Capítulo 10 ''Y me hizo suyo'' (Final)
Toda historia tiene principio, y final, la llegada de Kevin al grupo levanta heridas, ¿me quedo con mis amigos o con Kevin? ¿Debo escoger? (Ultimo capítulo)
La farola parpadeaba, luz, sombra y luz de nuevo, la calle se partía en dos con cada destello, mis piernas no respondían bien, no corrí, ni grité, sólo me quedé ahí, en el suelo, viendo cómo el regalo de Kevin, el reloj de esfera azul se alejaba, rodando hasta los pies del entrenador.
Él se agachó y lo recogió con cuidado.
—Se te ha caído. —dijo, sin levantar la vista—. Por mi culpa, perdona.
Su voz…, no era como antes, ya no tenía filo, era grave, pero blanda, como si llevara peso dentro, yo me puse en pie, el abrigo me pesaba, las manos me temblaban al coger el paquete que me tendía, lo sujeté con fuerza, luego le miré a él.
Sus ojos estaban rojos, no por rabia, por algo más viejo, más gastado, culpabilidad.
—Te pido perdón, Tomi. —dijo, con un hilo de voz—. Por todo, por cómo te traté, por lo que intenté hacer, no…, no tiene nombre, se me fue la cabeza, lo siento…
No dije nada, solo quería irme, no verle más.
—He ido a terapia, estoy intentando…, entenderme. —bajó la mirada al suelo agrietado—. No tienes que perdonarme, solo necesitaba decírtelo, cuando te vi en la tienda, no podía irme sin hablar.
—No pasa nada —dije, bajito, sus palabras realmente parecían sinceras, no mentía, no del todo, al menos creo que decía la verdad.
—Sí pasa, es algo que no me perdonaré nunca, tú confiabas en mí y yo me aproveché de ello, de nuevo perdón…
—Te perdono. —añadí—. Siempre que no vuelvas a comportarte así, nunca más, con nadie.
El entrenador asintió.
—Te lo juro, además, ahora estoy trabajando de mecánico a las afueras, no creo que sea buena idea acercarme a sitios con chicos.
—No, no pienso sea buena idea…
La farola volvió a parpadear, una ráfaga de viento arrastró hojas secas por el bordillo, no había nadie más en la calle, solo nosotros.
—Bueno, tengo que irme. —dije secamente.
El entrenador asintió, me alejé, sentía su mirada en mi espalda, pero ya no me dolía, aunque, dentro, lo que hizo, lo que intentó…, se me quedó grabado, como el frío de febrero en los huesos.
Llegué por fin a casa, tocaba lasaña casera para cenar, me lavo las manos y guardo el regalo en el cajón de mi escritorio, el comedor estaba impregnado con ese olor a queso tostado y tomate dulce que solo mi madre sabía conseguir.
Comíamos sin hablar mucho, yo en medio, mi madre a la izquierda, como siempre, Claudia a la derecha, la tele estaba encendida, bajita, casi como un murmullo, un documental sobre el Antiguo Egipto, con una voz pausada que hablaba de tumbas escondidas y de momias olvidadas.
Claudia hablaba de su carrera, comentaba algo sobre el desarrollo infantil, un tema importante para el examen, su tono era monótono, calmado, como si también estuviera esperando algo.
Yo no la escuchaba del todo, tenía la pierna derecha temblando debajo de la mesa, como si tuviera vida propia, como si estuviera intentando salir corriendo sin mí, el tenedor de mi madre rozó el fondo del plato.
El silencio se deslizó entre nosotros como una sombra discreta y ahí…, en ese espacio entre una frase y otra, entre una frase de mi hermana y una pausa en el televisor, lo dije.
—Mamá…, soy gay.
Lo lancé al aire, como quien lanza una piedra al lago sin querer ver el rebote, mi madre dejó de mirar la televisión, el sonido del documental seguía, yo no respiraba, solo apreté los dientes con el tenedor en la mano, mientras mi pierna no dejaba de moverse.
—Me gustan los chicos… —añadí—. Kevin…, Kevin es mi novio.
Me sentía mareado, como si tuviese náuseas, miré a mi madre, esperando su reacción, Claudia se giró hacia mí, no sorprendida por el qué, sino por el cómo, no esperaba que fuera así, tan directo, tan de golpe.
Mi madre parpadeó, se giró lentamente hacia mí, su rostro estaba tranquilo, pero pensativo, como si analizase cada palabra, como si retrocediera mentalmente a buscar señales que se le escaparon.
Seguía sin decir nada, como analizando todo, yo seguía mirando al plato, la lasaña estaba medio fría, Claudia me rozó la mano por debajo de la mesa.
No dijo nada, solo estuvo ahí, mi madre suspiró, no fue un suspiro largo, fue corto, cerrado.
—¿Estás seguro? —me preguntó.
—Sí… —dije rápidamente.
—¿Ha sido por ese chico? ¿Kevin? —mi madre ya quería culparlo, la conocía.
—No, no mamá, hace unos años que supe que me gustan los chicos… —apreté el tenedor con fuerza.
Estaba seria, como intentando procesar todo, volvió a mirar el televisor, aunque ya no parecía ver nada.
—Entonces…, tendrá que venir más veces a cenar, ¿no? —me miró sonriendo.
—Yo…, ¿no estás enfadada? —pregunté confuso.
—¿Enfadada? —mi madre se levantó y se acercó a mí, me miró quitando unos cabellos de mi frente, y me abrazó—. Eres mi hijo, mi niño consentido, claro que no estoy enfadada.
La abracé con fuerza y comencé a llorar, oía el latido de mi propio corazón en mis oídos, mi hermana se puso también en pie y se abrazó a nosotros, y así, permanecimos, abrazados.
Y así, llegó el Viernes.
El cielo estaba cubierto de nubes densas, gris mate, como si la semana hubiese sido tan pesada que el cielo también necesitase descansar, parecía que iba a llover, o peor, tormenta.
El aire olía a humedad y a desayuno barato, café de máquina, a pan del día anterior, lo de siempre, las tiendas de la zona recién abrían, son saludaban los dueños de las mismas mientras caminábamos hacia clase los cuatro.
Yo, Soufián, Iván y Marcos, uno al lado del otro, abrochándonos las chaquetas a medias, mochilas colgando de un solo hombro, hablando más con las manos que con la boca.
—Por fin será finde, ¡que ganas de quedar con Isabel! —dijo Iván, con esa sonrisilla que ya era un clásico—. Me ha dicho que estará sola en casa…
—¿Y qué? ¿Vais a jugar a la Play o qué? —saltó Soufián, dándole un leve codazo.
—Primo, por favor… —se rió Iván—. Si me lleva a jugar Fifa me piro, además, yo quiero que juegue con mis pelotas.
—Serás cerdo… —dijo Marcos negando con la cabeza.
—Tú con que no metas autogol, ya es victoria. —añadió Soufián, entre risas.
Yo sonreí, pero no dije nada, el frío me pesaba más de lo normal, no en la piel, sino en la boca, en las palabras que no acababan de salir.
—¿Os acordáis de la amiga de Laura? Pues…, otra que me ha probado. —dijo el marroquí.
—¿En serio? —preguntó Iván, exagerando su gesto de sorpresa.
—Te lo juro, me tiró al sofá, bro, me arrancó la ropa como una loba hambrienta, y claro, yo le di de comer… —dijo moviendo las cejas y sacando la lengua.
—¿Y no se quedó con hambre? —pregunté bromeando, Marcos e Iván rieron.
—No lo sé, dímelo tú, ¿te quedaste con hambre? —dijo Soufián, y se mordió el labio mientras me daba en el hombro con el suyo.
—Tú eres tonto. —dije, Iván me miró de reojo y soltó una risa cómplice, como sabiendo que no mentía.
Marcos nos miró extrañado.
—Bueno, el caso es que esa tía repite, ya verás. —prosiguió el marroquí.
—Normal, una vez te prueban, quieren repetir. —dije con una sonrisa lasciva, Soufián me miró y volvió a golpearme el hombro
—Ya sabes, no me importa repetir si el plato está rico. —soltó de nuevo sacándome la lengua.
Risas de nuevo, aunque no negaré que la situación me calentaba, recordaba como Soufián e Iván me desvirgaron en mi propio cuarto.
Antes de entrar al instituto me detuve en seco.
—Chicos, quería deciros algo importante… —dije con seriedad.
—¿Qué pasa? —dijo Marcos, girándose hacia mí—. ¿Pasó algo?
Los tres me miraron, Iván todavía masticaba chicle, Soufián se sacudía las manos del frío, Marcos ladeaba la cabeza, como siempre hacía cuando no sabía por dónde ibas, tragué saliva.
—Hay algo que necesito deciros, algo que…, bueno, que ya va tocando.
Nos quedamos al lado de la reja oxidada que daba a la entrada, los chicos accedían al Instituto mientras conversaban, ajenos a nosotros.
—Es…, sobre Kevin… —empecé—. Kevin es mi novio…
Los tres se miraron, no sé si sorprendidos, desencajados, decepcionados, no sé, no supe descifrar sus gestos, estaba nervioso, a pesar de haberme quitado el peso más grande, mi madre.
—¿Kevin? —preguntó Iván, alzando las cejas.
—Sí… —murmuré—. Sólo quería que lo supierais, antes que nadie.
—Entonces, ¿sales del armario? —preguntó Marcos.
—Bueno, sí, a ver, no voy a ir por ahí diciendo lo que me gusta o con quién estoy, pero si me preguntan, no lo negaré.
El silencio fue raro, no pesado, pero sí como cuando una clase entera deja de hablar al mismo tiempo.
—Bro, ¿Entonces eres gay cien por cien? —preguntó Soufián, sin malicia, aunque él ya lo sabía tras desvirgarme.
—Sí…
—Primo… —Iván puso su brazo sobre mis hombros, rodeando mi cuello—. Me alegra que por fin hayas salido de ahí dentro, y eh, ¿Kevin? Es un chaval cojonudo, yo me alegro.
Le sonreí con pesadez, esa pesadez que iba desapareciendo.
—A ver, seamos sinceros, no nos pilla por sorpresa… —saltó Soufián, señalándome con el dedo—. Pero me alegro que tengas novio, Kevin que cae bien, y te pega como novio.
Marcos estaba en silencio, muy callado, le miré, esperando ver que me decía, parecía molesto, no entendía por qué aún.
—Tomi… —Marcos se acercó y me dio un abrazo—. Me alegro tío, Kevin es cojonudo, muy guapo ehhh, no, si tonto no eres, pero, me surge una duda…
Le miré confuso, esperando su pregunta.
—¿Quién le da por culo a quién? —preguntó entre risas.
—Tú eres tonto chaval. —le di un empujón cariñoso.
El resto empezó a reírse.
—Yo, creo, que Kevin se lo coge duro. —soltó Soufián—. No diré por qué creo eso…
—Cállate bobo. —solté.
Sentí que la sangre me volvía a las piernas, respiraba ahora con más facilidad, y que mis amigos se tomasen todo tan normal ayudó mucho, eran mis mejores amigos, con los que siempre me sentía feliz, seguro, los que nunca me fallaron.
Las clases terminaron con ese ruido de siempre, sillas arrastrándose, carpetas cerrándose de golpe y gritos sueltos por los pasillos como ecos que no querían irse del todo.
Me despedí de Iván, Soufián y Marcos en la puerta principal, les dije que había quedado con Kevin, era nuestro primer San Valentín, el día de los enamorados.
Me despedí con un choque de manos con Iván, un ''nos vemos, bro'' con Soufián y una mirada larga con Marcos, le notaba distante, raro.
La calle estaba llena de chavales caminando a sus casas, las nubes se oscurecían lentamente y el aire era más denso que por la mañana.
Todavía olía a cemento mojado, pero sin lluvia, como si la ciudad ya se estuviera preparando para la tormenta.
Caminé un par de calles y entonces lo vi, Kevin, apoyado contra una señal de tráfico, con una mochila negra, y mirando su móvil, estaba muy pegado a sus redes sociales.
Sonrisa pequeña, de esas que no muestra dientes, pero sí algo más, nos saludamos con un simple cruce de miradas.
—¿Vamos? —dije.
Asintió, caminamos juntos hacia la parada de bus, él con pasos tranquilos, yo…, no tanto, subimos al bus en cuanto llegó, no había casi nadie, eran las tres y media de la tarde, casi todos comían en sus casas.
Nos sentamos en los asientos dobles del fondo, al lado de la ventana me senté yo, él seguía mirando su móvil.
—¿Qué? ¿Alguna novedad en redes? —pregunté.
—Qué va, lo de siempre, sigo en veinticinco mil seguidores, me he estancado…
—Bueno, verás que en verano, cuando subas contenido sin camiseta, suben los followers. —dije con una risa de broma.
Me miró de reojo y me empujó un poco hacia la ventana entre risas.
—Por cierto, ¿Ya se lo contaste a tu madre? —me preguntó—. Que te pregunté en WhatsApp y no me respondiste.
—Perdona, es que ya sabes que no soy mucho de redes sociales.
—Lo sé.
—Pero sí, se lo conté.
—¿Y?
—Se lo ha tomado bien, a ver, le chocó un poco, pero guay, está genial todo, y dice que tendrás que pasarte a comer más a menudo por casa. —dije mirándole de reojo.
Asintió, miré por la ventana, donde los edificios pasaban como páginas de un libro que ya conocía.
—¿Y a tus amigos también se lo dijiste?
—Sí, a todos, te dije que lo haría.
Él sonrió con la mirada, sin girarse del todo.
—Lo sé, se lo tomaron bien, ¿no?
—Sí, bastante bien.
—¿Y tú? —le pregunté—. ¿Tu madre lo sabe?
—Sí, se lo dije esta mañana, lo tomó regular, dice que quería nietos.
—Lo tiene complicado. —dije y nos reímos.
—¿Se lo dirás a tu padre?
—¿El qué? —pregunté.
—Que somos novios. —dijo Kevin.
—No, bueno, más adelante, además seguro que ya lo sabe por tu madre. —dije.
—Cierto, es probable. —Kevin se encogió de hombros.
El bus dio un giro lento, la luz del atardecer entraba por la ventana con ese tono naranja que parecía derretirse, no hablamos durante unos minutos.
El sonido metálico anunció la siguiente parada, era la nuestra.
Nos levantamos, Kevin bajó primero, yo detrás, y ahí estaba.
La pizzería, la misma de aquella vez, cuando mi padre nos llevó con mis amigos, el mismo cartel rojo, el mismo olor a masa caliente que salía hasta la acera.
Entramos en la pizzería, el calor del horno nos golpeó al instante, mezclado con el olor a masa tostada, queso derretido, orégano y salsa barbacoa.
Ese olor que te atrapa en cuanto cruzas la puerta, como si supiera que has venido a rendirte, detrás del mostrador estaba Baki, el mismo chico negro que nos atendió la vez anterior, el mismo que me folló detrás del local, en la zona de aparcamiento.
Esta vez, al vernos juntos, nos guiñó un ojo, Kevin se dio cuenta y me miró, yo desvié la mirada, nervioso, sabía que este encuentro podía suceder, Baki me miraba con esa sonrisa que parecía darse cuenta que éramos más que amigos yo y Kevin.
Kevin miró dudando que pedirse, yo mientras observaba el local, había padres de familias con hijos, un grupo de amigos y otro de chicas con sus novios, sonriendo y pasándolo bien.
—Una familiar con extra de queso, bacon, pollo y atún. —dijo Kevin, devolviéndome a la realidad.
—No está mal, buena combinación. —comentó Baki, con un gesto rápido de cejas—. ¿Bebida?
—Para beber yo quiero un zumo de naranja natural para mí. —dije.
—Yo una Coca-Cola doble. —dijo Kevin sonriéndome.
—Eso lleva mucha azúcar. —le repliqué.
—Nah, esta noche la bajo con ejercicio. —me dijo con mirada lasciva.
Baki lo anotó, no dejó de sonreír mientras miraba a Kevin.
—Mesa al fondo, como la otra vez, ¿no?
Asentimos, fuimos a la parte trasera del local, donde las luces eran más tenues y las mesas, de madera oscura, estaban separadas por biombos medio rotos.
Ese rincón donde la ciudad parecía callarse un poco, nos sentamos, yo me puse al lado de la gran ventana que daba a la calle, Kevin se quitó la chaqueta y tomó asiento a mi lado, comenzó a chispear, lluvia ligera golpeaba el suelo de la calle.
—Creo que habrá tormenta. —dije.
—Me gusta la lluvia. —dijo Kevin sonriente.
Guardó su móvil al ver llegar la comida, Baki mismo nos trajo la Pizza, era enorme, estaba caliente, crujiente, olía de muerte.
Comimos despacio, cada bocado era una excusa para otro comentario, otro chiste tonto, nos reímos como si fuéramos los únicos en esa esquina del mundo.
Kevin bebió de la pajita de Coca-Cola entre risas, la pizza se fue acabando, la bandeja quedó con apenas tres trozos y algunas manchas de grasa.
—Joder, estoy lleno, no puedo más… —confesé.
Y entonces nos callamos, no de incomodidad, era ese silencio que viene cuando estás lleno, no solo de comida, sino de algo más cálido.
Kevin me miró y yo a él, entonces se inclinó, suave, hacia mí, muy cerca, los ojos entrecerrados.
—Ven… —murmuró.
Yo entendí al instante, pero mi cuerpo se frenó, había gente, familias, niños, una pareja mayor dos mesas más allá, un grupo de adolescentes con sus novias, yo me eché un poco hacia atrás.
Kevin frunció los labios.
—¿En serio?
—Es que… —dudé—. Hay mucha gente, Kevin…
Él suspiró, rodó los ojos, se acercó de nuevo y me sujetó la cara con las dos manos, despacio pero sin titubear.
—Pues que miren.
Y me besó, no fue largo, ni escandaloso, pero fue firme, cálido, real, sentí su aliento, el roce de su nariz, la presión exacta en mis labios, y me dejé llevar.
Sus labios, calientes, besaban los míos, su lengua se introdujo en mi boca, fue un beso cálido, húmedo y excitante, cuando nos separamos, lo miré con los ojos medio abiertos, él me sonrió.
—¿Ves? No pasó nada.
Miré a mi alrededor, el grupo de chavales con sus novias nos miraban y reían, una de las chicas levantó el pulgar de su dedo sonriente.
Me dio vergüenza y me tumbé en la mesa.
—Venga, no ha sido para tanto. —dijo Kevin mientras bebía su CocaCola, notaba los sorbos con la pajita—. Además, no te di esto.
Le miré curioso, se acercó y volvió a besar mis labios, noté como intentó pasar la bebida de su boca a la mía, tragué parte de la bebida, nos separamos y escupí entre risas el resto.
—¡Buuuaah tío eres un cerdooo! —dije limpiándome la boca con una servilleta.
—Ya lo sabes…, eres mío. —dijo con seriedad.
Le miré, y por un segundo, no importó la mesa de al lado, ni los cuchillos contra los platos, ni las miradas, solo él y yo, y ese sabor a pizza con beso al final.
La tormenta estalló, cayó sobre la ciudad con la furia de lo contenido demasiado tiempo, primero fue el viento, ese que sopla desde las esquinas como si empujara los edificios hacia dentro, luego, el cielo, tan oscuro que los grises parecían negros.
Relámpagos como grietas blancas sobre el negro, y por último, la lluvia, ya no eran gotas, no, sino cuchillos de agua cayendo a plomo.
Dentro de la pizzería se fue la luz, las luces temblaron una vez, dos, y luego quedó solo el reflejo pálido de los faroles exteriores y la iluminación de emergencia parpadeante.
Baki se acercó a nuestra mesa con un gesto de disculpa, nos ofreció descuento por el apagón, pero Kevin ya estaba sacando la cartera.
—Nos vamos. —dijo él, serio, pero divertido, como si esto formase parte de una especie de plan secreto, pagamos y salimos al diluvio, y allí, en la acera, nos convertimos en dos manchas bajo la tormenta, no llevábamos paraguas.
Solo el abrigo, inútil contra ese tipo de lluvia que cala en segundos, que no te da opción a correr sin mojarte, nuestras mochilas estaban también mojándose, los libros corrían peligro, corrimos de toldo en toldo, refugiándonos bajo balcones que ofrecían poco más que unas gotas más finas.
La gente había desaparecido de la calle, como si la ciudad se hubiera rendido, nosotros seguíamos andando, a unos metros, medio oculto por una hilera de arbustos desbordados, encontramos un parque.
No uno de esos que conoces bien, con bancos de siempre y columpios oxidados, era otro, uno que yo no recordaba haber pisado nunca, justo salía un chico de nuestra edad con velocidad, se chocó contra mí, me hizo daño en el hombro.
Le miré, él me miró, nuestras miradas se cruzaron, me sonaba que estaba en la clase de al lado, en mi Instituto.
—¿Entramos? —preguntó Kevin, jadeando un poco, con el pelo mojado, señaló a los columpios del parque.
Afirmé y le seguí, los charcos cubrían el suelo de goma del parque, los columpios estaban inmóviles, empapados, los toboganes brillaban como espejos mojados.
Y al fondo, entre la niebla de lluvia, lo vimos, una estructura de juego con forma de dragón gigante, rojo, desgastado, con ojos amarillos y escamas pintadas en los laterales.
Uno de esos en los que los niños suben por dentro, trepan, se esconden y se deslizan, ahora, con la tormenta, parecía un animal dormido en medio del barro.
Subimos por una de las rampas laterales, entramos al cuerpo del dragón, hueco, oscuro, con olor a plástico mojado y goma quemada, allí, al abrigo de la lluvia, nos sentamos.
Las piernas encogidas, los brazos cruzados, los dos tiritando de frío.
—Esto es de locos. —dije, riéndome por lo bajo, todavía respirando con dificultad.
Kevin no respondió, se acercó y me abrazó por los hombros, con fuerza, apoyó la cabeza en la mía, el sonido de la lluvia golpeando el techo del dragón era hipnótico, casi relajante.
Como si el mundo se estuviera lavando a sí mismo mientras nosotros nos escondíamos en el vientre de una bestia de plástico.
Me quedé así un momento, quería hablar, pero no encontraba cómo, hasta que recordé.
—Tengo algo para ti.
Kevin no se movió al principio.
Solo alzó la mirada, metí mi mano dentro de mi chaqueta, saqué la cajita dorada, estaba un poco aplastada y mojada.
—¿En serio?
—Sí.
Un regalo, por…, por San Valentín…
Se lo ofrecí.
—Toma.
Kevin lo cogió con cuidado, como si no supiera si debía abrirlo allí mismo o no.
—¿Ahora?
—Claro, ¿Qué mejor sitio que dentro de un dragón bajo la lluvia?
Él rió, y entonces, con las manos frías, empezó a deshacer el lazo, Kevin retiró con cuidado el papel humedecido.
El lazo cayó a un lado, ya deshecho, y el envoltorio se abrió como si estuviera exhalando, dentro, protegido aún por una capa fina de burbuja plástica, apareció el reloj.
Plateado, con su esfera azul intensa, minimalista, elegante, exactamente como él, lo cogió con ambas manos.
Sus dedos, fríos por la lluvia, lo giraron para verlo por detrás, por los laterales, por la hebilla, la luz que entraba por la abertura del tobogán proyectaba destellos sobre el metal, como si el reloj tuviera algo de vida propia.
Sus ojos, por un momento, se iluminaron más que cualquier tormenta.
—Me encanta… —dijo, y su voz sonó sincera, suave, casi vulnerable.
Lo deslizó por su muñeca derecha, sin pensarlo mucho, Kevin era zurdo, lo supe desde que nos humilló jugando al fútbol cuando se lo presenté a mis amigos.
Ajustó la hebilla con un gesto casi meticuloso, y luego me miró.
—Gracias, es el mejor regalo que me hicieron nunca.
Se inclinó hacia mí, más cerca de lo que esperaba, y sin aviso, me besó, no fue como en la pizzería, no fue un beso de impulso o de rebeldía, fue uno distinto, lento, lleno de amor, como si todo lo que quería decir estuviera en ese gesto.
Yo cerré los ojos, el plástico del interior del dragón crujió levemente bajo nosotros, la lluvia seguía golpeando con fuerza el techo, y aún así, dentro…, parecía que el mundo se había detenido solo para darnos ese momento.
El tiempo se desdibujó, nuestras lenguas se mezclaron con deseo, Kevin me sujetó del cuello y siguió besándome con intensidad, nos separamos solo cuando el aire lo pidió.
Kevin sonreía con los labios entreabiertos, entonces, sin romper ese hilo invisible que había entre nosotros, metió la mano en el bolsillo interior de su abrigo y sacó algo, un folleto.
Lo extendió frente a mí, era colorido, azul y blanco, con imágenes de plazas antiguas, ruinas romanas, costas soleadas y letras cursivas en italiano.
En la esquina superior: “Viaggio d’estate. Tour culturale per adolescenti.”
—¿Y esto? —pregunté, aún sin entender.
—Es de Italia, donde nací, tenemos una casa en Abbiatense, una zona residencial preciosa, hay bosques, parques, campos de fútbol, es un lugar hermoso.
Pasó una página, otra, mostró una casa con jardín, una especie de viñedo en miniatura.
—Mi madre ya lo ha organizado, a finales de Junio iremos y pasaremos allí el verano, me gustaría que vinieras conmigo…
Mi corazón dio un salto que casi me dolió en el pecho.
—¿En serio? Kevin no sé qué decir… —mis ojos se enrojecieron.
—Solo di que sí, podrás ver dónde nací y crecí, comer pasta de verdad…, yo te ayudaré con el italiano, prometido.
Se quedó mirándome mientras sostenía el folleto entre sus manos mojadas, las gotas resbalaban por la esquina del papel.
No le importaba, yo asentí despacio, ni siquiera lo dudé, me lancé hacia él, esta vez yo, y lo abracé con fuerza, su cuerpo temblaba aún un poco por el frío, pero en ese abrazo no había espacio para otra cosa que no fuera certeza.
—Te amo. —le susurré, bajito, sin buscar que se escuchara más allá de su oído.
Kevin se quedó inmóvil medio segundo, como si quisiera retener ese instante, y luego, muy cerca, me respondió en voz baja, en italiano.
—Anch'io ti amo, Tomi.
Lo dijo así, sin esfuerzo, sin vergüenza, y aunque yo no hablaba italiano, no me hizo falta preguntar, entendí todo, lo entendí en su voz, en sus ojos, en el reloj que brillaba con cada relámpago que cruzaba el cielo, el dragón nos protegía, y el mundo, por fin, me daba felicidad.
Kevin se guardó el folleto, me tumbó en el suelo, comenzó a besarme el cuello, se quitó su abrigo y la camiseta, yo, tumbado, él encima, mis manos se posaron en su cuerpo, su piel, algo mojada por la lluvia, estaba caliente.
Se inclinó y volvió a besarme, mientras se desabrochaba los vaqueros, yo hice lo mismo y comencé a bajar mis pantalones, junto a mi bóxer, dejó de besarme y se acercó a mí, de rodillas ahora, yo seguía tumbado, sus rodillas por debajo de mis axilas.
Acercó su polla a mi boca, le miré con deseo, la abrí y él la metió entera, comenzó a mover sus caderas, su polla de ahora unos catorce centímetros, se deslizaba por mis labios con ligera facilidad.
Me comenzó a follar la boca, se inclinó y apoyó ambas manos en el suelo, dejando su cuerpo ahora erguido, y siguió con el movimiento de sus caderas, follando mi boca, yo por mi parte comencé a pajearme con locura.
Cerré los ojos y me dejé llevar, la lluvia golpeaba el dragón que nos protegía de la tormenta, y allí, tumbado, recibía las estocadas de Kevin en mi garganta.
Kevin se incorporó sacándola de mi boca, me volvió a besar y me susurró, ''te voy a hacer mío'', y dicho, me levantó las piernas, escupió dos veces en mi ano y acercó su polla a mi culo.
Le miré, temblando, por el frío y por lo que hacíamos, Kevin me sonrió nervioso, también temblaba de frío, de excitación, o de ambas cosas.
Notaba como su polla se deslizaba dentro de mí, poco a poco entraba, lento, pero firme, su polla se introducía dentro de mi cuerpo, nuestras miradas seguían conectadas, Kevin dio una estocada más y me introdujo toda su polla.
Di un suspiro, quejido, o ambas cosas, sentí ligero dolor, Kevin se detuvo, se echó encima de mí y me comenzó a comer la boca, sin moverse, solo dentro de mí, quieto.
Nuestras lenguas mezclaban nuestra saliva, su polla palpitaba dentro de mí, que se hacía a la presencia de su polla, la única que entraría a partir de ahora, la que estaba reclamando como pertenencia suya.
Sus caderas comenzaron a moverse, el ritmo iba subiendo, cada vez más deprisa, más intenso, más profundo, su polla salí y entraba de mi culo con ferocidad.
Kevin comenzó a gemir, dejamos de besarnos para poder experimentar mejor la penetración, su cuerpo arremetía contra el mío, mis manos tocaban todo su cuerpo, el cuerpo de mi macho, de mi chico, de la persona que me estaba transportando a otra dimensión.
Nuestros gemidos no fueron callados, ni tuvimos que contenernos, la tormenta callaba nuestros gritos, la lluvia era testigo de la unión de nuestros cuerpos.
No sé cuánto tiempo estuvo follándome, el tiempo estaba paralizado, congelado, no avanzaba, sus embestidas sí, Kevin comenzó a pajearme con fuerza y rapidez, aceleró sus embestidas, cada estocada me hacía temblar, electricidad recorría mi espina dorsal.
Empezábamos a sudar, nos mirábamos exhaustos, cansados, el ambiente olía a sexo, sexo adolescente en pleno apogeo de las hormonas, Kevin me sujetó del cuello y me la clavó con fuerza varias veces, me empecé a tocar y me corrí, una corrida que jamás había tenido.
Mis espasmos aceleraron su orgasmo, se comenzó a correr dentro de mí, notaba su polla hincharse y vaciar sus huevos dentro de mí, su leche caliente inundaba mi interior, su semen me quemaba por dentro, podía sentir su lefa manchar mis tripas.
Kevin cayó rendido encima de mí, nos miramos, nuestras respiraciones comenzaban a bajar de revoluciones, sonreímos, Kevin me besó en los labios, lentamente, a la vez que salía de dentro de mí.
Se echó a un lado, se puso la camiseta y el abrigo, después, se tumbó a mi lado, descansando, yo, me subí la ropa, y ambos nos quedamos mirando el techo del dragón que fue testigo de nuestra primera vez juntos, de su primera vez.
Le miré, parecía dormido, mi mano tocó su mejilla derecha, sus labios, de fondo, la lluvia parecía perder fuerza.
Entonces lo supe, jamás me separaría de Kevin, nunca.
Kevin y yo seguimos juntos, el tiempo avanza, como la vida, y llegó Junio, las notas, aprobado, el año que viene sería cuarto de secundaria, último año de Instituto.
El agua de la piscina reflejaba el cielo azul pálido de finales de curso, con esas nubes finas como líneas de tiza en una pizarra ya medio borrada, estábamos en casa de Soufián, era medio día, y el sol caía justo encima, marcando sombras definidas sobre el suelo de baldosas grises que rodeaban la piscina del jardín.
Yo estaba sentado en el borde, las piernas dentro del agua, el cuerpo seco aún, pero con el calor del sol haciendo que la piel me brillase como si hubiera salido de un anuncio de crema solar.
Dentro de la piscina estaban mis amigos, Kevin jugaba con Iván, haciendo carreras de buceo, mientras Soufián trataba de subirse a un flamenco hinchable sin volcarlo.
Reían, salpicaban y por un segundo, no parecían adolescentes, parecían niños que habían sobrevivido al invierno y a todo lo que vino con él, a mi derecha, el sonido de unas chanclas arrastrándose me hizo girar.
Era Marcos, se dejó caer a mi lado con un suspiro largo, los brazos colgando por detrás.
—Puto calor tío… —murmuró.
—Pero se está bien…, solecito, piscina, en un rato unos kebabs, esto es vida…
Asintió sonriente, nos quedamos callados un instante, solo se oía el agua moverse, el roce del aire en las hojas de los arbustos, y las risas ahogadas de nuestros amigos.
—Me da cosa que te vayas.
Giré un poco la cabeza hacia él, seguía mirando al frente.
—Solo son dos meses. —dije.
—Ya, pero es como…, no sé…, como cuando uno se queda en la escuela y los demás se van de excursión.
—Lo sé, pero te escribiré todos los días…
—Mentiroso, estarás ocupado con el italiano, por cierto, ¿qué tal folla? —me miró con una sonrisa morbosa.
Sonreí y desvié la mirada hacia Kevin.
—Bien, cada vez lo hace mejor. —confesé.
—Bueno, espero muchas fotos guapas de Italia ehhh, y algún recuerdo.
—Claro tonto, me compré una cámara solo para ello. —dije sonriente.
Sonreí sin que él lo viera, el padre de Soufián apareció desde la terraza, con una bandeja metálica llena de kebabs y durums envueltos en papel aluminio.
El olor era denso, especiado, familiar, gritó algo y todos se acercaron nadando, salpicando agua en todas direcciones.
—¿Y tú? —pregunté, mientras esperábamos que se repartieran la comida—. ¿Estás bien?
Marcos bajó la mirada a sus pies.
—Sí, es solo que…, hubo un momento en que pensé que te perdía, sentí celos, conectaste muy bien con Kevin y me dio miedo.
—¿Perderme cómo?
—No sé…
—Pensé que ahora que tienes a Kevin, ya no necesitarías tanto a los demás…, a mí…, y eso me jodió, tío.
Me quedé mirando el agua.
—No es así.
—Lo sé, ahora lo sé, fueron celos sin fundamento, es que contigo compartí cosas muy íntimas, y a veces me sentía confundido.
Le miré sorprendido.
—Marcos…
—Tranquilo, era eso, confusión, sigo siendo hetero, no te preocupes.
Reímos.
—Pero al principio no lo entendía, yo estaba confundido, tú estabas feliz, recordé cómo te sentías cuando estaba con Sara, y entonces lo comprendí, hay amistades que son tan fuertes, tan intensas, que pueden confundir.
—Pero son amistades. —dije.
—Sí, me costó comprenderlo.
Me giré del todo esta vez, lo miré, sus ojos tenían esa sinceridad incómoda que solo sale en días calurosos, cuando uno está cansado de guardar cosas.
—Gracias por decirlo, por abrirte. —dije.
Él se encogió de hombros.
—No te acostumbres, además, quien te abre de piernas a ti es Kevin.
—¡Cabrón! —le tiré a la piscina de un empujón, por idiota.
Le sonreí, se rió y me lanzó agua.
Kevin salió de la piscina, empapado, con gotitas cayéndole por el cuello hasta el pecho, me guiñó un ojo, como si supiera exactamente en qué momento interrumpir.
Se sentó a mi izquierda, su rodilla rozando la mía.
—¿Todo bien? —preguntó.
—Sí. —dije, mirando a ambos—. Todo muy bien.
Soufián y los demás se sentaron también, devorando los kebabs entre comentarios sobre el verano, las chicas, los juegos, los planes.
Kevin me ofreció su durum, estaba a medias, lo cogí y le pegué un mordisco, noté como nuestros amigos nos miraban.
—¿Beso? —preguntó Iván.
—Eso, eso, ¡beso!
Nos negábamos entre risas, pero insistieron, tragué la comida y besé a Kevin entre pitorreos y bromas de nuestros amigos.
Y ahí estábamos todos, como si nada hubiera cambiado y, al mismo tiempo, como si todo lo hubiera hecho, yo apoyé la cabeza en el hombro de Kevin.
Él no dijo nada, solo me pasó el brazo por la espalda, y ahí, en ese momento, supe que no hacía falta un gran final, ni una escena de película, solo eso, un momento sencillo y verdadero.
Tenía ganas de ir a Italia, descubrir dónde nació Kevin, su barrio, sus amigos de allí, descubriría un mundo nuevo, sitios de ensueño, vivencias nuevas, aún recuerdo ese intenso verano, de cómo pasamos de la felicidad al miedo, de la incertidumbre al éxtasis.
Un grato recuerdo que quizás algún día comparta con vosotros, pero que por ahora es un punto final, una historia de como fui descubriendo lo que era la amistad, el amor, la confianza, los celos, el miedo, el rechazo, el abuso, el dolor y sobre todo, la confianza.
Fin
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Y hasta aquí mi historia, espero que os haya gustado y la hayáis disfrutado tanto como yo escribiéndola, son recuerdos que siempre llevaré conmigo y nunca olvidaré, quise compartirlos con vosotros, demostrar que aunque la vida a veces sea oscura, siempre acabará asomando algo de luz que iluminará el camino a nuestra meta.
¡Sin más, me despido, gracias de nuevo a todos por el apoyo, nos vemos en otra historia!
TeenBoy.