lunes, 8 de diciembre de 2025

En los vestuarios — Capítulo 7: Mis amigos me desvirgan

 

Capítulo 7 ''Mis amigos me desvirgan''

Tras la mamada que le hice a Iván, Soufián quiere unirse a nosotros, propone hacer un trío, ¿acepto? Sería perder mi virginidad, con mis amigos…

Acto seguido, entró mi padre, sonriente.

Con su maletín de cuero negro, su camisa blanca bien planchada y esa sonrisa que solía usar los domingos antes de irse al gimnasio.

El aire se me fue del cuerpo, mis piernas dejaron de moverse, el mundo se ralentizó, como en las películas cuando todo va en cámara lenta.

Y en ese instante, supe que nada volvería a ser igual.

Marcos se giró, no hizo falta que dijera nada, solo me miró con los ojos muy abiertos, él lo reconoció, recordaba su cara, recordaba todo.

Mi padre me buscó en la clase y cuando me encontró, me sonrió, esa sonrisa.

La misma de cuando yo era un niño, la misma que dejó de pertenecerme el día que se fue con ella.

Buenos días a todos. —dijo—. Soy vuestro nuevo profesor de matemáticas, me llamo Thomas.

Yo no escuché nada más, sólo el zumbido en mis oídos, el temblor en mis manos y la rabia que no sabía si era tristeza.

El timbre sonó como si viniera de muy lejos, la clase se vació rápido, como siempre, pero esta vez, yo me quedé sentado unos segundos más.

Thomas. —no mi padre, no hoy— había estado en silencio la mayor parte del rato, escribiendo fórmulas en la pizarra como si no hubiera una bomba a punto de estallar en la última fila.

Como si yo no estuviera ahí, como si los cuatro años anteriores no hubieran existido, al salir, me encontré con Iván, Soufián y Marcos cerca de los bancos del patio.

Siempre nos reuníamos ahí, se saludaron entre ellos, me vieron, me senté en el borde de un banco, Iván me lanzó una mirada rápida, pero no habló, Soufián tenía el móvil en la mano, sin mirar nada en particular.

¿Qué os pasa? —pregunté al final, sin mucha fuerza.

Nada. —murmuró Iván.

Está todo bien .—dijo Soufián, sin levantar la vista.

Voy a por agua —dije, y me levanté.

No necesitaba agua, solo aire, ese día en el recreo hablamos poco, de vez en cuando salía algún tema de videojuegos, pero poco más, Iván me miraba mucho, demasiado, me di cuenta.

Al llegar a casa, mi madre ya estaba en la cocina, terminando de calentar la comida, Claudia estaba sentada a la mesa, con el móvil en la mano y el pelo recogido en un moño torcido.

Todo parecía normal, pero yo ya no era el mismo después de las cosas que había hecho, después de chupársela a Iván.

Nos sentamos en la mesa, el tenedor en mi mano temblaba un poco, aunque intenté disimularlo.

¿Qué tal el día? —preguntó mi madre, como cada día.

Y esta vez no mentí.

Thomas está en el instituto, es el nuevo profe de matemáticas del insti. —dije, tajante.

Silencio, el mundo se paró, solo se oía el vapor escapando de la olla, mi madre dejó el cubierto sobre el plato, sin decir nada al principio.

Su cara cambió, no era rabia, algo peor, dolor.

¿Cómo que ha vuelto? —preguntó, con la voz baja, casi rota.

Ha entrado por la puerta de clase, el director lo presentó, dijo que es el sustituto de la profe de mates.

Claudia dejó el móvil sobre la mesa, me miró, no dijo nada, pero su mandíbula estaba apretada, mi madre se puso de pie.

El cuchillo que tenía en la mano lo dejó con más fuerza de la necesaria sobre la mesa.

Esto no puede ser, esto no puede estar permitido, voy a hablar con el director, ahora mismo.

Mamá...

No, Tomi. —interrumpió, volviéndose hacia mí—. Él se fue, nos dejó y ahora vuelve así, metiéndose en tu aula como si nada, como si no hubiera roto esta familia en dos.

¿Y qué harás? Es profesor, no puedes echarlo, no sin algún motivo. —dije, y eso le dolió, pero sabía que tenía razón.

No, esto no lo voy a permitir... —prosiguió.

No quiero que montes un escándalo. —dije, sin alzar la voz.

Solo quería..., que no explotara, que no lo hiciera más grande.

¿Y qué quieres que haga? ¿Que me quede sentada mientras él vuelve a hacer daño?

No supe qué responder, porque yo tampoco lo tenía claro.

Comimos un poco amargados, con pesadez.

El entrenamiento comenzó sin demasiadas palabras, Marcos pasó a recogerme, no dijimos mucho, solo un ''¿listo?' 'al que respondí con un ''sí'' flojo.

No hacía falta más, en el campo, Soufián, Iván y los demás ya estaban estirando, el míster soplaba su silbato con la misma cara de siempre, pero yo sentía todo más tenso, más duro, más rápido.

Después vino el partido de entrenamiento, me tocó en el equipo contrario a Marcos, nos cruzamos un par de veces sin rozarnos, literalmente ni una palabra.

Cuando el entrenamiento terminó y me dirigía al vestuario, él me llamó.

Tomi, ven un segundo a mi despacho. —el míster, más serie que nunca—. Aún no te duches.

Me detuve.

¿Pasa algo? —pregunté.

Nada malo, solo quiero hablar un momento.

Los demás entraron al vestuario entre risas, con la ropa pegada al cuerpo y el calor de octubre metido en los huesos, yo me giré y caminé al despacho.

Con las piernas tensas y el corazón también, el despacho del míster siempre olía a madera vieja y sudor, tenía ese ventilador giratorio en la esquina que solo removía el calor, pero él lo dejaba encendido igual.

Me senté al otro lado del escritorio, el míster hojeaba una carpeta, pero más por costumbre que por necesidad, sabía lo que iba a decir.

No es por un error ni una bronca. —empezó, levantando la mirada—. Tranquilo.

Asentí en silencio.

Es por tu rol en el equipo, me pediste ser capitán, ¿no?

Volví a asentir, esta vez más despacio.

He estado observándote. —continuó—. En los partidos, en los entrenos, en cómo hablas con los demás, incluso cuando las cosas van mal, no todos los chicos de tu edad tienen esa capacidad de mantener la calma, veo que te respetan.

Se detuvo, me miró como si estuviera evaluando algo invisible.

Lo estuve pensando estos días, pero ya lo he decidido, serás el segundo capitán del equipo, ya lo hablé con Iker, el primer capitán, tú sabes que lleva más tiempo que ninguno en el club, tres años.

Me quedé callado, no porque no quisiera, sino porque no me lo esperaba.

¿Segundo capitán? —repetí.

Sí, Iker es fuerte, buen líder, pero tú tienes algo diferente, escuchas, lees el ambiente, tus compañeros se preocupan por ti, y eso, eso también es importante, se llama liderazgo, Tomi.

Me sentí raro, en parte me hacía ilusión, pero sentí que no lo merecía, o que era por otro motivo, comprobé que la puerta estuviera cerrada, volví a mirarle.

Míster, ¿ha influido lo que hicimos el otro día? —pregunté sin tapujos.

Me miró, sonrió y se puso en pie, mirando por la ventana a los vestuarios del equipo.

¿Y qué? Si fué así, te lo ganaste igual.

Me quedé callado.

No, míster, así no, eso es..., no, si es por eso, no lo quiero.

Tú lo pediste.

Lo sé, pero fue el momento, la calentura.

Entiendo, de todas formas, no, no ha sido por eso, y quieras o no, eres segundo capitán, puedes aceptarlo, o aceptarlo.

Vale, acepto —dije.

El míster sonrió, no mucho, lo justo.

Bien, se lo comunicaré al equipo mañana, por ahora, no digas nada, solo quería que lo supieras primero, porque te lo ganaste, en el campo.

Me levanté y cuando iba a salir del despacho, el míster me detuvo.

Tomi.

Le miré, girando sobre mí mismo.

Lo del otro día, ¿te gustaría repetirlo? —dijo, sentado en su escritorio, sin mirarme.

Tragué saliva, no me esperaba esa propuesta.

No sé, míster...

Bueno, piénsatelo, ya sabes donde estoy.

Y empezó a reorganizar su carpeta, salí del despacho y volví al vestuario, comencé a desnudarme, Marcos se despidió y se marchó, quedaban Soufián e Iván, que reían en las regaderas de las duchas.

Nos vemos, chicos. —dijo el entrenador, que ya se marchaba tras cerrar su despacho.

Nos vemos, míster. —dijeron los chavales.

El vapor de las duchas llenaba el aire, y el murmullo del agua cayendo sobre los azulejos me envolvió como un abrigo cálido.

Soufián e Iván seguían ahí dentro, metidos en sus bromas, lanzándose espuma de gel como si fueran críos.

¡Eh, cuidado que resbala, cabrón! —gritó Iván, riendo.

No es culpa mía que tengas los pies de pato —contestó Soufián.

Me acerqué, y abrí la llave del agua, estaba templada, se giraron al notarme.

¿Qué pasa, primo? —soltó Iván.

¿Qué quería el míster? —preguntó Soufián, levantando una ceja.

Sonreí.

Nada, tonterías..., me nombró segundo capitán, junto a Iker.

Por un segundo, todo se quedó en silencio, incluso con el agua cayendo.

¿En serio? —dijo Iván.

¡Hostia! —gritó Soufián—. ¡Eso es de locos, tío!

Sí pero chicos, no se lo digáis a nadie, el míster quiere anunciarlo mañana.

Iván salió de la regadera con el gel aún en los hombros, y me dio un abrazo en mitad del vapor, sin pensarlo.

Te lo mereces, primo, en serio.

Ahora nos vas a dar órdenes, ¿eh? —añadió Soufián, dándome una palmada en la espalda—. Pues que sepas que yo de delantero no me muevo, ¿vale? a mi me gusta hacer goles.

Sí, sobre todo a tías, porque lo que es a puerta... —soltó Iván.

Reímos los tres, entonces Iván, con esa lengua suelta suya, disparó sin pensar.

Bueno, a Tomi le gusta el tema de recibir goles. —dijo, con esa media sonrisa de pillo—, ¿te ganaste la capitanía chupándosela al míster? Digo, como a mí anoche..., ya sabes, por si eso ayudó con lo de ser capitán.

Silencio, seco, inmediato, Soufián levantó la cabeza de golpe desde la ducha, con el agua cayéndole sobre la nuca, se le borró la sonrisa.

¿Cómo? —preguntó el marroquí, sin tono de broma.

Mi cuerpo se tensó al instante, noté el calor subir a la cara, pero ya no era por el agua.

Era un chiste. —dijo Iván, al ver mi reacción—. Joder, no te pongas así.

¿Le has chupado la polla a Iván? —preguntó Soufián, con una mezcla rara de risa incómoda y algo más que no entendí.

Me aparté un poco de la pared, el corazón golpeándome el pecho con rabia.

No, joder, ¿y qué si lo hice? Dejadme en paz. —dije furioso.

Iván levantó las manos, sorprendido por el tono.

Eh, primo, era broma..., relájate.

¡Pues cállate Iván! —le solté, sin mirarlo—. ¡No todo es una puta broma!

El silencio volvió, más pesado que antes, Soufián me miraba con los ojos entrecerrados, Iván bajó la cabeza, medio arrepentido, medio sin entender qué había hecho mal.

Entonces, Soufián se acercó.

Bro..., relájate, no seas dramático, ya sabes que Iván es bromista, además, si hiciste eso, yo no diría nada, somo amigos.

Me giré hacia él con la mirada afilada, cerré la llave del agua y me puse la toalla en la cintura, quería salir de allí y no volver.

¿Dramático?

Pero no me dio tiempo a decir más, me agarró por detrás, cruzándome los brazos en el pecho con fuerza.

¡Iván, venga, hazlo ya, que se nos escapa el nenito! —soltó entre risas.

¡No! ¡Ni se os ocurra! —grité, pero ya era tarde.

Iván se lanzó sobre mí, en dos segundos, entre risas, bromas y toques bruscos, me bajaron la toalla y me arrastraron hasta la ducha de nuevo.

El agua fría salió como un latigazo.

¡AHHHHH, JODER! —grité.

Ellos se partían de risa.

¡Para que se te baje el ego, capitán! —gritó Soufián, mientras me salpicaba más agua en la cara.

¡Ahí, ahí! Se le subieron los humos al capitán. —añadió Iván entre risas.

Me aparté secándome con la toalla, que se había puesto chorreando, Soufián se acercó por detrás, tocando mi espalda, mi respiración se aceleró, Iván, acto seguido, se acercó también, me sujetó de la cintura, y apartó mi toalla al suelo.

Ellos estaban también desnudos, no había palabras, solo gestos, sus manos tocaban mi cuerpo, el marroquí comenzó a tocar mi culo, sus dos manos acariciaban mis nalgas, Iván, frente a mí, sujetó mi mano y me hizo pajearle.

Nuestras respiraciones aumentaban de revoluciones, mi corazón palpitaba, casi podía sentir cómo se iba a salir del pecho, como si fuese un alien a punto de salir de golpe.

Soufián me giró, de manera brusca, para ponerme frente a él, sus manos se posaron en mis hombros e hicieron presión, me hizo arrodillar, su polla, circuncidada, de dieciséis centímetros, frente a mí.

Su mano hizo presión en mi nuca, forzando que me acercara a su polla, abrí la boca y me la comí entera, el tacto era agradable, la polla del marroquí estaba mojada por la ducha, comencé a comerle la polla.

Iván murmuró algo, no sé que dijo, me daba igual, estaba ido, solo quería disfrutar el momento, no quería pensar, Soufián movía sus caderas, follando mi boca, yo disfrutaba de su polla marroquí, lamía y succionaba su polla, la saqué de mi boca y comencé a comerle los huevos.

Chupaba y succionaba las pelotas de mi amigo marroquí, Soufián gemía de placer y suspiraba, entonces Iván sujetó mi cabello y me llevó a su polla, la cual me llevé a la boca, chupaba y succionaba la polla del gitanito, como si fuese un puto manjar.

El ambiente estaba caliente, con las típicas hormonas adolescentes, iba cambiando de polla como el que cambia de camiseta.

Iván era el primero, comenzó a temblar, me sujetó con fuerza y comenzó a correrse, me tragué todo, esta vez no dejé escapar nada, era la segunda vez que le comía la polla, me gustaba, el marroquí al ver como el gitano se corrió en mi boca, aceleró su paja.

Sujetó con brusquedad min cabeza, me hizo abrir la boca, aún con lefa de Iván, y me deslizó su polla, que estalló en mi boca, corriendose casi lo mismo que Iván e incluso más, me sentía mareando, el olor y sabor del semen de ambos me embriagó.

Tragué toda su corrida, caliente, espesa, Soufián siguió perforando mi boca mientras Iván se enjabonaba sus partes y salía de las duchas.

Tras terminar de follarme la boca, el marroquí hizo lo propio, se limpió su polla con jabón y agua, salió de las duchas y se comenzó a vestir con Iván.

Permanecimos en silencio, la culpa, el arrepentimiento, la vergüenza, un montón de sentimientos empezó a invadirme, le acababa de comer la polla a mis dos amigos, delante del uno y el otro.

Iván me miró, estaba haciéndome de rogar, me limpiaba la boca de lefa, escupí tras enjaguarme la boca, Iván se marchó tras despedirse, ''nos vemos bro''.

Soufián salió después, sin decir gran cosa, solo una mirada y un gesto con la cabeza, como si todo quedara ahí.

Como si nada de lo que pasó tuviera peso, y quizás para ellos no lo tenía, pero para mí..., sí.

Me quedé solo, el vapor aún flotaba en el vestuario, colgando del techo como una niebla lenta, me senté en el banco, con la toalla húmeda en la cintura y el pelo aún goteando.

Cruzando la acera sentí cómo me ardían las mejillas, pero no era por el frío, era por lo que acababa de hacer, le comí la polla a mis dos amigos, Iván y Soufián, y lo peor es que lo disfruté, demasiado.

El camino a casa se me hizo eterno, me hice una paja en los vestuarios, me corrí como nunca, al llegar a casa, vi a mi madre fuera, en el porche, hablaba con el tío que me engendró.

Tomi, hijo. —mi madre me dio un beso en la mejilla, mientras miraba con asco a Thomas, mi puto padre.

¿Qué hace aquí éste? —dije, sin rodeos.

Él se aclaró la garganta, siempre lo hacía cuando no sabía por dónde empezar.

He venido a intentar arreglar un poco las cosas.

¿Las cosas? —solté, dando un paso más cerca—. ¿Qué cosas? ¿Las de hace cuatro años, cuando te fuiste sin decir nada? ¿O las de esta mañana, cuando apareciste en mi clase como un virus?

Mi madre entrecerró los ojos, pero no me cortó, sabía que tenía que sacarlo, Thomas bajó la mirada un momento, luego volvió a mirarme.

Tomi, me equivoqué, lo sé, no tengo excusa para cómo me fui, solo sé que no he dejado de pensar en vosotros y cuando surgió esta sustitución en el instituto, pensé que tal vez era una oportunidad para, no sé, acercarme.

Reí, sin humor.

¿Acercarte? ¿Así? ¿Sin avisar? ¿Entrando por la puerta de mi clase como si fueras un acechador?

No sabía cómo hacerlo, pensé que si te veía cada día, quizás poco a poco podríamos...

No. —lo corté en seco—. No puedes aparecer así y hacer como que nada pasó.

Silencio, mi madre cruzó los brazos, no me miraba a mí, lo miraba a él.

Thomas. —dijo, esta vez con tono firme—, te dije que hablaría con Tomi, no que aparecieras sin avisar.

Él tragó saliva, levantó las manos, como pidiendo una tregua.

No quiero imponerte nada, tu hermana me ha mandado a la mierda, con razón, quiero pasar tiempo con los dos, con ella será más difícil, contigo pensé que sería más fácil...

Pues no, te has equivocado. —dije.

Mira, solo quiero estar presente, escuchar, lo que sea, si tienes algo que decirme, Tomi, estoy aquí, puedes gritarme si quieres, solo no quiero seguir siendo un fantasma para ti.

Mi voz me tembló, pero hablé igual.

Llegas tarde.

Él asintió, no discutió.

Lo sé.

No soy un niño ya, no puedes volver y hacer como si tu ausencia no me rompiera, como si no tuviera que aprender a vivir sin ti cuando más te necesitaba.

Lo sé —repitió, más bajo.

Mi madre intervino entonces, más suave, pero directa.

Thomas, creo que es suficiente por hoy.

Tomi, mira, en una hora hay partido de liga, pensé que, bueno, podríamos ir juntos, como antes, como cuando eras pequeño, ¿te acuerdas?

Me giré solo un poco, no lo miré directamente, eso me dolió, sentí algo dentro, me vino un recuerdo, de cuando era más pequeño, con diez años, estaba en el estadio viendo el partido, marcaron un gol y él me levantó en sus hombros.

Respiré hondo.

No quiero.

Dame una oportunidad, vamos al partido, lo vemos, pasamos un rato, si decides que no te moleste, no lo haré más, te lo prometo.

Thomas no se rendía, lo pensé un instante, solo sería aguantarlo un par de horas, después me dejaría en paz.

Solo es un partido, no quiero hablar de nada incómodo, solo, ver fútbol, un rato, te dejo en casa después si quieres, y si no quieres verme más, lo cumpliré, lo prometo.

Yo no contesté, odiaba lo que sentía, que una parte de mí lo odiaba por dejarnos tirados, otra le odiaba por venir ahora a hacer esto.

El fútbol no era solo fútbol para nosotros, era lo que me enseñó antes de irse.

Vale. —solté, sin pensarlo demasiado.

Silencio, mi madre miró de reojo, Thomas simplemente sonrió, despacio.

Me cambio antes, no tardo. —dije.

Thomas esperaba fuera, recostado sobre su coche, un Land Rover negro, brillante, más nuevo que el que recordaba, subí sin decir palabra.

El cuero del asiento crujió bajo mi pantalón vaquero, azul oscuro, con mi sudadera negra, me puse la capucha de la sudadera, intentando tapar un poco mi cara.

El trayecto fue, denso, los coches pasaban a los lados como en una película muda, Thomas tenía puesta una emisora de radio con música suave, como si tuviera miedo al silencio, pero no se atreviera a llenarlo él mismo.

Yo miraba por la ventana, los cristales empañados por dentro, no hablábamos, solo respirábamos dentro del mismo coche, como dos extraños que antes fueron algo más.

Pasaron diez minutos así, hasta que él se atrevió a romper el silencio.

No sé si recuerdas cuando vinimos la última vez, uno de los aficionados te tiró la bebida encima sin querer, en tu camiseta favorita, ¿como era...? ¿de Goku?

Kaneki, de Tokyo Ghoul. —corregí sin mirarlo.

Eso, Kaneki, también recuerdo cuando tu madre la hizo trizas, vaya berrinche te pegaste, pero estaba ya muy vieja..., ¿te acuerdas?

No respondí, me limité a cruzar los brazos.

También me acuerdo cuando veíamos juntos Teen Wolf, ¿te acuerdas? ¿te siguen gustando los lobos no? —añadió con una sonrisa débil.

Yo tragué saliva.

Sí, supongo... —mi voz fue más baja de lo que esperaba, estaba tocando temas que me empezaban a doler.

La música seguía, y así llegamos al campo, el partido estaba a punto de empezar, nos sentamos en las gradas laterales, lejos del bullicio de lo aficionados que gritaban a los suyos.

El césped estaba un poco quemado, y el cielo parecía aguantar la lluvia con uñas y dientes, Thomas no dejaba de mirar el campo, pero también me miraba a mí, de reojo.

Como si cada vez que movía la cabeza, su mente buscase una forma de acercarse.

Por cierto, he visto que juegas en un equipo, ¿del insti no?

Sí, este es mi segundo año. —dije.

Bien, siempre quisiste jugar en un equipo, recuerdo cuando íbamos al parque y veías a los más mayores jugar con el balón, dejabas los columpios para ir tras el balón. —dijo sonriendo.

Ya... —dije sin mucho entusiasmo.

¿Juegas de delantero?

A veces, pero el míster me pone siempre de extremo izquierdo.

Eso es bueno, saber adaptarse, te hace más valioso para el equipo.

Otro silencio, el balón rodaba, el árbitro pitó una falta, un aficionado se quejó fuerte, Thomas volvió al intento.

¿Y qué tal el insti? ¿Todo bien con tus notas?

Sí.

¿Alguna asignatura que odies?

Matemáticas.

Lo dije sin ironía, él sonrió, entendiendo el palo.

Claro... —murmuró, bajando un poco la mirada.

Pasaron unos minutos, la primera parte ya casi terminaba, sin goles.

¿Y tus amigos? ¿Sigues con el grupo de siempre? ¿El chaval..., cómo se llamaba? ¿Marcos?

Sí.

Y el otro, el moro...

Soufián.

Ése, recuerdo un día en casa, os peleasteis muy fuerte jugando a la consola y os pegasteis, le eché de casa y le dije que no volviera, te partió el labio, tenías unos nueve años.

No me acordaba de eso, es verdad que peleamos, pero no recordaba del todo.

¿Y..., alguna chica? —preguntó después, como quien lanza una piedra a un lago muy quieto.

Me giré un poco, la primera parte había acabado.

¿Por qué preguntas eso?

Se encogió de hombros.

Porque me interesa, porque eres mi hijo.

Lo dijo sin alzar la voz, sin presión, pero yo lo noté, la grieta en su tono, como si esperara que eso bastara para borrar años de silencio.

Soy gay. —solté, sin pensar.

Él no lo esperaba, yo tampoco, me arrepentí de confesarlo, ¿por qué coño lo hice? Necesitaba hacerlo, y sabía que él no diría nada o me perdería.

También quería ver su actitud, saber qué decía, qué hacía, necesitaba saberlo, creo que fue una forma de comprobar hasta qué punto era sincero, si quería arreglarlo conmigo o era todo fachada.

No dijo nada, me miró, pensó que lo dije en broma, porque sonrió, pero al ver mi semblante, serio, se giró al campo de nuevo.

Entonces..., ¿te gustan los chicos? —me preguntó, confuso.

Sí, no lo sabe nadie, te lo he dicho..., no sé, para saber qué opinas, supongo que tener un hijo gay es una deshonra para ti. —dije secamente.

No, te equivocas. —Thomas se giró y me miró a la cara, yo solo veía de reojo, con mi capucha puesta, me daba ahora vergüenza mirarle tras mi confesión—. De hecho me siento orgulloso, con tu edad, y tienes los huevos de decir algo así, para mí, es un orgullo.

No dije nada, me mantuve callado, pero vi como su mano se frotó la pierna como un gesto nervioso, uno de esos que me acordaba de haber visto cuando era pequeño.

Vimos el resto del partido, me compró un perrito caliente con mostaza y una bebida, la verdad es que disfruté el partido, ganamos tres a dos.

El coche se detuvo frente a casa, Thomas no dijo nada, y yo tampoco, apagó la radio del coche y detuvo la marcha, era ya muy tarde.

Bueno, ahora es cuando tú decides, si quieres que no vuelva a molestarte, lo entenderé, me dolerá, pero lo mereceré.

Me quedé callado, mirando al frente, una chica paseaba con su novio, cogidos de la mano, se alejaban en la penumbra de la noche, entre risas.

Tengo que pensarlo...

Vale...

Bajé del coche, cerré la puerta con suavidad, y lo escuché marcharse, el motor de su Land Rover perdiéndose calle abajo.

Esa noche dormí mejor de lo que esperaba, no porque todo estuviera bien, sino porque, por primera vez, sentí que no tenía que arreglarlo todo yo.

Me desperté con la alarma, me vestí sin pensar demasiado, y bajé a desayunar mientras mi madre hablaba por teléfono en la cocina, Claudia ya se había ido.

Las clases pasaron como el viento, rápidas, silenciosas, yo estaba allí, pero con la cabeza medio ida, pensaba en Soufián, en Iván, en lo sucedido en los vestuarios, en las duchas.

Lo más gracioso y sorprendente es que ellos me trataban como si no hubiese pasado nada, como si ayer no les hubiese comido la polla a los dos, Marcos, ajeno a todo, estaba más pendiente de su novia, que de nosotros, sus amigos.

Cuando llegó el recreo, salí y me dirigí a nuestro banco de siempre, allí estaban, Iván, apoyado en la barandilla, bromeando con alguien de nuestra clase, Soufián, sentado, mirando el móvil.

Al verme, los dos callaron un poco, como si mi presencia los hiciera reajustar algo, me acerqué despacio, con la espalda recta y el corazón intentando no adelantarse.

Ey —saludé.

¡Tomi! —dijo Iván, como si no pasara nada.

Soufián levantó la mirada y me saludó con un gesto leve, pero no sonrió, y ahí estábamos otra vez, los tres, pero no igual, nos sentamos como si nada.

El banco, el sol de media mañana, el murmullo de otros chavales hablando, gritando, corriendo, Iván hablaba del nuevo tráiler de Dragon Ball Daima.

Hablamos de videojuegos, Iván soltó alguna broma estúpida que nos hizo reír, por un momento, todo parecía fácil, y entonces apareció ella.

Sara, iba con Marcos, los dos hablando y riendo, los tres los vimos, nadie dijo nada, solo se oyó el sonido de sus pasos alejándose, el silencio entre los tres fue corto, pero espeso.

Iván rompió el hielo.

Tomi, ¿Quedamos hoy en tu casa, después del entreno?

Yo lo miré, él no bromeaba, Soufián, sin levantar la cabeza del móvil, habló.

Sí, podríamos..., quedar, pasarlo bien...

Los miré a los dos, sus caras, sus ojos, la tensión había subido.

¿Para jugar videojuegos? —pregunté.

Sí..., bueno, o lo que surja... —soltó Iván.

Lo de ayer estuvo genial. —dijo Soufián.

Asentí.

Podríamos repetir... —dijo Iván—. En plan, amigos, bueno, ya sabes.

Esas cosas no las hacen los amigos, son cosas gays. —dije seco.

Ya..., pero si eres tú siempre el que las hace a nosotros, no hay problema, digo, tú eres gay, ¿no? —preguntó Iván.

El marroquí levantó la vista de su móvil, esperando mi respuesta, mi corazón se aceleró

Sí... —confesé, quitándome un peso de encima.

Pues ya está tío, no hay problema, tú nos ayudas como amigo que eres, si no quieres no pasa nada, sabes que somos eso, amigos, que lo pasamos bien, ¿no? sin malos rollos. —soltó Iván.

Yo estoy de acuerdo, no tengo problemas en que me la chupen, y más un amigo como tú, siempre que no te haga sentir mal. —dijo el marroquí.

A ver, no sé, no quiero que nuestra amistad se pierda por esto... —dije.

Por mi parte, eso no pasará tío. —dijo Iván sonriendo.

Yo tampoco dejaré de ser tu amigo, además, qué coño, que la chupas genial. —soltó Soufián y comenzamos a reír.

Vale, pues nos vemos en mi casa, después de entrenar.

Iván sonrió, Soufián también, aunque sin mostrar los dientes, y así, entre frases sueltas y una promesa silenciosa de que aún éramos tres, el recreo siguió.

El entrenamiento transcurrió sin complicaciones, nada raro, nada tenso, solo esfuerzo, carreras cortas, rondas, un partido al final.

Pero Marcos no vino, otra vez.

Con Sara. —murmuró Iván mientras estirábamos los gemelos—. Está empanado, no ve más allá del culo de esa tía.

No respondí, solo lo pensé, antes, era él el que me empujaba a no fallar, ahora soy yo quien ocupa su hueco sin buscarlo, terminamos sudando, con la camiseta pegada y las piernas cargadas.

Fuimos directos al vestuario, la ducha esperaba, y también esa sensación de alivio cuando el agua cae y el cuerpo se rinde, recordé lo que hice ayer con mis dos amigo, el gitano y el marroquí.

Justo antes de entrar, el míster me llamó desde su despacho, con la puerta medio abierta.

Tomi, un segundo.

Me acerqué.

¿Sí?

Se recostó sobre el marco de la puerta, con una toalla en el hombro y el silbato colgando del cuello.

Quería comentarte algo, como segundo capitán.

Asentí, lo escuché, ya sabiendo que venía algo serio.

Marcos lleva dos entrenos sin aparecer, ya sé que está con lo suyo, que la edad, que las hormonas, bla, bla, pero esto es fútbol, solo es una hora de entreno cuatro días a la semana, si no puede hacer eso, mal vamos, el sábado hay partido.

Sí, lo sé.

Dile, por favor... —continuó—. Que si vuelve a fallar, no saldrá de titular y no es una amenaza, es una decisión, el equipo se entrena junto, se juega en bloque y tú también tienes que recordárselo, ahora te toca eso, como segundo capitán y amigo suyo.

Me costó un poco asentir, no por la orden, sino por la carga emocional que traía.

Vale, se lo diré.

Confío en ti. —añadió el míster—. Y sé que es jodido, pero a veces liderar no es caer bien, es hacer lo que toca.

Me giré para volver al vestuario y esa frase me quedó retumbando.

''Liderar no es caer bien, es hacer lo que toca''.

El sol ya bajaba por detrás de las casa, tiñendo el cielo de naranja, a esa hora en la que todo parece callarse un poco, como si la ciudad misma estuviera cansada.

¿Tu madre está? —preguntó Iván mientras cruzábamos el parque.

Sí, pero rara vez sube a mi cuarto, además al saber que estaré con amigos no creo que moleste mucho.

Perfecto. —dijo Soufián—. Así nadie nos echa la bronca por el volumen de la peli.

Sí, por la peli... —soltó Iván con una sonrisa pícara.

Tras saludar ambos a mi madre, subimos a mi cuarto, tiramos las mochilas en el rincón de siempre, y nos sentamos en el suelo, alrededor de la alfombra.

Abrimos los libros, más por compromiso que por verdadera motivación.

¿Qué mierda es esta ecuación? —bufó Iván—. ¿Quién necesita saber cuántos litros se pierden en un grifo con fuga?

Pues si tu grifo gotea mientras estás liándote con una chavala, te puede salir cara la factura. —contestó Soufián con una sonrisa.

Tú siempre pensando en lo tuyo. —me reí.

Bueno, con Tomi no pasaría eso. —dijo Iván.

¿El qué? —pregunté confuso.

Pues, que si te follo y me corro dentro, no habría problema, no puedes quedar preñado. —dijo Iván, Soufián soltó una carcajada.

Yo le lancé un libro enfadado, pero me hizo gracia, también me calentó, pasamos una hora más o menos entre matemáticas, ejercicios mal hechos, y mucha más charla que estudio.

A eso de las nueve, pedimos una pizza familiar con extra de queso, pollo y atún, subí un poco de fanta de limón y nos pusimos a ver una peli.

Comimos en el suelo, sin platos, con servilletas de cocina y las manos llenas de grasa, la película era 28 días después, yo ya la había visto, pero no importaba, era de mis favoritas de chico.

Iván dio un respingo tras una escena de susto, Soufián comenzó a reírse.

Tú sí que no sobrevives a los zombis, gitano —le dijo Soufián.

Cállate, que el primero en llorar serías tú. —le devolvió Iván.

Después de la peli, recogimos un poco y nos tumbamos, yo en mi cama, Iván y Soufián, juntos, en la de abajo, mi cama tenía debajo otra en un cajón, solía sacarla cuando dormía algún amigo.

Estaba cogiendo el sueño cuando escucho risas, intento ver que sucede, Iván y Soufián se estaban pajeando.

Joder, no parais, ¿eh? —dije susurrando.

Los dos sonrieron, caliente, cada uno se pajeaba la suya.

Oye, Tomi, ¿nos la chupas? —preguntó Iván, con ojos lujuriosos.

No, mejor, déjate follar. —propuso el marroquí.

Hubo un silencio, Iván miró al marroquí, después me miró a mi, la temperatura de la habitación subía.

¿Te dejas? Como amigos, va… —insistió Soufián.

Nunca he follado… —confesé con temor.

Lo sé. —dijo Soufián—. ¿Tienes lubricante?

No… —dije.

Mmmm, ¿algo a base de agua? ¿aloe vera? ¿alguna crema?

Tengo un bote de aloe vera, pero es para hidratar la piel… —dije confuso.

¿Dónde está? —Soufián se levantó de la cama del suelo y entró a mi baño, Iván y yo nos incorporamos, observando la puerta del baño, Soufián salió con mi botecito de aloe vera.

Con esto, será más fácil. —dijo sonriendo y acercándose a mí.

No sé tío… —estaba nervioso—. ¿De verdad queréis hacer esto?

Soufián miró a Iván, ambos estaban de pie, desnudos, Iván cogió una silla y atrincó la puerta, yo me levanté también.

Mira, si no estás seguro, no lo hacemos, pero te prometo que no te dolerá, disfrutamos todos y aquí no pasó nada después. —Soufián parecía muy seguro, tanto, que me hizo sospechar que no era la primera vez con un chico.

¿Te has follado alguna vez algún chico? —le pregunté, Iván le miró esperando su respuesta, ansioso.

¿Eso te dejaría más tranquilo?

Sí.

Vale…, sí, no es la primera vez. —confesó.

¿Eres gay? —Iván abrió los ojos como platos.

No, no, a ver, me gustan las tías, ¿vale? pero, no te miento bro, me pone follarme a chicos a veces, me siento…, dominante, ¿sabes? no sé como explicarlo, sienta bien someter a otro tío.

¿Quieres someterme? —le miré, a mil, me había convencido, estaba caliente.

Se me acercó lentamente, dejó el bote en la cama, me sujetó del cuello y me puso contra la ventana de mi cuarto.

Quiero someterte, follarte, quiero hacerte mío, desde hace tiempo que deseo conquistarte, putito español.

Apretó su mano alrededor de mi cuello y me hizo arrodillar, su polla estaba dura, muy dura, abrí la boca y me la comí.

Joder tío, vaya para de maricones. —dijo Iván.

Sí, sí, pero te lo vas a follar, ¿no? —dijo Soufián mientras movía sus caderas contra mi boca.

Ah sí, joder, estoy a mil. —confesó el gitano.

Vale, yo voy primero. —dijo el marroquí.

Me hizo levantar, a pesar de que quería seguir chupándole la polla, me puso en la cama, boca arriba, al borde, me levantó las piernas y tras coger el bote, echó líquido en mi ano, con sus dedos comenzó a esparcirlo.

Estaba frío, yo, nervioso, les miraba un poco avergonzado, estar en esa posición era humillante, además, nunca imaginé que mi primera vez sería yo dando el culo.

Iván miraba como el marroquí hacía todo, se le notaba la experiencia, tras untar bien mi ano, empezó a untarse la polla.

Espera, ¿no vamos a usar protección? —preguntó Iván con duda.

Soufián se detuvo.

¿Tienes condones? —me preguntó, negué—. Y tú, gitano, ¿te has traído?

No… —confesó.

Pues a pelo, además que Tomi es virgen, me fio, me arriesgo.

Soufián se echó encima de mi, mis piernas abiertas de par en par, se las puso en los hombros, mi ano quedó totalmente expuesto, sentí la punta deslizarse por dentro de mí.

El marroquí sabía moverse, cuando me di cuenta, estaba dentro de mí, noté cierta resistencia dentro de mí, un ligero pero leve dolor, una incomodidad.

Joder… —soltó Soufián excitado.

¿Qué…? —le miré respirando con dificultad, mi polla estaba también dura.

Estoy dentro de ti, Tomi, te estoy follando, ¿te gusta?

Soufián comenzó a follarme, se movía lento pero profundo, nuestros gemidos comenzaron a aparecer, intentamos bajar el tono, mi madre dormía abajo y mi hermana al principio del pasillo.

Estábamos jugando con fuego, pero me daba igual, yo queria que me follaran, y Soufián me estaba follando, era mi primer chico, un marroquí con el que me había peleado muchas veces, más de una vez me mandó a tomar por culo, ahora, me estaba dando por culo.

Ahhhh…, cabrón, más despacio. —intenté poner mis manos en sus brazos y que se separase un poco.

Iván miraba la escena haciéndose una paja, a mil.

Así te quería tener putito, yo sabía que ibas a caer, los españolitos como tú solo sirven para que los moritos como yo os follemos, eres mi nenita.

Sus palabras me estaban calentando más de la cuenta.

Dilo, di que eres mi nenita. —dijo Soufián.

Su polla perforaba mi ano, cada vez más rápido, cada vez más intento, cada vez más duro, su cuerpo se aceleró y arremetía contra mí.

Mis gemidos se intensificaron, Iván se alertó, hacíamos mucho ruido, la cama empezó a crujir, leve, pero se notaba el ruido.

Soufián me tapó la boca y me la clavó hasta la tripa, podía sentir su polla marroquí dentro de mi palpitando, se estaba corriendo dentro de mi culo.

Ahhhh…, joder… —me miró sonriente, con sus dedos me abrió la boca y siguió follándome.

Me corro, no puedo más… —intenté tocarme pero Soufián sujetó mis muñecas.

No, no, ahora le toca al gitano, putito. —Soufián sacó la polla de mi ano, lefa caliente comenzó a salir—. Venga bro, te lo he dejado a punto.

Iván tomó su lugar con rapidez, se echó líquido del bote que trajo Soufián, la apuntó en mi orificio y la deslizó fácilmente, notaba todo el tronco del gitano dentro de mí.

Iván me miró a mil, se mordió el labio y puso mis piernas alrededor de sus caderas, me sujetó con sus manos mi cintura y comenzó a follarme.

Miré como Soufián se metía al baño y encendía la regadera, Iván me daba estocada como un loco que acababa de descubrir el potencial de su juguete.

No podía más, necesitaba tocarme, empecé a pajearme mirando a Iván, el gitano me follaba muy rápido, desesperado, su polla entraba y salía de mi culo a mucha velocidad, intenté gemir despacio pero no podía, no podía…

Nuestros gemidos se intensificaron, hasta que no pude más y empecé a correrme, Iván notó como mi ano se contrajo por mi corrida y no pudo tampoco aguantar más, me la metió hasta el alma y sentí su corrida dentro de mí, intentaba meterla más dentro, pero sus huevos chocaban en mi ano, cayó encima de mi, rendido, estábamos sudando, podía sentir su sudor, su respiración.

La habitación olía a sexo, olía a chicos follando, la puerta se abrió, haciendo que la silla callese al suelo, mi hermana miró la escena, Iván, dentro de mí.

Los dos nos separamos de golpe, asustados.

Ah…, mierda, perdón. —dijo mi hermana, que no dejaba de mirar.

¡¡Claudia!! —grité.

¡Perdón! —mi hermana cerró la puerta de golpe.

( Continuará... )

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