jueves, 20 de noviembre de 2025

En los vestuarios — Capítulo 6: Me enrollo con el gitanito

 

Capítulo 6 ''Me enrollo con el gitanito''

Soufián e Iván quedan para ir a la hamburguesería y luego vamos a mi casa, allí jugamos a verdad o reto, sin darme cuenta, Iván me seduce, y nos enrollamos

Marcos se detuvo a pocos pasos de mí, yo me quedé quieto, tenso, preparado para cualquier cosa.

Pero no había rabia en su cara, solo cansancio, y algo parecido a vergüenza.

Tomi. —dijo, sin rodeos—. ¿Podemos hablar?

Asentí, no me moví, se pasó una mano por el pelo, nervioso, no me miraba del todo a los ojos.

Lo del otro día…, lo que te dije…, lo sé, fui un imbécil.

No respondí.

No pensé en lo que hacía, ni en lo que decía, solo me dejé llevar por…, no sé, por el miedo, por no entender nada, por ser un gilipollas.

Apreté los labios.

Y lo del partido… —continuó—. Sé que lo hice a propósito, te hice daño, y lo sabía y no dejo de pensar en eso desde que pasó.

Lo miré, no había excusa, no intentaba justificar nada y eso…, valía más que cualquier disculpa ensayada.

Te perdono. —le dije, despacio—. Pero eso no significa que todo vuelva a estar bien.

Marcos asintió, tragando saliva.

Necesito tiempo. —añadí—. No puedo ser amigo de alguien que no confía en mí, que me mira como si fuera peligroso.

El silencio entre los dos fue pesado, pero honesto, él asintió una vez más.

Lo entiendo. —susurró—. Y ojalá algún día…, podamos volver a ser los de antes.

Quizá, pero ahora no…

En ese momento Marcos puso la mirada en la biblioteca, de dónde yo salí, era su hermano, miré y tragué saliva, Hugo nos vio y salió corriendo, sabiendo que había metido la pata.

¿Estabas con mi hermano? —preguntó Marcos, nervioso.

Sí…, le…, ayudaba…, con los deberes…, mates… —confesé, ahora recordé lo del baño, me sentí culpable, pero no hice nada malo, yo no…

Vale, no me importa, he sido egoísta, no es que no confiara en ti, es que sentí celos, al verte tan cercano con mi hermano…

¿Celos?

Sí, bueno, somos hermanos, pero a veces le noto distante, como si me ocultara cosas, y contigo ha conectado tan rápido…

Estaba claro, su distancia era por su orientación sexual, Hugo sentía miedo de que Marcos supiese que le gustaban los chicos, ahora entendía todo, en otra situación se lo habría dicho, para que lo guiara, pero ahora no confiaba en Marcos, no tanto como antes, me hizo daño.

Escucha, quizás sepa por qué está distante… —dije.

¿Qué? ¿Por qué? —me preguntó, ansioso, se acercó más a mí.

Es que…, no sabría decirte, es una sospecha, solo sé que deberías hablar con él, abrirte, ser sincero, intentar que él se abra, creo que está en la edad de descubrir cosas…, íntimas…

Ahhh…, vale, ya, entiendo…, lo haré, gracias, Tomi, ah, y mira, puedes ser amigo de mi hermano, confío en ti, no me enfadaré ni sentiré celoso, ¿vale?

Marcos se acercó y me dio un abrazo, lo pillé por sorpresa, no sabía qué hacer, nos miramos por última vez, y luego nos separamos, no fue reconciliación total.

Era domingo, el sonido de los cereales cayendo en el bol fue lo primero que se oyó esa mañana, el mismo ritmo de siempre.

El mismo cuenco de porcelana de One Piece, azulado, el mismo canal de siempre con películas viejas en la tele, esa donde Jackie Chan salta por ventanas como si no existiera el miedo.

Era un día de esos que parecen flotar en el aire, un día sin peso, sin forma, sin nadie esperando que lo salves, la cocina olía a nada, a silencio, a rutina.

A derrota también, porque ayer perdimos cinco a cero, y eso se te queda pegado, aunque no hayas pisado el campo de fútbol.

Me llevé la cuchara a la boca, fría, como el humor de estos días, entonces escuché los pasos de mi madre bajando por las escaleras.

Tres rápidos, uno más lento, siempre igual, como si su cuerpo ya supiera lo que iba a pasar antes de que ella lo decidiera.

Buenos días, nene. —dijo, sin mirarme al principio, rebuscando algo en la nevera.

¿Qué tienen de buenos?

Ella no respondió, solo cerró la puerta del frigorífico, me miró, y entonces lo soltó.

Tu padre ha llamado.

Me quedé quieto, la cuchara colgando a medio camino entre el bol y mi boca, el ruido de Jackie Chan peleando con dos tipos en un almacén se volvió lejano, como si sonara bajo el agua.

¿Cómo? —pregunté sin saber si entendí lo que dijo.

Está en la ciudad, de paso, dice que quiere verte, pasar un rato contigo.

Y fue como si el tiempo se resquebrajase un poco, como si se abriera una ventana en una casa que habíamos cerrado a cal y canto cuatro años atrás.

Cuatro años, desde que él se fue, con esa otra mujer, joven, brillante, con sonrisa de revista y promesas de libertad, desde que nos dejó con las sobras de su nombre y una mesa de comedor con una silla vacía.

Yo tenía diez años, Claudia catorce, mi madre una cara que nunca volvió a dormir del todo.

No quiero verlo. —dije.

Ella se quedó de pie, con el cartón de leche en la mano y la mirada bajada.

No tienes que hacerlo, me da igual si lo ves o no. —dijo—. Solo quería decírtelo, porque lo pidió y porque es tu padre, aunque no merezca ese nombre.

No, yo solo tengo madre.

La cuchara volvió al bol, no tenía hambre, ni rabia, solo ese hueco frío que te queda cuando alguien vuelve demasiado tarde.

En la tele, Jackie Chan se tiraba por una ventana y pensé en lo fácil que sería escapar así, con música de fondo y cámara lenta.

¿Qué le dijiste? —pregunté.

Que hablaría contigo.

No hace falta, que se quede con su otra vida, tuvo cuatro putos años para verme.

Esa boca.

Perdón.

Tienes razón hijo, tu hermana tampoco quiere verle, y yo respeto lo que decidáis.

Mi madre me miró, no con lástima, sino con orgullo de saber que no necesitaba a ese señor en mi vida.

Lo diré. —respondió—. Pero si algún día cambias de idea…, estaré aquí, para lo que sea.

Asentí, aunque no iba a cambiar de idea, mi madre se fue a su cuarto, supongo que a leer, le gustaba mucho la lectura de novelas policíacas.

El sol de la mañana pegaba con fuerza, a pesar de ser otoño, era ese tipo de sol de domingo que te acaricia sin quemar, como si el día se disculpara por todo lo que vino antes.

Cogí las botas viejas del armario, me até los cordones despacio, como si eso me anclara al presente, y salí sin decir nada.

Necesitaba respirar, mover las piernas, olvidar, el parque estaba casi vacío, salvo por un grupo en la pista de cemento.

Iván, con su chándal blanco y el pelo revuelto, me hizo una seña cuando me vio.

¡Tomi, ven! ¡Estamos justos! Dos contra dos.

Me acerqué, conocía de vista a los otros, primos suyos, todos gitanos, como él decía con orgullo en cada frase.

Chavales de barrio, con la piel tostada por el sol y las risas fáciles, las que escupen sin miedo ni vergüenza.

Este es mi colega, Tomi. —dijo Iván, pasándome el balón con una patada suave—. No juega mal.

Yo solo sonreí, no hacía falta más, nos organizamos rápido, Iván y su primo, contra mí y el hermano de su primo.

Una portería hecha con dos mochilas, otra con dos botellas aplastadas, reglas básicas, sin porterías fijas, sin árbitro, sin pausa.

Solo calle, cemento y orgullo, el primer gol fue mío, pase corto de su primo, amago mío, y disparo seco con la diestra.

¡Ole ahí, payo! —gritó uno, medio en broma, medio picado.

Reímos, corrí, sudé, la pierna estaba mejor, el tobillo no me dolía, durante esos minutos, jugando, no pensé en nadie, ni en Marcos, ni en Hugo, ni en mi puto padre, en nadie, solo el eco de las zapatillas golpeando el suelo.

Terminamos el partido empapados en sudor, con las camisetas pegadas al cuerpo y los pulmones todavía pidiendo tregua.

Nos arrastramos hasta la fuente redonda del parque, esa que siempre echaba agua aunque hiciera un frío del carajo.

Hoy no hacía frío, sólo el calor seco de octubre y ese leve olor a goma quemada del cemento calentado por la tarde, nos mojamos la cara, las muñecas, la nuca.

Uno de los chavales metió media cabeza dentro como si estuviera en la playa, Iván se rió tan fuerte que acabó tosiendo.

Yo me senté en el borde, apoyando los codos en las rodillas, me quité la camiseta sudada y me mojé el cuerpo, el agua goteaba del pelo al cuello, por toda mi piel, los gitanillos comenzaron a silbar como si fuese una tía buena.

Ya era media tarde y empezaba a tener hambre.

Primo, ¿qué pasó con la pava del otro día? —soltó uno de los primos, mirando a Iván.

¿Cuál? ¿La del parque? —Iván levantó las cejas con orgullo—. Esa me soltó su Insta sin pedirlo, primo.

Y luego te bloqueó. —respondió el otro primo, medio en broma.

Eso no se cuenta, cabrón —dijo entre risas.

Empezaron a hablar de tías, de cuerpos, de lo que harían, de lo que supuestamente ya hicieron, palabras grandes, historias infladas.

Yo los escuchaba, sonriendo, jugando a ser uno más, aunque por dentro me sintiera en otro idioma.

¿Y tú, Tomi? —preguntó uno—. ¿No tienes ninguna por ahí? Estás callado, eh.

Me encogí de hombros.

Alguna ha habido… —mentí con la voz justa.

Iván me miró de reojo, no dijo nada, me extrañó su actitud.

A veces su silencio era más protector que cualquier frase, el agua de la fuente seguía cayendo, constante, y ahí, en el borde de la fuente, rodeado de risas, bromas, y palabras que pesaban más por lo que escondían que por lo que decían, me sentí casi normal.

Estábamos todavía tirados en el borde de la fuente, con las camisetas medio secas y el agua goteándonos por la frente, cuando apareció Soufián por el camino de tierra.

Venía con sus auriculares colgados del cuello, las manos en los bolsillos de la sudadera y esa cara suya de siempre, entre medio serio y medio vacilón.

Aproveché para ponerme la camiseta, ya seca, mientras se detuvo frente a nosotros.

¿Qué pasa, chavales? —dijo, con una sonrisa—. ¿Jugando a ser hombres?

Iván le lanzó agua al pie.

Llegas tarde, moro, ya ganamos. —dijo Iván.

Soufián se rió y chocó los nudillos con él, luego me miró a mí y me dio una palmada en la espalda.

Tomi si sigues en el sol te vas a tostar, sería una pena que pierdas ese tono de piel tan blanquito como la leche, ya no podré cascármela pensando en ti.

Le sonreí sin responder, algo excitado por esas palabras, solo agradecí que él fuera así, sin rodeos, sin compasión forzada.

Se sentó a nuestro lado, y enseguida se metió en la conversación como si llevara una hora escuchando, hablaron de chicas, de música, de lo que harían si les tocara la lotería, la típica fantasía sin freno.

Y entonces Soufián recordó que habíamos quedado para comer hamburguesa.

Tíos, ¿nos vamos ya? Tengo hambre. —dijo Soufián, el marroquí.

Iván se levantó ansioso.

Yo me apunto, también estoy hambriento.

¿Y tú, Tomi?

Lo pensé un segundo, tenía la mente cansada, pero el cuerpo pedía seguir con ellos, con lo que fuera que esto era, amistad sin etiquetas, ruido sin juicio y carne con salsa barbacoa.

Venga, vamos —dije.

Nos levantamos de la fuente y caminamos hacia la hamburguesería del barrio, sin prisa, sin nada pendiente, y por primera vez en muchos días, no me sentía fuera de lugar.

La hamburguesería olía a fritanga y carne pasada de punto, como siempre, las mesas eran de plástico barato, cuadradas, pegaban un poco al tacto, y la música pop sonaba bajita desde un altavoz agrietado.

Soufián e Iván pidieron el menú grande de cheeseburger con extra de queso, con patatas dobles y CocaCola, yo, sin pensarlo mucho, el menú infantil, una hamburguesa con queso, patatas pequeñas y un zumito de naranja, además venía con figurita.

Esta vez, era el Joker, me lo quedé mirando mientras comía, dándole vueltas en la mano, tenía esa sonrisa torcida que parecía reírse de todo, incluso de mí.

¿No tenéis ganas de ir a casa de Marcos? —preguntó Iván con la boca llena—. Para seguir el Demon’s Souls.

Sí tío, que nos quedamos atascados en la torre esa de los esqueletos. —respondió Soufián—. Marcos era el que más se aclaraba con el escudo.

A ver si quedamos otro día en su casa, aunque creo que está ocupado… —dijo Iván, y se rió por lo bajo—. Al parecer, se va a estrenar con Sara.

Soufián levantó las cejas.

¿En serio?

Eso dice, que la piba se lo ha puesto en bandeja y que está listo, le va a pegar una follada que seguro que la tía no camina en días…

Se rieron, yo no, no dije nada, solo seguí dándole vueltas al Joker entre los dedos, como si pudiera romper la tensión interna con el movimiento de un muñeco de plástico.

¿Tomi? —preguntó Soufián.

¿Eh?

¿Te apuntas mañana para ir a casa de Marcos a viciar al Demon's Souls?

Sí, claro. —dije un poco ido, la verdad es que estaba ahora de bajón.

La hamburguesa seguía a medio comer y el Joker, con su sonrisa pintada, me seguía mirando como si supiera algo que yo no, las bandejas ya estaban casi vacías, las servilletas arrugadas, con manchas de ketchup y grasa, se amontonaban en el centro de la mesa como si fueran restos de una batalla.

Iván bebió el último trago de su CocaCola, hizo un sonoro ''ahhh'' y dejó el vaso con fuerza sobre la mesa, aplastado.

Tío, estoy ya desesperado. —dijo de pronto—. Necesito follar, o algo, hacer cosas, que me la coman, o hasta una paja, aunque sea, lo que sea, tocar un pecho, una nalga, lo que venga.

Soufián soltó una carcajada antes la confesión del gitanillo Iván, se inclinó hacia atrás en la silla, y es que Iván sonaba muy desesperado.

Bro, estás más salido que un perro sin castrar, poco más y me montas la pierna.

No, en serio. —insistió Iván, medio riendo, medio frustrado—. No sé cómo lo hacéis, pero yo me estoy volviendo loco, la última vez que estuve con una tía fue hace casi un año, y fue un beso rápido detrás del insti, me sentí como un niño de párvulos.

Eso es porque aún eres un niño de párvulos. —bromeó Soufián.

Tú calla, como tú ya has follado… —se quedó callado a medias, esperando la reacción.

Soufián sonrió de lado, esa sonrisa suya de ''efectivamente''.

¿Con cuántas has follado, o hecho cosas? —preguntó Iván.

No sé tío, contando a Laura, tres chicas.

¿Tres tías? —preguntó mientras le daba otra mordida a su hamburguesa.

No, tres tíos, claro, joder. —replicó Soufián.

Soufián tragó, se limpió la boca con la manga y luego lo soltó, sin dudar.

Además, no solo hice cosas con chicas.

Iván se quedó con la boca abierta, yo, sorprendido, le miré, Soufián me sonrió y yo negué con la cabeza, ¡no, no lo hagas!

¿¡En serio!?

En serio, no puedo decir mucho, porque le conoces.

Pero, espera, en plan, ¿follar con un chico? —Iván parecía calentarse.

No, no bro, hasta ese punto no, digamos que fue algo para experimentar, tocamientos, y eso.

Tío, qué cabrón. —murmuró Iván, entre alucinado y con envidia—. Espera, ¿le conozco?

Soufián se encogió de hombros, Iván seguía flipando, yo no decía nada, solo jugaba con la pajita del zumo, doblándola y desdoblándola entre los dedos, nervioso.

Tomi, ¿y tú? —preguntó de repente Iván, mirándome con esa cara de ''no te me escaquees''.

Levanté la mirada, despacio.

¿Yo qué?

¿Sabes quién es el chico?

El mundo se quedó en pausa unos segundos, el ventilador del techo zumbaba, el Joker seguía apoyado en el borde de mi bandeja, no respondí, solo sonreí un poco.

Puede… —dije, como si no importara.

Soufián me miró de reojo, Iván volvió a hablar, exagerando como siempre, y la conversación siguió.

Pero mi mente ya no estaba ahí, estaba pensando en todo lo que ellos ya habían vivido y en todo lo que yo todavía no entendía, y me pregunté si alguna vez, de verdad, estaría listo para ese salto.

Yo seguía doblando la pajita entre los dedos cuando Soufián se giró hacia Iván con una sonrisa que ya olía a lío.

Bueno, Tomi ya es momento de confesar. —dijo el marroquí.

Le lancé una mirada de advertencia, una de esas que suplican silencio, pero era tarde.

¿Qué dices? —preguntó Iván, medio riendo.

Que hace poco perdió una apuesta conmigo. —dijo Soufián, relajado, como si hablara del clima—. Jugando al Fifa y el castigo fue hacerme una paja

Iván tragó saliva, mirándome, callado, mi respiración se agitó.

¿¡Qué!? —Iván no se lo creía del todo.

No es broma, pregúntale, y joder, sabe hacer pajas… —añadió, soltando una risa baja.

¡Cállate, joder! —le solté, más rojo que el ketchup de la bandeja, Soufián alzó las manos como si se entregara.

Bro, estamos entre amigos, no pasa nada, Iván no dirá nada, además, te gustó hacerme una paja.

No es verdad, además, fue por una puta apuesta, y juraste no decir nada, no seas cabrón.

Iván nos miraba como si acabara de descubrir una dimensión nueva.

Espera, Tomi, no lo has negado, ¿Le has hecho una paja al morito?

No supe qué responder, me quedé congelado, Soufián hizo el gesto de la paja sacando la lengua, disfrutaba de la situación.

¿Y si apostamos y pierdes, me harías una paja también? —preguntó, con una sonrisa entre broma y reto.

Vete a la mierda. —dije medio con ganas de desaparecer.

Soufián se carcajeaba, yo me hundía en la silla, pero lo curioso fue que no me sentí atacado del todo, solo descubierto.

Y un poco…, visible, por un segundo, por un puto segundo, Iván no soltaba el tema.

Venga, tío, una paja, termino rápido, te juro que no cuento nada. —se reía, pero en parte lo pedía en serio, podía notarlo.

Ni de coña. —dije con tono serio y enfadado—. Lo de Soufián fue algo excepcional, punto.

¿Excepcional cómo? —preguntó Soufián, con media sonrisa.

Le lancé una mirada afilada, él levantó las cejas, divertido, sabía lo que hacía, Iván alzó las manos al final.

Vale, vale, qué tenso estás, ya está, era por joder.

Suspiré, aliviado.

Pensé que ahí terminaba todo, pero entonces Iván siguió.

Tío, hace mil que no duermo en tu casa, ¿Hoy se puede o qué?

Me pilló desprevenido, me acordé de cuando éramos críos, antes de que mi puto padre me abandonase, las noches tirados en el suelo de mi cuarto, jugando a la consola, inventándonos historias, peleando por la manta.

Todo antes de que las cosas se complicaran.

No sé… —dije, dudando—. Tengo el tobillo todavía un poco tocado.

Te traigo hielo. —respondió con una sonrisa tan sincera que dolía.

Entonces Soufián intervino.

¿Y yo qué? ¿No valgo para pijamada o qué?

Pero su voz sonó distinta, no bromista, un poco herida.

Si quieres… —dije sin pensar demasiado.

Soufián hizo un gesto con la cabeza, no de esos que significan ''nah, está bien''.

Nah, tranqui, bro, me rajo, tengo que ayudar a mi padre con unas cosas en un par de horas, pero otro día, ¿eh?

Y ahí estuvo el silencio, ese pequeño momento en el que nadie supo qué decir sin que sonara raro.

Vale —dije yo.

Pues eso. —dijo él, bajándose de la silla—. Cuidaos y Tomi, no se te ocurra hacerle una paja a este, que luego se encariña.

Soltó una risa y se fue caminando hacia la puerta, antes de salir, me miró, fue un segundo, pero largo y luego se fue, Iván se giró hacia mí, feliz.

Pues preparamos el Fifa y viciamos, ¿no?

Asentí, y por dentro, aún con la cabeza girando, me sentí bien, raro, pero bien, ya era de noche cuando llegamos a casa, mi madre recibió con un beso en la mejilla a Iván y subimos a mi cuarto.

Las luces apagadas, salvo la lámpara de escritorio encendida de lado, y la consola encendida con el Fifa cargado.

Iván y yo sentados en el suelo, con los cojines tirados y el sonido del estadio resonando bajito por la televisión, estábamos en el típico bucle de partidos que nunca terminan.

Ganábamos uno, perdíamos otro, nos picábamos, pero de risas, como cuando éramos críos, como si todo lo demás se hubiera quedado fuera de esa habitación.

Fue después de una victoria suya, muy justa, por cierto, que rompió el hielo.

Entonces… ¿Apostamos? —me miró sonriendo, se le notaba salido.

Lo miré de reojo, sin decir nada, pude ver que estaba algo duro, su polla se notaba en su pantaloncito corto.

Primo, venga. —añadió, medio en broma, medio en serio—. Dijiste que se la hiciste a Soufián por una apuesta, pues hagamos una nosotros.

¿Y si gano yo? —respondí.

Entonces…, pues…, te la hago yo… —sonrió, enseñando los dientes, poco convencido.

Solté el mando nervioso.

Iván…, no funciona así.

¿Por qué?

Me quedé callado un momento, tenía esa mezcla de risa, vergüenza y resignación dándome vueltas por dentro.

¿Quieres que te haga una paja? —le pregunté, solo soltar esa pregunta me puso caliente.

Sí.

Vale. —dije, al final—. Pero sin apuesta, te la voy a hacer, sin más.

¿En serio? —me miró sorprendido.

Sí, ¿no es lo que querías?

Sí…, pero…, ¿me la haces gratis?, ¿sin más?

Sí, te haré la paja gratis, no sería justo que se la haga a Soufián y a ti no, ¿no?

Pero te duchas antes, ni de coña te toco después de jugar fútbol todo el día, estás sudado.

Se rió, fuerte, como si le acabaran de regalar un coche.

¡Trato hecho!

Y se levantó como un rayo, directo al baño, ahí me di cuenta que estaba cometiendo quizás otro error, iba a cruzar una línea de no retorno, porque sabía que, después de eso, algo iba a cambiar.

No por la paja en sí, sino por lo que significaba hacérsela, salió del baño todo mojado, con el pelo alborotado y mojado, con una toalla violeta colgándole del cuello como una bufanda improvisada.

Tenía gotas bajándole por su cuerpo, el agua aún resbalando por los hombros, me pilló mirando, fue un segundo, pero me vio y se rió.

¿Qué pasa, nunca has visto a un gitano recién duchado?

Cállate, subnormal. —le dije, desviando la mirada al instante, notando el calor subiéndome por la cara.

Si yo sé que nos miras mucho en las duchas del vestuario, tras los entrenamientos. —dijo riendo.

Iván, cállate.

Se puso un bóxer gris oscuro, ni siquiera se secó del todo, se dejó caer en la cama con las piernas medio abiertas, relajado, como si estuviéramos en pleno agosto y no hubiera nada que pudiera perturbar esa paz.

Venga, cumple lo prometido. —dijo, golpeando con los dedos la parte superior de su pie.

Joder, qué morro tienes… —murmuré.

¿Te rajas ahora?

Suspiré, me hice de rogar, por fuera, por dentro, sabía que lo haría desde el momento en que se levantó del suelo en la hamburguesería.

Vale, no, yo me siento, y tú de pie. —le ordené.

Me miró extrañado pero aceptó.

Me senté en mi cama e Iván se puso frente a mí, todo mojado, sonriendo.

¿Quieres tocarme? —me preguntó.

Yo miré su cuerpo, de piel más oscura que la mía, mojado, mis manos se posaron en sus costados, comencé a tocar, y él aceleró su respiración.

Mis manos comenzaron a explorar todo su pecho, su tripa, sus brazos, él se dejaba, para mi sorpresa.

Va tío, no aguanto más. —se bajó el bóxer hasta los tobillos, saló su polla, circuncidado, la tenía enorme, de hecho, más que nosotros, unos dieciséis centímetros, tenía algo de vello en la base.

La tenía gruesa, muy dura, se la agarré con fuerza con mi mano derecha, y con la izquierda empecé a masajear sus huevos, gorditos y sin vello, le miré y comencé a hacerle la paja.

Joder, tío, sí…, esto es otra cosa… —dijo, rompiendo el silencio.

¿Te gusta? —pregunté.

Se rió afirmando y relamiéndose, de esa forma suya, sincera, despreocupada, y ahí, en esa habitación, con los dos iluminados solo por la luz tenue de la lámpara, supe que lo nuestro era real, no era amor, no era deseo.

Era hermandad en una forma imperfecta, una que muy pocos entenderían y eso también estaba bien.

Mi mano aceleró la paja, él movía sus caderas, echaba la vista hacia arriba y se dejaba llevar, ahí estaba pajeando al gitanillo del barrio, uno de mis mejores amigos.

Me volvió a mirar y acercó su mano a mis labios, los tocó de manera lenta, sensual, yo, que no esperaba eso, aceleré la paja, con más fuerza y rapidez.

Deslizó uno de sus dedos entre mis labios, dentro de mi boca, nos mirábamos a mil, yo estaba al límite, necesitaba tocarme la polla, deslizó otro dedo dentro de mi boca y empezó un movimiento de entrada y salida, yo chupaba sus dedos, metió el tercero, el pulgar.

Nuestras respiraciones se aceleraron y noté que empezaba a convulsionar, aceleré y comenzó a correrse en mi cara, con su mano acercó mi cara a su polla, y se corrió encima, me cayó en el ojo y en la mejilla derecha.

Joder tío. —me quejé.

Perdón primo, no pude evitarlo.

Me levanté y entré al baño, lavé mi cara, me picaba el ojo, había relamido mi boca para probar su lefa, no tenía buen sabor, pero me la tragué toda.

Al salir lo vi tumbado, con los ojos medio cerrados, como si estuviera flotando entre el sueño y la calma.

Voy a ducharme yo ahora. —dije.

Joder primo, menuda paja, uffff. —dijo sin abrir los ojos.

Calla idiota.

Me metí en el baño, el agua fría me cayó encima como si me lavara algo más que el sudor del día, me lavaba la tensión, las dudas, el roce silencioso del momento de antes, la paja que le había hecho a mi amigo gitano, no era incómodo, tampoco claro, solo algo…, que pasó.

Al salir, ya en pijama, Iván estaba buscando pelis en el mueblecito de la televisión.

¿Terror o comedia? —preguntó, con el mando en la mano.

¿Quieres ver una peli ahora? —pregunté confuso.

Sí claro. —Iván estaba de espaldas, en su bóxer gris, inclinado buscando, se le marcaba todo el culo, joder, vaya culo tenía.

Me acerqué y me tumbé en la cama, sentado, estirando las piernas, Iván puso el dvd, era Hellraiser, una de terror sado.

Se sentó a mi lado con una sonrisa, yo estaba solo con el pantalón del pijama puesto, sin camiseta, él, solo con el bóxer gris.

La habitación se iluminaba a golpes con la luz de la película, mi madre abrió la puerta, nos miró y dijo que se iba a la cama, que no hiciésemos ruido, afirmé y nos dejó a solas.

La película llevaba la mitad y me sentía cansado, me estaba durmiendo, entonces noté como Iván metía su mano dentro de mi pijama, yo, sobresaltado le miré de reojo.

¿Qué haces?… —murmuré.

Shuuu, la peli.

Iván me agarró la polla, que estaba dormida, por poco tiempo, comenzó a pajearme, yo me dejé, mi respiración comenzó a acelerarse, él siguió, con velocidad, ahí en la penumbra, volvíamos a disfrutar de nuestros cuerpos, solo podía verle cuando la película se iluminaba con colores más claros.

No podía estar atento a la película, imposible, su mano, que dejó de estar fría, seguía pajeando mi polla, yo me abrí de piernas para facilitarle el trabajo, él se dio cuenta y continuó pajeándome, no tardé mucho en venirme, no aguanté más, le avisé.

Me corro…

Él siguió y empecé a correrme en su mano, siguió hasta que ya no pude correrme más, sacó la mano sonriente y se fue al baño.

Al rato volvió con la mano limpia, Iván se estiró como un gato de nuevo en la cama, tirando la manta al suelo sin querer.

¿Y eso a qué vino? —le miré confuso.

¿No te gustó? —me miró confuso, volviendo a reproducir la película, que yo había pausado previamente.

A ver, sí…

Vimos la película en silencio, estaba en bajito el volumen e Iván volvió a romper el hielo, calentando más la situación.

Tomi…, ¿la has chupado alguna vez? —no me miró, yo a él sí, de reojo.

No respondí enseguida, esperé un segundo, asimilando su pregunta.

No…

¿Me la chuparías?

Tragué saliva, estaba de nuevo calentándome, poniéndome duro.

Sí… —murmuré.

El gitanito se bajó el bóxer levantando el culo de mi cama, cogió su polla y empezó pajearse, ahora sí me miró, tenía de nuevo la polla dura, como una roca.

Chúpamela… —me imploró, con un tono de súplica.

Yo, nervioso, me incliné un poco, su mano se posó en mi nuca, haciendo que me inclinase más rápido, podía sentir el olor que desprendía, a sexo adolescente, olía bien, me gustaba su olor, abrí la boca y me comí su punta.

La introduje en mi boca, Iván soltó un quejido, leve, subió el volumen de la película un poco, ejerció presión en mi nuca, para que metiera toda en mi boca, sin querer, con mis dientes le raspé.

Ahhh, joder… —se quejó.

La saqué de mi boca y me incorporé.

Perdón, ¿te hice daño? —le vi un poco adolorido.

Sí tío… —pero no pares porfa. —volvió a inclinarme contra su entrepierna.

Comencé a lamer su polla, oscura y dura, me comí sus huevos, los lamí y mordí despacio como me hizo el míster la semana pasada, Iván disfrutaba, lo sabía por sus gemidos.

Sigue, chupa mi puto.

Y le hice caso, la metí en mi boca de nuevo, con cuidado, joder, costaba tenerla en la boca y comenzar a chupar su polla evitando el roce con los dientes.

Cómo no saber esto antes joder, podrías haberme comido la polla desde primer año tío, joder, chupa, chupa.

Ejercía más presión y toda su polla se introdujo en mi boca, mi nariz se hundió en el vello de su pubis, podía respirar su aroma, a fondo, me sentía embriagado, comenzó a mover sus caderas contra mi boca, cada vez más rápido.

Así, así putito, joder, eres mío, mi puto, seguro que le comes la polla a Marcos y al morito, cabrón, y a mí no, pues vas a tragar todo, por payo malo.

Sus palabras me encendían cada vez más, aceleró las embestidas y noté como su polla se hinchaba, e inundaba mi boca, sentía toda su lefa, su sabor era fuerte, tragaba todo lo que podía, me ahogaba.

Hasta que terminó de correrse, me soltó y me incorporé tosiendo con fuerza, tenía la boca de su corrida, semen pegajoso y espeso.

Me miró sonriente, sacó la lengua triunfante, me levanté y fui al baño, él siguió viendo la película, escupí los restos y me enjuagué la boca con agua.

Después me lavé los dientes, me miré al espejo, en silencio, solo roto por el sonido de la película, que sonaba como si fuesen los créditos.

Salí del baño y le vi poner la manta en mi cama, que había tirado previamente al suelo, me acerqué un poco molesto, sabía que me estaba usando, como todos, pero a la vez lo disfrutaba.

Tío, ¿me dejas dormir en tu cama? El suelo me va a matar el cuello. —dijo, como si no supiera ya la respuesta.

Sí, venga, vale. —respondí entre dientes, haciéndome el molesto, aunque por dentro ya lo había asumido desde antes, nos metimos ambos en la cama, yo pegado a la pared.

Las sábanas estaban frías al principio, el cuarto en silencio, salvo por algún coche lejano en la calle o el ruido suave del ventilador que siempre dejaba encendido por costumbre.

Cerré los ojos, busqué el sueño, y entonces, lo sentí, un brazo rodeándome por detrás, lento, casi torpe, como si lo hiciera sin pensar, o sin querer que yo pensara en ello.

Podía sentir su respiración caliente en mi cuello, el peso de su pecho pegado a mi espalda.

Me tensé un segundo, no dije nada, tampoco me aparté, no era miedo, ni deseo, era otra cosa, una mezcla de incomodidad…, y consuelo.

Tomi… —me susurró.

Dime…

Gracias por la mamada, eres mi mejor amigo. —y me abrazó con fuerza, durmiéndose, yo por un momento me sentí bien, por fin alguien que me trataba algo mejor.

El despertador sonó con ese pitido asqueroso que siempre parece más violento los lunes, Iván seguía dormido, boca abajo, medio destapado, el pelo aplastado contra la almohada y el brazo colgando por el borde de la cama.

Me quedé un rato mirando el techo, no por pensar, solo porque no sabía cómo moverme sin romper algo.

Me levanté despacio, fui al baño, me lavé la cara, eran las ocho menos cuarto, entonces llamaron al timbre.

Mi madre abrió, escuché su voz abajo, y otra, que no esperaba.

Tomi, ¡es Marcos!

Se me congeló un momento el cuerpo, no porque viniera, sino porque no sabía con qué cara recibirlo, bajé las escaleras en pijama.

Él estaba en la puerta, con la mochila colgada al hombro y esa expresión suya de siempre, media sonrisa, medio ''no sé si todo va bien''.

Entonces vio a Iván bajando detrás de mí, despeinado, con la camiseta que yo le presté, y los ojos aún hinchados de sueño.

La mirada de Marcos fue rápida, de esas que analizan en milisegundos y disparan sin hacer ruido.

¿Ha dormido Iván contigo? —preguntó, como si solo necesitara confirmar lo obvio.

Iván respondió primero, bajándose el cuello de la camiseta.

Sí, primo, quedamos, vimos pelis y nos quedamos sopa, como siempre. —entonces me dio una nalgada, agarrando mi culo con fuerza—. Voy a mi casa por la mochila, nos vemos en clase.

Iván me guiñó un ojo, Marcos me miró, yo aguanté la mirada.

No es lo que parece, es un poco bromista, solo dormimos, no pasó nada. —mentí.

Tampoco tenía que darle explicaciones, no era mi novio, solo mi amigo, nada más, y hasta hace unos días, ni eso.

Él no dijo nada durante un segundo, solo asintió, un gesto pequeño, pero con mil cosas dentro.

Venga, que llegamos tarde. —dijo al final, dándose la vuelta.

Cogí la mochila y salí con Marcos, el camino fue en silencio, incómodo, al final me habló del fútbol, de como el Barcelona le ganó al Madrid, de cómo Vini no está en su mejor nivel, en fin, lo típico.

Llegamos a clases, tocaba Matemáticas, como todos los lunes y todos los martes, una rutina tan sagrada como aburrida.

Me senté al fondo, en mi sitio de siempre, el pupitre rayado, la silla que cojeaba un poco si me movía mucho.

Marcos se sentó una fila por delante, como siempre, a su derecha estaban sentados Soufián e Iván, que ahora no me prestaba atención.

La clase murmuraba, aún medio dormida, algunos con los auriculares puestos, otros pasando hojas sin mirar, otros mirando sus móviles, entonces, la puerta se abrió.

Y el director entró con cara de "os traigo sorpresa".

Buenos días, sentimos el aviso de última hora, la profesora se puso enferma el sábado y estará unas semanas de baja, así que hoy tendréis clase con un profesor sustituto.

Acto seguido, entró mi padre, sonriente.

( Continuará... )

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