Amistad rota en Halloween - Capítulo 8 ''Daño irreparable''
Tommy recordaba aún lo que descubrió en el diario de Max cuando era más pequeño, no podía dejar de pensar en ello, una y otra vez, le daba vueltas su cabeza, ¿por qué lo había olvidado?
Mientras, las horas iban pasando y Tommy estaba junto a la familia de Max en la sala de espera, esperando alguna noticia sobre el estado de Max, la desesperación de Tommy era muy grande, se sentía muy mal, Max iba a morir por su culpa, por no perdonarlo, no podría vivir sin él y menos con eso en su alma.
El padre de Max, o, mejor dicho, el padrastro, era un señor con el pelo muy canoso para su edad y corpulento, miraba a Tommy con rabia, estaba claro que sabía algo, a su lado estaba la madre de Max, una mujer algo más joven, de pelo rubio y ojos azulados, sus rasgos parecían de una mujer de origen alemán.
Tommy sentía rabia, sabía que todo esto era por culpa de ese hombre, por culpa de ese señor asqueroso que le había comido la cabeza a Max, pero no podía hacer nada, al menos no delante de él, quizás si hablara con la madre a solas y le contara todo..., solo así quizás cambiase las cosas, pero ya era tarde, pero eso sería peligroso.
El médico se acercó a la sala de espera, el padrastro de Max y su madre se levantaron enseguida, y habló con ellos, Max estaba vivo, pero no podía andar.
Tommy dio varios pasos atrás, su corazón se congeló, ¡¡Max no podía andar!! ¡¡Por su culpa!!
El médico se dirigió al cuarto donde estaba Max y los padres siguieron al doctor, pero Tommy se quedó ahí parado, quieto, su cuerpo no le respondía.
No podía, no podía moverse, lo que le escuchó decir al médico lo dejó en un estado de shock, Max estaba inválido..., no lo quería pensar, se echó a llorar y se fue del hospital, lejos, muy lejos, sin mirar atrás y sin saber a dónde se dirigía.
Ese día Tommy la pasó llorando en su cama hasta que cogió el sueño, al despertar, su cuerpo parecía estar en un estado de cansancio y flacidez, se levantó y se miró en el espejo del baño.
Estaba harto de tanto sufrir, quería terminar ya con su dolor y tenía pensado cómo hacerlo, iba a tirarse desde el edificio abandonado, Tommy ya no pensaba con claridad, se le había ido la cabeza, solo un milagro podía hacer que no se quitara la vida.
—Mamá, ¿sabes algo de Tommy? —preguntó Max acostado en su cama, aún estaba en el hospital.
—No, le llamé ayer como me dijiste, pero nadie cogió el teléfono y su profesor me ha dicho que hoy no fue a clase, quizás está enfermo y por eso no vino a visitarte.
Max miró al suelo triste, intuía algo malo, pero no se imaginaba el qué, aunque él sabía que Tommy no estaba enfermo.
—Mamá, ¿cuándo me dan el alta? —preguntó Max, impaciente por salir de allí.
—El médico dijo que pronto, pero no te preocupes, dijo que te vas recuperando muy deprisa.
Max estiró la mano para coger el móvil, lo encendió y buscó en la agenda el nombre de Tommy, pero no lo encontró, lo borró tras lo ocurrido entre ellos aquel fatídico día.
—Mierda..., soy tan miserable... —murmuró dejando el móvil a un costado de la cama.
—¿Qué dices cariño? —preguntó la madre inocentemente.
—Nada..., es solo que intento recordar un número...
Tommy estaba en el edificio abandonado, subió a la última planta, la octava, ya tenía una nota en la que se despedía y pedía perdón, en la que expresaba su dolor y desesperación.
Mientras tanto, Max intentaba recordar el número de su amigo y lo fue marcando, Tommy estaba a punto de tirarse cuando su móvil empezó a sonar, lo cogió y miró quién era, era Max, aunque ya no tuviese su contacto desde aquel día, y que no volvió a ver una llamada de él, reconoció el número, su corazón le decía que lo cogiera, pero tenía miedo.
Tommy al final respondió a la llamada, se puso el móvil en el oído sin decir nada.
—¿Hola...?, ¿Tommy...?, me gustaría verte, ¿podrías pasarte?
Tommy se quedó en silencio, no sabía qué contestar, pensó durante unos segundos, aunque permaneció callado.
—Por favor..., me gustaría verte...
—Yo..., —Tommy empezó a sollozar—. Está bien, voy hacia allí. —y colgó el móvil, supuso que al menos se despediría de él antes, así que decidió ir.
Max creyó que Tommy aún no le perdonó, incluso habiendo salvado su vida, el dolor que le hizo no se olvidaría así de fácil.
Tommy, por su parte, recordaba el incidente de camino al hospital.
—Ojalá le hubiese perdonado. —murmuró Tommy, que se dio cuenta de que ese dolor que tenía y sentía podría ser al menos aliviado con la ayuda del que lo causó, llegó al hospital y después de preguntar a la enfermera, se dirigió a la habitación donde estaba Max.
Al llegar a la habitación, Tommy se detuvo, no se atrevía a abrir la puerta, no tenía valor de entrar, tenía miedo de verlo en ese estado, jamás podría andar, ni jugar al fútbol, que era su pasión, siempre peleaban por ver quién era mejor, pero ahora eso ya no pasaría más, nunca más.
En ese momento se abrió la puerta, la madre salía conversando con el médico, la madre de Max vio a Tommy y sonrió de alegría.
—¡Tommy! ¡Qué bien que te hayas pasado a ver a Max! Venga, está esperándote. —dijo la mujer sonriendo.
Tommy al final entró, respiró hondo y se acercó a Max, su amigo, que estaba en la cama recostado de lado, mirando por la ventana de la habitación.
—Adelante, pasa. —dijo la madre, que cerró la puerta tras entrar Tommy y se marchó con el médico.
Tommy alzó la cabeza y vio en la cama a Max, el cual cuando escuchó a la madre, se dio la vuelta y entonces observó a Tommy, se sorprendió al verle, dejó el móvil que sujetaba en la mesita de la habitación y le habló.
—Tommy, sabía que vendrías, bueno, al menos eso esperaba... —dijo Max nervioso.
Tommy se acercó a Max, estaba a punto de llorar y pedirle perdón, pero a la vez no quería.
—Lo siento... —de los labios salieron las palabras suaves y con dolor de Tommy mientras miraba al suelo culpable.
—Tommy, no estés mal, además mirando el lado bueno, no iré a clase durante un tiempo. —dijo Max sonriendo.
Tommy miró a su amigo extrañado.
—¿Cómo puedes decir eso? ¡¡Jamás podrás andar!! —gritó Tommy desesperado.
—¡Niño, no grites! —dijo una señora que estaba en la misma habitación descansando en la cama de enfrente, iba vestida con ropa de hospital y estaba echada leyendo una revista, era de edad avanzada, unos setenta años y cabello canoso, un collar de perlas enorme rodeaba su cuello.
—Disculpe señora. —se excusó Max con la señora, después, volvió la mirada a su amigo—. ¿Quién te dijo eso? —preguntó Max extrañado.
—¿No..., no lo sabías? —Tommy miró a Max, el cual estaba sorprendido, dudó un momento antes de hablar.
—Si no pudiera andar, no podría hacer esto. —Max alzó una de sus piernas hacia arriba con un poco de trabajo.
Tommy, sorprendido, se acercó a Max sin saber qué decir.
—Es verdad que debo usar los bastones, esos que no recuerdo cómo se llaman para que me sujeten...
—Muletas. —intervino la señora—. Se llaman muletas.
—Gracias..., señora... —contestó Max con sarcasmo por interrumpirle—. El caso es que el médico dijo que con rehabilitación podre andar normalmente en unos días.
—Pero yo escuché que...
Max no le dejó terminar.
—No importa lo que escuchases, tu mente te habrá jugado una mala pasada, ven.
Tommy se acercó y se sentó al lado de Max, se miraron por unos instantes con ojos vidriosos.
—No me arrepiento de haber hecho lo que hice, saber que te salvé me alivió mucho. —Max cogió la mano de Tommy
—Pero..., fue por mi culpa. —dijo Tommy.
—No, Tommy, fue del conductor, iba muy deprisa, además, como te dije, me sentí muy bien cuando supe que te salvé.
—Max...
—No digas nada..., solo quiero pedirte algo Tommy. —dijo Max sujetando la mano de su amigo con fuerza.
—¿El qué? —preguntó Tommy curioso.
—¿Puedo abrazarte? —Max le miraba con tristeza.
Tommy no dudó ni un instante y abrazó a su amigo, un abrazo que significaba mucho para ambos, todo el dolor que sintieron y sentían, todo el sufrimiento, todo el rencor, todo, se esfumó durante el tiempo que duró el abrazo.
Ambos estaban al borde del llanto, pero ninguno se atrevió a aliviar esa carga, se mantuvieron abrazados durante unos segundos, con fuerza, verdadera amistad emanaba de ese abrazo, sincero y puro, más puro que las nubes.
—¡Ohhh qué bonito! —exclamó la señora mientras los miraba, los dos chicos se separaron más rojos que un tomate.
Se quedaron en silencio y la señora fingió seguir leyendo la revista.
—Bueno, el caso es que no te pido que me perdones, las heridas sanarán con el tiempo, pero, ¿me dejas curarlas?
Max acarició la mejilla de Tommy suavemente, esta estaba roja de haber llorado.
Se volvieron a abrazar fuertemente a la vez que las lágrimas de ambos chicos salían de sus ojos y caían por sus mejillas, ahora sí que no pudieron contenerlas.
Los días fueron pasando y Tommy seguía yendo a clases normalmente, era martes cuando salió una hora antes, se dirigió al hospital y fue hasta la habitación de Max, lo visitaba todos los días y se quedaba con él el resto de la tarde.
—¡Tommy! ¡No te esperaba tan pronto!
—Hola Max, ¡Hola, señora Henderson! —Tommy saludó también a la mujer que era la que dormía en el mismo cuarto que Max.
Tommy se acercó a Max y ambos se abrazaron por un momento.
—Mira, te he traído unos cómics, para que no te aburras, y a usted unas revistas del corazón.
—Ohhh gracias, majo. —la señora cogió las revistas y comenzó a leerlas, aunque a veces levantaba la mirada para ver qué hacías los chicos.
—¡Gracias! —dijo Max.
—Oye, ¿Cuándo te dan el alta? —Tommy se acercó y se sentó en el costado de la cama de su amigo.
—Mañana. —dijo Max mientras ojeaba los cómics.
—¿En serio?
—Sí, mira, ya puedo andar perfectamente. —Max se levantó y comenzó a andar de manera normal por la habitación ante la mirada de Tommy—. La rehabilitación que hago todas las mañanas hizo sus frutos. —Tommy le miró muy feliz y se sentaron en la cama.
—Bueno, ¿y cómo te va en clases? —preguntó Max.
—Pues bien... —dijo Tommy un poco desanimado.
—Tommy, cierra la puerta. —ordenó Max en voz baja para que la señora no se diese cuenta.
—¿Por qué? —preguntó Tommy confuso.
—Tú hazlo.
Tommy se levantó y cerró la puerta disimuladamente.
—¿Qué pasa? —preguntaba Tommy mientras volvía a sentarse.
Max miró seriamente a Tommy y le cogió de las manos.
—Tommy, me vengaré de lo que te hizo el de cuarto curso, lo pagará. —susurró Max para que la señora Henderson no lo escuchara.
—¿De qué hablas? —preguntó Tommy frunciendo el ceño.
—Él me dijo lo que te hizo y...
Tommy se levantó de un salto y se dirigió a la puerta.
—¿Qué he dicho? —la mirada de Tommy cambió, volvió a ser frío.
—¡¡No soy ningún crío y mis problemas los resolveré yo!!
—Pero, ¿qué dices?, siempre tuve que defenderte en el recreo de pequeños y ahora no será diferente.
—Esto a ti no te incumbe, ¡¡y yo ya NO soy como antes!!, sé cuidarme solo.
Tommy salió y cerró la puerta, Max puso cara triste.
—Tú ni caso, se nota que te necesita. —dijo la señora Henderson.
Max no dijo nada, se puso colorado y bajó la mirada, pero entonces recordó que Tommy no era el mismo de antes, sí, volvían a ser amigos, pero el recorrido que Tommy tuvo este último año le había cambiado y marcado, y eso no se podía borrar...
Llegó el miércoles y Max fue dado de alta, pero Tommy no fue a verlo, se sintió mal por todo lo que aún estaba pasando, Tommy estaba fatal y muy diferente, ya no era el niño que tenía que ser cuidado por él a la hora de la salida o en los recreos.
Y aunque ahora estaba más receptivo que antes, seguía teniendo cambios de humor bruscos, fruto del daño que sufrió, claro, pero eso era lo que Max más temía, que aunque su amigo lo perdonara, ya nunca nada volvería a ser como antes, aunque Max tenía esperanzas de cambiar eso, y sabía cómo hacerlo, era arriesgado, pero no le quedaba alternativa.
( Continuará... )
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Creado (2010), revisado y editado (2025) por @TomiLobito (Tomás S. Aranda)
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ISBN Code: 9789403630014
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