domingo, 23 de enero de 2022

Los pecados de Pan - Capítulo 2 ''Perdido''

 

Capítulo 2 - Perdido



Noviembre de 1876, Philadelphia.



Caroline se besaba apasionadamente con su marido, era un beso cálido y cercano, cuando en ese momento entré por la puerta de la cocina



Ambos se separaron fingiendo normalidad, me acerqué buscando en un mueble de la cocina algunas de mis cosas.



Te levantaste tarde, Pan. —dijo el hombre colocándose la chaqueta bien, era mi padre.



Lo siento, me costaba coger el sueño



Si, ¿No tendrá nada que ver el telescopio que te regalamos por tu cumple? Te dije que te castigaría si lo usas demasiadas horas, Pan. —dijo mi madre.



Bueno, yo ya tengo que irme. —mi padre se levantó de la mesa y dejó el café que se estaba terminando.



¿No me vas a llevar a la tienda a comprarme la mochila nueva? —dije cabizbajo, y es que, mi mochila de la escuela se había roto, o más bien me la habían roto otros compañeros.



Mi padre Andrew de acercó a mí y me revolvió el pelo de la cabeza con una sonrisa.



Vale, te acompañaré a por la mochila, no vaya a ser que llegues tarde a la escuela.



Agosto de 1877, Philadelphia.



¡Oye chico! ¡Despierta! —una voz muy ronca me despertó de mis sueños, mis recuerdos...



Miré hacia arriba y vi a un hombre de mediana edad y pelo canoso, me ofrecía su mano, la cogí y me levanté con dificultad.



¿Qué hacías aquí dentro? ¿Dónde están tus padres? ¿Eres un mocoso de esos sin familia? ¡Largo de mi carruaje!



El hombre tiraba de mí haciéndome daño.



¿Qué? ¡No, suélteme! —lo empujé con fuerza y bajé del carruaje tropezando y cayendo al suelo, mis manos y parte de mis brazos comenzaron a tener cortes provocándome rozaduras y sangre.



¿Qué haces? Necesitas un médico. —el hombre se bajó y me ayudó a incorporarme, aproveché y le di un empujón para salir corriendo, sin darme cuenta de donde estaba, miré a los alrededores mientras corría y vi que estábamos en una gran carretera.



Salí disparado sin mirar atrás y dejé esa carretera en mal estado para entrar en un denso bosque, me rodeaban árboles por todas partes, podía ver el cielo azul, era de día, seguí corriendo y podía escuchar los crujidos de las hojas y las ramas que iba pisando.



Me detuve cuando no podía correr más e intenté recobrar el aliento, estaba sudando, limpié parte de mi sudor con la camiseta, miré a mi alrededor, solo había árboles y bosque, bosque y árboles, me había perdido, bueno, ¿Perdido? Si no se ni dónde me había traído el hombre del carruaje.



Me acerqué a un árbol y me senté a intentar tranquilizarme, me costaba respirar.



No, no puede ser. —pensé.



Me llevé la mano al pecho intentando respirar, pero no podía, no podía respirar, me estaba ahogando, mis ojos se entrecerraban, ya no podía ver nada, borroso...



Noviembre de 1876, Philadelphia.



Me tengo que ir ya. —mi padre cogió su maleta, era profesor de mi escuela.



¡Pero papá dijiste que me comprarías una mochila nueva! —dije con enfado.



Pan, tu padre tiene que entregar un trabajo urgente del que depende nuestro futuro y...



Tranquila. —cortó Andrew a mi madre—. Está bien, te llevaré y compraremos esa mochila, ¿Vale?



No me terminó de gustar, pero acepté a regañadientes.



Bueno cariño, te veo más tarde. —mi padre besó a mi madre y se despidieron.



Nos dirigimos a un carruaje y nos montamos, yo me puse en la parte trasera y mi padre a mi derecha, era un día muy soleado, el dueño del carruaje cogió las riendas del caballo y nos pusimos en marcha.



Agosto de 1877, Philadelphia.



De repente siento como mi cara era lamida con una gran lengua, abrí los ojos como pude y vi a un perro intentando lamer mi cara, era un San Bernardo enorme, con mis manos lo alejé como pude, pero quería seguir lamiéndome.



¡Para! —me quejé.



En ese momento apareció un hombre de unos treinta años, iba con un rifle de caza, al verlo me asusté y me puse en pie, el hombre sujetó al perro y me miró sin abrir la boca.



El hombre, de 1,75 de altura, delgado, cabello ondulado oscuros y largo, casi por los hombros, ojos oscuros y grandes, barba de varios días y una piel blanca tirando a oscura, intimidaba.



Me observó durante un rato, yo le aguanté la mirada con temor, el hombre sacó de una bolsa que tenía en su hombro colgando unas frutas que parecían arándanos, me las ofreció, pero no hice nada, insistió y con mi mano cogí unas pocas, me hizo un gesto afirmativo con la cabeza y se dio la vuelta dándome la espalda, siguió su camino.



El perro le seguía obediente, miré los arándanos y me los llevé a la boca, me los comí con desesperación, me quedé con ganas de más, tenía hambre, mucha hambre, estaba hambriento.



Me quedé ahí parado y notaba el aire fresco golpear la piel de mi espalda, un momento, ¿Mi piel? Miré mi espalda y tenía la camiseta rasgada, le quedaba poco para que se me cayese.



Me volví al árbol y me senté, cogí una rama y comencé a dibujar en el suelo, pensando en que haría ahora, ¿Qué podría hacer? Miré a través de los árboles y podía distinguir los rayos de sol entrar entre las hojas y ramas de los pinos que nos rodeaban.



Noviembre de 1876, Philadelphia.



Mi padre avisó al hombre del carruaje para que se detuviese, iba a ir a comprarme la mochila.



Espera aquí, no tardo. —dijo mi padre, se levantó y entró en la tienda, podía observarle a través del escaparate.



El sol iluminaba el agua de una gran fuente que había cerca de la calle, una fuente enorme que lanzaba chorros de agua de forma continua, vi a unos niños con sus mochilas a la espalda ir hacia la escuela.



También vi a dos hombres vestidos de manera andrajosa acercarse a la tienda, uno le dijo algo al otro, se pusieron un pañuelo y se cubrieron las caras. Sacaron un arma y entraron en la tienda, mi corazón casi se sale de mi pecho, me costaba respirar.



El hombre del carruaje también vio la escena, pero no hizo nada, se quedó mirando, tenía miedo, era un cobarde.



Necesitaba pedir ayuda, refuerzos, lo que fuese, pero no podía, me costaba moverme.



¡Bum!, ¡bum!, ¡bum!, uno, dos, y hasta tres disparos sonaron con un ruido estruendoso que jamás olvidaré, pude ver a través del escaparate de la tienda como esos dos hombres le pegaban tiros a la gente de dentro.



Agosto de 1877, Philadelphia.



¡Bum! Otro disparo me despertó, de nuevo en ese bosque.



¿Por qué estoy recordando esto ahora? —escuché otro disparo en lo más profundo del bosque, me incorporé y me acerqué despacio de donde provenían los disparos.



Vi al señor de antes, parecía que sujetaba varios conejos, el perro estaba a su lado y empezó a ladrarme, el hombre, de golpe, se giró y me miró, se quedó observándome, se levantó y se acercó a mi mientras colocaba los conejos en una bolsa rara, parecía de piel, se detuvo frente a mí.



Me llamo Sam, ¿Y tú? —me preguntó, su voz era bastante ronca e intimidatoria—. ¿No te gusta hablar eh?



Me echó otro vistazo de arriba a abajo, acercó su mano al perro y lo acarició.



Este es Strike, mi mejor amigo, tranquilo, no muerde, es muy cariñoso.



Seguí sin hablar, el hombre llevó uno de sus dedos hacia mi cara y me aparté instintivamente.



Tsk. —se quejó molesto—. Tienes la boca y la cara manchada por los arándanos, ¿Los comías o los tragabas...? Mira, tienes pinta de haberte escapado de casa, así que un consejo de alguien que lo hizo también, vuelve, luego te arrepientes el resto de tu vida, no sabes los peligros que hay ahí fuera.



El hombre comenzó a caminar alejándose de mí, me quedé quieto, pensativo, me giré y los vi alejarse, respiré con fuerza y aligeré mis pasos hasta acercarme cada vez más, se detuvo y girándose, me miró.



A no ser, que seas huérfano, si es así, cerca de aquí hay un orfanato, por si te interesa. —el hombre resopló y miró al cielo pensativo, se quitó la gorra que llevaba y secó el sudor de su frente—. Está bien, vente, te daré de comer y dormir, pero mañana temprano te largas, no quiero problemas, ¿Entendiste?



Afirmé con la cabeza.



El hombre prosiguió su camino y el perro iba a su lado, yo los seguía, de cerca, pero a cierta distancia, no sé cuánto caminamos, pero ya estaba cansado, no podía más, ya estaba anocheciendo, iba a pararme a descansar cuando vi a lo lejos una cabaña en mal estado, vieja y que le faltaba un soplido para caerse abajo.



Al acercarnos pude escuchar el sonido del agua, había un riachuelo cerca, me acerqué corriendo, me arrodillé sin pensarlo y comencé a beber agua, estaba sediento, el agua era fresca.



Mientras bebía agua, pude ver de reojo como el hombre dejó lo que había cazado colgando en un palo largo y la escopeta la apoyó al lado, se acercó y notaba como me miraba.



Joder, ¿Pero tu cuanto tiempo llevas perdido? —el hombre de repente se calló, le perdí de vista, hasta que localicé su voz detrás de mí, aún a cierta distancia—. Vaya... —al escuchar su voz me incorporé, me miraba con duda y sorpresa, claro, vio las marcas de mi espalda—. ¿Quién te...?, bueno, No es mi asunto, ¿No? —el hombre se quitó la cazadora y la gorra poniéndolas sobre la valla de madera que rodeaba parte de su casa.



Después de eso entró en su casa dejándome ahí parado, el perro se acercó de nuevo a mí para hacerme caricias, con mi mano acaricié su cabeza con cierto temor.



En ese instante apareció el hombre, llamado Sam, traía lo que parecía ropa, una camiseta y unos pantalones cortos, parecía ropa antigua, aunque la ropa me quedaría pequeña.



Toma. —se acercó a mi lado y posó la ropa en mis manos—. No tengo otra cosa que te valga, es lo poco que consigo rebuscando por ahí, a veces los campistas se dejan cosas.



Se alejó y cogió los conejos mientras le miraba sin saber que hacer.



¿Qué esperas? Usa el río para asearte y te cambias, yo mientras prepararé la cena.



El hombre me dio la espalda y puso los conejos en una mesa que tenía pegada a la cabaña, comenzó a prepararlos, yo por mi parte me acerqué al río, me daba cosa desnudarme ahí, podría verme perfectamente si se giraba un poco.



¿Pero qué podía hacer? Me acerqué al agua y metí mis pies, notaba el frío recorrer mi piel, fui entrando más hasta que me cubrió las rodillas, no había más profundidad.



Con mis manos comencé a echarme agua en el cuerpo y a limpiarme como pude, pero podía sentir como ya no escuchaba el ruido que hacía con los conejos, se había parado, me sentía observado, me estaba mirando, lo notaba, estaba sintiéndome espiado, o quizás era mi imaginación.



En ese momento siento unos pasos acercarse, el miedo me invadió el cuerpo e instintivamente me di la vuelta, sobresaltado.



Toma, necesitarás... —el hombre me ofrecía lo que parecía una pastilla de jabón, pero sus ojos se posaron en mí unos segundos para después mirar hacia otro lado con rapidez, de espaldas dejó la pastilla de jabón cerca—. Te la dejo aquí. —dijo con voz temblorosa.



Tras esto, se alejó y siguió con los conejos, aproveché y cogí la pastilla de jabón, me limpié como pude, mientras lo hacía el hombre entró en la cabaña, me fijé que los conejos estaban colgando encima de una fogata encendida, el fuego los iba haciendo, les quitó la piel y los limpió.



Yo terminé y salí del río mojado, miré y cogí la ropa sucia, me sequé un poco y me puse la nueva, aunque el pantalón me apretaba un poco, la camiseta se me pegaba también, estaba ridículo.



Aun tiritando de frío me acerqué al fuego y extendí mis manos para calentarme, el hombre salió de la cabaña y me lanzó una manta de mi tamaño.



Tápate, estarás helado, además por las noches aquí refresca bastante.



Se sentó en un tronco cortado que había cerca del fuego y con una cerveza en su mano me miró atentamente mientras bebía, tomó un sorbo y me habló.



¿Me dirás ahora tu nombre? Porque he visto tu trasero antes que tu nombre.


(Continuará...)

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Creado (2022), revisado y editado (2025) por @TomiLobito

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jueves, 6 de enero de 2022

Los pecados de Pan - Capítulo 1 ''Escape''

 

Capítulo 1 - Escape



Agosto de 1877, Philadelphia.



El viento golpeaba la ventana de mi habitación con fuerza, la oscura noche era iluminada por la luz de la luna, el cuarto desprendía un olor a humo, el humo de un puro que provenía de la habitación de al lado, la de mi tía.



En el cuarto de al lado se escuchaba los crujidos de la cama, el sonido metálico del somier golpear la pared que daba a mi cuarto, seguramente era mi tía con otro cliente...



Yo intentaba mantener mi mente en otro sitio, un sitio donde había una bonita casa rodeada de muchas flores, con un bosque al lado y un gran lago de agua cristalina.



Mi mente volvió a la realidad cuando el hombre llamó mi atención al cruzar la puerta de mi cuarto.



¿Qué? ¿Has disfrutado escuchando cómo me trinco a tu madre? —Se levantó y por fin la dejó respirar, miré hacia la puerta con odio y desprecio.



Porque sí, mi tía iba diciendo por ahí que yo era su hijo, más quisiera...



El hombre le tiró el dinero en el suelo, no era la primera vez que un hombre se tiraba a mi tía, era asqueroso.



Cuando se escuchó la puerta cerrarse, di por hecho que el hombre se marchó, me levanté de la cama enfadado, miré como mí tía recogía el dinero del suelo.



Odio vivir así. —dije con tono de reproche, mi tía seguía callada recogiendo el dinero con la mano derecha mientras con la izquierda daba caladas a su cigarro.



Aproveché y me metí en el baño, necesitaba relajarme, olvidar lo que había pasado.



Una vez dentro de la ducha el agua mojaba mi cuerpo, lágrimas caían por mis ojos, intentaba no llorar, pero no podía evitarlo, estaba harto de esta vida, quería que todo volviese a ser como antes, echaba de menos a mis padres.



Unos golpes en la puerta me alertaron y cerré el grifo saliendo de la ducha con prisa.



¿Qué estás haciendo tanto rato? El agua no es gratis, sal de ahí. —era la asquerosa voz de esa mujer.



Cuando me acogió me obligó a decir que era mi madre, esa mujer siempre quiso tener un hijo, aunque, menos mal que nunca tuvo uno, porque hubiese vivido una vida de mierda.



Me vestí y salí del baño, mi tía estaba sentada en la cama fumando mientras contaba el dinero, la miré con odio y desprecio.



Quítate la camiseta. —ordenó mi tía.



¿Para qué? —repliqué.



Mi tía se levantó en un abrir de ojos y me pegó una guantada con fuerza.



No me hagas repetirlo, mocoso.



Llevé mi mano a mi mejilla, que me picaba, la miré de nuevo con odio y me quité la camiseta mostrando mi torso desnudo, mi tía observó y siguió contando su dinero.



Un hombre me ha ofrecido bastante dinero por ti. —dijo enfadada.



¿Cómo? —pregunté asombrado y atemorizado a la vez.



No me hagas repetirlo, me ofrecen diez veces lo que gano yo, ya es hora de que tú te sacrifiques también por esta familia, dolerá al principio, pero luego te acostumbras. —mi tía, con una fría voz, me lo decía como si fuese la cosa más normal del mundo, y sin dejar de contar el dinero.



¿Te has vuelto loca? ¡¡No voy a hacer eso!! —alterado me puse la camiseta y de un manotazo tiré el dinero de sus manos al suelo.



Mi tía me empujó con enfado, me miró y sonrió.



¿Piensas que soy estúpida? Sé tus gustos hijito, así que no te hagas el ofendido, además, ¡¡Esta es mi casa y harás lo que yo diga!!



La empujé de nuevo con furia alejándola de mí.



Eso es lo único que te importa, el dinero, ¡¡No eres mi madre!! —tras ese grito, ella me miró con rabia.



Muy bien, pues hoy no vas a cenar nada, no saldrás de aquí hasta mañana, y espero que te comportes, sino, te irá peor, ¿Quieres pasar de nuevo una noche en el sótano?



Tras sus palabras, mi tía cerró la puerta con fuerza y la atrancó con el cerrojo, me dejó ahí solo, sin comer, y tenía hambre, no había comido en todo el día, me eché en la cama y miré al techo, pensativo, giré la cabeza y cogí mi libreta, en ella dibujaba y escribía mis pensamientos, me expresaba, cogí mi lápiz de madera y escribí lo que sentía en ese momento, no sé cuánto tiempo estuve hasta que me quedé dormido.



Unas voces me despertaron, parecía una discusión, me levanté y me asomé por la ventana, una ventana que tenía unas rejas de hierro, abrí la ventana y miré por ella, era en la casa de al lado, que estaba vacía, hasta hoy, parece ser.



A lo lejos pude ver como una chica discutía con la que parecía era su madre, al lado estaba su padre, observé la situación, miré la hora, las tres de la madrugada, ¿Cuándo se habían mudado?



Los vi entrar en la casa y se hizo de nuevo el silencio, suspiré y me aparté de la ventana, me acerqué a la puerta e intenté abrirla, pero estaba cerrada.



Ojalá hubiese muerto, odio mi vida.



Vi una luz reflejarse en mi cuarto, me di la vuelta y pude ver la luz encendida en la casa de al lado, me acerqué y me asomé por la ventana, podía observar a la chica en lo que parecía su cuarto, cerró su puerta y abrió su armario, la vi sacar lo que parecía el pijama.



Tragué saliva cuando la vi desnudarse, mi ventana estaba a escasos diez metros de la suya, las casas daban casi una con la otra, pude ver con todo detalle su cuerpo, después de desnudarse se puso el pijama y apagó la luz, ya no veía nada.



Mi corazón latía fuerte, y sentía mi pecho arder, no podía quitarme de la mente su cuerpo, necesitaba volver a verla, apenas ni si quiera me fijé en su cara, y así, pensando, noté una luz tenue a través de su ventana, me acerqué más y fijé la vista, podía distinguirla, había encendido un pequeño farol de queroseno, estaba tumbada en la cama, leyendo.



Me sentía extraño, me gustaba mirarla, era tan guapa...



No sé porque lo hizo, pero giró su cabeza y logró verme, mi corazón latió con fuerza, con tanta fuerza que se me iba a salir, ella me miró sorprendida, bajó su persiana corriendo y yo me aparté de la ventana.



Me había visto, sí, me vio espiarla, la había cagado, quizás se lo diría a sus padres..., me metí en la cama e intenté coger el sueño, me costó mucho lograrlo.



Escuché la puerta de casa sonar con fuerza, me levanté y me asomé por la ventana, el cuarto de la chica estaba vacío, me puse la camiseta y salí de mi cuarto, bajé al salón y había una nota, ''Salí a comprar, no intentes salir de casa, está cerrada.''



Ojalá no vuelvas. —murmuré.



Entonces escuche risas, me acerqué a la ventana del salón y pude ver en la calle a la chica que ahora sería mi vecina, estaba con otra más mayor, parecían hablar y pasarlo bien.



En un descuido, la chica me vio en la ventana, me escondí corriendo, avergonzado, me sentía ahora mal por lo que pasó anoche, esperé en rato y me di cuenta de que ya no se escuchaban las risas, me asomé y de un susto caí de espaldas al suelo, la chica estaba al lado de mi ventana.



¡Vaya caída! Perdona, no quise asustarte. —dijo la chica con una sonrisa, era rubia y ahora que estaba tan cerca me percaté que su cara estaba salpicada con muchas pecas, sus ojos, grandes como platos eran azules claros, hermosos, sus labios, carnosos y rosados, se relamía mientras me hablaba.



Ho...hola... —dije tartamudeando y me levanté limpiando el polvo de mi ropa.



Me llamo Sara, ¡Y ahora somos vecinos! —dijo con una sonrisa.



Yo..., me llamo Pan... —dije desganado y nervioso.



Hubo un silencio incómodo.



Oye, anoche..., ¿Qué hacías en la ventana? O sea, es que te vi y yo estaba..., leyendo..., y eso... —dijo nerviosa Sara.



¿Eh? No, no vi nada... —mentí.



Bueno..., es que mis padres se enojarían si saben que..., bueno, que me espías, ¿Sabes? —me guiñó un ojo y un escalofrío recorrió mi espina dorsal.



No..., tranquila, no espiaba, no lo hacía. —mentí de nuevo.



Bueno, ¡¡Nos vemos!! —y corriendo Sara se fue a su casa.



Me aparté de la ventana y justó entró la mujer que fingía ser mi madre, pero solo me usaba como su esclavo.



¿Qué haces aquí? —mi tía cerró la puerta, acompañado de un hombre, al verlo pude distinguir que era el ayudante del sheriff del pueblo.



Nada, estaba...aquí...sin hacer nada. —mentí.



¿Este es tu hijo? —preguntó el hombre.



Sí, a qué es guapo, ¿Eh? Está sin estrenar, todo para ti, eso sí, no te pases con él o te cobraré un plus.



Me quedé callado, pero no pude evitar apretar mi puño derecho, quería golpearla.



Bueno chaval, espero que te comportes bien, porque tengo muy mal humor. —el agente me miró con una sonrisa que daban ganas de potar.



Bueno, te acompaño a su cuarto, recuerda que no debes dejarle marcas. —le recordó mi tía.



Tranquila, soy un caballero. —dijo cínicamente el agente, acompañó a mi tía y yo los seguí detrás, entraron y ella me empujó dentro.



Bueno, os dejo a solas. —y dicho esto, ella cerró la puerta tras de sí.



Yo me quedé callado observando al agente que me miraba de arriba a abajo.



¿Y cuantos años tienes chaval? ¿Alguna vez has estado con alguien de la ley? —me preguntaba acercándose a mí.



Una de sus manos se posó en mi trasero y lo apretó con fuerza, se acercó a mi oreja y comenzó a hablarme de manera susurrada.



No grites ni avises a tu madre y seré muy bueno contigo. —entonces pude ver a Sara a través de la ventana, estaba sentada en su escritorio, ¡¡Nos iba a ver!!



¿No dices nada? Mejor, me gustan los chicos sumisos y callados. —me empujaba con fuerza hacia la cama, tumbándome.



No..., no quiero. —dije.



¿Como? —preguntó el agente arqueando las cejas.



¡¡Que no quiero que me toques hijo de la gran puta!! —grité.



Le vi hincharse las venas de su cuello, su enfado era mayúsculo, con su mano me sujetó de la camiseta y me dio la vuelta.



¡¡Déjame cabrón!! ¡¡Déjame!! —grité con fuerza, pero no podía resistirme, era demasiado fuerte para mí.



Con su mano en mi nuca hundió mi cara en la cama para que dejase de gritar, se acercó a mi oído y lo lamió.



Como veo que eres un chico malo, yo también seré malo. —dijo con una voz amenazante.



Noté como con sus manos comenzó a bajar mi ropa, yo intentaba revolverme y liberarme, pero era inútil, entonces pude sentir en mi mano el roce de la madera del lápiz, mi lápiz, lo sujeté con todas mis fuerzas y le clavé mi lápiz, lo hice con tantas fuerzas que partí en dos el lápiz, dejando un trozo clavado en su costado, se levantó veloz, llevándose la mano al costado para tapar la herida, momento que aproveché para levantarme y abrir la puerta con velocidad, mi tía venía sobresaltada.



¿Qué ha pasado? —preguntó ella apartándome a un lado—. ¡¿Qué has hecho?! ¡Dios mío!



La asquerosa de mi tía salió corriendo a socorrerlo y sin pensarlo cogí su bolso, bajé las escaleras y abrí la puerta con las llaves, miré hacia atrás, podía escuchar los gritos de esa señora llamándome y al agente gritar que me mataría.



Respiré hondo y salí de mi casa, comencé a correr a toda velocidad, no sé cuánto tiempo estuve corriendo, pero me cansé y me detuve unos segundos, respiraba entre cortadamente y miré a mi alrededor, vi un carruaje detenerse para que una pareja tomase asiento, salí disparado y me metí en el cajón trasero del carromato, lo cerré y me quedé ahí escondido.



Temblando por todo lo que había pasado, escuché como el carruaje se puso en marcha, el sonido del caballo comenzando a mover el vehículo me tranquilizó, ahora más calmado comencé a sollozar, mis lágrimas caían por mis mejillas, lloré desconsoladamente, hasta quedarme de nuevo dormido.


(Continuará...)

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Creado (2022), revisado y editado (2025) por @TomiLobito

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