Capítulo 2 - Perdido
Noviembre de 1876, Philadelphia.
Caroline se besaba apasionadamente con su marido, era un beso cálido y cercano, cuando en ese momento entré por la puerta de la cocina
Ambos se separaron fingiendo normalidad, me acerqué buscando en un mueble de la cocina algunas de mis cosas.
—Te levantaste tarde, Pan. —dijo el hombre colocándose la chaqueta bien, era mi padre.
—Lo siento, me costaba coger el sueño
—Si, ¿No tendrá nada que ver el telescopio que te regalamos por tu cumple? Te dije que te castigaría si lo usas demasiadas horas, Pan. —dijo mi madre.
—Bueno, yo ya tengo que irme. —mi padre se levantó de la mesa y dejó el café que se estaba terminando.
—¿No me vas a llevar a la tienda a comprarme la mochila nueva? —dije cabizbajo, y es que, mi mochila de la escuela se había roto, o más bien me la habían roto otros compañeros.
Mi padre Andrew de acercó a mí y me revolvió el pelo de la cabeza con una sonrisa.
—Vale, te acompañaré a por la mochila, no vaya a ser que llegues tarde a la escuela.
Agosto de 1877, Philadelphia.
—¡Oye chico! ¡Despierta! —una voz muy ronca me despertó de mis sueños, mis recuerdos...
Miré hacia arriba y vi a un hombre de mediana edad y pelo canoso, me ofrecía su mano, la cogí y me levanté con dificultad.
—¿Qué hacías aquí dentro? ¿Dónde están tus padres? ¿Eres un mocoso de esos sin familia? ¡Largo de mi carruaje!
El hombre tiraba de mí haciéndome daño.
—¿Qué? ¡No, suélteme! —lo empujé con fuerza y bajé del carruaje tropezando y cayendo al suelo, mis manos y parte de mis brazos comenzaron a tener cortes provocándome rozaduras y sangre.
—¿Qué haces? Necesitas un médico. —el hombre se bajó y me ayudó a incorporarme, aproveché y le di un empujón para salir corriendo, sin darme cuenta de donde estaba, miré a los alrededores mientras corría y vi que estábamos en una gran carretera.
Salí disparado sin mirar atrás y dejé esa carretera en mal estado para entrar en un denso bosque, me rodeaban árboles por todas partes, podía ver el cielo azul, era de día, seguí corriendo y podía escuchar los crujidos de las hojas y las ramas que iba pisando.
Me detuve cuando no podía correr más e intenté recobrar el aliento, estaba sudando, limpié parte de mi sudor con la camiseta, miré a mi alrededor, solo había árboles y bosque, bosque y árboles, me había perdido, bueno, ¿Perdido? Si no se ni dónde me había traído el hombre del carruaje.
Me acerqué a un árbol y me senté a intentar tranquilizarme, me costaba respirar.
—No, no puede ser. —pensé.
Me llevé la mano al pecho intentando respirar, pero no podía, no podía respirar, me estaba ahogando, mis ojos se entrecerraban, ya no podía ver nada, borroso...
Noviembre de 1876, Philadelphia.
—Me tengo que ir ya. —mi padre cogió su maleta, era profesor de mi escuela.
—¡Pero papá dijiste que me comprarías una mochila nueva! —dije con enfado.
—Pan, tu padre tiene que entregar un trabajo urgente del que depende nuestro futuro y...
—Tranquila. —cortó Andrew a mi madre—. Está bien, te llevaré y compraremos esa mochila, ¿Vale?
No me terminó de gustar, pero acepté a regañadientes.
—Bueno cariño, te veo más tarde. —mi padre besó a mi madre y se despidieron.
Nos dirigimos a un carruaje y nos montamos, yo me puse en la parte trasera y mi padre a mi derecha, era un día muy soleado, el dueño del carruaje cogió las riendas del caballo y nos pusimos en marcha.
Agosto de 1877, Philadelphia.
De repente siento como mi cara era lamida con una gran lengua, abrí los ojos como pude y vi a un perro intentando lamer mi cara, era un San Bernardo enorme, con mis manos lo alejé como pude, pero quería seguir lamiéndome.
—¡Para! —me quejé.
En ese momento apareció un hombre de unos treinta años, iba con un rifle de caza, al verlo me asusté y me puse en pie, el hombre sujetó al perro y me miró sin abrir la boca.
El hombre, de 1,75 de altura, delgado, cabello ondulado oscuros y largo, casi por los hombros, ojos oscuros y grandes, barba de varios días y una piel blanca tirando a oscura, intimidaba.
Me observó durante un rato, yo le aguanté la mirada con temor, el hombre sacó de una bolsa que tenía en su hombro colgando unas frutas que parecían arándanos, me las ofreció, pero no hice nada, insistió y con mi mano cogí unas pocas, me hizo un gesto afirmativo con la cabeza y se dio la vuelta dándome la espalda, siguió su camino.
El perro le seguía obediente, miré los arándanos y me los llevé a la boca, me los comí con desesperación, me quedé con ganas de más, tenía hambre, mucha hambre, estaba hambriento.
Me quedé ahí parado y notaba el aire fresco golpear la piel de mi espalda, un momento, ¿Mi piel? Miré mi espalda y tenía la camiseta rasgada, le quedaba poco para que se me cayese.
Me volví al árbol y me senté, cogí una rama y comencé a dibujar en el suelo, pensando en que haría ahora, ¿Qué podría hacer? Miré a través de los árboles y podía distinguir los rayos de sol entrar entre las hojas y ramas de los pinos que nos rodeaban.
Noviembre de 1876, Philadelphia.
Mi padre avisó al hombre del carruaje para que se detuviese, iba a ir a comprarme la mochila.
—Espera aquí, no tardo. —dijo mi padre, se levantó y entró en la tienda, podía observarle a través del escaparate.
El sol iluminaba el agua de una gran fuente que había cerca de la calle, una fuente enorme que lanzaba chorros de agua de forma continua, vi a unos niños con sus mochilas a la espalda ir hacia la escuela.
También vi a dos hombres vestidos de manera andrajosa acercarse a la tienda, uno le dijo algo al otro, se pusieron un pañuelo y se cubrieron las caras. Sacaron un arma y entraron en la tienda, mi corazón casi se sale de mi pecho, me costaba respirar.
El hombre del carruaje también vio la escena, pero no hizo nada, se quedó mirando, tenía miedo, era un cobarde.
Necesitaba pedir ayuda, refuerzos, lo que fuese, pero no podía, me costaba moverme.
¡Bum!, ¡bum!, ¡bum!, uno, dos, y hasta tres disparos sonaron con un ruido estruendoso que jamás olvidaré, pude ver a través del escaparate de la tienda como esos dos hombres le pegaban tiros a la gente de dentro.
Agosto de 1877, Philadelphia.
¡Bum! Otro disparo me despertó, de nuevo en ese bosque.
—¿Por qué estoy recordando esto ahora? —escuché otro disparo en lo más profundo del bosque, me incorporé y me acerqué despacio de donde provenían los disparos.
Vi al señor de antes, parecía que sujetaba varios conejos, el perro estaba a su lado y empezó a ladrarme, el hombre, de golpe, se giró y me miró, se quedó observándome, se levantó y se acercó a mi mientras colocaba los conejos en una bolsa rara, parecía de piel, se detuvo frente a mí.
—Me llamo Sam, ¿Y tú? —me preguntó, su voz era bastante ronca e intimidatoria—. ¿No te gusta hablar eh?
Me echó otro vistazo de arriba a abajo, acercó su mano al perro y lo acarició.
—Este es Strike, mi mejor amigo, tranquilo, no muerde, es muy cariñoso.
Seguí sin hablar, el hombre llevó uno de sus dedos hacia mi cara y me aparté instintivamente.
—Tsk. —se quejó molesto—. Tienes la boca y la cara manchada por los arándanos, ¿Los comías o los tragabas...? Mira, tienes pinta de haberte escapado de casa, así que un consejo de alguien que lo hizo también, vuelve, luego te arrepientes el resto de tu vida, no sabes los peligros que hay ahí fuera.
El hombre comenzó a caminar alejándose de mí, me quedé quieto, pensativo, me giré y los vi alejarse, respiré con fuerza y aligeré mis pasos hasta acercarme cada vez más, se detuvo y girándose, me miró.
—A no ser, que seas huérfano, si es así, cerca de aquí hay un orfanato, por si te interesa. —el hombre resopló y miró al cielo pensativo, se quitó la gorra que llevaba y secó el sudor de su frente—. Está bien, vente, te daré de comer y dormir, pero mañana temprano te largas, no quiero problemas, ¿Entendiste?
Afirmé con la cabeza.
El hombre prosiguió su camino y el perro iba a su lado, yo los seguía, de cerca, pero a cierta distancia, no sé cuánto caminamos, pero ya estaba cansado, no podía más, ya estaba anocheciendo, iba a pararme a descansar cuando vi a lo lejos una cabaña en mal estado, vieja y que le faltaba un soplido para caerse abajo.
Al acercarnos pude escuchar el sonido del agua, había un riachuelo cerca, me acerqué corriendo, me arrodillé sin pensarlo y comencé a beber agua, estaba sediento, el agua era fresca.
Mientras bebía agua, pude ver de reojo como el hombre dejó lo que había cazado colgando en un palo largo y la escopeta la apoyó al lado, se acercó y notaba como me miraba.
—Joder, ¿Pero tu cuanto tiempo llevas perdido? —el hombre de repente se calló, le perdí de vista, hasta que localicé su voz detrás de mí, aún a cierta distancia—. Vaya... —al escuchar su voz me incorporé, me miraba con duda y sorpresa, claro, vio las marcas de mi espalda—. ¿Quién te...?, bueno, No es mi asunto, ¿No? —el hombre se quitó la cazadora y la gorra poniéndolas sobre la valla de madera que rodeaba parte de su casa.
Después de eso entró en su casa dejándome ahí parado, el perro se acercó de nuevo a mí para hacerme caricias, con mi mano acaricié su cabeza con cierto temor.
En ese instante apareció el hombre, llamado Sam, traía lo que parecía ropa, una camiseta y unos pantalones cortos, parecía ropa antigua, aunque la ropa me quedaría pequeña.
—Toma. —se acercó a mi lado y posó la ropa en mis manos—. No tengo otra cosa que te valga, es lo poco que consigo rebuscando por ahí, a veces los campistas se dejan cosas.
Se alejó y cogió los conejos mientras le miraba sin saber que hacer.
—¿Qué esperas? Usa el río para asearte y te cambias, yo mientras prepararé la cena.
El hombre me dio la espalda y puso los conejos en una mesa que tenía pegada a la cabaña, comenzó a prepararlos, yo por mi parte me acerqué al río, me daba cosa desnudarme ahí, podría verme perfectamente si se giraba un poco.
¿Pero qué podía hacer? Me acerqué al agua y metí mis pies, notaba el frío recorrer mi piel, fui entrando más hasta que me cubrió las rodillas, no había más profundidad.
Con mis manos comencé a echarme agua en el cuerpo y a limpiarme como pude, pero podía sentir como ya no escuchaba el ruido que hacía con los conejos, se había parado, me sentía observado, me estaba mirando, lo notaba, estaba sintiéndome espiado, o quizás era mi imaginación.
En ese momento siento unos pasos acercarse, el miedo me invadió el cuerpo e instintivamente me di la vuelta, sobresaltado.
—Toma, necesitarás... —el hombre me ofrecía lo que parecía una pastilla de jabón, pero sus ojos se posaron en mí unos segundos para después mirar hacia otro lado con rapidez, de espaldas dejó la pastilla de jabón cerca—. Te la dejo aquí. —dijo con voz temblorosa.
Tras esto, se alejó y siguió con los conejos, aproveché y cogí la pastilla de jabón, me limpié como pude, mientras lo hacía el hombre entró en la cabaña, me fijé que los conejos estaban colgando encima de una fogata encendida, el fuego los iba haciendo, les quitó la piel y los limpió.
Yo terminé y salí del río mojado, miré y cogí la ropa sucia, me sequé un poco y me puse la nueva, aunque el pantalón me apretaba un poco, la camiseta se me pegaba también, estaba ridículo.
Aun tiritando de frío me acerqué al fuego y extendí mis manos para calentarme, el hombre salió de la cabaña y me lanzó una manta de mi tamaño.
—Tápate, estarás helado, además por las noches aquí refresca bastante.
Se sentó en un tronco cortado que había cerca del fuego y con una cerveza en su mano me miró atentamente mientras bebía, tomó un sorbo y me habló.
—¿Me dirás ahora tu nombre? Porque he visto tu trasero antes que tu nombre.
(Continuará...)
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Creado (2022), revisado y editado (2025) por @TomiLobito
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