miércoles, 26 de marzo de 2025

El susurro del muñeco - Capítulo 6 ''Lágrimas y sangre''

Capítulo 6 ''Lágrimas y sangre''



La tarde de Halloween llega con un cielo denso, como si el mundo entero contuviera el aliento, la ciudad se disfraza para este evento tan especial, esqueletos de plástico, telarañas artificiales, máscaras de monstruos que intentan convertir el miedo en juego.

Pero en casa de Tomi, el miedo nunca fue un disfraz, se ha vendado como una momia, tiras de sábanas viejas, manchadas con té para simular suciedad, lleva los brazos cubiertos, la cara parcialmente tapada, no quiere que lo reconozcan, no quiere ser él esta noche.

Solo se puede ver algo de piel es los costados de su disfraz y en las partes bajas de las piernas, está irreconocible.

¿Te vas a divertir sin mí? —pregunta una voz rasposa desde el escritorio.

Shou lo observa desde la penumbra, la luz de la lámpara de escritorio proyecta su sombra agrandada en la pared, parece una criatura deforme, un niño encorvado con sonrisa permanente.

No empieces. —murmura Tomi mientras ajusta las vendas—. No es nada, solo vamos a pedir caramelos.

¿Con Simón?

Tomi no responde.

No necesitas a nadie más —insiste la voz, casi susurrando en su cabeza—. Yo estuve contigo cuando todos se reían, cuando te golpeaban y te humillaban, cuando querías desaparecer, él no entiende lo que eres.

¿¡Y qué soy Shou!? —levanta la voz Tomi, alterado.

Un asesino.

¡Cállate! —grita Tomi, dando un manotazo que tumba el muñeco al suelo.

El golpe retumba en el silencio, Shou queda boca abajo, inmóvil.

Tomi tiembla, y entonces, alguien en la puerta de su cuarto observa la escena, es Simón.

Tu madre me dijo que podía pasar..., ¿Va todo bien? —pregunta confuso y mirando al muñeco en el suelo.

Tomi le mira tembloroso, se fuerza a sonreír y de una patada mete a Shou debajo de la cama.

Sí, podemos irnos.

Simón no dice nada y ambos chicos salen a la ciudad, está viva, niños corren de puerta en puerta con bolsas de plástico repletas de dulces, gritando el típico ''truco o trato'', con entusiasmo fingido, padres con ojos cansados los observan desde lejos.

Simón camina al lado de Tomi, disfrazado de vampiro, con una capa de tela barata que se le enreda en los tobillos.

Está genial, se ve todo muy bien, en mi antigua ciudad no había estas decoraciones tan chulas. —dice Simón, sonriendo.

Tomi se encoge de hombros.

Sí, a veces... está bien escapar un rato. —dice Tomi.

¿Escapar de qué?

Tomi no responde, no puede, mira al suelo mientras caminan, en cada sombra de cada niño disfrazado ve algo retorcido, en cada carcajada, algo forzado.

El mundo le parece falso, o demasiado real.

¿Te pasa algo? —pregunta Simón.

No.

¿Seguro?

He dicho que no. —responde Tomi con enfado.

El silencio se instala como un huésped no invitado, Simón lo mira de reojo.

Oye..., antes, cuando llegué a tu casa... ¿Estabas discutiendo con..., con alguien?

Tomi traga saliva.

Conmigo mismo. —contestó desviando la mirada.

Simón no responde al principio, llegan a una casa y piden caramelos.

Parecía que hablabas con alguien. —insiste Simón.

¿Y si así fuera?

De nuevo el silencio.

¿Hablas con tu muñeco?

Tomi se detiene, el aire se congela.

Simón frunce el ceño.

Lo he visto, ¿vale? En clase, en casa, en el parque, siempre lo llevas, a veces te he escuchado murmurando.

¿Qué? No es verdad, siempre está en casa...

No..., lo que pasa es que nunca te lo he preguntado, pero lo he visto más de una vez en tu mochila.

Tomi no entiende nada, ¿es verdad eso? ¿Lo lleva siempre encima? Simón no mentiría, pero, ¿por qué no recuerda llevar el muñeco a esos sitios?

¿Seguro que está todo bien Tomi? Sabes que puedes contármelo, somos amigos.

No es nada, es... solo me ayuda a pensar, ¿vale?

¿A pensar en qué? —pregunta Simón mientras llegan a otra casa, pero ninguno toca el timbre para pedir caramelos.

A recordar quién soy.

Simón lo mira, con esa mezcla de compasión y miedo que Tomi detesta.

No estás bien. —dice en voz baja—. Ese muñeco..., sentí algo turbio en la habitación, no parecías tú, no estás bien, eso no es normal.

Tomi lo siente como un golpe, como si le hubieran arrancado algo.

¡Tú no sabes nada! —le encara—. ¡No sabes por lo que he pasado! ¡Dónde estabas cuando me escupían en la cara, cuando mi padre me pegaba, cuando todos deseaban que me matara! ¡Cuando día tras día recibía insultos, humillaciones y demás!

Simón retrocede un paso.

Tomi, cálmate, sé que lo has pasado mal, no quise...

¡Shou estuvo ahí! —grita, fuera de sí—. ¡Tú llegaste cuando todo estaba roto! ¡Y ahora quieres decirme que me aleje del único que me escuchó y me ayudó!

Los niños pasan a su alrededor, riendo, corriendo, ajenos al colapso, Tomi siente que todo gira, que algo se rompe dentro.

Lo siento. —dice Simón, bajando la voz—. Mira, yo..., me encuentro regular, prefiero volver a casa, ¿vale? El lunes lo hablamos.

Y entonces se aleja, camina cabizbajo, Tomi lo sigue, confuso, rabioso, dolido.

¡No te vayas! ¡Espera!

¡Tomi, vete a casa, necesitas descansar! —responde Simón, mirando atrás.

Y en ese instante, no ve el coche, el sonido del impacto es seco, terrible.

Tomi se detiene en seco, el mundo se silencia.

Simón queda tendido sobre el asfalto, con la capa negra extendida como alas rotas, la sangre se escurre por el borde de la acera, los gritos comienzan segundos después, varias personas correr a socorrerlo, una mujer llama una ambulancia, el conductor llora, temblando.

Tomi no puede moverse, solo mira la escena, temblando, mira a su amigo, tendido en el suelo, inerte, el golpe en la cabeza le ha dejado la cara llena de sangre.

Eh, tú, chico, ¡ven aquí! —ordena uno de los hombres que están allí.

Tomi, aterrado, sale corriendo, tira la bola de caramelos al suelo, cada paso es un latido, cada esquina, una punzada de pánico.

Corre por callejones hasta que las piernas le fallan, tropieza y vomita, mira al cielo con lágrimas en los ojos y pega un grito de ira e impotencia con todas sus fuerzas, el aire corta su garganta.

Y llora, llora, como nunca antes, Simón está muerto, por su culpa.

Llega a casa tambaleándose, sube las escaleras y se encierra, la habitación está fría, las sombras, más densas.

Shou está sobre la cama, Esperándolo.

Tomi lo mira, empapado en sudor y lágrimas, con los ojos enrojecidos.

Fue un accidente... —susurra—. No quise...

El muñeco no responde, pero su sonrisa parece más ancha.

¡Cállate! ¡Cállate ya! ¡No te aguanto!

Lo agarra por la cabeza, lo lanza contra la pared, Shou golpea el suelo con un crujido sordo, Tomi se abalanza sobre él, lo golpea una y otra vez, con los puños, con los codos, con todo lo que tiene, le arranca la cabeza, le parte el torso.

¡Esto es culpa tuya! ¡TÚ LO MATASTE! ¡TÚ ME CAMBIASTE! ¡TÚ!

Cuando por fin se detiene, está jadeando, sangrando por las manos, cubierto de lágrimas.

El muñeco está destrozado en el suelo, por fin hay silencio, se levanta y se mete en su baño, se quita el disfraz, lo mete en una bolsa y lo esconde bajo el lavabo, entra en la ducha y con agua fría empieza a frotar toda su piel, con fuerza, tanta que cae dolorido de rodillas y llora desconsoladamente.

No sabe cuánto tiempo está ahí, llorando, pero cuando recupera las fuerzas, se levanta y mojado, se echa en la cama, está que no puede más, todo su cuerpo pesa.

Y ahí está, de nuevo sentado, Shou, está de nuevo en el escritorio, como nuevo.

Mirándolo.

Con la misma sonrisa de siempre.

Tomi ya no tiene fuerzas.

No me dejas en paz... —susurra, con la voz hecha trizas.

Porque tú me necesitabas, y ahora... me necesitas más que nunca, te dije que Simón te haría daño.

Tú..., lo sabías, sabías que esto pasaría...

Shou no habla, no dice nada, se queda callado.

Tomi cierra los ojos y desea no volver a abrirlos.

Al día siguiente, sábado, salta la noticia de que un chico perdió la vida en un accidente la noche de Halloween, Tomi mira la tele impotente, pensó que había sido una pesadilla.

No, su vida es la pesadilla, una constante, de la que no despierta.

El fin de semana pasa y con él los 3 días de luto impuestos en la ciudad, los días siguientes transcurren como niebla espesa.

El instituto, las calles, incluso el cielo, todo parece cubierto por una tela gris que amortigua los sonidos y distorsiona los rostros.

Tomi camina como una sombra, nadie lo detiene, nadie le pregunta, a nadie parece importarle que haya estado allí, que haya visto a Simón correr antes de morir, que sepa más de lo que dice.

Excepto uno, un detective se presenta al día siguiente.

No lleva uniforme, pero su presencia lo dice todo, alto, con el rostro curtido por años de decepciones y ojos tan oscuros como una noche sin farolas, de unos cuarenta años.

¿Tomás Henderson? —pregunta desde el umbral de la puerta.

La madre de Tomi, asiente, nerviosa, tiene las manos manchadas de harina, ha estado haciendo pan, aunque no haya nadie con hambre en casa.

¿Es por lo del accidente? —pregunta ella.

El detective la ignora con educación.

¿Puedo hablar con él un momento? A solas.

Tomi, que ha estado escuchando desde la escalera, desciende sin decir palabra.

Se sientan en el salón, la madre observa desde la cocina.

El detective saca una pequeña libreta, aunque no anota nada, solo la sostiene, como una amenaza sutil.

Soy el Detective de Homicidios Albert Miller, estoy investigando tres casos abiertos que, curiosamente, parecen tener algo en común.

Tomi no responde, solo mira al suelo.

El primero, el profesor de educación física de tu Instituto, al parecer tú fuiste el último que lo vio, ha desaparecido sin dejar rastro.

Tomi no responde.

Bueno, después tenemos el segundo caso, un compañero de tu clase, Borja Ruedas, curiosamente también desaparecido, dicen que ese mismo día le gritaste: ''no me toques''.

Tomi sigue sin responder, alza la vista y le mira fijamente, no le tiembla el pulso, no sabe por qué, pero siente paz.

Y por último, el tercero, tu amigo, Simón, dicen que solo se juntaba contigo en clase, murió atropellado el viernes, durante la noche de Halloween, y aunque fue un accidente, todo parece girar alrededor tuyo, Tomás.

Tomi aprieta los puños.

No sé nada.

El detective sonríe apenas, sin alegría.

Según algunas declaraciones de tus compañeros, el día que desapareció el profesor de educación física te llevó al vestuario solo, algunos alumnos confirman esto.

Tomi no responde.

A Borja, según testigos, le gritaste una amenaza después de que se metiera con tu amigo. ¿Recuerdas lo que dijiste?

Tomi recuerda, pero no contesta.

Dijiste: ''Si vuelves a tocarlo, te haré desaparecer''.

El silencio se alarga, Tomi no recuerda haber dicho eso, ¿lo dijo?

Eso es mentira.

Han declarado lo mismo hasta cinco chicos de tu clase, ¿los cinco mienten?

Me odian. —responde Tomi.

El Detective Miller se inclina un poco hacia adelante.

Y luego está Simón, tu mejor amigo, el único que, según los profesores, parecía importarte, según la declaración de un adulto que lo intentó socorrer, instantes antes lo seguiste, discutiste con él y lo empujaste contra el vehículo.

¿Qué? ¡Eso es mentira! —grita Tomi fuera de sí.

Ah, entonces si fuiste el último en verlo con vida y ni siquiera apareciste cuando llegó la ambulancia.

Los ojos de Tomi se humedecen, pero no cae ni una lágrima.

Fue un accidente —murmura.

Eso dicen. —el detective se reclina de nuevo—. Pero dime una cosa, Tomás... ¿Te parece justo que todo el mundo a tu alrededor sufra tanto?

Tomi lo mira a los ojos y el Detective Miller ve algo que no esperaba, ni miedo, ni culpa, más bien odio, rabia, ira contenida.

¿Ha terminado?, ¿necesito un abogado? —pregunta Tomi con ira.

El detective lo observa unos segundos más.

Por ahora no, esto solo ha sido una visita de cortesía.

El Detective se levanta y se acerca a Tomi, hace además de querer decirle algo, pero se calla.

Tengo un hijo de tu edad, hace un año sufrió una gran perdida, su amiga falleció de leucemia, en momentos así es mejor no estar solo.

No estoy solo.

El Detective resopló y se marchó despidiéndose de la madre, que estaba ida, miró a Tomi, quiso consolarlo, pero no pudo.

La habitación está en silencio, Shou, en el rincón, lo observa, el Detective dejó abierta la sospecha, la culpa, el miedo, y todo recae en Tomi.

Mira al muñeco.

¿Van a por mi verdad? Piensan que yo los maté, pero..., no hay cuerpos, y lo de Simón fue un acci...

Le empujaste, recuérdalo.

¡¡NO!! —grita Tomi.

Shou no responde, pero su sonrisa, inmóvil, parece decirlo todo.

No, no sé qué hacer, yo solo quería ser feliz, una vida normal...

Están empezando a sospechar, si siguen tirando del hilo... —dice Shou.

¿Y qué coño hago? ¿¡Ehhhhh!?, además, ¿Y qué si lo hacen?, ¿Quién los va a creer? ¿A ti? ¿Al chico raro que habla con un muñeco?

Te ayudaría, pero preferías a Simón, y ahora está muerto, ya nadie va a salvarte, ni Simón, ni tu estúpida madre, nadie, solo yo sigo aquí, solo yo te entiendo.

Llega el miércoles, el entierro de Simón es breve, el cielo está encapotado, como si hasta el sol tuviera miedo de mirar, la madre de Simón llora, agarrada a un pañuelo empapado, unas pocas personas más se reúnen alrededor del ataúd, profesores, compañeros, algún familiar.

Tomi está al fondo, con un abrigo negro viejo, mirada baja, con las manos en los bolsillos, no derrama una lágrima, no porque no lo sienta, sino porque no puede.

Empieza a llover con fuerza.

Tomi mira como bajan el ataúd de Simón y le echan tierra, la gente lanza flores y objetos que alguna vez significaron algo para Simón.

Dentro de él, todo está comprimido, no hay espacio para el llanto, solo una rabia muda, espesa, que se enrosca alrededor del corazón.

No fue culpa mía —se repite una y otra vez—. No fue culpa mía.

Pero en su mente, ve el instante exacto, la calle, el coche, el grito, la sangre.

La mirada de Simón antes de que el mundo se lo tragara y detrás de esa imagen... la risa de Shou.

Cuando todos comienzan a marcharse, Tomi se queda solo frente a la tumba.

Perdóname. —susurra, sin emoción, se inclina y saca un tamagotchi, se lo había regalado Simón días atrás, lo aprieta y lo deja al lado de la tumba, ahí si comienza a llorar.

Esa noche, la casa está en silencio, La madre duerme, O finge, El mundo parece haber dejado de girar, Tomi se encierra en su habitación, Shou lo espera, como siempre, sentado sobre la cama, mirándolo.

¿Estás feliz? —pregunta Tomi, al borde del colapso.

Shou no responde.

¿Era esto lo que querías? ¿Que lo perdiera también a él?

Te mintió, te juzgó, te dejó solo, como todos. —su voz, fría y estridente como siempre, sin emociones.

¡NO! —grita, golpeando el escritorio—. ¡Él era distinto! ¡Él no quería hacerme daño!

¿Y qué hizo cuando vio quién eras? —recrimina Shou.

Silencio.

Huyó. —continúa.

Tomi se derrumba en la silla, se cubre el rostro.

Siempre huirán, todos, siempre, porque tú no eres como ellos, eres como yo, un asesino.

Las palabras se clavan en su pecho como agujas.

No quiero estar solo. —dice Tomi con un llanto ahogado.

No lo estás, Shou está aquí, contigo, siempre estuve, y siempre lo estaré, siempre.

Tomi no responde, solo le mira con impotencia.

Ellos te hicieron esto, ellos te rompieron, cada insulto, cada empujón, cada mirada de asco, todos ellos provocaron esto, ¿Y aún quieres perdonarles?

Tomi se levanta, tambaleante.

¿Qué quieres que haga?

Lo que ya empezaste.

La voz es seductora, paternal, como si abrazara su alma herida con ternura.

Hazles pagar, uno por uno, haz que te escuchen, haz que te teman.

Tomi mira a su reflejo en el cristal de la ventana y por un segundo, no se reconoce.

Su cara parece estirada, sus ojos, más hundidos, hay una sombra sobre su hombro que no estaba ahí antes, una presencia, algo que sonríe con dientes invisibles.

No puedo, el Detective sospecha de mí... —murmura, con una calma nueva, desconocida.

Se gira hacia el muñeco.

Pues, iremos a por el Detective, quitémosle lo que más quiere... —susurra Shou.

Lo que más quiere...

Silencio.

Tomi coge un destornillador que no sabe por qué está ahí, lo aprieta y se mira al espejo, Shou, a su lado, sonríe.

Lo que más quiere..., su hijo.

(Continuará...)

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Creado, revisado y editado (2025) por @TomiLobito

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ISBN Code: 9789403794938 

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