lunes, 21 de febrero de 2022

Los pecados de Pan - Capítulo 4 ''Impotencia''

 

Capítulo 4 - Impotencia



Noviembre de 1876, Philadelphia.



¡Que alguien llame una ambulancia! ¡Deprisa! —una mujer gritaba con fuerza.



Entré en la tienda en cuanto los asaltantes salieron huyendo con el botín, y vi a mi padre tirado en el suelo.



¡¡Papá!! —grité mientras corría a su ayuda.



Tenía tres agujeros rojos en su pecho, con mis manos intenté tapar las heridas, pero la sangre no cesaba, mi padre me miró con una sonrisa.



Pan, hijo... —la voz de mi padre era ahogada, su mano sujetó con fuerza la mía, que desconsolado, lloraba sin saber qué hacer—. Hijo, eres lo mejor que me ha pasado en la vida, te quiero, nunca, nunca podré demostrarte lo feliz y orgulloso que estoy de ti, te..., te...



Papá yo también te quiero, por favor no te mueras, no, así no, te necesito, ¡Por favor!!



Mi padre dejó de presionar mi mano y dejó de emitir ningún sonido, ya no respiraba.



¡¡¡No!!!, ¡¡Papá!!, ¡¡Despierta!!, ¡¡Papá!!, ¡¡Despierta!!



Agosto de 1877, Philadelphia.



¡Despierta! —una cachetada en mi cara me hizo abrir los ojos—. ¡Por fin!, Pensé que estabas muerto. —dijo un chico, al que pude ver sentado en frente de mí.



Sin prestarle atención miré a mi alrededor, estaba en un sucio camastro lleno de paja tapada por una manta, mis manos estaban encadenadas en el cabecero y este anclado en la pared, me incorporé y miré el resto de la estancia.



Había otro camastro igual al mío al otro lado de la habitación, en ésta había una ventana en lo más alto de la habitación rozando el techo, estaba llena de barrotes de hierro, las paredes, marrones, parecían de tierra, como si no fuese una habitación realmente, sino una especie de cueva excavada bajo tierra.



Pude distinguir en frente de nosotros unas escaleras hechas con la tierra que subían hacia arriba, pero no podía ver cómo era la puerta. La habitación solo era iluminada por la luz tenue que entraba a través de la única ventana que adornaba el cuarto, bueno, si se le podía llamar así.



¿Estás bien? —el chico me acercó su mano a la cabeza, al sentir el tacto me aparté con dolor—. Cuando te trajo vi que sangrabas mucho, pero ni le importó, te curé como pude, siento si no lo hice bien.



Miré al chico, parecía ser de mi edad, tenía el cabello un poco corto, oscuro, su piel, tostada, estaba manchada por la suciedad que tenía, sus ojos, verdosos, brillaban.



Me llamo Nico, ¿Y tú?



Pan. —mascullé mientras intentaba soltarme de las cadenas.



Nico se levantó de mi camastro donde estaba sentado y se puso en pie, así pude ver que era más bajito que yo y que la ropa que llevaba parecía un saco de patatas, rasgado y sucio.



¿Cuánto tiempo llevas aquí? —pregunté con miedo a su respuesta.



Nico dio varias vueltas mirando el suelo y volvió a mi cama para sentarse frente a mí.



No lo sé, ni si quiera me acuerdo de como llegué aquí...



Su revelación me heló la sangre.



¿Cómo? ¿No recuerdas nada? ¿Ni a tus padres? —pregunté angustiado.



No, claro que lo recuerdo, pero es un recuerdo lejano... —dijo con tristeza bajando su mirada, era de dolor.



Miré de nuevo a la estancia, moví mis manos intentando liberarme de nuevo, pero era inútil, miré a su camastro y había unas cadenas exactamente iguales.



¿Por qué tú no estás atado? —pregunté.



Sí que lo estaba, como tú, hace mucho, pero ya no...



¿Por qué? —pregunté de nuevo.



Dudó un momento y se bajó de la cama sin responderme.



¿Por qué? —insistí.



Nico se acercó a su camastro y sacó una libreta de dibujos, volvió a mi cama y se sentó de nuevo, abrió la libreta y me empezó a enseñar varios dibujos.



Nico había dibujado a varios chicos en la libreta.



¿Quiénes son? —pregunté tembloroso.



También estuvieron aquí. —dijo Nico—. No eres el primer chico que trae.



Miré el dibujo, en él había varias siluetas dibujadas de forma infantil, parecían efectivamente chicos, me fijé bien, estaban dibujados con heridas.



¿Qué...? No... —no sabía que decir, mi cabeza daba vueltas y me dolía mucho, Nico me miró y frunció el ceño—. ¿Sam trajo a esas chicas aquí?



¿Sam? —preguntó Nico con duda.



Sí, el hombre que me trajo.



Ah, pues, ahora me entero que se llame así, yo no sabía su nombre, o no lo recuerdo ya..., además, a partir de ahora él te pondrá un nombre nuevo, como hizo conmigo y con todos.



¿Qué? —me estaba encontrando mal—. ¿Y cómo te llamó a ti?



Nico. —dijo.



¿Y tú antiguo nombre? —pregunté.



¿Mi antiguo nombre? —Nico pensó unos instantes—. No lo sé, no me acuerdo.



¿Y tú edad? —pregunté cada vez más desesperado, ese chico llevaba aquí años.



No sé, no me acuerdo, ¿Por qué preguntas tanto? Ya que por fin no estoy solo de nuevo, podremos jugar...



Nico se levantó y se acercó a un baúl, lo abrió y saco varios juguetes, me miró sonriente y se sentó en el suelo a jugar, se comportaba de manera demasiado infantil.



Nico, ¿Dónde están los otros chicos? —me revolví con fuerza intentando soltarme de las cadenas, pero era inútil, estaban ancladas a la pared con grandes tornillos.



¿Qué otros chicos? —preguntó Nico mientras jugaba con dos coches de juguete de madera.



Los de tus dibujos, ¿No estuvieron aquí? ¿Dónde están?



Ahhh, sí, no sé, un día cuando se las llevó no volvieron más. —dijo tan tranquilo.



Yo cada vez estaba más nervioso.



¿Llevárselos? ¿A dónde Nico? ¡¡¿A dónde se los llevó?!! —mi voz subió de tono de forma considerable casi gritando, Nico levantó la cabeza y me miró con seriedad.



Él se los lleva, dice que tienen que trabajar, pero..., a veces, a veces no venía con nadie. —su mirada se tornó pálida y temerosa.



Me quedé en silencio, sin saber que hacer o decir, mi cuerpo temblaba, sentía que me iba a desmayar ahí mismo, bajé la mirada y mascullé de nuevo.



¿Te ha llevado con él alguna vez...? —mi voz, quebradiza y con dolor sonaba muy poco, ni si quiera sé si me escuchó, además, temía su respuesta.



Hubo un silencio incómodo.



Nico se levantó y metió los juguetes en el baúl, levanté la cabeza y le vi de pie mirándome. Se acercó a mí y se sentó en el borde.



Yo..., yo siempre me porto bien, ¿Sabes? Hago lo que dice y me trata bien, es..., es amable...



Yo seguí en silencio, escuchando lo que me decía.



Siempre intento que cuando se los lleve, los traiga de vuelta, pero si se portan mal o le hacen enfadar, entonces él dice que ya ''no sirven'', y que deben ''ser castigados'', y entonces ya no vuelven..., por favor, no te portes mal, ¡No soporto estar solo!, ¡Por favor!! —Nico se acercó a mí, su cara, pálida y sus ojos con lágrimas me rompieron el corazón.



Me miraba esperando mi respuesta.



Yo..., me portaré bien, no te dejaré aquí solo, ¿Vale? —dije con una leve sonrisa forzada, por dentro quería gritar, llorar, pedir ayuda, pero intentaba ser fuerte, intentaba darle fuerzas a ese chico.



¿De verdad? ¡Gracias! —Nico se acercó a mí y me dio un fuerte abrazo.



En ese momento se escuchó un fuerte estruendo arriba, Nico, asustado, se separó y se volvió a su camastro, acostándose como si durmiese.



Yo por mi parte tras todas las revelaciones y la reacción de Nico solo sentía unas fuertes ganas de vomitar, no lo pude evitar y tras varias náuseas giré mi cabeza a un lado y vomité.



¡Me cago en mi puta madre! —la voz de Sam, o más bien la voz de ese monstruo me alertó de su presencia, terminó de bajar las escaleras y se acercó a mí, llevaba un vaso de agua y una pastilla—. —¿Dormiste bien Panecito? Toma, traga esto y bebe.



¡No! —grité e intenté revolverme para soltarme de las cadenas sin éxito, el hombre sonrió y me pegó un puñetazo en el pecho con fuerza.



¿Lo quieres por las malas Panecito? —dijo cínicamente, odiaba que me llamase así.



Empecé a toser y me faltaba el aire, me sujetó de la barbilla y con la otra mano metió la pastilla, me cerró la boca y me hizo tragar, después me abrió la boca para cerciorarse de que tragué la pastilla, se alejó y dejó el vaso en la mesita que había al lado de nuestras camas.



Bien, poco a poco entenderás cómo funciona la cosa, Panecito. —dicho esto se levantó y se marchó cerrando con fuerza la puerta, el ruido de la puerta sonaba metálica.



Yo seguía tosiendo y mi cara roja alertó a Nico, que, rápido, se levantó y sin pisar el vómito cogió el vaso de la mesita, me dio de beber agua y bebí hasta vaciar el vaso.



¿Estás bien? —preguntó Nico con preocupación, dejando el vaso vacío en la mesita y quedando sentado en la cama.



Ahh, si, gracias, Nico, oye, ¿Qué me ha dado? —pregunté aún con la respiración entrecortada, Sam tenía una fuerza que parecía sobrehumana, estaba claro que ese hombre no era normal, había algo raro en él.



Nico bajó la mirada.



Nico, ¿Qué tiene la pastilla? ¿Para qué es? —insistí preocupado, pero Nico seguía sin contestar—. Escucha, no te dejaré, ¿Vale? ¿Es por eso por lo que no me lo dices? Te prometo que no te dejaré.



¿Prometes que no me dejarás? —Nico me miraba realmente atemorizado, le aterraba quedarse solo aquí.



Lo prometo.



Vale... —Nico dudó un instante y mientras miraba el vaso prosiguió—. Es una medicina que hace que seas más bueno, más obediente...



Tragué saliva y mi pulso se aceleraba, sentía dentro de mí un ardor raro, algo que nunca había sentido, sentía una opresión en el pecho, me costaba respirar.



Cálmate, al principio te sentirás mal, intenta relajarte. —me decía Nico, ¿Relajarme? ¿Al principio? ¿Al principio de qué? Mi mente ya no pensaba con claridad, me sentía mareado, la habitación daba vueltas.



Escuché de nuevo la puerta abrirse con fuerza, entrecerrando los ojos y respirando con fuerza observé como Sam le daba un trapo a Nico, que empezó a limpiar el vómito, Sam se acercó a mí y con su mano en mi cara observó mis ojos.



Dijo algo, pero apenas pude distinguir sus palabras, noté sus manos en las mías y como me liberaba de las cadenas, era libre, podía escapar, pero no lo hice, o no lo intentaba, la habitación daba vueltas, y unos colores rodeaban mi vista.



Sam me cargó en regazo y comenzó a subir las escaleras llevándome, pude ver a Nico mirarme, su rostro de tristeza y sus labios hacia abajo me estremecían.



Estaba indefenso, ¿Qué me hizo tomar? ¿Por qué sentía raro mi cuerpo? Me ardía todo.



Sam cerró la puerta y pude ver un candado grande de color negro, parecía medio oxidado, me soltó en el suelo y casi me caigo, pero me sujeté de la pared mientras él cerraba el candado con una enorme llave.



Me dijo algo, pero no entendía lo que me decía, me sujetó para que no me cayese y me dirigió por la casa, veía los muebles flotar, un pasillo muy largo que se extendía más y más, la cabeza de un ciervo colgado en la pared me miraba y se reía, ¿Era real? ¿Dónde estoy? Mama, papá, ¿Dónde estáis?



Mi espalda sentía una textura esponjosa y cálida, estaba tumbado en lo que parecía una cama, miraba hacia arriba, ¿El techo? Blanco, muy blanco, a los lados había un armario grande de color cerezo y en el otro un mueble con un grande espejo oxidado por los lados.



Sam quiso ponerse encima de mí, pero logré esquivarlo y me incorporé, salí corriendo y tropecé con algo cayendo al suelo de bruces, sentí un dolor inmenso en la cabeza y perdí el conocimiento.



No sé cuánto tiempo estuve desmayado, pero cuando mis ojos se entreabrían con dificultad, pude sentir como mi cuerpo parecía haber sido apalizado, sentía dolor en mis huesos, me dolía todo, no tenía fuerzas.



¡Hola! —la voz de Nico me alertó de su presencia a mi lado, me incorporé con dificultad, ya no estaba encadenado, miré y vi que estaba en el cuarto donde desperté la primera vez—. Ya creí que no volvías tras dos días...



Nico tenía los ojos lagrimosos.



¿Dos días? —pregunté alertado, intenté levantarme, pero me dolía mucho el cuerpo, sobre todo mi cabeza, llevé mi mano a mi frente y noté una especie de corte vertical.



Toma. —Nico me dio una pastilla—. Esto te ayudará a reponer fuerzas, intentaste escapar y te abriste la cabeza contra la mesa, Sam intentó coserte, dijo que estás vivo de milagro, está muy enojado..., no pudo jugar contigo.



Miré la pastilla con duda mientras Nico me contaba lo sucedido, me la tomé, bebí agua y me eché a descansar, realmente me sentía muy mal, la cabeza me dolía demasiado y veía un poco borroso, ¿Jugar conmigo? Necesitaba salir de allí...



Lo siento. —dijo Nico con tristeza en su rostro.



¿Por qué te disculpas? —pregunté mientras intentaba sentarme, entonces vi en la mesita una bandeja con comida, un plato de conejo y un vaso de agua.



Por no avisarte, pero es que al último que avisé, el..., el vomitó la pastilla y no volvió, no quería quedarme solo, fui egoísta, perdóname.



Nico comenzó a llorar.



No, Nico, no te disculpes, no es tu culpa, además, gracias a que tropecé, no me hizo nada, por ahora... —mascullé, me incorporé y comencé a comerme el conejo, estaba hambriento, Nico me miró—. ¿Quieres?



No. —dijo negando con la cabeza.



Terminé de comer y bebí agua, miré de nuevo a Nico, que estaba serio, no sabía que decir, realmente tenía ganas de no seguir con vida, no sé cómo Nico puede llevar años aquí y no haberse vuelto loco, o peor, intentado quitarse la vida.



¡Fuiiiiit Fiuuuuuuuuu! —entonces un silbido proveniente de la ventana llamó nuestra atención, miramos hacia arriba y vimos al chico luciérnaga, que nos miraba.



¡Al fin te encuentro! ¡Hola niño mojado!


(Continuará...)

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Creado (2022), revisado y editado (2025) por @TomiLobito

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ISBN Code: 9789403794945

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