Marcos.
—Eso es un problema, sin entrenador, no podréis competir, y mañana tenéis partido, me han dicho que tú, Tomi, eres segundo capitán, cuentas con mi confianza.
Asentí, sin saber cómo recibir eso.
—¿Y… qué veníais a decirme? ¿Lo del entrenador no? —preguntó, arqueando una ceja.
Marcos tragó saliva, yo respiré hondo.
—Pues…, la verdad es que… —Marcos me miró y negué con la cabeza—. Solo…, queríamos saber cuándo llegará el nuevo entrenador, sí, eso.
—Sí, porque tenemos que jugar mañana como sea… —añadí, casi como un eco—. O ya no podremos disputar por el título.
El director nos observó durante unos segundos.
—Os informaré en cuanto tenga noticias, podéis iros.
Nos levantamos, y salimos.
Y fue ahí, en el pasillo silencioso, con la puerta cerrándose a nuestras espaldas, cuando me di cuenta, el míster se fue como un cobarde.
Sin enfrentarlo, sin pedir disculpas, sin limpiar el daño, no sabía si me sentía aliviado o vacío, pero sí sabía que no todo lo que duele se cierra con justicia, por desgracia.
Marcos se fue directo al aula, yo me quedé en el pasillo, todavía dándole vueltas a todo y entonces lo vi.
Thomas, con unos cuadernos en la mano y su maletín negro de cuero en la otra.
Me vio, se paró.
—Ey, Tomi. —dijo.
No sonó incómodo, pero tampoco seguro, me acerqué.
—¿Tienes un momento?
—Claro. —enderezó un poco los hombros—. ¿Todo bien?
—El míster se fue, dimitió esta mañana.
Nadie sabía nada.
—¿Cómo? ¿Qué ha pasado?
—Dijo que tenía una urgencia familiar, se lo contó al director y desapareció.
—¿Y el equipo?
—Sin entrenador, el caso es que mañana jugamos, estamos a cinco puntos del primero, si no jugamos, habremos perdido el campeonato.
Me miró un segundo.
—Vaya, es una pena, y eso que queda un mes de competición, ¿no?
—Tú entrenaste a chavales, ¿no? Cuando eras más joven.
—Sí…, durante dos años, espera, ¿estás pensando en que me ofrezca?
—Estoy preguntando si puedes, los entrenamientos son de 17:00 a 18:30, Lunes, Martes, Jueves y Viernes, los partidos son los Sábados, solo por mañana.
—¿Y el director lo sabe?
—No, pero como segundo capitán podría proponérselo, con mi apoyo no habría problemas, pero necesito saber si vas a hacerlo.
—¿Estás seguro de que quieres que lo haga yo?
Me quedé callado, el timbre sonó, los chavales entraban en clases, revolucionados.
—¿Puedes? ¿O no? —pregunté seco.
—Vale…, sí, sí, puedo.
Silencio, unos segundos, me giré para ir a clase.
—Gracias por confiar en mí. —añadió.
Me encogí de hombros, me di la vuelta y me fui, mochila colgando, no hizo falta más.
En clase, el ambiente estaba más espeso que el aire de los pasillos, mi mejilla izquierda aún me ardía, al verme, Soufián preguntó por ello.
—Bro, ¿qué te ha pasado en la cara?
—Nada, un golpe tonto… —dije sin darle más importancia.
Marcos me miró de reojo, Iván hizo el gesto de levantar una ceja, como preguntando sin hablar, no dije nada, me limité a abrir el cuaderno y copiar el título que la profe acababa de escribir.
La clase se hizo eterna, los apuntes entraban y salían de mi cabeza como si fuera un colador, en el receso, Marcos se levantó para ir al baño.
Aproveché, me acerqué a ellos, Soufián e Iván.
—¿Tenéis un momento?
Ambos se miraron.
—Sí. —dijo Iván.
Salimos al pasillo, a ese rincón junto a la ventana que daba al patio, donde nadie escuchaba.
—¿Qué pasa, tío? —preguntó Soufián.
—Quería preguntaros algo, directamente.
Silencio, miradas, tensión leve.
—¿Habéis dicho algo de mí? —Solté.
—¿Cómo? —dijo Iván.
—Lo que se oye por el vestuario, lo de que ya no soy virgen, que me habéis follado, que me gané ser capitán con mi culo.
Me miraron confundidos.
—No, nosotros jamás diríamos eso, es mentira. —dijo Soufián serio.
—A ver, ¿de dónde sacaste eso tío? —Iván también se puso incómodo.
Soufián resopló y se apoyó en la ventana.
—A ver, el otro día, en las duchas, creímos que estábamos solos, Iván y yo, hablamos sobre lo que hicimos contigo, y entonces escuchamos un golpe seco, nos asustamos, pero no vimos a nadie…
—Joder Soufián, tío… —dije frustrado.
—Lo siento tío, ¿crees que lo hicimos aposta? ¿Quién nos escuchó? —preguntó el marroquí.
Me callé, no sabía qué decirles.
—No puedo decirlo, me juró no desvelarle, me lo contó porque dice que vio mal que dijeseis esas cosas… —mentí.
—Lo sentimos, no volverá a pasar. —dijo Iván cabizbajo.
—Eso espero, quedamos en que lo que pasó, pasó y de allí no debía salir, me habéis defraudado. —solté, ambos se dieron cuenta de mi decepción.
—La cagamos, lo sentimos, no se repetirá, lo juro. —dijo Soufián, Iván asintió.
—No lo hicimos con maldad, pero…, igual que tú tenías cosas dentro, nosotros también, y nadie sabía cómo manejarlo. —confesó Iván.
—Vale, que no se repita.
—No lo haremos. —dijeron casi al unísono.
Y en ese momento, volvió Marcos desde el fondo del pasillo.
—¿Qué pasa? ¿Comité de crisis sin mí? —preguntó, sonriendo.
Iván fue rápido.
—Nada, solo estábamos organizando lo de la pizza de esta noche.
—Pues contad conmigo, ¿no? —dijo Marcos, girándose hacia mí.
Yo lo miré, medí su expresión.
—Mañana tenemos partido, será mejor descansar. —dije.
—Pero si no hay entrenador…, no hay partido… —dijo Marcos.
—Ya tenemos entrenador. —afirmé.
—¿Tan rápido? ¿Quién es? —preguntó Iván sorprendido.
—Lo sabréis esta tarde. —respondí, y sonó el timbre, las clases seguían.
—Tío, ¿qué es esto? ¿Ahora vas de misterio?
—No seas pesado. —dije—. Solo venid al entreno a la hora y calentad bien.
—Si es el director con un silbato, me voy. —bromeó Iván.
—No es el director.
—¿Es joven al menos? ¿O uno de esos que van con cronómetro y cero carisma?
—Ni joven ni carismático, pero sabe lo que hace.
—Madre mía, qué nervios. —soltó Marcos con sorna.
Llegó la hora del entrenamiento, en el campo del instituto, el cielo estaba despejado, aunque el frío apretaba un poco más por la tarde, los chicos ya corrían en círculos, calentando.
Yo lanzaba pases cortos con Iker, en silencio, entonces lo vi venir.
Thomas, con chándal oscuro, deportivas bien atadas, una carpeta bajo el brazo y cara de no saber si sonreír o ponerse serio.
Marcos lo vio primero.
—No puede ser…
Soufián se giró.
—¿Ese no es…?
—¿Ese no es tu…? —soltó Iván.
—Sí. —dije, sin girarme.
Se hizo un pequeño silencio, pero nadie dijo nada más, Thomas se acercó, saludó al grupo con la mano levantada.
—Buenas, soy Thomas, bueno ya me conocéis, os doy matemáticas en clase, pero ahora voy a entrenaros hasta que llegue el sustituto oficial.
Los chicos lo miraban con una mezcla de confusión y respeto instantáneo.
—Vale. —dijo Iker, encogiéndose de hombros—. Mientras no grite más que el míster…
—No grito, mucho… —respondió Thomas, seco.
Se ganó unas risas leves, y ahí arrancamos, el entrenamiento fue limpio, eficiente, sin dramas, indicaciones claras, ejercicios conocidos.
Toques de balón, presión, repeticiones, combinaciones rápidas, Thomas no hablaba mucho, pero cuando lo hacía, se le escuchaba, en un momento, pasó cerca de mí y murmuró.
—Gracias por esto, de verdad.
Yo no respondí, solo me acerqué a recibir el pase de Iván, y seguimos, una jugada más, un paso más, sin tener que decirlo todo en voz alta.
El entrenamiento terminó con un par de series de tiros a puerta y estiramientos en círculo, nada fuera de lo normal, solo que había funcionado, nadie se quejó, nadie desentonó y eso ya era raro.
Nos fuimos al vestuario entre bromas, arrastrando las piernas.
—Tú mañana metes doble, cabrón. —le decía Iván a Marcos—, que hoy no diste ni una oportunidad.
—Yo hago magia, no milagros. —contestó Marcos, quitándose las botas.
Las duchas estaban encendidas, el vapor empañaba los espejos, agua caliente, risas flojas, voces rebotando en los azulejos, yo estaba en la esquina, bajo el chorro, cuando escuché la puerta del vestuario abrirse.
Pasos.
—¿Se puede? —preguntó una voz.
Mi padre, todos giramos, algunos se taparon por instinto, yo incluído.
—Eh, eh, tranquilos, que no miro. —soltó Thomas con una sonrisa, levantando las manos en señal de paz—. Vengo en son de paz.
Soufián levantó una ceja.
—¿Qué pasa, profe?
—Solo quería decir algo, nada raro, pero bueno, pensaba que, si os apetece, podríamos ir a cenar algo, una pizzería, algo rápido.
Mis amigos me miraron, esperando ver que decía yo.
—Es que abrieron una pizzería nueva a las afueras, no sabéis lo ricas que están, os llevo en mi coche y luego os dejo en casa.
Los tres se miraron, yo los miré a ellos, sabía que ellos sí querían, no podía hacerles el feo.
—¿Una pizzería? —preguntó Iván, secándose el pelo con una toalla—. ¿Invita usted?
—Invito yo. —dijo Thomas.
—Entonces no hay debate. —añadió Soufián—. Yo estoy dentro.
Marcos se encogió de hombros.
—A mí me vale, si a Tomi le vale.
Todos me miraron, esperando mi reacción, me pasé las manos por la cara, dejé que el agua resbalara, respiré hondo.
—Vale, vamos.
Mi padre sonrió, con ese gesto torpe que hacía cuando no sabía si la había cagado o no.
—Os espero en la entrada en media hora.
Y se fue, hubo un silencio incómodo.
—Tío, tu padre no está mal, se nota que intenta arreglarlo. —dijo Iván.
—Mejor que el anterior míster, ya te lo digo. —soltó Soufián y empezaron a lanzarse agua fría.
—Y encima pizza gratis. —dijo Marcos—. Se nota que quiere acercarse a ti.
Yo me limité a cerrar el grifo.
—Acabad rápido, no quiero ser el último en llegar.
El Land Rover negro rugió suave al arrancar, yo delante, al lado de Thomas.
Iván, Marcos y Soufián atrás, riéndose de cualquier tontería.
—¿Este coche qué lleva, un cohete debajo o qué? —soltó Iván, mirando el panel.
—Lleva clase. —dijo mi padre, sonriendo.
—Y suspensión de lujo, chaval. —añadió Soufián, golpeando el asiento con la palma—. Esto sí que es un coche joder.
Rieron, Thomas sonreía, cómodo, encajaba mejor de lo que yo habría imaginado, metió primera y giró el volante con calma.
—Entonces mañana el partido… ¿cuántos minutos aguantáis antes de dejar de correr? —bromeó.
—Depende. —contestó Marcos—. Si jugamos contra un equipo bueno, en el minuto quince ya estamos deseando que el árbitro se rompa el silbato.
—No seáis flojos, que os pongo a hacer abdominales hasta que perdáis el conocimiento. —soltó Thomas.
—Como el míster anterior… —murmuró Iván.
Silencio breve, yo miraba por la ventanilla, la ciudad se deslizaba a los lados, luces encendidas, la tarde apagándose poco a poco.
Y entonces lo vi, una figura, cazadora azul, la misma forma de andar, la barba, la cara girada hacia el paso de cebra.
Mi corazón se congeló, me enderecé, miré mejor, no, no era él, solo un tío, nada que ver, pero ya estaba hecho, el golpe, por dentro, me quedé quieto, mirando hacia delante.
Thomas me echó un vistazo, rápido, discreto, no dijo nada.
Solo bajó un poco el volumen de la radio y cambió de carril con cuidado.
—¿Estás bien, Tomi? —preguntó, sin levantar la voz.
—Sí…
Volví a mirar por la ventana, sin hablar, y dejé que mis amigos siguieran bromeando, riendo, mientras yo, en silencio, intentaba olvidar esa cara que no era, pero que igual me dolía.
Entramos en la pizzería y estaba a reventar, gente hablando alto, niños corriendo entre mesas, el olor a masa horneada flotando en el aire, Thomas se abrió paso hasta la barra.
—¿Mesa para cinco? —preguntó a la camarera.
—Dame diez minutos. —respondió ella, mientras anotaba en una libreta sin levantar la vista.
—Pedimos ya, ¿no? —dijo Marcos, sacando el móvil—. Yo quiero pizza con pollo, cheddar y aceitunas negras.
—Dos familiares. —añadí—. Así no peleamos.
—A mí con borde relleno. —dijo Iván.
—Tú con relleno y con complejo de estrella del fútbol. —le soltó Soufián.
—¿Y tú con qué complejo vas? ¿Con el de influencer de barrio? —dijo el gitano.
Se rieron, yo también, y en eso, Marcos me dio un codazo.
—Mira al de los pedidos. —susurró.
—¿Qué?
—El que está de pie al fondo, en la barra, el moreno, de camiseta roja, te está mirando desde que entramos.
Le lancé una mirada rápida, era verdad, un chico, unos veinte años, negro, con una sonrisa floja y mirada directa.
Me sostuvo los ojos, luego se mordió el labio inferior, como si supiera que lo había notado, me giré enseguida, rápido, como si me hubieran pillado robando.
—Joder. —solté en voz baja.
—¿Te conoce? —preguntó Marcos.
—No.
—Pues parece que sí. —dijo Marcos, bajando el tono con una media sonrisa.
—Tú cállate. —le dije, pero sin enfadarme.
Nos llevaron al fondo del local, una mesa contra la pared, justo bajo una lámpara cálida y una foto antigua de Nápoles, las pizzas llegaron rápido, extra de queso, el borde crujiente, aceitunas repartidas a lo loco.
—Esto sí es vida. —dijo Soufián, con la boca llena.
—Me quema. —dijo Iván—. ¡Está ardiendo y no me avisasteis, cabrones!
—El fútbol no avisa, esto tampoco. —dijo Marcos, brindando con su vaso de Fanta.
Mi padre comía tranquilo, sin hablar mucho, solo escuchando, sonriendo cuando tocaba, me daba cuenta que no me quitaba el ojo de encima, cada dos por tres me miraba, esperando ver si me lo pasaba bien, o esperando decirme algo, yo también comía.
Y aunque tenía ese picor en el cuello por la mirada del camarero, la pizza sabía bien, el ambiente era bueno, y por un rato, todo estaba bien, y de verdad lo necesitaba.
—Me duele un poco la tripa —dije, dejando el vaso a medio beber sobre la mesa.
—¿Qué te pasa? —preguntó Iván.
—Nada, solo voy un momento al baño, a echarme agua, ya vengo.
—¿Quieres que te acompañe? —saltó Marcos, medio levantándose.
—No hace falta. —respondí rápido—. Solo agua en la cara, ya está.
Salí, el pasillo hacia el baño estaba más oscuro que el local, la luz parpadeaba un poco, y del fondo llegaban los sonidos del restaurante, cubiertos, risas, el murmullo constante.
Abrí la puerta del baño, adentro, silencio, lavabos limpios, espejo algo empañado, abrí el grifo, el agua fría me golpeó en las manos, la llevé a la cara, respirando hondo.
Entonces la puerta chirrió, alguien entró, no giré la cabeza, lo vi por el reflejo del espejo, era él, el chico de la barra, el que me miró, se apoyó en el lavabo de al lado, sin dejar de mirarme.
El chico llevaba unos vaqueros negros desgastados y rasgados, una camiseta blanca de botones, sus ojos eran negros, como su piel, muy oscura, me miraba con una sonrisa, dientes muy blancos, su cabello, también oscuro, lo llevaba con unas rastras hacia atrás, cortas.
—¿Todo bien? —preguntó.
—Sí. —dije, bajando la cabeza.
—¿Te llamas…?
—Tomi…
Asintió.
—Bonito nombre, yo soy Baki.
Le miré de reojo, sonreía, tranquilo, como si esto fuera lo más normal del mundo.
—Tienes buen culo. —dijo sonriente.
—Gracias…, supongo… —mi corazón latía fuerte, la temperatura de mi piel también subió.
—No te pongas tenso, solo es un cumplido.
—Tranquilo…
—¿Te apetece venir un segundo atrás? —preguntó de pronto.
Lo miré, él no apartó la vista.
—¿Atrás?
Asintió, sin dejar de sonreír.
—Sí, es una zona privada donde aparcamos los coches, es donde descanso un rato, cuando tengo un hueco…, si te apetece.
Mi cuerpo se quedó quieto, la tripa, que dolía, ahora estaba cerrada como un puño, no era dolor, era miedo, o algo parecido.
—No sé… —respondí.
—No pasa nada… —repitió, con voz suave—. Solo si quieres…
—Pero sería una pena, vas a quedarte pensando todo el día en qué habría pasado… —soltó de golpe, y caminó hacia la puerta.
Me sequé las manos, no dije nada, lo miré una última vez y no dudé, esta vez no.
—¿Para qué sería? —le miré serio.
Se detuvo, abrió la puerta y me miró con lascivia.
—Follarte.
—Vale.
Baki no dijo nada más, sonrió, me sujetó de la muñeca y me guió más al fondo del pasillo, sacó unas llaves de sus vaqueros y abrió la puerta, daba al exterior, la parte trasera del local.
Atravesamos la puerta trasera que daba al almacén, y luego a una zona de aparcamiento con suelo de cemento, cajas apiladas, bidones vacíos.
Sin techo, el cielo encima, limpio, con estrellas clavadas en lo alto, frío, pero respirable, nos metimos detrás de una camioneta blanca, me puso contra ella y comenzó a comerme la boca.
Su lengua se introdujo en la mía, recorriendo cada diente, cada hueco de mi boca, nuestras lenguas jugaban entre ellas, mi respiración se aceleró.
Se separó y me quitó la sudadera, echándola a un lado, él se comenzó a desabotonar la camiseta, la estrelló en el suelo con una sonrisa.
—Me pones a mil cabrón. —dijo con su sonrisa.
Volvió a besarme y lamer mi cuello, fue bajando hasta llegar a mis partes, me bajó los pantalones y el bóxer, sujetó mi polla y comenzó a lamerla, la chupaba y lamía, yo suspiraba, el frío acariciaba mi cuerpo, haciéndome estremecer.
Se puso de pie, se desabrochó los vaqueros, los bajó con dificultad junto a su bóxer, íbamos acelerados, deprisa, rápidos.
Me arrodillé, su polla, negra, con vello oscuro en la base, le mediría por lo menos veinte centímetros, comencé a comerle la polla, me costaba meterla en mi boca, estaba circuncidado.
Seguí comiéndole la polla mientras tocaba su cuerpo, toda su piel, oscura como la noche, estaba depilado, no tenía vello.
Me puso de pie, me giró y sentí como metía su lengua en mi ano, pegué un respingo, me sujetó de la cintura y me atrajo a él.
Me incliné apoyándome en el capó de la camioneta, comencé a pajearme mientras Baki me comía el culo, su lengua follaba mi ano.
Se puso de pie, notaba su temblor, por el frío, por la situación, por la excitación, por todo a la vez, yo también empecé a temblar.
Me inclinó sobre el capó de la camioneta, pegando mi cara a la misma, estaba fría, metálica, noté su polla introducirse en mi ano, me dolía, sentí un intenso dolor, pero aguanté como un campeón.
Siguió introduciendo su polla por mi ano, mi culo me ardía, comenzó un vaivén frenético, rápido, intenso, sin parar.
Su polla llegó a golpear algo dentro de mí, no aguante, comencé a correrme mientras me tocaba la polla, solté más leche que nunca, mi ano se contrajo, él pegó un alarido y me nalgueó el culo, me daba una y otra vez, dejándome marcado.
Siguió embistiendo contra mí, la camioneta incluso se movía un poco, el chico negro aceleró la embestía, me sujetó del cabello y me atrajo a él, me lamió la oreja, la mordió.
Su polla perforaba mi ano, me estaba rompiendo el culo como nadie, su follada estaba a otro nivel, sabía follar, sabía meterla, sacarla, moverse.
Se detuvo, me hizo girar hacia él, la volvió a introducir sujetando una de mis piernas y continuó follándome, me empecé a pajear de nuevo, estaba otra vez duro.
Nuestros gemidos, sin miedo a ser escuchados, era como una sintonía que se mezclaba con el aire frío de otoño y nuestra respiración agitada.
Me comenzó a comer la boca, me lamía la cara, los labios, le notaba tensarse, siguió arremetiendo contra mí, estábamos sudados, extasiados, su polla se hinchó dentro de mí y comenzó a correrse.
Su leche caliente, su semen, espeso y ardiente, inundaba mis entrañas, siguió dentro de mí, sonriendo, me volvió a besar, me dejé.
Nos separamos, comenzó a vestirse con rapidez, yo hice lo mismo, intenté peinarme como pude con los dedos, mi cabello estaba alborotado.
Sacó un cigarro del bolsillo, lo encendió con un mechero de llama azul, se lo llevó a la boca, dio una calada larga, yo terminé de recolocar bien mi ropa.
Luego me lo tendió, sin preguntar.
—¿Fumas? —preguntó.
—No.
—¿Quieres probar?
Dudé, lo cogí, di una calada, tosí como un idiota, él rió, sin burlarse.
—Primera vez, ¿no?
—Sí.
—Relájate, nadie fuma bien al principio.
Nos quedamos unos segundos ahí, en silencio, yo mirando el cielo.
Él, el suelo.
—¿Te ha gustado? —preguntó.
Asentí.
—¿Y a ti?
—Mucho, vaya culo tienes. —dijo mordiéndose el labio.
Le devolví el cigarro, ya casi consumido, me di media vuelta.
—Tengo que volver, me están esperando.
—Vale.
Me fui sin añadir nada más, cuando entré, el grupo ya estaba de pie, Thomas pagaba con tarjeta.
—¿Dónde estabas, tío? —dijo Iván—. Nos íbamos ya.
—Nada, necesitaba despejarme. —contesté.
Marcos me miró de reojo, después miró al fondo, Baki, el chico negro también apareció por la puerta y se metió en la zona donde servía.
Aparté la mirada y metí mis manos en los bolsillos de mi sudadera, me puse la capucha y caminé el primero al coche.
Nos montamos, yo delante, los tres atrás, Marcos no dejaba de echarme miradas, me incomodaba, notaba que sospechaba algo.
Pero no dijo nada, Thomas encendió el motor y nos pusimos en marcha, bajé la ventanilla, necesitaba el frescor del viento golpear mi rostro.
( Continuará... )
¿Os gustó el capítulo? ¡Deja tu comentario! ^_^
Si te ha gustado, no olvides votar! ☆☆☆☆☆
Creado, revisado y editado (2025) por @TeenBoy
All rights reserved© TeenBoy
Safe Creative Code: 2506212226163
Hola Tomás. Que sepas que eres uno de mis autores favoritos. Me encantan tus relatos y como dotados a tus personajes con una identidad propia. Al igual que a ti me fascina los géneros fantástico, terror, thriller y misterios.
ResponderEliminarHa sido una PUTADA, perdón por la expresión, que eliminarán el capítulo 9 de todorelatos.com. Podrías publicarlo en esta página para poder leerlo? No me dio tiempo por estar currando. Por favor, no te rindas ni te desanimes. Seguro que somos muchos los que te leemos y te seguimos. POR FAVOR, termina la serie en tú blog.
Un abrazo enorme y GRACIAS por ESCRIBIR.