El chico rubio
Vuelvo a casa en medio de una tormenta, el ascensor se detiene y quedamos yo y un chico rubio atrapados dentro, ¿Qué pasará?
Habían terminado las clases, por fin sonó el timbre y todos los alumnos salimos de la escuela rumbo a nuestras casas, eran casi las tres de la tarde y aunque estuvo dando el sol con fuerza toda la mañana justo cuando salimos del colegio empezó a llover, parecía una pequeña tormenta.
La lluvia era muy fuerte, se escuchaban incluso los truenos y las luces de los relámpagos, el cielo oscureció con rapidez, nunca había visto nada igual. A los pocos minutos llegué a mi edificio, vivía en un décimo, estaba chorreando por el agua, entré al edificio y subí al ascensor.
Cuando le iba a dar al botón del mismo, un chico posó su mano en la puerta del ascensor evitando que se cerrase, el chico, de cabello rubio y ondulado, ojos azules, y cara de niño, era delgado, tendría mi misma edad, o quizás menos, no sabría decirlo, su cara aniñada impedía saber con exactitud su edad real.
Ya lo conocía de vista, era mi vecino, apenas le había prestado atención hasta hoy, pero al fijarme bien en él, todo mojado, cambió mi forma de verlo, parecía hasta sexy, tengo que decir, que soy bisexual, pero nadie lo sabe, todo el mundo cree que soy heterosexual, nunca tuve ningún tipo de contacto con alguien de mi mismo sexo más allá de las masturbaciones nocturnas que me daba.
En cambio con alguna chica sí tuve tocamientos y algunas veces incluso llegábamos al sexo oral, pero de ahí ya no pasábamos.
El chico vestía ropa deportiva, parecía una equipación de fútbol, no sé de que equipo, supongo que del barrio, pantalón y camiseta blanca, mojada, su camiseta se pegaba a su piel, dejaba ver que estaba algo definido, me sonríe tímido y entra conmigo en el ascensor, yo iba con el uniforme escolar, también todo mojado.
—Puff, vaya la que está cayendo. —dijo el chico intentando darme conversación.
—Sí, y así de repente... —mascullé—. ¿Qué piso?
—El octavo. —dijo mientras se secaba el pelo con las manos.
Añadir que, yo, aunque no sea muy deportista, me mantengo delgado, siempre he sido guapo de cara, de hecho es de lo único que estoy orgulloso, mi cabello es liso y de color negro, mis ojos son color avellana, tengo algunas pecas en la nariz que me hacen ver más travieso, o al menos eso decía mi antigua novia.
Le di al botón y el ascensor comenzó a subir, estábamos el uno al lado del otro mirando la puerta, notaba tensión, no entendía porqué.
Estamos llegando al sexto piso cuando se escucha un trueno especialmente fuerte, se va la luz y el ascensor se para. En pocos segundos nos ilumina la luz rojiza de emergencia.
—No puede ser cierto... —dije con enojo, entonces, el chico comenzó a respirar con dificultad.
—No..., yo no..., tengo que salir.
El chaval, nervioso, intentaba abrir la puerta con fuerza.
—Espera, no se abrirá así, cálmate, seguro que pronto vuelve la electricidad.
El chico, que no me hacía mucho caso, parecía que sufría un ataque de pánico, iba a caer al suelo y lo sujeté, menos mal que tenía reflejos.
—¿Estás bien? —le pregunté, aún lo notaba nervioso, así que intenté darle conversación—. Me llamo Rodrigo, ¿Y tu?
—Álvaro... —masculló, parece que estaba mejor y al ver que lo sujetaba se puso rojo y se incorporó—. Disculpa, es que..., no me gusta estar encerrado.
—No pasa nada..., así que Álvaro... —dije con media sonrisa.
—Sí, ¿Por? —preguntó molesto.
—No por nada, es que mi hermano se llama así. —dije ante su sorpresa.
Me gustaba como hablaba, no había notado que tenía como un acento italiano, estaba claro que no era nativo de mi país.
Empecé a sentir un poco de frío, estábamos mojados por la lluvia y podíamos resfriarnos, recordé que tenía una pequeña toalla que usaba en educación física, abrí la mochila y comencé a secarme lo que pude con ella.
Álvaro me comenzó a mirar de reojo, le ofrecí la toalla y la aceptó, lo que no esperaba es ver como se quitaba la camiseta mojada para estrujarla y sacarle el máximo de agua, después, comenzó a secarse con la toalla el cuerpo.
Álvaro estaba bien definido, delgado y marcado, era un cuerpo perfecto, sin darme cuenta me comenzaba a calentar, no pude evitar mirarlo, creo que se dio cuenta.
—¿Qué? —me preguntó mientras me devolvía la toalla.
—Nada, es que... con la luz esa de emergencia roja, tu cuerpo se ve rojo y... —no sabía qué más decir, sonaba absurdo.
—Puedes hacer lo mismo.
—¿Qué? —le pregunté confuso.
—La toalla, secar tu cuerpo con ella, quítate la camiseta. —dijo ahora en un acento claramente italiano, su voz, me encantó.
Le obedecí y me quité el uniforme, era un jersey fino, debajo tenía una camiseta blanca de tirantes, me la quité y comencé a secar la ropa, notaba como me miraba.
Escudriñaba cada centímetro de mi cuerpo, mi respiración comenzó a alterarse, mi corazón latía fuerte y mi calentura subía por momentos, me secaba mi cuerpo con la misma toalla que él usó.
El chico rubio, Álvaro, se acercó posicionándose detrás de mí.
—Estás muy tenso, deja que te haga un masaje.
No dije nada, me quedé quieto y comenzó a tocarme, sentía sus manos calientes en mi piel, tocando mi espalda, sus dedos se movían ofreciéndome una sensación increíble.
Su masaje se extiende por los brazos y el pecho, llegando a acariciar de pasada mis pezones, que están duros, yo miro hacia el suelo y no digo nada, mientras poco a poco noto sus manos llegar a mi estómago.
Nunca me habían hecho un masaje, pero creo que fue genial, porque me relaje mucho, en esa posición, noté que me miraba y tocaba más de la cuenta.
—Date la vuelta. —me ordenó.
Lo hice y quedamos cara a cara, pude ahora distinguir más sus facciones, labios finos, nariz pequeña con varias pecas, unos ojos azulados que parecían pequeños lagos.
—Si quieres..., puedo..., hacerte un masaje especial... —me ofreció Álvaro.
El chico, Álvaro, estaba caliente, yo lo notaba, me ofreció casi en un susurro algo que ya iba subido de tono, aunque no sabía qué, me imaginaba por donde iba.
—¿Especial? —murmuré ardiendo, estaba muy caliente.
—Sí... —el rubito se arrodilló y yo, flipando, cerré mis ojos, sabía lo que vendría.
Las manos de Álvaro comenzaron a tocar la bragueta de mi uniforme escolar, un pantalón gris claro, bajó la bragueta y de un tirón, bajó mi bóxer lo suficiente para que mi polla, dura, saliese fuera.
En ese momento mi mano derecha se apoyo en su cabeza y forcé un poco a que se acercase, sentí sus labios en mi punta, presioné un poco más y su boca se abrió para tragarse mi polla, circuncidada y de unos quince centímetros.
Su lengua recorría mi tronco y sin sacarla de su boca, comenzó a succionar mi polla con fuerza, sentía que me sacaba el alma, sus labios oprimían mi polla y solo pude apoyar mis manos en sus hombros mientras me comía la polla.
Comencé a gemir despacio, no quería que nadie nos escuchase, estaba el morbo de ser pillados, pero también sentía algo de miedo, el chico rubio aceleró la mamada, le gustaba mi polla, le gustaba chuparla, era un putito que no había descubierto hasta ahora.
Sus manos tocaban mi huevos mientras no dejaba de succionar mi polla, no iba a aguantar mucho, estaba a punto de correrme.
—Espera..., para..., me voy a venir...
Álvaro se detuvo y me miró sonriendo.
—¿No quieres? —me preguntó relamiéndose, verlo de rodillas y tan sumiso me puso muy caliente.
—Claro que sí, pero..., no tan pronto, levántate. —le ordené.
Y es que para mí la situación ya era difícil de aguantar y decidí pasar a la acción en serio, es decir, quería follarme a este chaval que buscaba polla, comencé a meterle mano, aún sin camiseta, podía sentir su caliente piel, joder, estaba demasiado bueno.
Con las dos manos a la vez, no dejaba de tocarlo, él hacía lo propio conmigo y nos tocábamos nuestros cuerpos, era un juego caliente y cachondo del cual ambos disfrutábamos, todo esto, en silencio, solo sonreíamos cuando nuestras miradas se cruzaban.
Me arrodillé ahora yo y le agarré su polla, estaba caliente y muy dura. Con mi dedo pulgar le acaricié el capullo, sintiendo que daba un respingo. A la vez, le oprimía con fuerza el culo y un dedito comenzaba a explorar lentamente su raja, camino del agujero posterior.
Lo pajeé un rato y podía ver como su piel bajaba y subía, estaba sin circuncidar y eso me gustaba, siempre me gustaron las pollas así, será porque la mía era diferente.
Era una bonita polla de buen tamaño, similar al mío, pero no exagerada, unos huevos redondos y duros, y el culo que lo vería inmediatamente, le bajé como pude la ropa hasta los tobillos.
Orienté su polla hacia mi boca y empecé a lamer suavemente su capullo, para a continuación metérmela en la boca y darle una suave mamada, a la vez que le masturbaba. Su cuerpo reaccionó y ya no estaba quieto. Se agitaba levemente y gemía de vez en cuando. Tuve que parar muy deprisa, si no se me hubiese corrido ya mismo.
Le di la vuelta y su culito quedó a la altura de mis ojos, y joder, vaya culo, redondo, blanquito y suave, dediqué mis dos manos a tocarlo por entero, dándole también algún mordisco suave y varios azotes. Lo fui abriendo poco a poco, hasta dejar a la vista su maravilloso agujerito rosado.
Lo toqué y se contrajo como una flor, abriéndole bien las nalgas con mis manos, dediqué mi lengua a hacerle conocer las delicias del sexo gay, usé mi lengua para darle un placer indescriptible.
Lo ensalivé bien, lentamente y con la punta de la lengua comencé a, casi, follarlo. Su agujerito se relajó y se abrió un poco, con lo que mi saliva entró más aún, lubricándolo lo mejor que pude.
Me moría de ganas de meterle la polla hasta dentro, así que le hice doblarse hacia delante, apoyado en la pared con sus manos, y le metí lentamente el dedo índice, con cuidado y previamente ensalivado, que aunque con alguna dificultad fue entrando, notando su calor y su tierno y mullido interior.
Al final entró hasta el nudillo y comencé a moverlo dentro, con un sentido de rotación y de mete y saca que le debía gustar muchísimo, ya que ahora no paraba de gemir, mientras se había agarrado la polla con una mano y se la meneaba suavemente. Yo también hice lo mismo pues no podía aguantar sin tocármela.
—No puedo más, fóllame ya, joder. —sus palabras me pillaron desprevenido pero me puso a cien.
—Ufff, te voy a follar putito, ¿Es lo que querías no?
—Sí joder, ¿Por qué crees que entré en el ascensor cuando siempre subo las escaleras?, por ti...
Tras esa confesión, no aguanté más, lo incliné y él comenzó a separar sus nalguitas con sus manos, separando incluso sus cachetes con las manos, el putito me ofrecía su culito como lo que era, un criajo puto.
Coloqué la punta de mi polla en su agujero y lo moví poco a poco, apretando suavemente. entró un poco y me detuve, luego un poco más, esperé unos segundos al notar que se quejaba, el putito era más virgen que yo, la saqué un poco y volví a meterla, atrás y adelante, y así hasta que tuve dentro la mitad de mi polla, él, casi sin fuerza, se apoyó en la pared del ascensor, los dos sudábamos como si acabásemos de correr una maratón.
Sin poderme contener, empujé y en dos o tres acometidas se la introduje hasta los huevos, escuché un leve quejido, pero le gustaba lo que hacíamos, no decía de parar, así que ahí me quedé quieto, observando como él gemía un poco, de dolor y de placer.
Era maravilloso sentir sus blancas nalgas contra mis caderas y su cálida opresión en mi polla, comencé a bombear lentamente y poco a poco fui acelerando el ritmo, a la vez que con una mano le masturbaba con fuerza.
Él no aguantó mucho y comenzó a correrse, sus gemidos eran demasiado ruidosos y tuve que taparle la boca, con la corrida se agitó demasiado, sus contracciones y sus movimientos de culo llegaron a volverme loco, alcanzando yo también el orgasmo, un orgasmo como hacía tiempo no experimentaba.
Me corrí dentro de él llenándolo de leche para después acabar apoyado contra su espalda con la polla aún dentro, estuvimos así un rato, la luz volvió y el ascensor comenzó a subir.
A toda velocidad comenzamos a vestirnos, pero no nos dio tiempo, el ascensor llegó a su piso y las puertas se abrieron, una mujer de unos treinta años estaba mirando su móvil cuando al alzar la mirada nos pilló infraganti, a mi sin camiseta y al chico rubio subiéndose los pantalones.
Nos pusimos rojos y la chica pestañeó varias veces mientras terminábamos de acomodarnos la ropa, me miró y después miró al chico sorprendida, sin saber que decir o hacer, nosotros, permanecimos quietos a la espera de su reacción, quizás paralizados por el miedo.
—Ehhh, perdón... —la mujer, toda avergonzada, prefirió bajar las escaleras.
Salimos del ascensor exhaustos y un poco avergonzados por lo ocurrido.
—Mierda, ¡Joder! —se quejó Álvaro.
—¿Qué pasa? —le pregunté al verlo tan nervioso.
—Era mi madre... —confesó.
Continuará...?
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Creado, revisado, editado y mejorado (2019) por @TeenBoy
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