En los vestuarios — Capítulo 9: ''El chico italiano'' (penúltimo capítulo)
Llega un nuevo chico a nuestro grupo, se llama Kevin, es italiano, pero de padre español, enseguida conecto con él, es especial.
Pasaron las semanas y con ellas, llegó la Navidad, hacía frío, mucho frío, fuera nevaba con intensidad, niños cantando villancicos y algún que otro Papá Noel disfrazado.
—¿Te vas a ir con él? —preguntó mi madre, apoyada en el marco de la puerta de la cocina.
Asentí mientras me ponía la chaqueta.
—Claudia no quiere ir, dice que no le hace falta verle la cara. —añadió.
—Ya lo sé.
—Sabes que le tiene mucho rencor, y yo…, mira, entiendo que quieras ir. —hizo una pausa—. Solo intenta pasarlo bien, ¿vale?
—Vale, mamá.
—Y si en algún momento estás incómodo, me llamas.
Asentí otra vez.
—Llévate esto. —me dijo, alcanzándome una bufanda—. Hace más frío en su zona.
El taxi me dejó frente al edificio, nuevo, de fachada blanca, balcones de vidrio, más moderno que todo lo que recordaba de él, yo pensé que vivía en una casa, pero no, era en un piso, el número veintidós para ser exactos.
Thomas me abrió.
—¡Tomi! —dijo con una sonrisa que le desbordaba la cara—. Qué alegría, pasa.
Entré, piso amplio, limpio, todo con olor a perfume suave y a cena en preparación, y entonces la vi.
Una mujer, muy alta, muy delgada, pelo oscuro, piel clara, ojos grandes y una sonrisa grande también.
—Tu sei Tomi, vero? Sei più bello di quanto pensassi. —dijo con acento italiano, acercándose—. ¡Encantata!
Me besó en las mejillas antes de que pudiera reaccionar.
—Isabella. —dijo Thomas desde atrás—. Mi pareja.
—Ya… —respondí un poco seco.
Entonces sentí unos ojos en mí, escudriñaban mi cuerpo, a su lado, alguien más, un chico, que después sabría que tiene mi edad.
Delgado, mismo corte de pelo que el mío, ojos negros, igual que su cabello, ropa cara, piel impecable, postura recta, seriedad absoluta.
—Él es Kevin. —dijo Thomas.
Kevin no sonrió, solo asintió con la cabeza.
—Hola. —dije.
—Hola. —respondió, sin moverse.
Isabella los miró a los dos.
—Va bene, vamos a sentarnos, ¿sí?
—¿Ayudo en algo? —pregunté, sin saber qué hacer con las manos.
—No, no, tú siéntate, ya está casi todo. —dijo mi padre.
Thomas me tocó el hombro, con suavidad.
—Me alegra que vinieras, hijo.
Yo no respondí, solo fui hacia el sofá, Kevin, de pie, sin moverse, me observaba, como si yo fuera el que sobraba en aquella foto.
El salón era enorme, sofás grises con cojines perfectamente colocados, una alfombra blanca que daba miedo pisar, el techo alto, y lámparas que no parecían de Ikea.
Encendí la tele, volumen bajo, estaban echando ''El asombroso mundo de Gumball'', me dejé caer en el sofá, intentando parecer relajado.
Kevin seguía de pie, a un par de metros, no decía nada, solo me miraba.
—¿Qué pasa? —le solté sin girarme.
—Nada. —respondió, como si no fuera evidente que no me quitaba ojo—. ¿Te gustan los dibujos?
—Tal vez…
Se acercó y se sentó a mi lado, sin preguntar, sacó el móvil y lo desbloqueó, la pantalla brillaba con colores, fotos y notificaciones.
De reojo vi su Instagram, casi veintidós mil seguidores, fotos bien editadas, poses de modelo, reels bailando con otros chavales...
—¿Eres influencer o algo así? —pregunté.
Él deslizó una foto y me miró de reojo.
—Tal vez.
—¿Tal vez? Tienes muchos seguidores…
—Ma dai, tampoco es tan importante. —dijo con ese acento italiano que marcaba las palabras.
—Sí, claro, a mí me siguen poco más de cien personas…
Él soltó una pequeña risa.
—Yo empecé con reels tontos, ahora marcas me mandan ropa.
—¿En serio? Joder, qué suerte… —dije, en parte sentí envidia.
—Dijiste un taco.
—Ah…, disculpa. —joder, encima familia refinada.
En la cocina, se oía el ruido de platos, risas apagadas entre Isabella y Thomas, Kevin bajó un poco el móvil y me miró.
—¿Entonces tú eres…, su hijo primero?
Giré la cabeza despacio.
—¿Qué?
—Digo, el primero.
—No, esa es mi hermana, yo soy el segundo…
Se calló, alzó una ceja, mirándome de nuevo, como si analizara mi cuerpo.
—Solo era curiosidad, eres guapo.
—¿Eh?, ¿Gracias?
Sonrió.
—¿Qué?, es un cumplido. —dijo.
—Lo sé, solo que es raro que un chico le diga a otro que es guapo…
Volvió la vista a su pantalla, pasaron unos segundos.
—Non volevo offenderti, ¿vale?
No respondí, miré a Gumball dando vueltas por una escalera, y seguimos ahí, en el sofá enorme, con espacio de sobra, y sin saber qué hacer o decir.
—Vamos, la cena está lista. —anunció Thomas, apareciendo desde la cocina con una sonrisa de catálogo.
Me levanté del sofá, Kevin fue detrás, sin decir nada, la mesa estaba puesta como en las películas, candelabros, copas de cristal y servilletas dobladas como si hubieran hecho origami con ellas.
En el centro, un enorme pavo relleno, a los lados, risotto de gambas, también había langostinos abiertos en abanico y un redondo de carne tan perfecto que parecía falso.
—¿Qué es todo esto? —pregunté en voz baja, mirando los platos.
—La cena. —respondió Isabella desde el umbral, como si fuera lo normal—. Fatta con amore.
—Hecho con amor, hijo. —dijo Thomas.
—¿Con amor o con un ejército de cocineros? —solté, sorprendido.
Ella rió, sin tomárselo mal.
—Isabella es chef. —añadió Thomas mientras se sentaba—. Tres estrellas de hecho, en Italia es muy famosa.
—¿Tres qué? —pregunté.
—Michelin. —respondió él, orgulloso.
—Ah… —dije, mientras me sentaba.
Comí un poco de todo, el risotto estaba suave, con el sabor justo, el pavo crujiente por fuera y jugoso por dentro, todo…, perfecto, demasiado para mi gusto.
Sentía que sobraba, eran una familia ideal, ella perfecta, él perfecto, y el hijo perfecto, me arrepentí un poco ahora de venir, pensé en mi madre y mi hermana, cenando solas…
—¿Qué tal? —preguntó Isabella, mirándome con una sonrisa genuina.
—Increíble… —dije, tras salir de mis pensamientos.
Thomas asintió.
—No está mal cenar así, ¿eh?
—No, nada mal…
Kevin, al otro lado de la mesa, seguía callado, cortaba su carne con precisión, masticaba y miraba, sobre todo, miraba, a mí, yo hacía como que no lo notaba, pero lo notaba.
—¿Kevin? —preguntó Isabella—. ¿Tutto bene?
—Sí. —dijo él, sin levantar la vista.
—¿No dices nada? —insistió Thomas, con tono amable.
Kevin se encogió de hombros.
—No hay mucho que decir. —dijo Kevin.
Thomas retomó rápido.
—Tomi va bien en el equipo, capitán ahora, está comprometido.
—¿Capitán? —preguntó Isabella.
—Segundo. —aclaré—. Pero sí, el equipo va mejor que nunca, estamos igualados a puntos con el primero.
—Bravo, eso está muy bien —dijo ella, sincera.
Kevin se sirvió más risotto.
—¿Y tú, Kevin, juegas? —pregunté mirándole.
—No mucho.
—Deberías apuntarte al equipo, quizás te guste. —dije, y tomé un sorbo de zumo.
—Tal vez… —añadió, sin emoción.
Isabella los miró a los dos.
—Va bene, va bene…, dejad que la comida os relaje.
Y seguimos comiendo, yo con un ojo en el pavo, estaba delicioso, y el otro…, en Kevin.
Que seguía allí, callado, observando, como si esperara algo.
Thomas salió del comedor con los platos en la mano.
—Kevin, acompáñalo al cuarto de invitados, ¿vale?
Kevin asintió con una sola inclinación de cabeza, yo me levanté, lo seguí por el pasillo, sin hablar, al llegar al final, giró y abrió la puerta de una habitación.
Pero no era una habitación cualquiera.
—¿Esto no es tu cuarto? —pregunté, parándome en seco.
Kevin se giró.
—El cuarto de invitados es frío, triste, aquí se duerme mejor.
—¿Y tú?
—Yo duermo aquí también, es mi cuarto.
Me miró sin expresión.
—Hay literas. —añadió.
Miré dentro, el cuarto era enorme, suelo de madera brillante, escritorio, estanterías con libros y figuras, y una litera moderna, de metal, con colchones gruesos y mantas bien dobladas.
Mucho más grande que mi cuarto, entré y eché un vistazo a todo, él miraba su móvil de nuevo, entonces vi sobre el escritorio una foto enmarcada.
Kevin con otro chico, más mayor, pero muy parecido, la misma forma de cara, la misma mirada, los dos sonriendo, en un monte nevado, Kevin parecía más pequeño, de unos ocho años, el otro chico parecía tener el doble, me acerqué, la cogí sin preguntar.
—¿Es tu hermano?
Kevin no respondió de inmediato.
—Sí.
—Se parecen un montón.
—¿Os lleváis bien?
Kevin se mantuvo callado.
—Falleció esquiando, se golpeó contra una roca, esa foto fue la última que nos hicimos.
Tragué saliva, solté el marco en su sitio y le miré.
—Perdona, no sabía…
Kevin no dijo nada más, solo caminó hasta la litera y señaló la de abajo.
—Puedes dormir aquí.
Asentí.
—¿Y tú? —pregunté.
—Yo duermo arriba.
Se subió sin esfuerzo, así, con la ropa puesta, como si fuese lo más normal del mundo, se quitó las zapatillas y se tumbó, el colchón crujió un poco.
Yo me quedé de pie, al lado, sin saber qué hacer.
—¿Tienes algún pijama o algo?
Me señaló con la barbilla hacia el armario, me acerqué y lo abrí.
Entre camisetas dobladas encontré uno de Star Wars, con el logo medio desgastado y un pantalón largo de algodón.
Me lo puse allí mismo, de espaldas a la litera, me quité la sudadera, la camiseta y las dejé en una silla cercana, escuché como Kevin se movía en su cama, los crujidos eran evidentes.
Mi corazón se aceleró, seguí de espaldas, notaba su acechante mirada, estaba mirando, sin más, me bajé los vaqueros, quedando en bóxer, no sé por qué lo hice, pero también me los quité, dejando mi culo al aire, puse la ropa encima de la silla.
Cogí lentamente el pantalón y me incliné para ponérmelo, su cama se volvió a mover, me puse la camiseta y me giré hacia él, miraba su móvil.
Estaba caliente, y algo duro tras esto, me acerqué a mi cama y le hablé.
—¿Te gusta Star Wars?
No dijo nada, solo el sonido del dedo deslizándose por la pantalla de su móvil, me giré, se veía una tenue luz azul desde arriba, Kevin seguía ahí, tumbado, con el móvil iluminándole la cara.
Me metí en la cama, la manta estaba tibia, olía a suavizante y justo cuando cerré los ojos, clic, la luz se apagó desde arriba.
Oscuridad, su respiración era lenta, constante, podía oírla, podía oír cómo el móvil seguía vibrando de vez en cuando.
Notaba que no dormía, pero no decía nada, igual que yo, me giré hacia la pared, intentando dormir, sin éxito, no era mi cama, no era mi casa, y él…, no era fácil, pero algo en mí no quería estar en otro sitio, no esa noche.
Entonces, desde arriba, su voz.
—¿Tienes novia?
Me giré hacia el techo, aunque no pudiera verle.
—No. —respondí, sin pensarlo.
—¿Has hecho cosas con chicas?
Tragué saliva.
—Con chicas no…
Él no dijo nada, pero tampoco se movió, sabía que seguía despierto.
—¿Y con chicos?
Esa sí me hizo quedarme quieto, tenso.
—¿Por qué preguntas eso?
El colchón de arriba crujió un poco, no por movimiento brusco, más bien como si se hubiera acomodado distinto.
No contestó, solo… silencio.
Y yo ahí, con los ojos abiertos, mirando una oscuridad que no me respondía, el pecho me latía fuerte, no por miedo, por no saber qué venía después.
—¿Con chicos sí? —insistió.
No respondí al momento, mi cabeza me decía que no respondiera, mi corazón quería responder, y mi calentura ganó.
—Sí… —admití, bajito—. ¿Por qué quieres saber eso?
—No sé… —respondió él, sin convencimiento.
Y luego, como quien lanza una piedra a un estanque, continuó.
—¿Qué cosas hiciste con chicos?
—No voy a responder a eso.
El silencio volvió, pero duró poco, se oyó cómo bajaba de la cama, podía ver la luz tenue de su móvil, pasos suaves sobre el suelo, se acercó a mi lado, en la penumbra.
No se sentó, solo se quedó de pie, junto a la cama, me enseñó la pantalla, su Instagram, abierto, con todos sus seguidores, fardando.
—Si me dices, te sigo.
Le miré, la luz del móvil iluminaba solo su cara, su expresión era neutra o eso parecía.
—¿Me estás sobornando con un follow? —dije, en voz baja.
—No, es una oferta.
—Qué generoso… —respondí.
No dijo nada, solo seguía con el móvil en la mano, esperando, y yo ahí, debajo de la manta, sin saber si reír, enfadarme o responder, pero sobre todo, sin entender qué quería realmente.
Kevin seguía ahí, de pie, sujetando su móvil frente a mí, con la pantalla iluminada.
—¿Y bien? —dijo—, ¿me respondes y te sigo?
Lo miré, respiré despacio, me incorporé y me senté en la cama, apoyando los brazos sobre las piernas.
—Vale. —dije—. Pero no solo quiero que me sigas.
—¿Ah, no?
Negué con la cabeza.
—Quiero una foto contigo, que la subas a tu perfil y que me etiquetes.
Se hizo el silencio, un silencio muy distinto al anterior, Kevin me miró, serio, pero con las cejas apenas levantadas, como si no esperase eso.
—¿Una foto conmigo? —repitió.
—Sí.
—¿Y subirla?
—Y etiquetarme.
Se quedó pensativo, no bajó el móvil, no sonrió, tampoco dijo que no.
—¿Y si lo hago, tú me respondes? —preguntó.
—Sí. —respondí, directo.
No dudó más, lo vi buscar mi cuenta, teclear mi nombre, pausar un segundo, luego pulsar ''Seguir''.
El móvil vibró en el bolsillo de mi pantalón, que estaba doblado en la silla.
—Ya está. —dijo, Kevin bajó el móvil, siguió mirándome un segundo más, luego dio un paso hacia mí—. Pues venga, hagamos la foto.
—No hace falta. —le dije—. Mañana.
—¿Seguro?
Asentí.
—Confío en que cumplirás tu promesa.
—Yo cumpliré la mía. —se quedó de pie frente a mí.
No decía nada, solo me miraba, esperando.
—¿Entonces? —preguntó.
Respiré hondo.
—Sí, hice cosas, alguna mamada…
Kevin se agachó un poco, apoyando los codos en sus rodillas.
—¿A cuántos?
Le miré confuso, no me atrevía a decirlo, pero contando a Soufián, Iván, Marcos y el chico de la pizzería, sería en total cuatro chicos.
—A cuatro…
Abrió los ojos como platos, apagó la pantalla de su móvil y se me quedó pensativo.
—¿Y te gustó?
—Son muchas preguntas ya… —le respondí, rápido.
Sonrió apenas.
—Tienes razón. —dijo.
—Sí, Kevin, me gustó, ¿por qué preguntas todo esto?
—Por nada, es que…, hace tiempo…, tu padre hablaba con mi madre, bajito, yo acercarme, raro en ellos hablar así, entonces escuché que pedía consejo de como hablar con un chico gay, con su hijo.
Tragué saliva, Kevin se volvió a subir a su cama.
—Buonanotte, Tomi.
Yo me quedé ahí, con la manta sobre las piernas, el pecho más ligero, pero la cabeza dando vueltas, así que mi padre buscaba consejo de como lidiar con un hijo gay, y lo peor es que se lo contó a su pareja.
En parte me jodió que le contase a ella eso, pero pensé que lo hizo para acercarse a mí de manera más sencilla.
Lo que no entendía era lo de Kevin, ¿curiosidad?, ¿o algo más?, me levanté, cogí mi móvil y me tumbé en la cama, miré las notificaciones, Kevin me había seguido, entré a su perfil.
Había muchas fotos en solitario, siempre estaba solo, sin nadie más, miré sus reels, vídeos de él bailando, solo, no tenía amigos.
Le di a seguir, su móvil vibró.
—Gracias. —me dijo.
Los días pasaron, la Navidad quedó atrás, las luces del centro ya no colgaban de los árboles, y la rutina volvió como si nada hubiera pasado, era mediados de enero, y el frío ya se te metía por los tobillos.
Salí del instituto con Iván, Soufián y Marcos, hablando de los exámenes, los juegos, cómics, lo de siempre vamos.
—¿Vas a venir hoy al entreno o vas a seguir haciéndote el lesionado? —bromeó Iván.
—Tío, fue una torcedura real. —dijo Soufián, y es que llevaba días sin presentarse, había ligado a la amiga de Laura, y se la pasaba con ella en el parque.
—Sí, sí, la nueva tía que te estás follando no tiene nada que ver… —dijo Iván celoso.
Rieron, yo también, un poco, y entonces se escuchó el zumbido bajo de un patinete eléctrico acercarse, nos giramos.
Un chico se acercaba por el camino, en línea recta hacia nosotros, chaqueta negra de marca, pantalones negros rasgados, también de marca, y unas zapatillas enormes blancas.
Se detuvo justo delante, sus vaqueros negros los tenía medio bajados, se podía ver gran parte de su bóxer, azules oscuros.
Era Kevin.
—Hola. —dijo, Kevin dirigiéndose a mí, masticaba chicle.
Iván levantó la ceja.
—¿Este quién es?
—Tomi, ¿lo conoces? —preguntó Soufián, más curioso que desconfiado.
Yo me quedé quieto.
—Es Kevin… —dije.
—¿Kevin qué? —insistió Iván.
—¿Kevin? —preguntó Marcos.
Kevin los miró, no con superioridad, pero con esa calma que tiene alguien que no siente que tenga que impresionar a nadie.
—Encantado. —dijo, bajándose del patinete—. He venido a ver a Tomi.
Mis amigos me miraron, yo miré a Kevin sin entender nada, se pasó la mano por el pelo y se giró hacia mí.
—Te debía una foto. —dijo, como si lo hubiera apuntado en su agenda.
—¿Aquí?, ¿Ahora? —pregunté, dudando.
—Sí, claro, ¿No era eso lo que querías?
Antes de que pudiera responder, ya se había puesto a mi lado, sacó su móvil, abrió la cámara frontal.
—Sonríe. —dijo, bajito.
Me puse recto, la pantalla brilló al hacerme la foto, entonces lo noté, su mano en mi cadera, sutil, un segundo, pero estaba ahí, la quitó rápido, como si no hubiera pasado.
—¿Qué cojones…? —murmuró Iván, casi sin moverse.
Soufián entrecerró los ojos, intentando procesar la escena.
Kevin miró la foto.
—Salimos bien.
—¿Vas a subirla? —pregunté, medio en serio, medio retando.
—Lo prometido es deuda.
Marcos, que hasta ahora no había dicho nada, intervino.
—¿Quién eres? No sé qué está pasando.
—Es…, un amigo. —dije.
Kevin me miró de reojo mientras me etiquetaba en la foto.
—Ah, pues, oye, ¿por qué no vienes al entreno del equipo? Así nos vamos conociendo. —propuso Marcos.
Kevin giró la cabeza, sorprendido.
—¿Yo?
—Claro, si has venido hasta aquí…, ¿te apetece ver cómo jugamos? —dijo Iván.
—¿Puedo? —preguntó, ahora mirándome.
No respondí al instante.
—Sí, claro… —dije al final—. Vente.
—Pues vamos. —dijo Kevin, como si fuera lo más natural del mundo.
Mis amigos seguían sin saber quién era, pero ahora, formaba del grupo.
Llegamos al campo y aún era pronto, el cielo seguía gris, pero no llovía, una hora antes del entreno.
Kevin estaba como si llevara semanas con nosotros, hablaba con Iván y Soufián, riendo, les contó algo de un vídeo suyo que se había hecho viral.
—¿Y lo editas tú solo? —preguntó Iván, sorprendido.
—Claro, nadie toca mis cosas. —respondió Kevin, con una sonrisa torcida.
Le pasó el patinete a Soufián, que comenzó a dar vueltas por la pista con él.
—¡Eh, Kevin! ¡Que este se lo lleva a Marruecos! —gritó Iván entre risas.
Todos rieron, yo me quedé un poco al margen, no sabía si eso me aliviaba o me molestaba, pero entonces, lo noté.
Kevin me miraba, de nuevo, casi sin disimular, se giraba a hablar con ellos, pero volvía, siempre a mí.
Y en medio de eso, sentí una voz detrás.
—Oye. —era Marcos, se había acercado en silencio.
—¿Ese chico…, te mira demasiado, no? —susurró.
—¿Qué?
—No te hagas, te mira, mucho.
Lo miré de reojo, sabía que no lo decía con mala intención.
—¿Te lo has ligado? ¿Es tu novio? Venga confiesa. —me golpeó con su hombro el mío, estábamos al otro lado del campo, trayendo los balones de entrenamiento.
—Eres tonto…
—¿Por?
—Es el hijo de la pareja de mi padre.
Marcos frunció el ceño.
—¿Qué dices?
—Eso, se llama Kevin, lo conocí cuando fui a su casa en Navidad, vive con mi padre.
—Ahhhh…, vale, ahora lo entiendo…
—¿Fuiste a su casa en serio?
—Fui en Navidad, sí.
Marcos no respondió enseguida, solo me miró.
—Vale…, eso explica por qué lo conoces, aunque, sigo sin entender por qué te mira tanto, ¿pasó algo allí? —dijo al fin.
—No…, no sé por qué me mira tanto, quizás es curiosidad…
Llegamos con los balones y soltamos la malla con ellos en el suelo, Soufián seguía haciendo círculos con el patinete, el aire frío nos pegaba en la cara, pero ya no importaba.
—Venga, va. —dijo Iván—. Calentamos y luego partidito.
—¿Quién hace equipos? —preguntó Soufián.
—Yo con Tomi. —soltó Marcos enseguida—. Así probamos al nuevo.
—Vale. —respondió Kevin—. Nosotros tres contra vosotros dos.
—¿Tú juegas? —le preguntó Iván.
Kevin levantó los hombros como diciendo, ''algo''.
Empezamos a calentar, trote, rondos cortos, pases rápidos, Kevin lo hacía todo en silencio, pero no fallaba ni uno.
—Oye, que no es coña, ¿eh? —dijo Soufián—. ¿Has jugado en algún club?
Kevin no contestó, el partido arrancó, ellos tres contra nosotros dos, Kevin agarró el balón, y fue como si todos fuéramos más lentos.
Mucho más lentos, nos dejó a Marcos y a mí en el sitio en la primera jugada, control con el pecho, giro, pase milimétrico a Iván.
—Tío… —murmuró Marcos mirándome, como si yo tuviese la culpa de no saber que jugaba bien, ¿bien? Es un puto crack.
En la siguiente jugada, se fue en velocidad por la banda, yo intenté pararlo, nada, era muy rápido, demasiado, y encima tenía técnica.
—¡Pero qué coño! —gritó Iván riendo—. ¿Dónde tenías escondido a este chaval, Tomi?
Me encogí de hombros, no sabía si reírme o llorar, nos estaba humillando, no tenía sentido, estaba a otro nivel.
Kevin levantó la cabeza, me miró, y sin decir nada, sonrió, solo un segundo, y entonces volvió a correr.
Estábamos los cinco sentados en la pista pavimentada, reventados, sudados, rojos, exhaustos, no podíamos con nuestra alma, con las camisetas pegadas al cuerpo por el sudor y las piernas estiradas, el sol bajaba lento, y el frío volvía poco a poco.
Yo me giré hacia Kevin, que bebía agua sin prisa.
—Tío… —dije—. En serio, ¿cómo juegas así?
Kevin se encogió de hombros.
—No sé.
—No, venga ya, eso no es normal. —soltó Marcos, respirando hondo—. Nos has humillado sin despeinarte.
Kevin bajó la botella.
—Bueno…, en Italia jugaba en la cantera del Milán…
Silencio, total, hasta el poco viento se quedó quieto.
—Espera, dices, ¿Del AC Milan? —preguntó Iván, abriendo los ojos.
Kevin asintió.
—¿Estás de coña? —dijo Soufián.
—No, empecé con siete, estuve hasta los trece, luego, vine aquí.
—¿Y por qué dejaste de jugar? —pregunté yo, sin entender nada.
Kevin miró al suelo.
—No sé, aquí no he terminado de conectar con nadie, y allí el fútbol se vive de otra forma.
—¿No te gustaría ser futbolista? —pregunté.
—Quiero ser influencer. —confesó.
Nos quedamos en silencio, bueno, si es lo que a él le gustaba, no éramos quienes para juzgar.
—¿De fútbol? —preguntó Marcos.
—De estilo, de ropa, de imágenes, no sé, lo que me guste.
Nadie dijo nada de inmediato, yo le miré de reojo, estaba sudado, con tierra en las rodillas, y aún así, parecía modelo.
—Bueno, será mejor que nos duchemos y nos cambiemos, ya empieza a oscurecer. —dijo Marcos poniéndose en pie.
Los cinco nos pusimos en pie y llevamos los balones dentro del gimnasio, después nos quitamos la equipación de entreno, Kevin llevaba la de un compañero, se la presté, me tocaría lavarla.
El vaho del agua caliente inundó los vestuarios, Marcos fue a su regadera, Soufián e Iván hicieron lo propio, vi a Kevin un poco cohibido.
—¿Prefieres esperar a que ellos se vayan? —pregunté.
Asintió, yo me empecé a desvestir, mis amigos terminaron de ducharse entre bromas, noté que Kevin no dejaba de mirar sus cuerpos, mi sospecha cada vez era mayor.
Mis amigos se fueron marchando y nos despedimos para vernos mañana, yo me desnudé y entré a la regadera, comencé a enjabonarme, miré y vi a Kevin desvestirse, joder, estaba buenísimo, delgadito, marcado, sin vello…
Desgraciadamente, se tapaba su entrepierna, no pude fijarme bien, me giré y seguí en lo mío, se puso a mi lado y abrió el agua dónde solía bañarse Marcos.
—Oye, gracias por dejarme jugar con vosotros, lo pasé bien. —confesó.
—Ah, no hay de que, cuando quieras volvemos a jugar y nos humillas.
Nos reímos, entonces vi que miró mi entrepierna, se dio cuenta y apartó la vista a un lado.
—Perdón, fue sin querer.
—No pasa nada, Kevin, puedes mirar si quieres…
El agua quitó el jabón de mi cuerpo, mostrando mi piel, mostrando todo mi cuerpo, desnudo, Kevin volvió a mirarme, a la cara, entonces bajó la mirada lentamente, observando mi polla.
Al hacerlo, yo también pude verle, su cuerpo, desnudo, frente al mío, su polla, sin vello, y duro, Kevin estaba duro, me acerqué lentamente, él me miró, nervioso, su respiración se aceleró.
Mis manos se posaron en sus brazos, los sujeté, tocando su piel, los llevé hacia mí, sus manos se posaron en mi cuerpo, que empezó a tocar, explorando mi piel, cada rincón.
El aliento de nuestras bocas se mezclaban, el agua nos mantenía las caras chorreando de agua, mis manos se posaron en su cuerpo desnudo, su piel era suave, blanca, pura.
Comencé a bajar hasta su cintura, estiré los brazos y apreté sus nalgas, él pegó un respingo y nuestros cuerpos se pegaron, su cabeza estaba apoyada en mi hombro, estábamos agitados, excitados, noté sus manos en mi polla, comenzó a pajearme torpemente.
Yo hice lo propio, comencé a pajear su polla, estaba sin circuncidar, bajaba y subía su piel, su polla medía lo mismo que la mía más o menos, unos trece centímetros, ambos nos pajeábamos en silencio.
Noté como empezó a besarme el cuello, lo lamía y besaba, sin dejar de pajearme, yo posé mi mano izquierda en su nuca, para que siguiera besando mi cuello, entonces sentí arder, me estaba succionando el cuello con fuerza, me dolía, demasiado, pero estaba muy caliente.
Le dejé hacer, siguió succionando mi cuello, hasta que soltó de golpe, el dolor se intensificó, solté un quejido, nos miramos, podía ver sus ojos, sus labios, todo, estaba mojado, como yo, se acercó y me besó, sus labios se posaron en los míos.
No pude resistirme, metí mi lengua en su boca y nos fundimos en un beso largo, noté que convulsionaba, nos separamos, él se sujetó su propia polla y comenzó a pajearse, se corría, yo miré como su corrida era arrastrada por el agua.
Con esa imagen no pude contenerme más, sujeté mi polla y me la sacudí a mil por hora, empecé a correrme, el agua también se llevó el delito que habíamos cometido.
Nuestra respiración comenzó a volver a la normalidad, Kevin se giró y salió de la ducha, cogió una toalla y empezó a secarse el cuerpo.
Yo me enjaboné mis partes y salí también, el silencio inundaba los vestuarios, me sequé con la toalla sin atreverme a mirarlo.
Comencé a vestirme, ya había oscurecido, eran casi las ocho de la tarde, salí fuera, preferí esperarlo, el frescor del invierno me azotó de golpe la cara.
Salimos del campo cuando ya casi no quedaba luz, el cielo, morado, la pista vacía, solo yo y Kevin, que iba sobre su patinete, despacio, sin hablar.
Yo caminaba a su lado, ninguno rompía el silencio, pero no era incómodo, solo…, pesado, denso, muy denso. ¿Se arrepentiría de lo que hicimos? No estuvo mal, aunque el cuello me picaba.
Al llegar a la esquina de mi calle, se detuvo.
—Bueno. —dijo, bajando un poco el pie para equilibrarse—. Nos vemos, Tomi.
—¿Quieres pasar la noche en casa? —solté, sin pensarlo mucho.
Kevin giró la cabeza hacia mí, no respondió al instante.
—No puedo…, mejor no… —dijo, casi con frialdad.
Asentí, mirando al suelo.
Se subió al monopatín eléctrico, avanzó unos metros y frenó, hasta me asustó, me giré.
—Espera, vale, sí…
Se quedó quieto unos segundos, con la mirada al frente.
—Deja que avise a mi madre… —sacó el móvil, tecleó algo, la pantalla se iluminaba, un mensaje enviado, seguramente a su madre.
Lo volvió a guardar en sus vaqueros negros.
—Listo.
Yo no dije nada, solo abrí la verja de casa y avanzamos al porche.
Entramos en casa, Kevin guardó su patinete junto a la puerta, apoyado con cuidado.
En el comedor, mi madre y Claudia estaban cenando, ambas con cara de no esperarse visita.
—Hola. —dijo mi madre, levantando la vista del plato—. ¿Quién es?
—Kevin. —respondí—. Un amigo…
Kevin saludó con la mano, sin forzar una sonrisa.
—¿De clase? —preguntó Claudia, con la cuchara en la mano.
—No…, él…, bueno, es…, el hijo de la pareja de papá. —dije, rápido.
Silencio muy corto, de esos que duran tres segundos, pero pesan como diez.
—Ah… —dijo mi madre, simplemente, mi hermana guardó silencio.
—¿Puede quedarse a dormir en mi cuarto? —pregunté enseguida, antes de que dijeran algo más.
Mi madre dudó. Miró a Kevin. Luego a mí.
—Vale, pero no hagáis mucho ruido, que yo ya me voy a la cama.
—Sí, sí.
Nos sentamos, mi madre sirvió dos platos más, sopa de setas casera, caliente, espesa, perfecta, Kevin la probó, no dijo nada, pero se la comió entera.
—Está buena, ¿no? —dije.
Él asintió.
—Muy buena.
Y justo cuando estaba terminando el último sorbo, Claudia me miró de lado, fijamente.
—¿Y este chupetón? —soltó, se me acercó y tocó mi cuello, me ardió.
—¡Ey! ¡Cuidado! —le aparté su mano intrusiva, me miré el cuello, es verdad, tenía un chupetón, miré a Kevin, que abrió los ojos y negó con la cabeza desviando la mirada.
—¿Qué? —preguntó mi hermana.
—Nada, es solo que no me había dado cuenta…
—Te hacen un chupetón y no te das cuenta, ¿cómo es eso posible?
—Nada, es igual…
Me llevé la mano al cuello, al lado izquierdo.
—Pues está rojo, se nota un montón.
Kevin giró un poco la cabeza, yo me puse rojo al instante.
Mi madre frunció el ceño, no dijo nada, pero mantuvo la vista en mi cara un par de segundos de más, yo me levanté con el plato en la mano.
—¿Puedo irme ya?
—Sí, pero recoge bien luego. —dijo mi madre.
Claudia no dejaba de mirarme mientras me iba, Kevin fue detrás de mí, en silencio, y mientras subíamos las escaleras, yo aún no sabía si lo peor era el chupetón, o no haberme dado cuenta de cuándo me lo había hecho.
Llegamos a mi cuarto, Kevin entró primero, se quedó de pie en medio de mi cuarto, mirando a su alrededor.
—Está bien. —dijo, después de un par de segundos.
—¿Esperabas otra cosa?
—No…, es acogedor, me gusta.
Caminó hacia la pared, apoyado en una esquina estaba mi bate de aluminio, desgastado, con una pegatina rota cerca del mango.
Lo levantó con una mano.
—¿Juegas béisbol?
—No, bueno, me apunté hace unos años a un equipo escolar, pero duré poco.
—¿Por qué?
—No se me daba bien.
Kevin asintió, sin decir nada más, volvió a dejar el bate donde estaba, siguió explorando con los ojos, el escritorio, los libros, la estantería con figuras.
Todo en silencio, y entonces, tocaron la puerta.
—Tomi. —dijo la voz de Claudia—. ¿Puedo?
Mi hermana abrió la puerta y asomó la cabeza.
Sonrió al ver a Kevin.
—Hola, Kevin, esto, Tomi…
—Hola… —respondió él, tranquilo.
Luego me miró a mí.
—¿Puedes salir un momento?
—¿Ahora?
—Sí, solo un segundo.
La forma en que lo dijo no dejaba opción, le hice un gesto a Kevin como ''ahora vuelvo'' y salí al pasillo, cerrando la puerta.
Claudia se apoyó en la pared del pasillo, cruzando los brazos, su mirada ya no era curiosa, era directa.
—Oye… —dijo, en voz baja—. ¿Seguro que no te hizo él el chupetón?
Me quedé quieto, la miré, sin saber qué decir, mi reacción la delató.
Claudia alzó una ceja.
—Tomi…, ¿estás ligando con Kevin?
—¿Qué? No… —dije enseguida, más rápido de lo que quería—. Claro que no, somos amigos.
Ella ladeó la cabeza.
—Mira, no estoy juzgando, solo digo lo que veo, y lo que veo…, es que ese chico no te ha quitado la vista de encima todo el tiempo, solo te miraba a ti.
Me quedé callado.
—Mira, sé mucho de chicos, sé cuando uno está loco por una tía, bueno, en este caso por un tío, y ese chico…, no sé, pero creo que está por ti.
Me puse rojo, no sabía cómo desmontar lo que ya se había montado sola en su cabeza, Claudia suspiró.
—Mira…, no diré nada a mamá.
—Gracias. —murmuré.
—Pero. —añadió, mirándome fijamente—. No hagáis nada raro, ¿vale?
—No vamos a hacer nada.
—Mejor, y si pasa algo…, al menos no en casa, y con protección ¿vale?
—Claudia…
—Lo digo por ti, no por mí.
Ambos callamos unos segundos.
—¿Puedo volver a mi cuarto ya? —pregunté, medio girándome.
—Puedes, y Tomi…
—¿Qué?
—No seas tonto, si te gusta, no pasa nada, es muy guapo. —dijo guiñándome un ojo.
—¡Claudia! —me puso muy nervioso, y rojo.
Solo abrí la puerta, entré y la cerré detrás de mí, Kevin seguía en pie, mirando una figura mía de Goku, no dijo nada, y yo tampoco.
Kevin me miró desde donde estaba, junto a la estantería.
—¿Seguro que no molesto?
Negué con la cabeza.
—No, claro que no, Kevin, era para… —me callé un segundo—. En fin, ¿vemos una peli?
—Tu cuarto es…, no sé, normal, no hay nada…, gay.
Lo miré, frunciendo un poco el ceño.
—¿Y por qué tendría que haber algo ''gay''?
Kevin bajó la mirada, como si no supiera explicarse.
—No lo sé, pensé que tendrías mangas gays, pósteres gays
—Sí, y ropa gay, juegos gays y muebles gays. —dije con sorna.
Me miró, aguantándose la risa, y empezamos a reír.
—Tengo sueño, mejor descanso, hoy fue un día largo. —dijo Kevin.
Fue hacia la cama supletoria que estaba bajo la mía, la sacó sin hacer mucho ruido, se quitó la sudadera y se tumbó.
Yo me quedé en mi cama, sentado, viendo cómo apagaba la luz principal y dejaba solo encendida la lámpara del escritorio, cálida, suave,lo justo para no estar completamente a oscuras.
Yo me quité la sudadera, los pantalones, quedando en bóxer, y me metí en la cama, tapándome con el edredón de Doraemon azul que tenía.
—Oye, puedes dormir en bóxer eh, dormir con vaqueros no creo que sea cómodo. —le dije mirándole, él me miró, se incorporó y se quitó la camiseta, mi mirada se posó en su cuerpo.
Después se bajó los vaqueros y los dejó a un lado de la cama, se volvió a tumbar y se tapó con la manta, quedamos en silencio.
—¿Estás cómodo? —pregunté, bajito.
—Sí —dijo él, desde abajo—. ¿Y tú?
—Sí.
Se oyó el crujido leve de su colchón, un suspiro, y luego nada, ambos callados, la luz encendida, y algo flotando en el aire, algo que no se atrevía a nombrarse.
Podía ver su silueta recortada por la luz del escritorio.
—Oye… —dijo, en voz baja—. ¿Lo que pasó en los vestuarios…?
—¿Sí…?
—Me gustó, fue…, divertido.
—Me alegro… —dije, sincero.
Kevin se quedó un momento en silencio.
—¿A ti te gustó?
Le miré, aunque no podía verle del todo bien.
—Sí, me gustó, mucho.
Kevin se apoyó en el codo, girado hacia mí.
—A mí también. —dijo, sonriendo un poco—. Nunca había hecho algo así, fue raro, pero me gustó mucho.
Asentí, sin saber qué más decir, y entonces volvió el silencio, uno suave, cálido, como si todo se hubiera dicho ya, al menos por esta noche.
Estaba cerrando los ojos, mi cuerpo empezaba a ceder al sueño, cuando lo escuché de nuevo, la voz de Kevin, bajita, casi hablándole al techo.
—Eres el primer amigo que he hecho en España.
No respondí, esperé, en silencio.
—Y tengo envidia…, de ti, de que tengas un grupo tan unido, amigos que se nota que te quieren.
—¿No tienes amigos en Italia?
Negó con la cabeza.
—No, conocidos del fútbol, pero amigos no, soy un poco introvertido, además, no sé, nunca me ha gustado mucho hablar con otros chicos.
—¿Y yo?
—Contigo es diferente, siento que eres más que un amigo.
—¿Cómo?
—Pues…, desde que te vi, me gustaste, me gustas, mucho.
Se giró dándome la espalda, yo, con el corazón acelerado, sin saber qué decir o hacer, me quedé ahí, quieto, tras su confesión, yo le gustaba, le gusto, ¿se me acababa de declarar?
—Kevin, ¿quieres ser mi novio?
—Sí.
El sol de Febrero seguía sin calentar, pero el patio ya no se sentía tan gris, estábamos en nuestro sitio de siempre, cerca del muro que da a la calle trasera del Instituto, en los bancos de piedra, comiéndonos los bocatas a medias y lanzando migas a las palomas.
Soufián hablaba de Dragon Ball Daima, de videojuegos, de la nueva expansión de Elden Ring, de fútbol, etc.
—Ya solo quedan dos capítulos, así que no te ilusiones mucho. —dijo Soufián.
—Tú déjame disfrutar, coño. —dijo Marcos.
Yo reía, me salía solo, y entonces Iván soltó la bomba.
—Isabel me ha pedido de salir este finde.
Todos lo miramos.
—¿Isabel la de los pechos nivel Pokémon legendario? —saltó Soufián, con la boca llena.
—¡¡Eh, un respeto a mi futura novia!!, pero sí, la misma —respondió Iván, sin disimular la sonrisa.
—¿Y tú qué le dijiste? —pregunté.
—Que sí, obvio. —dijo Iván salido.
—Chaval. —dijo Marcos, dándole un manotazo en la espalda—. Te nos enamoras, ¿eh?
—Qué va, solo vamos a ver una peli…, y a lo que surja.
Reímos todos, pero yo…, yo reía distinto, estaba más ligero, entonces sentí la mirada, la de Marcos, desde el banco, medio ladeado, observándome.
—Tú estás muy feliz últimamente, ¿no? —dijo, como quien no quiere la cosa.
—¿Yo? —pregunté, disimulando.
—Sí, se te nota, en la cara, en el humor.
Me encogí de hombros.
—Supongo que me va bien. —dije.
Marcos no insistió, pero tampoco quitó la vista y yo, por dentro, sabía que no faltaba tanto para que lo supiera, para que lo supieran todos, pero aún no, todavía no.
Tras el entrenamiento fui a casa, con rapidez, me arreglé el pelo, me puse unos pantalones negros y una camiseta azul oscuro.
Se acercaba el día de los enamorados y quería hacerle un regalo a mi nuevo y flamante novio, así que me dirigí al centro a mirar tiendas, ninguna me convencía, recordé la tienda de antigüedades.
Quería comprarle algo a Kevin, algo que no fuera típico, algo que fuese especial, además de útil, no quería que fuese un objeto sin utilidad, quería que pudiera usarlo y así se acordase de mí.
La tienda de antigüedades estaba cerca del centro, cerca de unos callejones, entré, todo se volvió silencio y polvo flotando.
El local era estrecho, con muebles viejos, relojes sin cuerda, vitrinas con porcelanas que daban mal rollo, algún que otro muñeco de ventrílocuo.
Olía a madera húmeda y tela vieja, miraba una caja de música cuando una voz me habló por detrás.
—¿Buscas algo en concreto?
Me giré, era un hombre mayor, con gafas colgadas al cuello, me observaba desde detrás de un mueble.
—Algo especial. —dije.
—¿Para alguien especial?
—Sí, para mi pareja.
El hombre me estudió con calma, no como quien juzga, como quien ya lo sabía.
—Es un chico, ¿verdad?
—¿Cómo lo sabe? —pregunté confuso y sorprendido.
Sonrió.
—Dijiste ''pareja'' en lugar de ''chica''.
Me reí, bajito, él se frotó la barbilla.
—Creo que tengo algo, espera aquí.
Se marchó por uno de los pasillos del fondo, eran estrechos y mal iluminados, había muchos espejos antiguos, podía verme el reflejo de la cara, parecía distorsionado, era turbio.
Vi una figura de madera moverse en el estante de uno de los pasillos, me acerqué y la observé, parecía una muñeca de porcelana, estaba sentada, mirándome con sus enormes ojos, daba miedo.
Estiré la mano para tocarla, entonces sentí una presencia, me detuve en seco, miré a mi izquierda, juraría haber visto una silueta pasar.
Me quedé observando, entonces pasó, al fondo, como una sombra mal encajada, su cara estaba torcida, era el entrenador.
Llevaba una chaqueta oscura y unos vaqueros de campana, me miró unos segundo y desapareció entre los trastos del fondo, mi corazón latió con fuerza.
Mis nervios aumentaron, me acerqué lentamente hacia donde estaba el entrenador, entonces una mano se posó en mi hombro, me sobresalté.
Era el gerente de la tienda, vino con algo en la mano, me quedé quieto, en las manos llevaba un reloj precioso de Tommy Hilfiger, plateado, con la esfera azul.
—Mira, este reloj le gustará, son cuarenta euros. —dijo sonriente.
Se me iba de presupuesto, pero el reloj me gustó mucho, lo quería, lo necesitaba, era perfecto.
El hombre empezó a envolverlo con cuidado, papel dorado, lazo azul marino.
—¿Estás bien, chaval?, pareces tenso.
—Sí. —dije, mirando hacia el fondo de la tienda.
Pero no lo estaba, y él lo notó.
—¿Seguro?
No respondí, solo los billetes y los dejé sobre el mostrador.
—Gracias. —dije cuando me dio el paquete.
Salí a la calle, pero algo había cambiado, ya no era la de antes, la farola frente a la tienda parpadeaba, el aire estaba más frío, la acera, más vacía, como si alguien hubiese apagado la ciudad a medias, caminé deprisa, bajé la cabeza.
Miraba a todos lados sin mover mucho el cuello, sentía que me miraban, la noche se hizo presente, el frío era cada vez más intenso, mis manos estaban heladas.
Durante unos segundos noté que me seguían, que algo…, estaba detrás y entonces, cuando vi la avenida a pocos pasos, cuando iba a cruzar y entrar en una zona más iluminada, me choqué contra alguien.
El golpe fue seco, caí de culo, el paquete rodó por la acera.
—¡Joder! —solté, alzando la vista.
Y ahí estaba, él, el entrenador, a solo medio metro, mirándome, respirando rápido, los ojos muy abiertos, yo tragué saliva, me giré, miré a un lado, luego al otro, nadie, ni un coche, ni un paso, ni una voz, solo él y yo.
Y el regalo de Kevin en el suelo, apreté los dientes, supe que tenía que correr.
( Continuará... )
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PD: El capítulo 6 me lo eliminaron dos veces, así que desisto de subirlo, está en mi perfil, en mi blog, por si alguno quiere leerlo, allí está, eso es todo, espero que os guste.
PD2: Muchas gracias a todos por el apoyo, este es el penúltimo capítulo, se acerca el desenlace de esta saga! :D
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