lunes, 21 de febrero de 2022

Los pecados de Pan - Capítulo 4 ''Impotencia''

 

Capítulo 4 - Impotencia



Noviembre de 1876, Philadelphia.



¡Que alguien llame una ambulancia! ¡Deprisa! —una mujer gritaba con fuerza.



Entré en la tienda en cuanto los asaltantes salieron huyendo con el botín, y vi a mi padre tirado en el suelo.



¡¡Papá!! —grité mientras corría a su ayuda.



Tenía tres agujeros rojos en su pecho, con mis manos intenté tapar las heridas, pero la sangre no cesaba, mi padre me miró con una sonrisa.



Pan, hijo... —la voz de mi padre era ahogada, su mano sujetó con fuerza la mía, que desconsolado, lloraba sin saber qué hacer—. Hijo, eres lo mejor que me ha pasado en la vida, te quiero, nunca, nunca podré demostrarte lo feliz y orgulloso que estoy de ti, te..., te...



Papá yo también te quiero, por favor no te mueras, no, así no, te necesito, ¡Por favor!!



Mi padre dejó de presionar mi mano y dejó de emitir ningún sonido, ya no respiraba.



¡¡¡No!!!, ¡¡Papá!!, ¡¡Despierta!!, ¡¡Papá!!, ¡¡Despierta!!



Agosto de 1877, Philadelphia.



¡Despierta! —una cachetada en mi cara me hizo abrir los ojos—. ¡Por fin!, Pensé que estabas muerto. —dijo un chico, al que pude ver sentado en frente de mí.



Sin prestarle atención miré a mi alrededor, estaba en un sucio camastro lleno de paja tapada por una manta, mis manos estaban encadenadas en el cabecero y este anclado en la pared, me incorporé y miré el resto de la estancia.



Había otro camastro igual al mío al otro lado de la habitación, en ésta había una ventana en lo más alto de la habitación rozando el techo, estaba llena de barrotes de hierro, las paredes, marrones, parecían de tierra, como si no fuese una habitación realmente, sino una especie de cueva excavada bajo tierra.



Pude distinguir en frente de nosotros unas escaleras hechas con la tierra que subían hacia arriba, pero no podía ver cómo era la puerta. La habitación solo era iluminada por la luz tenue que entraba a través de la única ventana que adornaba el cuarto, bueno, si se le podía llamar así.



¿Estás bien? —el chico me acercó su mano a la cabeza, al sentir el tacto me aparté con dolor—. Cuando te trajo vi que sangrabas mucho, pero ni le importó, te curé como pude, siento si no lo hice bien.



Miré al chico, parecía ser de mi edad, tenía el cabello un poco corto, oscuro, su piel, tostada, estaba manchada por la suciedad que tenía, sus ojos, verdosos, brillaban.



Me llamo Nico, ¿Y tú?



Pan. —mascullé mientras intentaba soltarme de las cadenas.



Nico se levantó de mi camastro donde estaba sentado y se puso en pie, así pude ver que era más bajito que yo y que la ropa que llevaba parecía un saco de patatas, rasgado y sucio.



¿Cuánto tiempo llevas aquí? —pregunté con miedo a su respuesta.



Nico dio varias vueltas mirando el suelo y volvió a mi cama para sentarse frente a mí.



No lo sé, ni si quiera me acuerdo de como llegué aquí...



Su revelación me heló la sangre.



¿Cómo? ¿No recuerdas nada? ¿Ni a tus padres? —pregunté angustiado.



No, claro que lo recuerdo, pero es un recuerdo lejano... —dijo con tristeza bajando su mirada, era de dolor.



Miré de nuevo a la estancia, moví mis manos intentando liberarme de nuevo, pero era inútil, miré a su camastro y había unas cadenas exactamente iguales.



¿Por qué tú no estás atado? —pregunté.



Sí que lo estaba, como tú, hace mucho, pero ya no...



¿Por qué? —pregunté de nuevo.



Dudó un momento y se bajó de la cama sin responderme.



¿Por qué? —insistí.



Nico se acercó a su camastro y sacó una libreta de dibujos, volvió a mi cama y se sentó de nuevo, abrió la libreta y me empezó a enseñar varios dibujos.



Nico había dibujado a varios chicos en la libreta.



¿Quiénes son? —pregunté tembloroso.



También estuvieron aquí. —dijo Nico—. No eres el primer chico que trae.



Miré el dibujo, en él había varias siluetas dibujadas de forma infantil, parecían efectivamente chicos, me fijé bien, estaban dibujados con heridas.



¿Qué...? No... —no sabía que decir, mi cabeza daba vueltas y me dolía mucho, Nico me miró y frunció el ceño—. ¿Sam trajo a esas chicas aquí?



¿Sam? —preguntó Nico con duda.



Sí, el hombre que me trajo.



Ah, pues, ahora me entero que se llame así, yo no sabía su nombre, o no lo recuerdo ya..., además, a partir de ahora él te pondrá un nombre nuevo, como hizo conmigo y con todos.



¿Qué? —me estaba encontrando mal—. ¿Y cómo te llamó a ti?



Nico. —dijo.



¿Y tú antiguo nombre? —pregunté.



¿Mi antiguo nombre? —Nico pensó unos instantes—. No lo sé, no me acuerdo.



¿Y tú edad? —pregunté cada vez más desesperado, ese chico llevaba aquí años.



No sé, no me acuerdo, ¿Por qué preguntas tanto? Ya que por fin no estoy solo de nuevo, podremos jugar...



Nico se levantó y se acercó a un baúl, lo abrió y saco varios juguetes, me miró sonriente y se sentó en el suelo a jugar, se comportaba de manera demasiado infantil.



Nico, ¿Dónde están los otros chicos? —me revolví con fuerza intentando soltarme de las cadenas, pero era inútil, estaban ancladas a la pared con grandes tornillos.



¿Qué otros chicos? —preguntó Nico mientras jugaba con dos coches de juguete de madera.



Los de tus dibujos, ¿No estuvieron aquí? ¿Dónde están?



Ahhh, sí, no sé, un día cuando se las llevó no volvieron más. —dijo tan tranquilo.



Yo cada vez estaba más nervioso.



¿Llevárselos? ¿A dónde Nico? ¡¡¿A dónde se los llevó?!! —mi voz subió de tono de forma considerable casi gritando, Nico levantó la cabeza y me miró con seriedad.



Él se los lleva, dice que tienen que trabajar, pero..., a veces, a veces no venía con nadie. —su mirada se tornó pálida y temerosa.



Me quedé en silencio, sin saber que hacer o decir, mi cuerpo temblaba, sentía que me iba a desmayar ahí mismo, bajé la mirada y mascullé de nuevo.



¿Te ha llevado con él alguna vez...? —mi voz, quebradiza y con dolor sonaba muy poco, ni si quiera sé si me escuchó, además, temía su respuesta.



Hubo un silencio incómodo.



Nico se levantó y metió los juguetes en el baúl, levanté la cabeza y le vi de pie mirándome. Se acercó a mí y se sentó en el borde.



Yo..., yo siempre me porto bien, ¿Sabes? Hago lo que dice y me trata bien, es..., es amable...



Yo seguí en silencio, escuchando lo que me decía.



Siempre intento que cuando se los lleve, los traiga de vuelta, pero si se portan mal o le hacen enfadar, entonces él dice que ya ''no sirven'', y que deben ''ser castigados'', y entonces ya no vuelven..., por favor, no te portes mal, ¡No soporto estar solo!, ¡Por favor!! —Nico se acercó a mí, su cara, pálida y sus ojos con lágrimas me rompieron el corazón.



Me miraba esperando mi respuesta.



Yo..., me portaré bien, no te dejaré aquí solo, ¿Vale? —dije con una leve sonrisa forzada, por dentro quería gritar, llorar, pedir ayuda, pero intentaba ser fuerte, intentaba darle fuerzas a ese chico.



¿De verdad? ¡Gracias! —Nico se acercó a mí y me dio un fuerte abrazo.



En ese momento se escuchó un fuerte estruendo arriba, Nico, asustado, se separó y se volvió a su camastro, acostándose como si durmiese.



Yo por mi parte tras todas las revelaciones y la reacción de Nico solo sentía unas fuertes ganas de vomitar, no lo pude evitar y tras varias náuseas giré mi cabeza a un lado y vomité.



¡Me cago en mi puta madre! —la voz de Sam, o más bien la voz de ese monstruo me alertó de su presencia, terminó de bajar las escaleras y se acercó a mí, llevaba un vaso de agua y una pastilla—. —¿Dormiste bien Panecito? Toma, traga esto y bebe.



¡No! —grité e intenté revolverme para soltarme de las cadenas sin éxito, el hombre sonrió y me pegó un puñetazo en el pecho con fuerza.



¿Lo quieres por las malas Panecito? —dijo cínicamente, odiaba que me llamase así.



Empecé a toser y me faltaba el aire, me sujetó de la barbilla y con la otra mano metió la pastilla, me cerró la boca y me hizo tragar, después me abrió la boca para cerciorarse de que tragué la pastilla, se alejó y dejó el vaso en la mesita que había al lado de nuestras camas.



Bien, poco a poco entenderás cómo funciona la cosa, Panecito. —dicho esto se levantó y se marchó cerrando con fuerza la puerta, el ruido de la puerta sonaba metálica.



Yo seguía tosiendo y mi cara roja alertó a Nico, que, rápido, se levantó y sin pisar el vómito cogió el vaso de la mesita, me dio de beber agua y bebí hasta vaciar el vaso.



¿Estás bien? —preguntó Nico con preocupación, dejando el vaso vacío en la mesita y quedando sentado en la cama.



Ahh, si, gracias, Nico, oye, ¿Qué me ha dado? —pregunté aún con la respiración entrecortada, Sam tenía una fuerza que parecía sobrehumana, estaba claro que ese hombre no era normal, había algo raro en él.



Nico bajó la mirada.



Nico, ¿Qué tiene la pastilla? ¿Para qué es? —insistí preocupado, pero Nico seguía sin contestar—. Escucha, no te dejaré, ¿Vale? ¿Es por eso por lo que no me lo dices? Te prometo que no te dejaré.



¿Prometes que no me dejarás? —Nico me miraba realmente atemorizado, le aterraba quedarse solo aquí.



Lo prometo.



Vale... —Nico dudó un instante y mientras miraba el vaso prosiguió—. Es una medicina que hace que seas más bueno, más obediente...



Tragué saliva y mi pulso se aceleraba, sentía dentro de mí un ardor raro, algo que nunca había sentido, sentía una opresión en el pecho, me costaba respirar.



Cálmate, al principio te sentirás mal, intenta relajarte. —me decía Nico, ¿Relajarme? ¿Al principio? ¿Al principio de qué? Mi mente ya no pensaba con claridad, me sentía mareado, la habitación daba vueltas.



Escuché de nuevo la puerta abrirse con fuerza, entrecerrando los ojos y respirando con fuerza observé como Sam le daba un trapo a Nico, que empezó a limpiar el vómito, Sam se acercó a mí y con su mano en mi cara observó mis ojos.



Dijo algo, pero apenas pude distinguir sus palabras, noté sus manos en las mías y como me liberaba de las cadenas, era libre, podía escapar, pero no lo hice, o no lo intentaba, la habitación daba vueltas, y unos colores rodeaban mi vista.



Sam me cargó en regazo y comenzó a subir las escaleras llevándome, pude ver a Nico mirarme, su rostro de tristeza y sus labios hacia abajo me estremecían.



Estaba indefenso, ¿Qué me hizo tomar? ¿Por qué sentía raro mi cuerpo? Me ardía todo.



Sam cerró la puerta y pude ver un candado grande de color negro, parecía medio oxidado, me soltó en el suelo y casi me caigo, pero me sujeté de la pared mientras él cerraba el candado con una enorme llave.



Me dijo algo, pero no entendía lo que me decía, me sujetó para que no me cayese y me dirigió por la casa, veía los muebles flotar, un pasillo muy largo que se extendía más y más, la cabeza de un ciervo colgado en la pared me miraba y se reía, ¿Era real? ¿Dónde estoy? Mama, papá, ¿Dónde estáis?



Mi espalda sentía una textura esponjosa y cálida, estaba tumbado en lo que parecía una cama, miraba hacia arriba, ¿El techo? Blanco, muy blanco, a los lados había un armario grande de color cerezo y en el otro un mueble con un grande espejo oxidado por los lados.



Sam quiso ponerse encima de mí, pero logré esquivarlo y me incorporé, salí corriendo y tropecé con algo cayendo al suelo de bruces, sentí un dolor inmenso en la cabeza y perdí el conocimiento.



No sé cuánto tiempo estuve desmayado, pero cuando mis ojos se entreabrían con dificultad, pude sentir como mi cuerpo parecía haber sido apalizado, sentía dolor en mis huesos, me dolía todo, no tenía fuerzas.



¡Hola! —la voz de Nico me alertó de su presencia a mi lado, me incorporé con dificultad, ya no estaba encadenado, miré y vi que estaba en el cuarto donde desperté la primera vez—. Ya creí que no volvías tras dos días...



Nico tenía los ojos lagrimosos.



¿Dos días? —pregunté alertado, intenté levantarme, pero me dolía mucho el cuerpo, sobre todo mi cabeza, llevé mi mano a mi frente y noté una especie de corte vertical.



Toma. —Nico me dio una pastilla—. Esto te ayudará a reponer fuerzas, intentaste escapar y te abriste la cabeza contra la mesa, Sam intentó coserte, dijo que estás vivo de milagro, está muy enojado..., no pudo jugar contigo.



Miré la pastilla con duda mientras Nico me contaba lo sucedido, me la tomé, bebí agua y me eché a descansar, realmente me sentía muy mal, la cabeza me dolía demasiado y veía un poco borroso, ¿Jugar conmigo? Necesitaba salir de allí...



Lo siento. —dijo Nico con tristeza en su rostro.



¿Por qué te disculpas? —pregunté mientras intentaba sentarme, entonces vi en la mesita una bandeja con comida, un plato de conejo y un vaso de agua.



Por no avisarte, pero es que al último que avisé, el..., el vomitó la pastilla y no volvió, no quería quedarme solo, fui egoísta, perdóname.



Nico comenzó a llorar.



No, Nico, no te disculpes, no es tu culpa, además, gracias a que tropecé, no me hizo nada, por ahora... —mascullé, me incorporé y comencé a comerme el conejo, estaba hambriento, Nico me miró—. ¿Quieres?



No. —dijo negando con la cabeza.



Terminé de comer y bebí agua, miré de nuevo a Nico, que estaba serio, no sabía que decir, realmente tenía ganas de no seguir con vida, no sé cómo Nico puede llevar años aquí y no haberse vuelto loco, o peor, intentado quitarse la vida.



¡Fuiiiiit Fiuuuuuuuuu! —entonces un silbido proveniente de la ventana llamó nuestra atención, miramos hacia arriba y vimos al chico luciérnaga, que nos miraba.



¡Al fin te encuentro! ¡Hola niño mojado!


(Continuará...)

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Creado (2022), revisado y editado (2025) por @TomiLobito

All rights reserved© Safe Creative Code: 2202020399463

ISBN Code: 9789403794945

martes, 8 de febrero de 2022

Los pecados de Pan - Capítulo 3 ''Quejidos''

 

Capítulo 3 - Quejidos



Me puse la manta tapando mi cuerpo e intentando refugiarme del frío que cada vez era mayor conforme la luz del día iba diluyéndose.



Me llamo Pan, señor. —logré mascullar con dificultad.



¿Cómo? —preguntó el hombre mientras le daba otro sorbo.



Pan, señor. —volví a responder esta vez con más claridad.



¿Pan eh?, me gusta, es raro, pero me gusta, aunque no me trates de señor, llámame, Sam, que no soy tan viejo ja, ja, ja. —el hombre comenzó a reírse, me miró y con su mano izquierda me hizo señas para que me sentase a su lado, donde había otro tronco.



Me acerqué con cautela y lentitud mientras mis pies desnudos sentían el frío suelo, ramas, tierra, piedrecitas y demás, no quise acercarme mucho, miré el suelo y me senté en él cruzándome de piernas mirando el fuego.



¿Y qué edad tienes? —preguntó Sam.



No contesté, el hombre, Sam desde ahora, me miraba sin quitarme el ojo de encima, podía notar como escudriñaba cada parte de mi cuerpo, como intentando analizarme.



No quiero meterme en cosas ajenas, pero..., ¿Me dirás como acabaste en un sitio como éste? —bebió otro sorbo que parecía ser el último y lanzó la botella cerca de la casa, rompiéndose en pedazos junto a otras botellas rotas que había alrededor.



No pude evitar fijarme en el mal estado en el que se encontraba su casa.



Disculpa la inmundicia de mi hogar, pero no esperaba visita. —dijo sonriendo, en ese momento se escuchó un quejido en su casa, parecía la de un animal moribundo—. El hombre se dio cuenta y carraspeó intentando disimular el ruido.



Yo giré mi cabeza de vuelta al fuego intentando disimular que no había escuchado dicho quejido, pero sí lo escuché..., empecé a tener algo de miedo, estaba ahí con un desconocido en medio del bosque, ¿Cómo fui tan idiota?



Sam se levantó y entró en la casa, mientras podía observar cómo la noche hacía su presencia, la total oscuridad era muy grande, más incluso que la que había en su casa, intenté fijarme, pero no lograba ver nada, sus ventanas eran oscuras.



Ahhrrggg. —otro leve quejido se escuchó dentro de la casa, no pude evitar levantarme atemorizado.



Strike, el perro, tumbado en el suelo cerca del fuego también levantó la cabeza tras escuchar ese quejido, me miró y se quedó de nuevo observando la casa.



Temblando de frío y miedo, cogí un palo de madera que había cerca del fuego, a su vez, con la mano izquierda sujetaba la manta que me cubría, me acerqué lentamente a la casa.



Escuché de nuevo otro ruido, esta vez el quejido sonaba junto a algo metálico, como si chocara con otra cosa de metal, el ruido era cada vez más intenso hasta que se detuvo, de nuevo, el silencio, los grillos y el ruido que el fuego hacía consumiendo la leña era lo único que se escuchaba en ese bosque alejado de la mano de dios.



Me acerqué sujetando con fuerza el palo mientras mi mente era invadida de pensamientos negativos.



¿Qué hago yo aquí? ¿Cómo acabé aquí? Estoy en medio de un bosque inmenso, rodeado de árboles que no dejan ver ni si quiera la luz de la luna, solo había oscuridad, y estaba en la casa de un hombre que no conocía. ¿Y si era un psicópata?, ¿O un violador?, ¿O un loco asesino? No sé qué era peor...



Miré atrás, el perro seguía sentado, observando cómo me acercaba a la casa con un palo que parecía más bien una vara por su longitud, además estaba quemada y marchita por culpa del fuego por el extremo que yo no sujetaba.



Una mano tocó mi hombro e instintivamente moví el palo hacia la mano para golpearlo, entonces Sam lo esquivó echándose atrás.



¡Ehh!, ¡Cuidado!, ¿Qué haces? —Sam se enfadó, y tras esquivar, sujetó la muñeca de mi brazo para que soltase el palo—. Suelta, ¡No necesitas esto!



Pero lejos de eso yo sujetaba con más fuerza el palo sin querer soltarlo, cuando sentí una fuerte presión en mi muñeca que me hizo perder fuerza y soltar el palo, Sam aprovechó y me lo quitó.



¿Qué pretendías? —me miró con seriedad.



Es que..., escuché unos quejidos y...



Era yo. —me cortó Sam—. Estaba buscando unos platos para comer.



Con su otra mano me enseñó unos platos de color plata, parecían de hojalata, pero a mí su respuesta no terminó de convencerme y creo que se dio cuenta.



Anda, ven y siéntate, que estás helado. —Sam me sujetó del brazo, pude sentir su fría mano en mi piel y me arrastró hasta el fuego, presionó mis hombros y me hizo sentar en el tronco.



Soltó el palo en el fuego y cogió los dos conejos que estaban ya empezando a quemarse, los puso en los platos y los despedazó en varios trozos.



Toma, come, estarás hambriento. —Sam me ofreció un plato con carne de conejo, con mi mano izquierda sujeté el plato y empecé a comérmelo con la mano derecha, sí, estaba hambriento.



Sam no podía dejar de mirar asombrado como engullía la carne de conejo como si llevase días sin comer, entonces pude sentir de nuevo su mirada en mí, de nuevo escudriñaba cada centímetro de mi cuerpo.



Sam dejó el plato y siguió observándome, levanté la mirada mientras terminaba de masticar y le encaré.



¿Qué? —le miré de mala manera.



Nada, me haces gracia. —Sam cruzó los dedos de ambas manos y echó hacia adelante su cuerpo para acercarse al fuego.



Ya no me miraba, esperé un poco pero no volvió a decir nada, miré el plato y terminé de comerme la carne de conejo que quedaba.



¿Quieres más? —Sam me acercó su plato y me miró sonriente—. Tranquilo, tengo más conejo, puedo hacerme otro, así de paso le hago uno a Strike, que se me ha olvidado, claro, siempre hacía dos, uno para mí y otro para él, a Strike le encanta el conejo, no deja ni los huesos.



No cogí el plato, solté el mío en la madera amontonada que había cerca de nosotros que hacía de mesa, Sam sonrió y se levantó acercándose a mí, instintivamente sujeté la manta con fuerza aún con cierto temor.



Sam cogió el plato que solté y dejó el suyo en su lugar.



Aquí tienes, come. —Sam se dio la vuelta y se llevó mi plato vacío dentro de su casa, esperé un poco, en silencio, escuchaba a los grillos y el crujir de la madera que se quemaba por el fuego de la hoguera.



Strike me miraba y también al plato, lo cogí mientras me observaba y comencé a comerme la carne, la verdad es que hacía mucho tiempo que no probaba la carne, demasiado tiempo.



Sam salió de la casa con una botella de agua bastante grande, se acercó y la puso en la madera que hacía de mesa, sacó un vaso y lo llenó de agua.



Toma, tendrás sed. —Sam acercó el vaso a mi lado y lo puso en la mesa.



Se alejó y empezó a quitarle la piel a los otros dos conejos que trajo, dejé de mirar y terminé de comer, cogí el vaso y me lo bebí entero, el agua fresca me hizo sentir en la gloria, lo dejé a un lado y miré al fuego.



Strike me miraba con atención, miré el plato y cogí la comida restante que me había dejado, unos trozos de carne, se los puse en el suelo, Strike se levantó corriendo hacia la comida ante mi sonrisa, le acariciaba la cabeza al acercarse a oler la comida.



Strike se apartó dejando la comida en el suelo sin probarla, mi mente recordó lo que me dijo Sam antes,''A Strike le encanta el conejo, no deja ni los huesos''.



No debiste hacer eso. —dijo Sam a la distancia soltando con enfado la herramienta que usaba para quitar la piel de los conejos.



Miré y vi que se acercaba de manera intimidatoria, me levanté de un salto, mi manta cayó al suelo y me alejé varios pasos hacia atrás sin quitarle la vista.



De verdad que esto no tenía que acabar así..., pensarás, ¿Por qué mentí en algo tan absurdo no? Bueno, no es mentira del todo, ¿Sabes? Además, a Strike de verdad le gusta la carne, aunque no la de conejo. —dicho esto me guiñó un ojo.



Sam se acercó a la pared exterior de su casa y cogió el rifle que tenía apoyado en el marco de la puerta, por mi parte, suspiré con fuerza y me di la vuelta corriendo, empecé a sentir como en mis pies se clavaba todo lo que pisaba, iba descalzo y el daño que sentía era horrible.



Entonces pude notar que mis ojos comenzaban a ver borroso el entorno, me tropecé cayendo a cuatro en el suelo, me costaba distinguir por donde iba.



¡¡¿Tenías sed eh?!! —los gritos de Sam sonaban lejos, había corrido tanto que me alejé lo suficiente, bastantes metros, ya no le veía y tampoco a su perro, noté que podía escuchar el sonido del agua, como si de un río se tratase, me incorporé y al levantarme giré a la izquierda, de donde provenía el ruido.



Sam había drogado el agua que bebí, ¿Pero por qué? ¿Qué quería ese hombre de mí? El hecho de pensar solo en las cosas que podría ese hombre querer de mi me aterraban.



No, no puedo dejar que me coja, si me coge estoy muerto, no podré escapar de él, debo hacer lo que sea, debo correr hasta que no tenga aliento. —mi voz sonaba cada vez más aguda y quebradiza, perdía mi fuerza y me sentía más mareado.



¡¡Panecitoooooo!! ¿Doooónde estaaaaás? —la voz de Sam sonaba juguetona y aterradora, disfrutaba con esto—. ¿De verdad te piensas que escaparás de mí? ¿En mi bosque? ¿Realmente crees que saldrás vivo de aquí?



Intentaba no escuchar lo que decía, pero su estridente voz era tan punzante que era inevitable no escucharlo.



A lo lejos, cerca del río vi algo brillar, era muy pequeño, como si se tratase de una luciérnaga, brillaba mucho, la luz era de un color verdoso que cegaba los ojos, al acercarme vi que estaba atrapada bajo una piedra.



Caí de rodillas al río mojando todo mi cuerpo y ropa al acercarme, la luciérnaga que brillaba atrapada debajo de la roca se giró al escucharme.



¡Parecía un humano! O al menos, tenía aspecto humanoide, al verme se movió con rapidez intentando liberarse, pero no podía.



Estaba alucinando, esas drogas me hacían ver cosas que no existían realmente, o de distinta forma.



Tranquila... —dije acercando mis manos, ante esto la luciérnaga se protegió con sus manos pensando que yo le haría daño.



Sujeté la roca y la levanté.



Eres libre, pequeña luciérnaga. —sujeté la roca y la lancé lejos.



La luciérnaga me miró y ante mi sorpresa comenzó a volar hacia mi cara.



Gracias, niño mojado, pero no soy una luciérnaga, y no soy pequeña. —las palabras de lo que yo pensaba que era una luciérnaga eran en realidad de un niño muy pequeño, más pequeño que mi mano, ¡Y estaba volando!



¿Eres un hada? —dije aún con cara de asombro y la boca abierta.



Un hada, chico..., ¡Sí! —dijo orgulloso—. ¿Y tú...? —el hada dejó de hablar tras escuchar unos ladridos cerca de dónde estábamos.



Me giré y pude ver el haz de luz de lo que parecía una antorcha, estaba cada vez más cerca, ¡Sam me pisaba los talones! Giré mi cabeza hacia el hada, pero ya no estaba, solo había oscuridad y el sonido que el agua hacía en el río.



Fue mi imaginación, las hadas no existen, y menos niños hadas, es la droga de Sam, sí, definitivamente es eso... —murmuré intentando convencerme.



Me levanté todo mojado y corrí con fuerza, pero volví a caer al suelo, esta vez apenas pude sostenerme con mis brazos.



No..., no puedo andar..., mis ojos..., mi cuerpo..., todo..., me siento paralizado...



¡Strike busca! —la voz de Sam sonaba muy cerca.



Me levanté como pude y me arrastré por el suelo hasta llegar a un árbol muy grande y de tronco ancho, me metí dentro de una especie de agujero y me quedé allí quieto, mi cuerpo mojado temblaba de frío, si no me mataba ese hombre, lo haría la naturaleza.



¡Panecitooooooo! ¡De verdad que lamento esto! ¡Has parado a un lugar que no debías y en el momento equivocado! ¡Pero piensa que pronto dejarás de sufrir! —la cínica voz de Sam sonaba casi al lado.



Unos crujidos a mi derecha me alertaron y sujetando una piedra con fuerza me giré a la defensiva..., era Strike, me detuve con mi respiración muy agitada, Strike me miraba y se acercaba lentamente.



No, vete, ¡Strike vete! —murmuraba despacio.



El perro se acercó, pero no pude lanzarle la piedra, bajé mi mano mientras mis fuerzas me fallaban, el perro se acercó a mí y comenzó a lamerme mi cara, lo abracé con fuerza y comencé a gimotear con impotencia, quería irme de ahí lejos.



Abrazado a Strike me sentía seguro, por unos instantes me sentí seguro de verdad.



¡Aquí estás! —Sam saltó de golpe desde arriba hacia nosotros, me miró con una sonrisa—. —Ohhh que estampa más bonita, de verdad, casi lloro y todo. —dijo de manera irónica.



La actitud de Sam había cambiado totalmente, parecía realmente otra persona, no era el hombre amable y tímido que conocí, ¿Era todo una vil actuación? Demasiado buena..., algo no me cuadraba.



Sam escupió al suelo y se acercó de manera intimidatoria, le hizo un gesto a Strike y éste se alejó de mi poniéndose a su lado, Sam se agachó inclinándose hacia mí, sobre sus rodillas posó el arma que llevaba y me miró.



¡Estás echo una mierda chaval! Mmmm. —Sam sacudió su gorra y me lanzó otra mirada—. Debí haber echado más, pero realmente te vi tan débil que pensé que con esa dosis aguantarías poco, pero veo..., que tienes bastante aguante, ¿Eh? Eso me vendrá bien.



Cogí la piedra para golpearle, pero no tenía la fuerza y velocidad necesarias, Sam cogió su rifle de caza y me dio un culatazo en la cabeza, caí al suelo, pero aún tenía consciencia.



Mi cabeza miraba a la derecha del bosque, a lo lejos pude ver como algo brillaba apoyado en una rama, ¿Era el niño hada?



Joder, ¡A dormir coño! —Sam me pisó la cabeza con fuerza y todo quedó negro.


(Continuará...)

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Creado (2022), revisado y editado (2025) por @TomiLobito

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ISBN Code: 9789403794945