jueves, 5 de marzo de 2026

En los vestuarios — Capítulo 10: Y me hizo suyo (Final)

Capítulo 10 ''Y me hizo suyo'' (Final)

Toda historia tiene principio, y final, la llegada de Kevin al grupo levanta heridas, ¿me quedo con mis amigos o con Kevin? ¿Debo escoger? (Ultimo capítulo)

La farola parpadeaba, luz, sombra y luz de nuevo, la calle se partía en dos con cada destello, mis piernas no respondían bien, no corrí, ni grité, sólo me quedé ahí, en el suelo, viendo cómo el regalo de Kevin, el reloj de esfera azul se alejaba, rodando hasta los pies del entrenador.

Él se agachó y lo recogió con cuidado.

Se te ha caído. —dijo, sin levantar la vista—. Por mi culpa, perdona.

Su voz…, no era como antes, ya no tenía filo, era grave, pero blanda, como si llevara peso dentro, yo me puse en pie, el abrigo me pesaba, las manos me temblaban al coger el paquete que me tendía, lo sujeté con fuerza, luego le miré a él.

Sus ojos estaban rojos, no por rabia, por algo más viejo, más gastado, culpabilidad.

Te pido perdón, Tomi. —dijo, con un hilo de voz—. Por todo, por cómo te traté, por lo que intenté hacer, no…, no tiene nombre, se me fue la cabeza, lo siento…

No dije nada, solo quería irme, no verle más.

He ido a terapia, estoy intentando…, entenderme. —bajó la mirada al suelo agrietado—. No tienes que perdonarme, solo necesitaba decírtelo, cuando te vi en la tienda, no podía irme sin hablar.

No pasa nada —dije, bajito, sus palabras realmente parecían sinceras, no mentía, no del todo, al menos creo que decía la verdad.

Sí pasa, es algo que no me perdonaré nunca, tú confiabas en mí y yo me aproveché de ello, de nuevo perdón…

Te perdono. —añadí—. Siempre que no vuelvas a comportarte así, nunca más, con nadie.

El entrenador asintió.

Te lo juro, además, ahora estoy trabajando de mecánico a las afueras, no creo que sea buena idea acercarme a sitios con chicos.

No, no pienso sea buena idea…

La farola volvió a parpadear, una ráfaga de viento arrastró hojas secas por el bordillo, no había nadie más en la calle, solo nosotros.

Bueno, tengo que irme. —dije secamente.

El entrenador asintió, me alejé, sentía su mirada en mi espalda, pero ya no me dolía, aunque, dentro, lo que hizo, lo que intentó…, se me quedó grabado, como el frío de febrero en los huesos.

Llegué por fin a casa, tocaba lasaña casera para cenar, me lavo las manos y guardo el regalo en el cajón de mi escritorio, el comedor estaba impregnado con ese olor a queso tostado y tomate dulce que solo mi madre sabía conseguir.

Comíamos sin hablar mucho, yo en medio, mi madre a la izquierda, como siempre, Claudia a la derecha, la tele estaba encendida, bajita, casi como un murmullo, un documental sobre el Antiguo Egipto, con una voz pausada que hablaba de tumbas escondidas y de momias olvidadas.

Claudia hablaba de su carrera, comentaba algo sobre el desarrollo infantil, un tema importante para el examen, su tono era monótono, calmado, como si también estuviera esperando algo.

Yo no la escuchaba del todo, tenía la pierna derecha temblando debajo de la mesa, como si tuviera vida propia, como si estuviera intentando salir corriendo sin mí, el tenedor de mi madre rozó el fondo del plato.

El silencio se deslizó entre nosotros como una sombra discreta y ahí…, en ese espacio entre una frase y otra, entre una frase de mi hermana y una pausa en el televisor, lo dije.

Mamá…, soy gay.

Lo lancé al aire, como quien lanza una piedra al lago sin querer ver el rebote, mi madre dejó de mirar la televisión, el sonido del documental seguía, yo no respiraba, solo apreté los dientes con el tenedor en la mano, mientras mi pierna no dejaba de moverse.

Me gustan los chicos… —añadí—. Kevin…, Kevin es mi novio.

Me sentía mareado, como si tuviese náuseas, miré a mi madre, esperando su reacción, Claudia se giró hacia mí, no sorprendida por el qué, sino por el cómo, no esperaba que fuera así, tan directo, tan de golpe.

Mi madre parpadeó, se giró lentamente hacia mí, su rostro estaba tranquilo, pero pensativo, como si analizase cada palabra, como si retrocediera mentalmente a buscar señales que se le escaparon.

Seguía sin decir nada, como analizando todo, yo seguía mirando al plato, la lasaña estaba medio fría, Claudia me rozó la mano por debajo de la mesa.

No dijo nada, solo estuvo ahí, mi madre suspiró, no fue un suspiro largo, fue corto, cerrado.

¿Estás seguro? —me preguntó.

Sí… —dije rápidamente.

¿Ha sido por ese chico? ¿Kevin? —mi madre ya quería culparlo, la conocía.

No, no mamá, hace unos años que supe que me gustan los chicos… —apreté el tenedor con fuerza.

Estaba seria, como intentando procesar todo, volvió a mirar el televisor, aunque ya no parecía ver nada.

Entonces…, tendrá que venir más veces a cenar, ¿no? —me miró sonriendo.

Yo…, ¿no estás enfadada? —pregunté confuso.

¿Enfadada? —mi madre se levantó y se acercó a mí, me miró quitando unos cabellos de mi frente, y me abrazó—. Eres mi hijo, mi niño consentido, claro que no estoy enfadada.

La abracé con fuerza y comencé a llorar, oía el latido de mi propio corazón en mis oídos, mi hermana se puso también en pie y se abrazó a nosotros, y así, permanecimos, abrazados.

Y así, llegó el Viernes.

El cielo estaba cubierto de nubes densas, gris mate, como si la semana hubiese sido tan pesada que el cielo también necesitase descansar, parecía que iba a llover, o peor, tormenta.

El aire olía a humedad y a desayuno barato, café de máquina, a pan del día anterior, lo de siempre, las tiendas de la zona recién abrían, son saludaban los dueños de las mismas mientras caminábamos hacia clase los cuatro.

Yo, Soufián, Iván y Marcos, uno al lado del otro, abrochándonos las chaquetas a medias, mochilas colgando de un solo hombro, hablando más con las manos que con la boca.

Por fin será finde, ¡que ganas de quedar con Isabel! —dijo Iván, con esa sonrisilla que ya era un clásico—. Me ha dicho que estará sola en casa…

¿Y qué? ¿Vais a jugar a la Play o qué? —saltó Soufián, dándole un leve codazo.

Primo, por favor… —se rió Iván—. Si me lleva a jugar Fifa me piro, además, yo quiero que juegue con mis pelotas.

Serás cerdo… —dijo Marcos negando con la cabeza.

Tú con que no metas autogol, ya es victoria. —añadió Soufián, entre risas.

Yo sonreí, pero no dije nada, el frío me pesaba más de lo normal, no en la piel, sino en la boca, en las palabras que no acababan de salir.

¿Os acordáis de la amiga de Laura? Pues…, otra que me ha probado. —dijo el marroquí.

¿En serio? —preguntó Iván, exagerando su gesto de sorpresa.

Te lo juro, me tiró al sofá, bro, me arrancó la ropa como una loba hambrienta, y claro, yo le di de comer… —dijo moviendo las cejas y sacando la lengua.

¿Y no se quedó con hambre? —pregunté bromeando, Marcos e Iván rieron.

No lo sé, dímelo tú, ¿te quedaste con hambre? —dijo Soufián, y se mordió el labio mientras me daba en el hombro con el suyo.

Tú eres tonto. —dije, Iván me miró de reojo y soltó una risa cómplice, como sabiendo que no mentía.

Marcos nos miró extrañado.

Bueno, el caso es que esa tía repite, ya verás. —prosiguió el marroquí.

Normal, una vez te prueban, quieren repetir. —dije con una sonrisa lasciva, Soufián me miró y volvió a golpearme el hombro

Ya sabes, no me importa repetir si el plato está rico. —soltó de nuevo sacándome la lengua.

Risas de nuevo, aunque no negaré que la situación me calentaba, recordaba como Soufián e Iván me desvirgaron en mi propio cuarto.

Antes de entrar al instituto me detuve en seco.

Chicos, quería deciros algo importante… —dije con seriedad.

¿Qué pasa? —dijo Marcos, girándose hacia mí—. ¿Pasó algo?

Los tres me miraron, Iván todavía masticaba chicle, Soufián se sacudía las manos del frío, Marcos ladeaba la cabeza, como siempre hacía cuando no sabía por dónde ibas, tragué saliva.

Hay algo que necesito deciros, algo que…, bueno, que ya va tocando.

Nos quedamos al lado de la reja oxidada que daba a la entrada, los chicos accedían al Instituto mientras conversaban, ajenos a nosotros.

Es…, sobre Kevin… —empecé—. Kevin es mi novio…

Los tres se miraron, no sé si sorprendidos, desencajados, decepcionados, no sé, no supe descifrar sus gestos, estaba nervioso, a pesar de haberme quitado el peso más grande, mi madre.

¿Kevin? —preguntó Iván, alzando las cejas.

Sí… —murmuré—. Sólo quería que lo supierais, antes que nadie.

Entonces, ¿sales del armario? —preguntó Marcos.

Bueno, sí, a ver, no voy a ir por ahí diciendo lo que me gusta o con quién estoy, pero si me preguntan, no lo negaré.

El silencio fue raro, no pesado, pero sí como cuando una clase entera deja de hablar al mismo tiempo.

Bro, ¿Entonces eres gay cien por cien? —preguntó Soufián, sin malicia, aunque él ya lo sabía tras desvirgarme.

Sí…

Primo… —Iván puso su brazo sobre mis hombros, rodeando mi cuello—. Me alegra que por fin hayas salido de ahí dentro, y eh, ¿Kevin? Es un chaval cojonudo, yo me alegro.

Le sonreí con pesadez, esa pesadez que iba desapareciendo.

A ver, seamos sinceros, no nos pilla por sorpresa… —saltó Soufián, señalándome con el dedo—. Pero me alegro que tengas novio, Kevin que cae bien, y te pega como novio.

Marcos estaba en silencio, muy callado, le miré, esperando ver que me decía, parecía molesto, no entendía por qué aún.

Tomi… —Marcos se acercó y me dio un abrazo—. Me alegro tío, Kevin es cojonudo, muy guapo ehhh, no, si tonto no eres, pero, me surge una duda…

Le miré confuso, esperando su pregunta.

¿Quién le da por culo a quién? —preguntó entre risas.

Tú eres tonto chaval. —le di un empujón cariñoso.

El resto empezó a reírse.

Yo, creo, que Kevin se lo coge duro. —soltó Soufián—. No diré por qué creo eso…

Cállate bobo. —solté.

Sentí que la sangre me volvía a las piernas, respiraba ahora con más facilidad, y que mis amigos se tomasen todo tan normal ayudó mucho, eran mis mejores amigos, con los que siempre me sentía feliz, seguro, los que nunca me fallaron.

Las clases terminaron con ese ruido de siempre, sillas arrastrándose, carpetas cerrándose de golpe y gritos sueltos por los pasillos como ecos que no querían irse del todo.

Me despedí de Iván, Soufián y Marcos en la puerta principal, les dije que había quedado con Kevin, era nuestro primer San Valentín, el día de los enamorados.

Me despedí con un choque de manos con Iván, un ''nos vemos, bro'' con Soufián y una mirada larga con Marcos, le notaba distante, raro.

La calle estaba llena de chavales caminando a sus casas, las nubes se oscurecían lentamente y el aire era más denso que por la mañana.

Todavía olía a cemento mojado, pero sin lluvia, como si la ciudad ya se estuviera preparando para la tormenta.

Caminé un par de calles y entonces lo vi, Kevin, apoyado contra una señal de tráfico, con una mochila negra, y mirando su móvil, estaba muy pegado a sus redes sociales.

Sonrisa pequeña, de esas que no muestra dientes, pero sí algo más, nos saludamos con un simple cruce de miradas.

¿Vamos? —dije.

Asintió, caminamos juntos hacia la parada de bus, él con pasos tranquilos, yo…, no tanto, subimos al bus en cuanto llegó, no había casi nadie, eran las tres y media de la tarde, casi todos comían en sus casas.

Nos sentamos en los asientos dobles del fondo, al lado de la ventana me senté yo, él seguía mirando su móvil.

¿Qué? ¿Alguna novedad en redes? —pregunté.

Qué va, lo de siempre, sigo en veinticinco mil seguidores, me he estancado…

Bueno, verás que en verano, cuando subas contenido sin camiseta, suben los followers. —dije con una risa de broma.

Me miró de reojo y me empujó un poco hacia la ventana entre risas.

Por cierto, ¿Ya se lo contaste a tu madre? —me preguntó—. Que te pregunté en WhatsApp y no me respondiste.

Perdona, es que ya sabes que no soy mucho de redes sociales.

Lo sé.

Pero sí, se lo conté.

¿Y?

Se lo ha tomado bien, a ver, le chocó un poco, pero guay, está genial todo, y dice que tendrás que pasarte a comer más a menudo por casa. —dije mirándole de reojo.

Asintió, miré por la ventana, donde los edificios pasaban como páginas de un libro que ya conocía.

¿Y a tus amigos también se lo dijiste?

Sí, a todos, te dije que lo haría.

Él sonrió con la mirada, sin girarse del todo.

Lo sé, se lo tomaron bien, ¿no?

Sí, bastante bien.

¿Y tú? —le pregunté—. ¿Tu madre lo sabe?

Sí, se lo dije esta mañana, lo tomó regular, dice que quería nietos.

Lo tiene complicado. —dije y nos reímos.

¿Se lo dirás a tu padre?

¿El qué? —pregunté.

Que somos novios. —dijo Kevin.

No, bueno, más adelante, además seguro que ya lo sabe por tu madre. —dije.

Cierto, es probable. —Kevin se encogió de hombros.

El bus dio un giro lento, la luz del atardecer entraba por la ventana con ese tono naranja que parecía derretirse, no hablamos durante unos minutos.

El sonido metálico anunció la siguiente parada, era la nuestra.

Nos levantamos, Kevin bajó primero, yo detrás, y ahí estaba.

La pizzería, la misma de aquella vez, cuando mi padre nos llevó con mis amigos, el mismo cartel rojo, el mismo olor a masa caliente que salía hasta la acera.

Entramos en la pizzería, el calor del horno nos golpeó al instante, mezclado con el olor a masa tostada, queso derretido, orégano y salsa barbacoa.

Ese olor que te atrapa en cuanto cruzas la puerta, como si supiera que has venido a rendirte, detrás del mostrador estaba Baki, el mismo chico negro que nos atendió la vez anterior, el mismo que me folló detrás del local, en la zona de aparcamiento.

Esta vez, al vernos juntos, nos guiñó un ojo, Kevin se dio cuenta y me miró, yo desvié la mirada, nervioso, sabía que este encuentro podía suceder, Baki me miraba con esa sonrisa que parecía darse cuenta que éramos más que amigos yo y Kevin.

Kevin miró dudando que pedirse, yo mientras observaba el local, había padres de familias con hijos, un grupo de amigos y otro de chicas con sus novios, sonriendo y pasándolo bien.

Una familiar con extra de queso, bacon, pollo y atún. —dijo Kevin, devolviéndome a la realidad.

No está mal, buena combinación. —comentó Baki, con un gesto rápido de cejas—. ¿Bebida?

Para beber yo quiero un zumo de naranja natural para mí. —dije.

Yo una Coca-Cola doble. —dijo Kevin sonriéndome.

Eso lleva mucha azúcar. —le repliqué.

Nah, esta noche la bajo con ejercicio. —me dijo con mirada lasciva.

Baki lo anotó, no dejó de sonreír mientras miraba a Kevin.

Mesa al fondo, como la otra vez, ¿no?

Asentimos, fuimos a la parte trasera del local, donde las luces eran más tenues y las mesas, de madera oscura, estaban separadas por biombos medio rotos.

Ese rincón donde la ciudad parecía callarse un poco, nos sentamos, yo me puse al lado de la gran ventana que daba a la calle, Kevin se quitó la chaqueta y tomó asiento a mi lado, comenzó a chispear, lluvia ligera golpeaba el suelo de la calle.

Creo que habrá tormenta. —dije.

Me gusta la lluvia. —dijo Kevin sonriente.

Guardó su móvil al ver llegar la comida, Baki mismo nos trajo la Pizza, era enorme, estaba caliente, crujiente, olía de muerte.

Comimos despacio, cada bocado era una excusa para otro comentario, otro chiste tonto, nos reímos como si fuéramos los únicos en esa esquina del mundo.

Kevin bebió de la pajita de Coca-Cola entre risas, la pizza se fue acabando, la bandeja quedó con apenas tres trozos y algunas manchas de grasa.

Joder, estoy lleno, no puedo más… —confesé.

Y entonces nos callamos, no de incomodidad, era ese silencio que viene cuando estás lleno, no solo de comida, sino de algo más cálido.

Kevin me miró y yo a él, entonces se inclinó, suave, hacia mí, muy cerca, los ojos entrecerrados.

Ven… —murmuró.

Yo entendí al instante, pero mi cuerpo se frenó, había gente, familias, niños, una pareja mayor dos mesas más allá, un grupo de adolescentes con sus novias, yo me eché un poco hacia atrás.

Kevin frunció los labios.

¿En serio?

Es que… —dudé—. Hay mucha gente, Kevin…

Él suspiró, rodó los ojos, se acercó de nuevo y me sujetó la cara con las dos manos, despacio pero sin titubear.

Pues que miren.

Y me besó, no fue largo, ni escandaloso, pero fue firme, cálido, real, sentí su aliento, el roce de su nariz, la presión exacta en mis labios, y me dejé llevar.

Sus labios, calientes, besaban los míos, su lengua se introdujo en mi boca, fue un beso cálido, húmedo y excitante, cuando nos separamos, lo miré con los ojos medio abiertos, él me sonrió.

¿Ves? No pasó nada.

Miré a mi alrededor, el grupo de chavales con sus novias nos miraban y reían, una de las chicas levantó el pulgar de su dedo sonriente.

Me dio vergüenza y me tumbé en la mesa.

Venga, no ha sido para tanto. —dijo Kevin mientras bebía su CocaCola, notaba los sorbos con la pajita—. Además, no te di esto.

Le miré curioso, se acercó y volvió a besar mis labios, noté como intentó pasar la bebida de su boca a la mía, tragué parte de la bebida, nos separamos y escupí entre risas el resto.

¡Buuuaah tío eres un cerdooo! —dije limpiándome la boca con una servilleta.

Ya lo sabes…, eres mío. —dijo con seriedad.

Le miré, y por un segundo, no importó la mesa de al lado, ni los cuchillos contra los platos, ni las miradas, solo él y yo, y ese sabor a pizza con beso al final.

La tormenta estalló, cayó sobre la ciudad con la furia de lo contenido demasiado tiempo, primero fue el viento, ese que sopla desde las esquinas como si empujara los edificios hacia dentro, luego, el cielo, tan oscuro que los grises parecían negros.

Relámpagos como grietas blancas sobre el negro, y por último, la lluvia, ya no eran gotas, no, sino cuchillos de agua cayendo a plomo.

Dentro de la pizzería se fue la luz, las luces temblaron una vez, dos, y luego quedó solo el reflejo pálido de los faroles exteriores y la iluminación de emergencia parpadeante.

Baki se acercó a nuestra mesa con un gesto de disculpa, nos ofreció descuento por el apagón, pero Kevin ya estaba sacando la cartera.

Nos vamos. —dijo él, serio, pero divertido, como si esto formase parte de una especie de plan secreto, pagamos y salimos al diluvio, y allí, en la acera, nos convertimos en dos manchas bajo la tormenta, no llevábamos paraguas.

Solo el abrigo, inútil contra ese tipo de lluvia que cala en segundos, que no te da opción a correr sin mojarte, nuestras mochilas estaban también mojándose, los libros corrían peligro, corrimos de toldo en toldo, refugiándonos bajo balcones que ofrecían poco más que unas gotas más finas.

La gente había desaparecido de la calle, como si la ciudad se hubiera rendido, nosotros seguíamos andando, a unos metros, medio oculto por una hilera de arbustos desbordados, encontramos un parque.

No uno de esos que conoces bien, con bancos de siempre y columpios oxidados, era otro, uno que yo no recordaba haber pisado nunca, justo salía un chico de nuestra edad con velocidad, se chocó contra mí, me hizo daño en el hombro.

Le miré, él me miró, nuestras miradas se cruzaron, me sonaba que estaba en la clase de al lado, en mi Instituto.

¿Entramos? —preguntó Kevin, jadeando un poco, con el pelo mojado, señaló a los columpios del parque.

Afirmé y le seguí, los charcos cubrían el suelo de goma del parque, los columpios estaban inmóviles, empapados, los toboganes brillaban como espejos mojados.

Y al fondo, entre la niebla de lluvia, lo vimos, una estructura de juego con forma de dragón gigante, rojo, desgastado, con ojos amarillos y escamas pintadas en los laterales.

Uno de esos en los que los niños suben por dentro, trepan, se esconden y se deslizan, ahora, con la tormenta, parecía un animal dormido en medio del barro.

Subimos por una de las rampas laterales, entramos al cuerpo del dragón, hueco, oscuro, con olor a plástico mojado y goma quemada, allí, al abrigo de la lluvia, nos sentamos.

Las piernas encogidas, los brazos cruzados, los dos tiritando de frío.

Esto es de locos. —dije, riéndome por lo bajo, todavía respirando con dificultad.

Kevin no respondió, se acercó y me abrazó por los hombros, con fuerza, apoyó la cabeza en la mía, el sonido de la lluvia golpeando el techo del dragón era hipnótico, casi relajante.

Como si el mundo se estuviera lavando a sí mismo mientras nosotros nos escondíamos en el vientre de una bestia de plástico.

Me quedé así un momento, quería hablar, pero no encontraba cómo, hasta que recordé.

Tengo algo para ti.

Kevin no se movió al principio.

Solo alzó la mirada, metí mi mano dentro de mi chaqueta, saqué la cajita dorada, estaba un poco aplastada y mojada.

¿En serio?

Sí.

Un regalo, por…, por San Valentín…

Se lo ofrecí.

Toma.

Kevin lo cogió con cuidado, como si no supiera si debía abrirlo allí mismo o no.

¿Ahora?

Claro, ¿Qué mejor sitio que dentro de un dragón bajo la lluvia?

Él rió, y entonces, con las manos frías, empezó a deshacer el lazo, Kevin retiró con cuidado el papel humedecido.

El lazo cayó a un lado, ya deshecho, y el envoltorio se abrió como si estuviera exhalando, dentro, protegido aún por una capa fina de burbuja plástica, apareció el reloj.

Plateado, con su esfera azul intensa, minimalista, elegante, exactamente como él, lo cogió con ambas manos.

Sus dedos, fríos por la lluvia, lo giraron para verlo por detrás, por los laterales, por la hebilla, la luz que entraba por la abertura del tobogán proyectaba destellos sobre el metal, como si el reloj tuviera algo de vida propia.

Sus ojos, por un momento, se iluminaron más que cualquier tormenta.

Me encanta… —dijo, y su voz sonó sincera, suave, casi vulnerable.

Lo deslizó por su muñeca derecha, sin pensarlo mucho, Kevin era zurdo, lo supe desde que nos humilló jugando al fútbol cuando se lo presenté a mis amigos.

Ajustó la hebilla con un gesto casi meticuloso, y luego me miró.

Gracias, es el mejor regalo que me hicieron nunca.

Se inclinó hacia mí, más cerca de lo que esperaba, y sin aviso, me besó, no fue como en la pizzería, no fue un beso de impulso o de rebeldía, fue uno distinto, lento, lleno de amor, como si todo lo que quería decir estuviera en ese gesto.

Yo cerré los ojos, el plástico del interior del dragón crujió levemente bajo nosotros, la lluvia seguía golpeando con fuerza el techo, y aún así, dentro…, parecía que el mundo se había detenido solo para darnos ese momento.

El tiempo se desdibujó, nuestras lenguas se mezclaron con deseo, Kevin me sujetó del cuello y siguió besándome con intensidad, nos separamos solo cuando el aire lo pidió.

Kevin sonreía con los labios entreabiertos, entonces, sin romper ese hilo invisible que había entre nosotros, metió la mano en el bolsillo interior de su abrigo y sacó algo, un folleto.

Lo extendió frente a mí, era colorido, azul y blanco, con imágenes de plazas antiguas, ruinas romanas, costas soleadas y letras cursivas en italiano.

En la esquina superior: “Viaggio d’estate. Tour culturale per adolescenti.”

¿Y esto? —pregunté, aún sin entender.

Es de Italia, donde nací, tenemos una casa en Abbiatense, una zona residencial preciosa, hay bosques, parques, campos de fútbol, es un lugar hermoso.

Pasó una página, otra, mostró una casa con jardín, una especie de viñedo en miniatura.

Mi madre ya lo ha organizado, a finales de Junio iremos y pasaremos allí el verano, me gustaría que vinieras conmigo…

Mi corazón dio un salto que casi me dolió en el pecho.

¿En serio? Kevin no sé qué decir… —mis ojos se enrojecieron.

Solo di que sí, podrás ver dónde nací y crecí, comer pasta de verdad…, yo te ayudaré con el italiano, prometido.

Se quedó mirándome mientras sostenía el folleto entre sus manos mojadas, las gotas resbalaban por la esquina del papel.

No le importaba, yo asentí despacio, ni siquiera lo dudé, me lancé hacia él, esta vez yo, y lo abracé con fuerza, su cuerpo temblaba aún un poco por el frío, pero en ese abrazo no había espacio para otra cosa que no fuera certeza.

Te amo. —le susurré, bajito, sin buscar que se escuchara más allá de su oído.

Kevin se quedó inmóvil medio segundo, como si quisiera retener ese instante, y luego, muy cerca, me respondió en voz baja, en italiano.

Anch'io ti amo, Tomi.

Lo dijo así, sin esfuerzo, sin vergüenza, y aunque yo no hablaba italiano, no me hizo falta preguntar, entendí todo, lo entendí en su voz, en sus ojos, en el reloj que brillaba con cada relámpago que cruzaba el cielo, el dragón nos protegía, y el mundo, por fin, me daba felicidad.

Kevin se guardó el folleto, me tumbó en el suelo, comenzó a besarme el cuello, se quitó su abrigo y la camiseta, yo, tumbado, él encima, mis manos se posaron en su cuerpo, su piel, algo mojada por la lluvia, estaba caliente.

Se inclinó y volvió a besarme, mientras se desabrochaba los vaqueros, yo hice lo mismo y comencé a bajar mis pantalones, junto a mi bóxer, dejó de besarme y se acercó a mí, de rodillas ahora, yo seguía tumbado, sus rodillas por debajo de mis axilas.

Acercó su polla a mi boca, le miré con deseo, la abrí y él la metió entera, comenzó a mover sus caderas, su polla de ahora unos catorce centímetros, se deslizaba por mis labios con ligera facilidad.

Me comenzó a follar la boca, se inclinó y apoyó ambas manos en el suelo, dejando su cuerpo ahora erguido, y siguió con el movimiento de sus caderas, follando mi boca, yo por mi parte comencé a pajearme con locura.

Cerré los ojos y me dejé llevar, la lluvia golpeaba el dragón que nos protegía de la tormenta, y allí, tumbado, recibía las estocadas de Kevin en mi garganta.

Kevin se incorporó sacándola de mi boca, me volvió a besar y me susurró, ''te voy a hacer mío'', y dicho, me levantó las piernas, escupió dos veces en mi ano y acercó su polla a mi culo.

Le miré, temblando, por el frío y por lo que hacíamos, Kevin me sonrió nervioso, también temblaba de frío, de excitación, o de ambas cosas.

Notaba como su polla se deslizaba dentro de mí, poco a poco entraba, lento, pero firme, su polla se introducía dentro de mi cuerpo, nuestras miradas seguían conectadas, Kevin dio una estocada más y me introdujo toda su polla.

Di un suspiro, quejido, o ambas cosas, sentí ligero dolor, Kevin se detuvo, se echó encima de mí y me comenzó a comer la boca, sin moverse, solo dentro de mí, quieto.

Nuestras lenguas mezclaban nuestra saliva, su polla palpitaba dentro de mí, que se hacía a la presencia de su polla, la única que entraría a partir de ahora, la que estaba reclamando como pertenencia suya.

Sus caderas comenzaron a moverse, el ritmo iba subiendo, cada vez más deprisa, más intenso, más profundo, su polla salí y entraba de mi culo con ferocidad.

Kevin comenzó a gemir, dejamos de besarnos para poder experimentar mejor la penetración, su cuerpo arremetía contra el mío, mis manos tocaban todo su cuerpo, el cuerpo de mi macho, de mi chico, de la persona que me estaba transportando a otra dimensión.

Nuestros gemidos no fueron callados, ni tuvimos que contenernos, la tormenta callaba nuestros gritos, la lluvia era testigo de la unión de nuestros cuerpos.

No sé cuánto tiempo estuvo follándome, el tiempo estaba paralizado, congelado, no avanzaba, sus embestidas sí, Kevin comenzó a pajearme con fuerza y rapidez, aceleró sus embestidas, cada estocada me hacía temblar, electricidad recorría mi espina dorsal.

Empezábamos a sudar, nos mirábamos exhaustos, cansados, el ambiente olía a sexo, sexo adolescente en pleno apogeo de las hormonas, Kevin me sujetó del cuello y me la clavó con fuerza varias veces, me empecé a tocar y me corrí, una corrida que jamás había tenido.

Mis espasmos aceleraron su orgasmo, se comenzó a correr dentro de mí, notaba su polla hincharse y vaciar sus huevos dentro de mí, su leche caliente inundaba mi interior, su semen me quemaba por dentro, podía sentir su lefa manchar mis tripas.

Kevin cayó rendido encima de mí, nos miramos, nuestras respiraciones comenzaban a bajar de revoluciones, sonreímos, Kevin me besó en los labios, lentamente, a la vez que salía de dentro de mí.

Se echó a un lado, se puso la camiseta y el abrigo, después, se tumbó a mi lado, descansando, yo, me subí la ropa, y ambos nos quedamos mirando el techo del dragón que fue testigo de nuestra primera vez juntos, de su primera vez.

Le miré, parecía dormido, mi mano tocó su mejilla derecha, sus labios, de fondo, la lluvia parecía perder fuerza.

Entonces lo supe, jamás me separaría de Kevin, nunca.

Kevin y yo seguimos juntos, el tiempo avanza, como la vida, y llegó Junio, las notas, aprobado, el año que viene sería cuarto de secundaria, último año de Instituto.

El agua de la piscina reflejaba el cielo azul pálido de finales de curso, con esas nubes finas como líneas de tiza en una pizarra ya medio borrada, estábamos en casa de Soufián, era medio día, y el sol caía justo encima, marcando sombras definidas sobre el suelo de baldosas grises que rodeaban la piscina del jardín.

Yo estaba sentado en el borde, las piernas dentro del agua, el cuerpo seco aún, pero con el calor del sol haciendo que la piel me brillase como si hubiera salido de un anuncio de crema solar.

Dentro de la piscina estaban mis amigos, Kevin jugaba con Iván, haciendo carreras de buceo, mientras Soufián trataba de subirse a un flamenco hinchable sin volcarlo.

Reían, salpicaban y por un segundo, no parecían adolescentes, parecían niños que habían sobrevivido al invierno y a todo lo que vino con él, a mi derecha, el sonido de unas chanclas arrastrándose me hizo girar.

Era Marcos, se dejó caer a mi lado con un suspiro largo, los brazos colgando por detrás.

Puto calor tío… —murmuró.

Pero se está bien…, solecito, piscina, en un rato unos kebabs, esto es vida…

Asintió sonriente, nos quedamos callados un instante, solo se oía el agua moverse, el roce del aire en las hojas de los arbustos, y las risas ahogadas de nuestros amigos.

Me da cosa que te vayas.

Giré un poco la cabeza hacia él, seguía mirando al frente.

Solo son dos meses. —dije.

Ya, pero es como…, no sé…, como cuando uno se queda en la escuela y los demás se van de excursión.

Lo sé, pero te escribiré todos los días…

Mentiroso, estarás ocupado con el italiano, por cierto, ¿qué tal folla? —me miró con una sonrisa morbosa.

Sonreí y desvié la mirada hacia Kevin.

Bien, cada vez lo hace mejor. —confesé.

Bueno, espero muchas fotos guapas de Italia ehhh, y algún recuerdo.

Claro tonto, me compré una cámara solo para ello. —dije sonriente.

Sonreí sin que él lo viera, el padre de Soufián apareció desde la terraza, con una bandeja metálica llena de kebabs y durums envueltos en papel aluminio.

El olor era denso, especiado, familiar, gritó algo y todos se acercaron nadando, salpicando agua en todas direcciones.

¿Y tú? —pregunté, mientras esperábamos que se repartieran la comida—. ¿Estás bien?

Marcos bajó la mirada a sus pies.

Sí, es solo que…, hubo un momento en que pensé que te perdía, sentí celos, conectaste muy bien con Kevin y me dio miedo.

¿Perderme cómo?

No sé…

Pensé que ahora que tienes a Kevin, ya no necesitarías tanto a los demás…, a mí…, y eso me jodió, tío.

Me quedé mirando el agua.

No es así.

Lo sé, ahora lo sé, fueron celos sin fundamento, es que contigo compartí cosas muy íntimas, y a veces me sentía confundido.

Le miré sorprendido.

Marcos…

Tranquilo, era eso, confusión, sigo siendo hetero, no te preocupes.

Reímos.

Pero al principio no lo entendía, yo estaba confundido, tú estabas feliz, recordé cómo te sentías cuando estaba con Sara, y entonces lo comprendí, hay amistades que son tan fuertes, tan intensas, que pueden confundir.

Pero son amistades. —dije.

Sí, me costó comprenderlo.

Me giré del todo esta vez, lo miré, sus ojos tenían esa sinceridad incómoda que solo sale en días calurosos, cuando uno está cansado de guardar cosas.

Gracias por decirlo, por abrirte. —dije.

Él se encogió de hombros.

No te acostumbres, además, quien te abre de piernas a ti es Kevin.

¡Cabrón! —le tiré a la piscina de un empujón, por idiota.

Le sonreí, se rió y me lanzó agua.

Kevin salió de la piscina, empapado, con gotitas cayéndole por el cuello hasta el pecho, me guiñó un ojo, como si supiera exactamente en qué momento interrumpir.

Se sentó a mi izquierda, su rodilla rozando la mía.

¿Todo bien? —preguntó.

Sí. —dije, mirando a ambos—. Todo muy bien.

Soufián y los demás se sentaron también, devorando los kebabs entre comentarios sobre el verano, las chicas, los juegos, los planes.

Kevin me ofreció su durum, estaba a medias, lo cogí y le pegué un mordisco, noté como nuestros amigos nos miraban.

¿Beso? —preguntó Iván.

Eso, eso, ¡beso!

Nos negábamos entre risas, pero insistieron, tragué la comida y besé a Kevin entre pitorreos y bromas de nuestros amigos.

Y ahí estábamos todos, como si nada hubiera cambiado y, al mismo tiempo, como si todo lo hubiera hecho, yo apoyé la cabeza en el hombro de Kevin.

Él no dijo nada, solo me pasó el brazo por la espalda, y ahí, en ese momento, supe que no hacía falta un gran final, ni una escena de película, solo eso, un momento sencillo y verdadero.

Tenía ganas de ir a Italia, descubrir dónde nació Kevin, su barrio, sus amigos de allí, descubriría un mundo nuevo, sitios de ensueño, vivencias nuevas, aún recuerdo ese intenso verano, de cómo pasamos de la felicidad al miedo, de la incertidumbre al éxtasis.

Un grato recuerdo que quizás algún día comparta con vosotros, pero que por ahora es un punto final, una historia de como fui descubriendo lo que era la amistad, el amor, la confianza, los celos, el miedo, el rechazo, el abuso, el dolor y sobre todo, la confianza.

Fin

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Y hasta aquí mi historia, espero que os haya gustado y la hayáis disfrutado tanto como yo escribiéndola, son recuerdos que siempre llevaré conmigo y nunca olvidaré, quise compartirlos con vosotros, demostrar que aunque la vida a veces sea oscura, siempre acabará asomando algo de luz que iluminará el camino a nuestra meta.

¡Sin más, me despido, gracias de nuevo a todos por el apoyo, nos vemos en otra historia!

TeenBoy.

jueves, 19 de febrero de 2026

En los vestuarios — Capítulo 9: El chico italiano

 En los vestuarios — Capítulo 9: ''El chico italiano'' (penúltimo capítulo)

Llega un nuevo chico a nuestro grupo, se llama Kevin, es italiano, pero de padre español, enseguida conecto con él, es especial.

Pasaron las semanas y con ellas, llegó la Navidad, hacía frío, mucho frío, fuera nevaba con intensidad, niños cantando villancicos y algún que otro Papá Noel disfrazado.

—¿Te vas a ir con él? —preguntó mi madre, apoyada en el marco de la puerta de la cocina.

Asentí mientras me ponía la chaqueta.

—Claudia no quiere ir, dice que no le hace falta verle la cara. —añadió.

—Ya lo sé.

—Sabes que le tiene mucho rencor, y yo…, mira, entiendo que quieras ir. —hizo una pausa—. Solo intenta pasarlo bien, ¿vale?

—Vale, mamá.

—Y si en algún momento estás incómodo, me llamas.

Asentí otra vez.

—Llévate esto. —me dijo, alcanzándome una bufanda—. Hace más frío en su zona.

El taxi me dejó frente al edificio, nuevo, de fachada blanca, balcones de vidrio, más moderno que todo lo que recordaba de él, yo pensé que vivía en una casa, pero no, era en un piso, el número veintidós para ser exactos.

Thomas me abrió.

—¡Tomi! —dijo con una sonrisa que le desbordaba la cara—. Qué alegría, pasa.

Entré, piso amplio, limpio, todo con olor a perfume suave y a cena en preparación, y entonces la vi.

Una mujer, muy alta, muy delgada, pelo oscuro, piel clara, ojos grandes y una sonrisa grande también.

—Tu sei Tomi, vero? Sei più bello di quanto pensassi. —dijo con acento italiano, acercándose—. ¡Encantata!

Me besó en las mejillas antes de que pudiera reaccionar.

—Isabella. —dijo Thomas desde atrás—. Mi pareja.

—Ya… —respondí un poco seco.

Entonces sentí unos ojos en mí, escudriñaban mi cuerpo, a su lado, alguien más, un chico, que después sabría que tiene mi edad.

Delgado, mismo corte de pelo que el mío, ojos negros, igual que su cabello, ropa cara, piel impecable, postura recta, seriedad absoluta.

—Él es Kevin. —dijo Thomas.

Kevin no sonrió, solo asintió con la cabeza.

—Hola. —dije.

—Hola. —respondió, sin moverse.

Isabella los miró a los dos.

—Va bene, vamos a sentarnos, ¿sí?

—¿Ayudo en algo? —pregunté, sin saber qué hacer con las manos.

—No, no, tú siéntate, ya está casi todo. —dijo mi padre.

Thomas me tocó el hombro, con suavidad.

—Me alegra que vinieras, hijo.

Yo no respondí, solo fui hacia el sofá, Kevin, de pie, sin moverse, me observaba, como si yo fuera el que sobraba en aquella foto.

El salón era enorme, sofás grises con cojines perfectamente colocados, una alfombra blanca que daba miedo pisar, el techo alto, y lámparas que no parecían de Ikea.

Encendí la tele, volumen bajo, estaban echando ''El asombroso mundo de Gumball'', me dejé caer en el sofá, intentando parecer relajado.

Kevin seguía de pie, a un par de metros, no decía nada, solo me miraba.

—¿Qué pasa? —le solté sin girarme.

—Nada. —respondió, como si no fuera evidente que no me quitaba ojo—. ¿Te gustan los dibujos?

—Tal vez…

Se acercó y se sentó a mi lado, sin preguntar, sacó el móvil y lo desbloqueó, la pantalla brillaba con colores, fotos y notificaciones.

De reojo vi su Instagram, casi veintidós mil seguidores, fotos bien editadas, poses de modelo, reels bailando con otros chavales...

—¿Eres influencer o algo así? —pregunté.

Él deslizó una foto y me miró de reojo.

—Tal vez.

—¿Tal vez? Tienes muchos seguidores…

—Ma dai, tampoco es tan importante. —dijo con ese acento italiano que marcaba las palabras.

—Sí, claro, a mí me siguen poco más de cien personas…

Él soltó una pequeña risa.

—Yo empecé con reels tontos, ahora marcas me mandan ropa.

—¿En serio? Joder, qué suerte… —dije, en parte sentí envidia.

—Dijiste un taco.

—Ah…, disculpa. —joder, encima familia refinada.

En la cocina, se oía el ruido de platos, risas apagadas entre Isabella y Thomas, Kevin bajó un poco el móvil y me miró.

—¿Entonces tú eres…, su hijo primero?

Giré la cabeza despacio.

—¿Qué?

—Digo, el primero.

—No, esa es mi hermana, yo soy el segundo…

Se calló, alzó una ceja, mirándome de nuevo, como si analizara mi cuerpo.

—Solo era curiosidad, eres guapo.

—¿Eh?, ¿Gracias?

Sonrió.

—¿Qué?, es un cumplido. —dijo.

—Lo sé, solo que es raro que un chico le diga a otro que es guapo…

Volvió la vista a su pantalla, pasaron unos segundos.

—Non volevo offenderti, ¿vale?

No respondí, miré a Gumball dando vueltas por una escalera, y seguimos ahí, en el sofá enorme, con espacio de sobra, y sin saber qué hacer o decir.

—Vamos, la cena está lista. —anunció Thomas, apareciendo desde la cocina con una sonrisa de catálogo.

Me levanté del sofá, Kevin fue detrás, sin decir nada, la mesa estaba puesta como en las películas, candelabros, copas de cristal y servilletas dobladas como si hubieran hecho origami con ellas.

En el centro, un enorme pavo relleno, a los lados, risotto de gambas, también había langostinos abiertos en abanico y un redondo de carne tan perfecto que parecía falso.

—¿Qué es todo esto? —pregunté en voz baja, mirando los platos.

—La cena. —respondió Isabella desde el umbral, como si fuera lo normal—. Fatta con amore.

—Hecho con amor, hijo. —dijo Thomas.

—¿Con amor o con un ejército de cocineros? —solté, sorprendido.

Ella rió, sin tomárselo mal.

—Isabella es chef. —añadió Thomas mientras se sentaba—. Tres estrellas de hecho, en Italia es muy famosa.

—¿Tres qué? —pregunté.

—Michelin. —respondió él, orgulloso.

—Ah… —dije, mientras me sentaba.

Comí un poco de todo, el risotto estaba suave, con el sabor justo, el pavo crujiente por fuera y jugoso por dentro, todo…, perfecto, demasiado para mi gusto.

Sentía que sobraba, eran una familia ideal, ella perfecta, él perfecto, y el hijo perfecto, me arrepentí un poco ahora de venir, pensé en mi madre y mi hermana, cenando solas…

—¿Qué tal? —preguntó Isabella, mirándome con una sonrisa genuina.

—Increíble… —dije, tras salir de mis pensamientos.

Thomas asintió.

—No está mal cenar así, ¿eh?

—No, nada mal…

Kevin, al otro lado de la mesa, seguía callado, cortaba su carne con precisión, masticaba y miraba, sobre todo, miraba, a mí, yo hacía como que no lo notaba, pero lo notaba.

—¿Kevin? —preguntó Isabella—. ¿Tutto bene?

—Sí. —dijo él, sin levantar la vista.

—¿No dices nada? —insistió Thomas, con tono amable.

Kevin se encogió de hombros.

—No hay mucho que decir. —dijo Kevin.

Thomas retomó rápido.

—Tomi va bien en el equipo, capitán ahora, está comprometido.

—¿Capitán? —preguntó Isabella.

—Segundo. —aclaré—. Pero sí, el equipo va mejor que nunca, estamos igualados a puntos con el primero.

—Bravo, eso está muy bien —dijo ella, sincera.

Kevin se sirvió más risotto.

—¿Y tú, Kevin, juegas? —pregunté mirándole.

—No mucho.

—Deberías apuntarte al equipo, quizás te guste. —dije, y tomé un sorbo de zumo.

—Tal vez… —añadió, sin emoción.

Isabella los miró a los dos.

—Va bene, va bene…, dejad que la comida os relaje.

Y seguimos comiendo, yo con un ojo en el pavo, estaba delicioso, y el otro…, en Kevin.

Que seguía allí, callado, observando, como si esperara algo.

Thomas salió del comedor con los platos en la mano.

—Kevin, acompáñalo al cuarto de invitados, ¿vale?

Kevin asintió con una sola inclinación de cabeza, yo me levanté, lo seguí por el pasillo, sin hablar, al llegar al final, giró y abrió la puerta de una habitación.

Pero no era una habitación cualquiera.

—¿Esto no es tu cuarto? —pregunté, parándome en seco.

Kevin se giró.

—El cuarto de invitados es frío, triste, aquí se duerme mejor.

—¿Y tú?

—Yo duermo aquí también, es mi cuarto.

Me miró sin expresión.

—Hay literas. —añadió.

Miré dentro, el cuarto era enorme, suelo de madera brillante, escritorio, estanterías con libros y figuras, y una litera moderna, de metal, con colchones gruesos y mantas bien dobladas.

Mucho más grande que mi cuarto, entré y eché un vistazo a todo, él miraba su móvil de nuevo, entonces vi sobre el escritorio una foto enmarcada.

Kevin con otro chico, más mayor, pero muy parecido, la misma forma de cara, la misma mirada, los dos sonriendo, en un monte nevado, Kevin parecía más pequeño, de unos ocho años, el otro chico parecía tener el doble, me acerqué, la cogí sin preguntar.

—¿Es tu hermano?

Kevin no respondió de inmediato.

—Sí.

—Se parecen un montón.

—¿Os lleváis bien?

Kevin se mantuvo callado.

—Falleció esquiando, se golpeó contra una roca, esa foto fue la última que nos hicimos.

Tragué saliva, solté el marco en su sitio y le miré.

—Perdona, no sabía…

Kevin no dijo nada más, solo caminó hasta la litera y señaló la de abajo.

—Puedes dormir aquí.

Asentí.

—¿Y tú? —pregunté.

—Yo duermo arriba.

Se subió sin esfuerzo, así, con la ropa puesta, como si fuese lo más normal del mundo, se quitó las zapatillas y se tumbó, el colchón crujió un poco.

Yo me quedé de pie, al lado, sin saber qué hacer.

—¿Tienes algún pijama o algo?

Me señaló con la barbilla hacia el armario, me acerqué y lo abrí.

Entre camisetas dobladas encontré uno de Star Wars, con el logo medio desgastado y un pantalón largo de algodón.

Me lo puse allí mismo, de espaldas a la litera, me quité la sudadera, la camiseta y las dejé en una silla cercana, escuché como Kevin se movía en su cama, los crujidos eran evidentes.

Mi corazón se aceleró, seguí de espaldas, notaba su acechante mirada, estaba mirando, sin más, me bajé los vaqueros, quedando en bóxer, no sé por qué lo hice, pero también me los quité, dejando mi culo al aire, puse la ropa encima de la silla.

Cogí lentamente el pantalón y me incliné para ponérmelo, su cama se volvió a mover, me puse la camiseta y me giré hacia él, miraba su móvil.

Estaba caliente, y algo duro tras esto, me acerqué a mi cama y le hablé.

—¿Te gusta Star Wars?

No dijo nada, solo el sonido del dedo deslizándose por la pantalla de su móvil, me giré, se veía una tenue luz azul desde arriba, Kevin seguía ahí, tumbado, con el móvil iluminándole la cara.

Me metí en la cama, la manta estaba tibia, olía a suavizante y justo cuando cerré los ojos, clic, la luz se apagó desde arriba.

Oscuridad, su respiración era lenta, constante, podía oírla, podía oír cómo el móvil seguía vibrando de vez en cuando.

Notaba que no dormía, pero no decía nada, igual que yo, me giré hacia la pared, intentando dormir, sin éxito, no era mi cama, no era mi casa, y él…, no era fácil, pero algo en mí no quería estar en otro sitio, no esa noche.

Entonces, desde arriba, su voz.

—¿Tienes novia?

Me giré hacia el techo, aunque no pudiera verle.

—No. —respondí, sin pensarlo.

—¿Has hecho cosas con chicas?

Tragué saliva.

—Con chicas no…

Él no dijo nada, pero tampoco se movió, sabía que seguía despierto.

—¿Y con chicos?

Esa sí me hizo quedarme quieto, tenso.

—¿Por qué preguntas eso?

El colchón de arriba crujió un poco, no por movimiento brusco, más bien como si se hubiera acomodado distinto.

No contestó, solo… silencio.

Y yo ahí, con los ojos abiertos, mirando una oscuridad que no me respondía, el pecho me latía fuerte, no por miedo, por no saber qué venía después.

—¿Con chicos sí? —insistió.

No respondí al momento, mi cabeza me decía que no respondiera, mi corazón quería responder, y mi calentura ganó.

—Sí… —admití, bajito—. ¿Por qué quieres saber eso?

—No sé… —respondió él, sin convencimiento.

Y luego, como quien lanza una piedra a un estanque, continuó.

—¿Qué cosas hiciste con chicos?

—No voy a responder a eso.

El silencio volvió, pero duró poco, se oyó cómo bajaba de la cama, podía ver la luz tenue de su móvil, pasos suaves sobre el suelo, se acercó a mi lado, en la penumbra.

No se sentó, solo se quedó de pie, junto a la cama, me enseñó la pantalla, su Instagram, abierto, con todos sus seguidores, fardando.

—Si me dices, te sigo.

Le miré, la luz del móvil iluminaba solo su cara, su expresión era neutra o eso parecía.

—¿Me estás sobornando con un follow? —dije, en voz baja.

—No, es una oferta.

—Qué generoso… —respondí.

No dijo nada, solo seguía con el móvil en la mano, esperando, y yo ahí, debajo de la manta, sin saber si reír, enfadarme o responder, pero sobre todo, sin entender qué quería realmente.

Kevin seguía ahí, de pie, sujetando su móvil frente a mí, con la pantalla iluminada.

—¿Y bien? —dijo—, ¿me respondes y te sigo?

Lo miré, respiré despacio, me incorporé y me senté en la cama, apoyando los brazos sobre las piernas.

—Vale. —dije—. Pero no solo quiero que me sigas.

—¿Ah, no?

Negué con la cabeza.

—Quiero una foto contigo, que la subas a tu perfil y que me etiquetes.

Se hizo el silencio, un silencio muy distinto al anterior, Kevin me miró, serio, pero con las cejas apenas levantadas, como si no esperase eso.

—¿Una foto conmigo? —repitió.

—Sí.

—¿Y subirla?

—Y etiquetarme.

Se quedó pensativo, no bajó el móvil, no sonrió, tampoco dijo que no.

—¿Y si lo hago, tú me respondes? —preguntó.

—Sí. —respondí, directo.

No dudó más, lo vi buscar mi cuenta, teclear mi nombre, pausar un segundo, luego pulsar ''Seguir''.

El móvil vibró en el bolsillo de mi pantalón, que estaba doblado en la silla.

—Ya está. —dijo, Kevin bajó el móvil, siguió mirándome un segundo más, luego dio un paso hacia mí—. Pues venga, hagamos la foto.

—No hace falta. —le dije—. Mañana.

—¿Seguro?

Asentí.

—Confío en que cumplirás tu promesa.

—Yo cumpliré la mía. —se quedó de pie frente a mí.

No decía nada, solo me miraba, esperando.

—¿Entonces? —preguntó.

Respiré hondo.

—Sí, hice cosas, alguna mamada…

Kevin se agachó un poco, apoyando los codos en sus rodillas.

—¿A cuántos?

Le miré confuso, no me atrevía a decirlo, pero contando a Soufián, Iván, Marcos y el chico de la pizzería, sería en total cuatro chicos.

—A cuatro…

Abrió los ojos como platos, apagó la pantalla de su móvil y se me quedó pensativo.

—¿Y te gustó?

—Son muchas preguntas ya… —le respondí, rápido.

Sonrió apenas.

—Tienes razón. —dijo.

—Sí, Kevin, me gustó, ¿por qué preguntas todo esto?

—Por nada, es que…, hace tiempo…, tu padre hablaba con mi madre, bajito, yo acercarme, raro en ellos hablar así, entonces escuché que pedía consejo de como hablar con un chico gay, con su hijo.

Tragué saliva, Kevin se volvió a subir a su cama.

—Buonanotte, Tomi.

Yo me quedé ahí, con la manta sobre las piernas, el pecho más ligero, pero la cabeza dando vueltas, así que mi padre buscaba consejo de como lidiar con un hijo gay, y lo peor es que se lo contó a su pareja.

En parte me jodió que le contase a ella eso, pero pensé que lo hizo para acercarse a mí de manera más sencilla.

Lo que no entendía era lo de Kevin, ¿curiosidad?, ¿o algo más?, me levanté, cogí mi móvil y me tumbé en la cama, miré las notificaciones, Kevin me había seguido, entré a su perfil.

Había muchas fotos en solitario, siempre estaba solo, sin nadie más, miré sus reels, vídeos de él bailando, solo, no tenía amigos.

Le di a seguir, su móvil vibró.

—Gracias. —me dijo.

Los días pasaron, la Navidad quedó atrás, las luces del centro ya no colgaban de los árboles, y la rutina volvió como si nada hubiera pasado, era mediados de enero, y el frío ya se te metía por los tobillos.

Salí del instituto con Iván, Soufián y Marcos, hablando de los exámenes, los juegos, cómics, lo de siempre vamos.

—¿Vas a venir hoy al entreno o vas a seguir haciéndote el lesionado? —bromeó Iván.

—Tío, fue una torcedura real. —dijo Soufián, y es que llevaba días sin presentarse, había ligado a la amiga de Laura, y se la pasaba con ella en el parque.

—Sí, sí, la nueva tía que te estás follando no tiene nada que ver… —dijo Iván celoso.

Rieron, yo también, un poco, y entonces se escuchó el zumbido bajo de un patinete eléctrico acercarse, nos giramos.

Un chico se acercaba por el camino, en línea recta hacia nosotros, chaqueta negra de marca, pantalones negros rasgados, también de marca, y unas zapatillas enormes blancas.

Se detuvo justo delante, sus vaqueros negros los tenía medio bajados, se podía ver gran parte de su bóxer, azules oscuros.

Era Kevin.

—Hola. —dijo, Kevin dirigiéndose a mí, masticaba chicle.

Iván levantó la ceja.

—¿Este quién es?

—Tomi, ¿lo conoces? —preguntó Soufián, más curioso que desconfiado.

Yo me quedé quieto.

—Es Kevin… —dije.

—¿Kevin qué? —insistió Iván.

—¿Kevin? —preguntó Marcos.

Kevin los miró, no con superioridad, pero con esa calma que tiene alguien que no siente que tenga que impresionar a nadie.

—Encantado. —dijo, bajándose del patinete—. He venido a ver a Tomi.

Mis amigos me miraron, yo miré a Kevin sin entender nada, se pasó la mano por el pelo y se giró hacia mí.

—Te debía una foto. —dijo, como si lo hubiera apuntado en su agenda.

—¿Aquí?, ¿Ahora? —pregunté, dudando.

—Sí, claro, ¿No era eso lo que querías?

Antes de que pudiera responder, ya se había puesto a mi lado, sacó su móvil, abrió la cámara frontal.

—Sonríe. —dijo, bajito.

Me puse recto, la pantalla brilló al hacerme la foto, entonces lo noté, su mano en mi cadera, sutil, un segundo, pero estaba ahí, la quitó rápido, como si no hubiera pasado.

—¿Qué cojones…? —murmuró Iván, casi sin moverse.

Soufián entrecerró los ojos, intentando procesar la escena.

Kevin miró la foto.

—Salimos bien.

—¿Vas a subirla? —pregunté, medio en serio, medio retando.

—Lo prometido es deuda.

Marcos, que hasta ahora no había dicho nada, intervino.

—¿Quién eres? No sé qué está pasando.

—Es…, un amigo. —dije.

Kevin me miró de reojo mientras me etiquetaba en la foto.

—Ah, pues, oye, ¿por qué no vienes al entreno del equipo? Así nos vamos conociendo. —propuso Marcos.

Kevin giró la cabeza, sorprendido.

—¿Yo?

—Claro, si has venido hasta aquí…, ¿te apetece ver cómo jugamos? —dijo Iván.

—¿Puedo? —preguntó, ahora mirándome.

No respondí al instante.

—Sí, claro… —dije al final—. Vente.

—Pues vamos. —dijo Kevin, como si fuera lo más natural del mundo.

Mis amigos seguían sin saber quién era, pero ahora, formaba del grupo.

Llegamos al campo y aún era pronto, el cielo seguía gris, pero no llovía, una hora antes del entreno.

Kevin estaba como si llevara semanas con nosotros, hablaba con Iván y Soufián, riendo, les contó algo de un vídeo suyo que se había hecho viral.

—¿Y lo editas tú solo? —preguntó Iván, sorprendido.

—Claro, nadie toca mis cosas. —respondió Kevin, con una sonrisa torcida.

Le pasó el patinete a Soufián, que comenzó a dar vueltas por la pista con él.

—¡Eh, Kevin! ¡Que este se lo lleva a Marruecos! —gritó Iván entre risas.

Todos rieron, yo me quedé un poco al margen, no sabía si eso me aliviaba o me molestaba, pero entonces, lo noté.

Kevin me miraba, de nuevo, casi sin disimular, se giraba a hablar con ellos, pero volvía, siempre a mí.

Y en medio de eso, sentí una voz detrás.

—Oye. —era Marcos, se había acercado en silencio.

—¿Ese chico…, te mira demasiado, no? —susurró.

—¿Qué?

—No te hagas, te mira, mucho.

Lo miré de reojo, sabía que no lo decía con mala intención.

—¿Te lo has ligado? ¿Es tu novio? Venga confiesa. —me golpeó con su hombro el mío, estábamos al otro lado del campo, trayendo los balones de entrenamiento.

—Eres tonto…

—¿Por?

—Es el hijo de la pareja de mi padre.

Marcos frunció el ceño.

—¿Qué dices?

—Eso, se llama Kevin, lo conocí cuando fui a su casa en Navidad, vive con mi padre.

—Ahhhh…, vale, ahora lo entiendo…

—¿Fuiste a su casa en serio?

—Fui en Navidad, sí.

Marcos no respondió enseguida, solo me miró.

—Vale…, eso explica por qué lo conoces, aunque, sigo sin entender por qué te mira tanto, ¿pasó algo allí? —dijo al fin.

—No…, no sé por qué me mira tanto, quizás es curiosidad…

Llegamos con los balones y soltamos la malla con ellos en el suelo, Soufián seguía haciendo círculos con el patinete, el aire frío nos pegaba en la cara, pero ya no importaba.

—Venga, va. —dijo Iván—. Calentamos y luego partidito.

—¿Quién hace equipos? —preguntó Soufián.

—Yo con Tomi. —soltó Marcos enseguida—. Así probamos al nuevo.

—Vale. —respondió Kevin—. Nosotros tres contra vosotros dos.

—¿Tú juegas? —le preguntó Iván.

Kevin levantó los hombros como diciendo, ''algo''.

Empezamos a calentar, trote, rondos cortos, pases rápidos, Kevin lo hacía todo en silencio, pero no fallaba ni uno.

—Oye, que no es coña, ¿eh? —dijo Soufián—. ¿Has jugado en algún club?

Kevin no contestó, el partido arrancó, ellos tres contra nosotros dos, Kevin agarró el balón, y fue como si todos fuéramos más lentos.

Mucho más lentos, nos dejó a Marcos y a mí en el sitio en la primera jugada, control con el pecho, giro, pase milimétrico a Iván.

—Tío… —murmuró Marcos mirándome, como si yo tuviese la culpa de no saber que jugaba bien, ¿bien? Es un puto crack.

En la siguiente jugada, se fue en velocidad por la banda, yo intenté pararlo, nada, era muy rápido, demasiado, y encima tenía técnica.

—¡Pero qué coño! —gritó Iván riendo—. ¿Dónde tenías escondido a este chaval, Tomi?

Me encogí de hombros, no sabía si reírme o llorar, nos estaba humillando, no tenía sentido, estaba a otro nivel.

Kevin levantó la cabeza, me miró, y sin decir nada, sonrió, solo un segundo, y entonces volvió a correr.

Estábamos los cinco sentados en la pista pavimentada, reventados, sudados, rojos, exhaustos, no podíamos con nuestra alma, con las camisetas pegadas al cuerpo por el sudor y las piernas estiradas, el sol bajaba lento, y el frío volvía poco a poco.

Yo me giré hacia Kevin, que bebía agua sin prisa.

—Tío… —dije—. En serio, ¿cómo juegas así?

Kevin se encogió de hombros.

—No sé.

—No, venga ya, eso no es normal. —soltó Marcos, respirando hondo—. Nos has humillado sin despeinarte.

Kevin bajó la botella.

—Bueno…, en Italia jugaba en la cantera del Milán…

Silencio, total, hasta el poco viento se quedó quieto.

—Espera, dices, ¿Del AC Milan? —preguntó Iván, abriendo los ojos.

Kevin asintió.

—¿Estás de coña? —dijo Soufián.

—No, empecé con siete, estuve hasta los trece, luego, vine aquí.

—¿Y por qué dejaste de jugar? —pregunté yo, sin entender nada.

Kevin miró al suelo.

—No sé, aquí no he terminado de conectar con nadie, y allí el fútbol se vive de otra forma.

—¿No te gustaría ser futbolista? —pregunté.

—Quiero ser influencer. —confesó.

Nos quedamos en silencio, bueno, si es lo que a él le gustaba, no éramos quienes para juzgar.

—¿De fútbol? —preguntó Marcos.

—De estilo, de ropa, de imágenes, no sé, lo que me guste.

Nadie dijo nada de inmediato, yo le miré de reojo, estaba sudado, con tierra en las rodillas, y aún así, parecía modelo.

—Bueno, será mejor que nos duchemos y nos cambiemos, ya empieza a oscurecer. —dijo Marcos poniéndose en pie.

Los cinco nos pusimos en pie y llevamos los balones dentro del gimnasio, después nos quitamos la equipación de entreno, Kevin llevaba la de un compañero, se la presté, me tocaría lavarla.

El vaho del agua caliente inundó los vestuarios, Marcos fue a su regadera, Soufián e Iván hicieron lo propio, vi a Kevin un poco cohibido.

—¿Prefieres esperar a que ellos se vayan? —pregunté.

Asintió, yo me empecé a desvestir, mis amigos terminaron de ducharse entre bromas, noté que Kevin no dejaba de mirar sus cuerpos, mi sospecha cada vez era mayor.

Mis amigos se fueron marchando y nos despedimos para vernos mañana, yo me desnudé y entré a la regadera, comencé a enjabonarme, miré y vi a Kevin desvestirse, joder, estaba buenísimo, delgadito, marcado, sin vello…

Desgraciadamente, se tapaba su entrepierna, no pude fijarme bien, me giré y seguí en lo mío, se puso a mi lado y abrió el agua dónde solía bañarse Marcos.

—Oye, gracias por dejarme jugar con vosotros, lo pasé bien. —confesó.

—Ah, no hay de que, cuando quieras volvemos a jugar y nos humillas.

Nos reímos, entonces vi que miró mi entrepierna, se dio cuenta y apartó la vista a un lado.

—Perdón, fue sin querer.

—No pasa nada, Kevin, puedes mirar si quieres…

El agua quitó el jabón de mi cuerpo, mostrando mi piel, mostrando todo mi cuerpo, desnudo, Kevin volvió a mirarme, a la cara, entonces bajó la mirada lentamente, observando mi polla.

Al hacerlo, yo también pude verle, su cuerpo, desnudo, frente al mío, su polla, sin vello, y duro, Kevin estaba duro, me acerqué lentamente, él me miró, nervioso, su respiración se aceleró.

Mis manos se posaron en sus brazos, los sujeté, tocando su piel, los llevé hacia mí, sus manos se posaron en mi cuerpo, que empezó a tocar, explorando mi piel, cada rincón.

El aliento de nuestras bocas se mezclaban, el agua nos mantenía las caras chorreando de agua, mis manos se posaron en su cuerpo desnudo, su piel era suave, blanca, pura.

Comencé a bajar hasta su cintura, estiré los brazos y apreté sus nalgas, él pegó un respingo y nuestros cuerpos se pegaron, su cabeza estaba apoyada en mi hombro, estábamos agitados, excitados, noté sus manos en mi polla, comenzó a pajearme torpemente.

Yo hice lo propio, comencé a pajear su polla, estaba sin circuncidar, bajaba y subía su piel, su polla medía lo mismo que la mía más o menos, unos trece centímetros, ambos nos pajeábamos en silencio.

Noté como empezó a besarme el cuello, lo lamía y besaba, sin dejar de pajearme, yo posé mi mano izquierda en su nuca, para que siguiera besando mi cuello, entonces sentí arder, me estaba succionando el cuello con fuerza, me dolía, demasiado, pero estaba muy caliente.

Le dejé hacer, siguió succionando mi cuello, hasta que soltó de golpe, el dolor se intensificó, solté un quejido, nos miramos, podía ver sus ojos, sus labios, todo, estaba mojado, como yo, se acercó y me besó, sus labios se posaron en los míos.

No pude resistirme, metí mi lengua en su boca y nos fundimos en un beso largo, noté que convulsionaba, nos separamos, él se sujetó su propia polla y comenzó a pajearse, se corría, yo miré como su corrida era arrastrada por el agua.

Con esa imagen no pude contenerme más, sujeté mi polla y me la sacudí a mil por hora, empecé a correrme, el agua también se llevó el delito que habíamos cometido.

Nuestra respiración comenzó a volver a la normalidad, Kevin se giró y salió de la ducha, cogió una toalla y empezó a secarse el cuerpo.

Yo me enjaboné mis partes y salí también, el silencio inundaba los vestuarios, me sequé con la toalla sin atreverme a mirarlo.

Comencé a vestirme, ya había oscurecido, eran casi las ocho de la tarde, salí fuera, preferí esperarlo, el frescor del invierno me azotó de golpe la cara.

Salimos del campo cuando ya casi no quedaba luz, el cielo, morado, la pista vacía, solo yo y Kevin, que iba sobre su patinete, despacio, sin hablar.

Yo caminaba a su lado, ninguno rompía el silencio, pero no era incómodo, solo…, pesado, denso, muy denso. ¿Se arrepentiría de lo que hicimos? No estuvo mal, aunque el cuello me picaba.

Al llegar a la esquina de mi calle, se detuvo.

—Bueno. —dijo, bajando un poco el pie para equilibrarse—. Nos vemos, Tomi.

—¿Quieres pasar la noche en casa? —solté, sin pensarlo mucho.

Kevin giró la cabeza hacia mí, no respondió al instante.

—No puedo…, mejor no… —dijo, casi con frialdad.

Asentí, mirando al suelo.

Se subió al monopatín eléctrico, avanzó unos metros y frenó, hasta me asustó, me giré.

—Espera, vale, sí…

Se quedó quieto unos segundos, con la mirada al frente.

—Deja que avise a mi madre… —sacó el móvil, tecleó algo, la pantalla se iluminaba, un mensaje enviado, seguramente a su madre.

Lo volvió a guardar en sus vaqueros negros.

—Listo.

Yo no dije nada, solo abrí la verja de casa y avanzamos al porche.

Entramos en casa, Kevin guardó su patinete junto a la puerta, apoyado con cuidado.

En el comedor, mi madre y Claudia estaban cenando, ambas con cara de no esperarse visita.

—Hola. —dijo mi madre, levantando la vista del plato—. ¿Quién es?

—Kevin. —respondí—. Un amigo…

Kevin saludó con la mano, sin forzar una sonrisa.

—¿De clase? —preguntó Claudia, con la cuchara en la mano.

—No…, él…, bueno, es…, el hijo de la pareja de papá. —dije, rápido.

Silencio muy corto, de esos que duran tres segundos, pero pesan como diez.

—Ah… —dijo mi madre, simplemente, mi hermana guardó silencio.

—¿Puede quedarse a dormir en mi cuarto? —pregunté enseguida, antes de que dijeran algo más.

Mi madre dudó. Miró a Kevin. Luego a mí.

—Vale, pero no hagáis mucho ruido, que yo ya me voy a la cama.

—Sí, sí.

Nos sentamos, mi madre sirvió dos platos más, sopa de setas casera, caliente, espesa, perfecta, Kevin la probó, no dijo nada, pero se la comió entera.

—Está buena, ¿no? —dije.

Él asintió.

—Muy buena.

Y justo cuando estaba terminando el último sorbo, Claudia me miró de lado, fijamente.

—¿Y este chupetón? —soltó, se me acercó y tocó mi cuello, me ardió.

—¡Ey! ¡Cuidado! —le aparté su mano intrusiva, me miré el cuello, es verdad, tenía un chupetón, miré a Kevin, que abrió los ojos y negó con la cabeza desviando la mirada.

—¿Qué? —preguntó mi hermana.

—Nada, es solo que no me había dado cuenta…

—Te hacen un chupetón y no te das cuenta, ¿cómo es eso posible?

—Nada, es igual…

Me llevé la mano al cuello, al lado izquierdo.

—Pues está rojo, se nota un montón.

Kevin giró un poco la cabeza, yo me puse rojo al instante.

Mi madre frunció el ceño, no dijo nada, pero mantuvo la vista en mi cara un par de segundos de más, yo me levanté con el plato en la mano.

—¿Puedo irme ya?

—Sí, pero recoge bien luego. —dijo mi madre.

Claudia no dejaba de mirarme mientras me iba, Kevin fue detrás de mí, en silencio, y mientras subíamos las escaleras, yo aún no sabía si lo peor era el chupetón, o no haberme dado cuenta de cuándo me lo había hecho.

Llegamos a mi cuarto, Kevin entró primero, se quedó de pie en medio de mi cuarto, mirando a su alrededor.

—Está bien. —dijo, después de un par de segundos.

—¿Esperabas otra cosa?

—No…, es acogedor, me gusta.

Caminó hacia la pared, apoyado en una esquina estaba mi bate de aluminio, desgastado, con una pegatina rota cerca del mango.

Lo levantó con una mano.

—¿Juegas béisbol?

—No, bueno, me apunté hace unos años a un equipo escolar, pero duré poco.

—¿Por qué?

—No se me daba bien.

Kevin asintió, sin decir nada más, volvió a dejar el bate donde estaba, siguió explorando con los ojos, el escritorio, los libros, la estantería con figuras.

Todo en silencio, y entonces, tocaron la puerta.

—Tomi. —dijo la voz de Claudia—. ¿Puedo?

Mi hermana abrió la puerta y asomó la cabeza.

Sonrió al ver a Kevin.

—Hola, Kevin, esto, Tomi…

—Hola… —respondió él, tranquilo.

Luego me miró a mí.

—¿Puedes salir un momento?

—¿Ahora?

—Sí, solo un segundo.

La forma en que lo dijo no dejaba opción, le hice un gesto a Kevin como ''ahora vuelvo'' y salí al pasillo, cerrando la puerta.

Claudia se apoyó en la pared del pasillo, cruzando los brazos, su mirada ya no era curiosa, era directa.

—Oye… —dijo, en voz baja—. ¿Seguro que no te hizo él el chupetón?

Me quedé quieto, la miré, sin saber qué decir, mi reacción la delató.

Claudia alzó una ceja.

—Tomi…, ¿estás ligando con Kevin?

—¿Qué? No… —dije enseguida, más rápido de lo que quería—. Claro que no, somos amigos.

Ella ladeó la cabeza.

—Mira, no estoy juzgando, solo digo lo que veo, y lo que veo…, es que ese chico no te ha quitado la vista de encima todo el tiempo, solo te miraba a ti.

Me quedé callado.

—Mira, sé mucho de chicos, sé cuando uno está loco por una tía, bueno, en este caso por un tío, y ese chico…, no sé, pero creo que está por ti.

Me puse rojo, no sabía cómo desmontar lo que ya se había montado sola en su cabeza, Claudia suspiró.

—Mira…, no diré nada a mamá.

—Gracias. —murmuré.

—Pero. —añadió, mirándome fijamente—. No hagáis nada raro, ¿vale?

—No vamos a hacer nada.

—Mejor, y si pasa algo…, al menos no en casa, y con protección ¿vale?

—Claudia…

—Lo digo por ti, no por mí.

Ambos callamos unos segundos.

—¿Puedo volver a mi cuarto ya? —pregunté, medio girándome.

—Puedes, y Tomi…

—¿Qué?

—No seas tonto, si te gusta, no pasa nada, es muy guapo. —dijo guiñándome un ojo.

—¡Claudia! —me puso muy nervioso, y rojo.

Solo abrí la puerta, entré y la cerré detrás de mí, Kevin seguía en pie, mirando una figura mía de Goku, no dijo nada, y yo tampoco.

Kevin me miró desde donde estaba, junto a la estantería.

—¿Seguro que no molesto?

Negué con la cabeza.

—No, claro que no, Kevin, era para… —me callé un segundo—. En fin, ¿vemos una peli?

—Tu cuarto es…, no sé, normal, no hay nada…, gay.

Lo miré, frunciendo un poco el ceño.

—¿Y por qué tendría que haber algo ''gay''?

Kevin bajó la mirada, como si no supiera explicarse.

—No lo sé, pensé que tendrías mangas gays, pósteres gays

—Sí, y ropa gay, juegos gays y muebles gays. —dije con sorna.

Me miró, aguantándose la risa, y empezamos a reír.

—Tengo sueño, mejor descanso, hoy fue un día largo. —dijo Kevin.

Fue hacia la cama supletoria que estaba bajo la mía, la sacó sin hacer mucho ruido, se quitó la sudadera y se tumbó.

Yo me quedé en mi cama, sentado, viendo cómo apagaba la luz principal y dejaba solo encendida la lámpara del escritorio, cálida, suave,lo justo para no estar completamente a oscuras.

Yo me quité la sudadera, los pantalones, quedando en bóxer, y me metí en la cama, tapándome con el edredón de Doraemon azul que tenía.

—Oye, puedes dormir en bóxer eh, dormir con vaqueros no creo que sea cómodo. —le dije mirándole, él me miró, se incorporó y se quitó la camiseta, mi mirada se posó en su cuerpo.

Después se bajó los vaqueros y los dejó a un lado de la cama, se volvió a tumbar y se tapó con la manta, quedamos en silencio.

—¿Estás cómodo? —pregunté, bajito.

—Sí —dijo él, desde abajo—. ¿Y tú?

—Sí.

Se oyó el crujido leve de su colchón, un suspiro, y luego nada, ambos callados, la luz encendida, y algo flotando en el aire, algo que no se atrevía a nombrarse.

Podía ver su silueta recortada por la luz del escritorio.

—Oye… —dijo, en voz baja—. ¿Lo que pasó en los vestuarios…?

—¿Sí…?

—Me gustó, fue…, divertido.

—Me alegro… —dije, sincero.

Kevin se quedó un momento en silencio.

—¿A ti te gustó?

Le miré, aunque no podía verle del todo bien.

—Sí, me gustó, mucho.

Kevin se apoyó en el codo, girado hacia mí.

—A mí también. —dijo, sonriendo un poco—. Nunca había hecho algo así, fue raro, pero me gustó mucho.

Asentí, sin saber qué más decir, y entonces volvió el silencio, uno suave, cálido, como si todo se hubiera dicho ya, al menos por esta noche.

Estaba cerrando los ojos, mi cuerpo empezaba a ceder al sueño, cuando lo escuché de nuevo, la voz de Kevin, bajita, casi hablándole al techo.

—Eres el primer amigo que he hecho en España.

No respondí, esperé, en silencio.

—Y tengo envidia…, de ti, de que tengas un grupo tan unido, amigos que se nota que te quieren.

—¿No tienes amigos en Italia?

Negó con la cabeza.

—No, conocidos del fútbol, pero amigos no, soy un poco introvertido, además, no sé, nunca me ha gustado mucho hablar con otros chicos.

—¿Y yo?

—Contigo es diferente, siento que eres más que un amigo.

—¿Cómo?

—Pues…, desde que te vi, me gustaste, me gustas, mucho.

Se giró dándome la espalda, yo, con el corazón acelerado, sin saber qué decir o hacer, me quedé ahí, quieto, tras su confesión, yo le gustaba, le gusto, ¿se me acababa de declarar?

—Kevin, ¿quieres ser mi novio?

—Sí.

El sol de Febrero seguía sin calentar, pero el patio ya no se sentía tan gris, estábamos en nuestro sitio de siempre, cerca del muro que da a la calle trasera del Instituto, en los bancos de piedra, comiéndonos los bocatas a medias y lanzando migas a las palomas.

Soufián hablaba de Dragon Ball Daima, de videojuegos, de la nueva expansión de Elden Ring, de fútbol, etc.

—Ya solo quedan dos capítulos, así que no te ilusiones mucho. —dijo Soufián.

—Tú déjame disfrutar, coño. —dijo Marcos.

Yo reía, me salía solo, y entonces Iván soltó la bomba.

—Isabel me ha pedido de salir este finde.

Todos lo miramos.

—¿Isabel la de los pechos nivel Pokémon legendario? —saltó Soufián, con la boca llena.

—¡¡Eh, un respeto a mi futura novia!!, pero sí, la misma —respondió Iván, sin disimular la sonrisa.

—¿Y tú qué le dijiste? —pregunté.

—Que sí, obvio. —dijo Iván salido.

—Chaval. —dijo Marcos, dándole un manotazo en la espalda—. Te nos enamoras, ¿eh?

—Qué va, solo vamos a ver una peli…, y a lo que surja.

Reímos todos, pero yo…, yo reía distinto, estaba más ligero, entonces sentí la mirada, la de Marcos, desde el banco, medio ladeado, observándome.

—Tú estás muy feliz últimamente, ¿no? —dijo, como quien no quiere la cosa.

—¿Yo? —pregunté, disimulando.

—Sí, se te nota, en la cara, en el humor.

Me encogí de hombros.

—Supongo que me va bien. —dije.

Marcos no insistió, pero tampoco quitó la vista y yo, por dentro, sabía que no faltaba tanto para que lo supiera, para que lo supieran todos, pero aún no, todavía no.

Tras el entrenamiento fui a casa, con rapidez, me arreglé el pelo, me puse unos pantalones negros y una camiseta azul oscuro.

Se acercaba el día de los enamorados y quería hacerle un regalo a mi nuevo y flamante novio, así que me dirigí al centro a mirar tiendas, ninguna me convencía, recordé la tienda de antigüedades.

Quería comprarle algo a Kevin, algo que no fuera típico, algo que fuese especial, además de útil, no quería que fuese un objeto sin utilidad, quería que pudiera usarlo y así se acordase de mí.

La tienda de antigüedades estaba cerca del centro, cerca de unos callejones, entré, todo se volvió silencio y polvo flotando.

El local era estrecho, con muebles viejos, relojes sin cuerda, vitrinas con porcelanas que daban mal rollo, algún que otro muñeco de ventrílocuo.

Olía a madera húmeda y tela vieja, miraba una caja de música cuando una voz me habló por detrás.

—¿Buscas algo en concreto?

Me giré, era un hombre mayor, con gafas colgadas al cuello, me observaba desde detrás de un mueble.

—Algo especial. —dije.

—¿Para alguien especial?

—Sí, para mi pareja.

El hombre me estudió con calma, no como quien juzga, como quien ya lo sabía.

—Es un chico, ¿verdad?

—¿Cómo lo sabe? —pregunté confuso y sorprendido.

Sonrió.

—Dijiste ''pareja'' en lugar de ''chica''.

Me reí, bajito, él se frotó la barbilla.

—Creo que tengo algo, espera aquí.

Se marchó por uno de los pasillos del fondo, eran estrechos y mal iluminados, había muchos espejos antiguos, podía verme el reflejo de la cara, parecía distorsionado, era turbio.

Vi una figura de madera moverse en el estante de uno de los pasillos, me acerqué y la observé, parecía una muñeca de porcelana, estaba sentada, mirándome con sus enormes ojos, daba miedo.

Estiré la mano para tocarla, entonces sentí una presencia, me detuve en seco, miré a mi izquierda, juraría haber visto una silueta pasar.

Me quedé observando, entonces pasó, al fondo, como una sombra mal encajada, su cara estaba torcida, era el entrenador.

Llevaba una chaqueta oscura y unos vaqueros de campana, me miró unos segundo y desapareció entre los trastos del fondo, mi corazón latió con fuerza.

Mis nervios aumentaron, me acerqué lentamente hacia donde estaba el entrenador, entonces una mano se posó en mi hombro, me sobresalté.

Era el gerente de la tienda, vino con algo en la mano, me quedé quieto, en las manos llevaba un reloj precioso de Tommy Hilfiger, plateado, con la esfera azul.

—Mira, este reloj le gustará, son cuarenta euros. —dijo sonriente.

Se me iba de presupuesto, pero el reloj me gustó mucho, lo quería, lo necesitaba, era perfecto.

El hombre empezó a envolverlo con cuidado, papel dorado, lazo azul marino.

—¿Estás bien, chaval?, pareces tenso.

—Sí. —dije, mirando hacia el fondo de la tienda.

Pero no lo estaba, y él lo notó.

—¿Seguro?

No respondí, solo los billetes y los dejé sobre el mostrador.

—Gracias. —dije cuando me dio el paquete.

Salí a la calle, pero algo había cambiado, ya no era la de antes, la farola frente a la tienda parpadeaba, el aire estaba más frío, la acera, más vacía, como si alguien hubiese apagado la ciudad a medias, caminé deprisa, bajé la cabeza.

Miraba a todos lados sin mover mucho el cuello, sentía que me miraban, la noche se hizo presente, el frío era cada vez más intenso, mis manos estaban heladas.

Durante unos segundos noté que me seguían, que algo…, estaba detrás y entonces, cuando vi la avenida a pocos pasos, cuando iba a cruzar y entrar en una zona más iluminada, me choqué contra alguien.

El golpe fue seco, caí de culo, el paquete rodó por la acera.

—¡Joder! —solté, alzando la vista.

Y ahí estaba, él, el entrenador, a solo medio metro, mirándome, respirando rápido, los ojos muy abiertos, yo tragué saliva, me giré, miré a un lado, luego al otro, nadie, ni un coche, ni un paso, ni una voz, solo él y yo.

Y el regalo de Kevin en el suelo, apreté los dientes, supe que tenía que correr.

( Continuará... )

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PD: El capítulo 6 me lo eliminaron dos veces, así que desisto de subirlo, está en mi perfil, en mi blog, por si alguno quiere leerlo, allí está, eso es todo, espero que os guste.

PD2: Muchas gracias a todos por el apoyo, este es el penúltimo capítulo, se acerca el desenlace de esta saga! :D