martes, 12 de agosto de 2025

En los vestuarios — Capítulo 3: El marroquí

 

Capítulo 3 ''El marroquí''

Soufián me invita para jugar a la Play, el juego se nos irá de las manos y apostaremos algo que nos hará traspasar el límite de la amistad.

Esa noche dormí bien, a pesar de lo que acababa de pasar, me había quitado un peso de encima, además, estaba muy cansado y con la rodilla adolorida, me dormí enseguida.

Las clases acabaron por la mañana y salimos al patio, el sol pegaba aún con fuerza a pesar de ser octubre, yo me junté con Soufián, el marroquí e Iván, el gitano.

Entre los dos hacían buen dúo, uno soltaba chistes rápidos, el otro exageraba las reacciones, estaban a su rollo, hablando de videojuegos y peleas de anime.

Yo agradecía eso, que no me preguntasen nada raro, que solo hablasen de cosas normales.

Tío, el capítulo nuevo de Dragon Ball Daima es una fumada. —dijo Iván.

A mí me mola. —respondió Soufián—. Es nostalgia pura, bro, además, Goku nunca pasa de moda.

¿Sabes qué nunca pasa de moda? Cascarse una paja pensando en tu hermana. —dijo Iván.

Todos reímos, yo me reía por fuera, por dentro, me aferraba a ese momento, y como pasa siempre en estos grupos…, de pronto, el tema cambió.

Hablando de tías, ¿te has vuelto a follar a Laura? —soltó Iván, como quien abre una puerta sin tocar.

No, pero ahora me he fijado en Alejandra, la amiga de Sara, está buena ehh. —dijo Soufián, rápido, como si llevara rato guardándose el comentario—. El otro día subió una historia en top blanco…, buah.

¿La rubia? —preguntó Iván—. Está como un tren, loco, además dicen que es muy fácil.

Yo la empotraba con intro de anime y todo. —bromeó Soufián, haciendo el gesto de una pose como si follase.

Rieron, yo…, no sabía qué decir.

Lo típico sería seguir la corriente, soltar un ''buah, qué sí", o reírme más fuerte.

Pero me quedé callado, mirando la gravilla del suelo, Iván se me quedó mirando de reojo.

¿Y tú, Tomi?, ¿No hay ninguna que te mole o qué?, Tienes pinta de callarte nombres, ¿eh? —preguntó Iván, el chico gitanillo.

Me encogí de hombros.

Nah…, no estoy muy en eso ahora mismo.

¿No? Pues hay que estrenarte, loco, no puede ser que aún seas virgen tío. —dijo Iván, dándome un codazo.

Soufián se rió, pero sin mala intención.

Seguro que está pillado por alguna de clase, ¿quizás Esther? —añadió Soufián—. ¿O Raquel? ¿La nueva?

O igual, deberíamos preguntar nombres de chicos… —dijo Iván, levantando una ceja en forma de broma.

Sí, claro, de ti, no te jode. —dije riendo.

Ellos comenzaron a reírse también, dejé que siguieran con sus bromas, yo ya estaba en otro planeta.

Estaban todavía riéndose cuando llegó Marcos, con esa sonrisa suya de siempre, relajada, como si no pasara nada.

Llevaba el pelo revuelto, como si se acabara de levantar, como siempre.

¿Qué pasa, tíos? —dijo mientras se acercaba a nosotros.

¡Al fin te dignas con tu presencia! —le gritó Iván—. ¿Tú qué? ¿También te estás viendo Dragon Ball Daima o estabas ocupado con Sara?

Soltaron carcajadas, Marcos se rió también, más por costumbre que por gracia, Marco me miró, no directamente, pero sí lo suficiente como para notar que yo estaba más frío, más distante, no era como ayer, no era como antes.

¿Qué tal fue la fiesta? —pregunté, sin mirar del todo, fingiendo desinterés, pero por dentro, el corazón me palpitaba como una alarma.

Marcos dudó medio segundo.

Bien, fue guay, había un montón de peña. —respondió primero.

¿Y con Sara? —insistí, esta vez sí lo miré, directo.

Él bajó la mirada, suspiró.

Nos liamos un poco, ya sabes…

No dije nada, solo asentí con la cabeza, como si me importara una mierda.

Los otros dos rieron.

¿Te la has follado? —preguntó Iván.

No tío, eso no, pero nos enrollamos, me la ha chupado. —confesó con una sonrisa.

No jodas, ¿en serio? —Iván flipaba.

Sí chaval, pero no me jodáis, esto queda aquí ehhhh.

¿Pero no decía que ya te la chupaba? —pregunté con sorna.

Nah, si este es un fantasma, pero por fin le comieron la polla. —dijo Soufián.

A mí también, ayer. —dije sin pensar, quería fardar también.

¿Qué dices? ¿Quién? —preguntó Iván incrédulo.

Ehhhhh…, es privado…, no puedo decirlo…

Insistieron, pero me negué, al final pensaron que me lo inventé, casi mejor que piensen eso.

Soufián siguió hablando con Iván, distraídos, lanzando bromas, pero Marcos me miró, solo a mí, sabía que yo me había distanciado tras lo acontecido ayer.

La conversación con Marcos se diluyó entre bromas forzadas y miradas que no llegaban a cruzarse del todo, yo me quedé en silencio el resto del recreo, sintiendo cómo la rabia bajaba despacio, como lava que se enfría, pero que sigue quemando por dentro.

Cuando sonó el timbre y todos regresamos a clase, Soufián habló.

Tomi, Iván, ¿queréis venir a casa a comer?, Luego podemos jugar a la Play.

Uff, paso. —dijo Iván con desgana—. Hoy tengo que hacer recados y tal con mi hermano, anda muy pesado.

Y es que Iván no tiene padres, solo a su hermano mayor, el cual le cuida desde que tiene ocho años, nunca dijo que pasó con sus padres, pero parece que fue un accidente.

Yo no puedo tampoco, tengo que recoger a mi hermano del colegio, ya que mi madre trabaja hasta tarde.

Marcos tenía solo a su madre, su padre se fue a por tabaco y nunca más volvió, tiene un hermano pequeño de once años.

Soufián me miró, encogiéndose de hombros, esperando que yo sí aceptase.

¿Tú qué dices?

Vale, le diré a mi madre, pero no creo que se niegue. —respondí, casi sin pensar, supongo que estar con Soufián me haría la tarde más amena, además, los miércoles no había entrenamiento.

Salimos juntos del instituto, caminamos en silencio al principio, cruzando la calle mientras el sol del mediodía pegaba con fuerza, me gustaba andar con él, no había que llenar cada segundo con palabras y cuando hablaba, lo hacía sin querer impresionar a nadie.

¿Estás bien, bro? —preguntó de repente, mientras esperábamos en el semáforo.

Más o menos.

¿Y eso? ¿Las clases?

No.

¿El equipo?

No, bueno, algo.

¿Tu hermana?

No, nada que ver, es un cúmulo de todo.

Entiendo, bueno, en mi casa te olvidas de todo, lo pasaremos genial.

Seguimos caminando, rumbo a su casa, entre motos aparcadas, ventanas abiertas y olor a panadería en el aire.

La comida en casa de Soufián fue mucho mejor de lo que esperaba, pasta con carne y tomate, recién hecha, de esa que huele a casa de verdad.

Su madre era de las que te sonríen sin hacer preguntas, y te pone más comida aunque digas que ya estás lleno, es una mujer muy alta, según tengo entendido francesa, rubia y piel tostada.

Toma, come, que estar tan delgado a tu edad no es bueno. —me soltó, sonriendo.

Después de comer, subimos a su cuarto, su habitación era un caos, zapatillas por el suelo, pósteres de fútbol del Barcelona en la pared y una estantería llena de juegos de Play.

Todo olía a colonia y desodorante barato, mezcla típica de cuarto de chico, encendió la Play y lanzó un par de mandos sobre la cama.

¿Fifa?

Claro. —dije sin pensar, me apetecía algo simple.

Se sentó a mi lado, cogió el mando con una mano y navegó el menú con soltura.

Yo Barça, como siempre —anunció.

Madrid, claro, si no, no hay gracia.

El primer partido fue rápido, me metió un gol a los pocos minutos y me vaciló durante el resto del partido, me ganó tres a cero.

El segundo fue más igualado, le gané en los penaltis, en el tercero me volvió a ganar, tres a dos, me marcó en el último minuto con Lamine, se quitó la camiseta y lo celebró como si fuese él mismo.

No pude evitar fijarme en su cuerpo, tostado por el sol, estaba marcado, definido, como a mí me gustan, delgado y sin nada de vello, recordé cuando me enseñó su polla depilada, me empecé a calentar.

Íbamos a empezar el cuarto partido, pero Soufián me sonrió de manera sospechosa.

Tío, hay que hacer esto más interesante, vamos a apostar algo para el siguiente.

Le miré, medio riendo.

¿Qué? ¿En serio? Estas cosas siempre acaban en sexo. —dije en broma riendo.

No, algo mejor —respondió, con esa sonrisa traviesa suya—. El que pierda…, se tiene que quitar una prenda, en plan castigo.

Tú ya te quitaste la camiseta. —me reí.

Vale, pues…

¿Qué? ¿Dinero? Solo llevo dos euros encima

Le vi pensativo, sin saber qué proponer.

Ya sé, el que pierda, debe obedecer al otro. —soltó sonriendo.

Sí claro, y me pides una paja…

Me miró con la cara iluminada.

¡Ya sé!, el que pierda, le hace una paja al otro.

¿Estás de coña? No te voy a hacer una paja, Soufián. —aunque por dentro, sí quería.

¿Tienes miedo de perder? —me picó.

Le miré, todavía con la sonrisa puesta, pero por dentro, algo me decía que esa apuesta podía acabar sacando más de lo que parecía.

Va, venga, una paja, ¿eso quieres apostar? —pregunté seguro.

Sí, pero hay que cumplir, si no, adiós amistad. —dijo frotánsose las manos.

Cogí el mando, aceptando la apuesta, y comenzó el partido, notábamos los nervios, ya no nos arriesgábamos tanto en las jugadas, le notaba más concentrado y nervioso.

El ambiente cambió, el calor y la excitación se adueñó del cuarto, solo nos lanzábamos miradas rápidas entre gol y falta.

Soufián marcó gol con Lewandowski y lo celebró saltando y lanzando el mando contra la almohada, se agarró el paquete de manera obscena sonriendo.

La paja que me vas a cascar bro… —dijo volviendo a sentarse.

No ha terminado el partido ehhh, venga.

Y así era, quedaban diez minutos, corrí con mi Vinicius y disparé a puerta, estaba tan nervioso que el balón lo desvié más de la cuenta, él aprovechó que miraba cuanto quedaba y en una contra marcó el segundo con Lamine.

Sííí, ¡Joder sí! —gritó, volvió a lanzar el mando contra la almohada y se sentó en la cama con las piernas abiertas.

Yo dejé el mando a un lado, el partido había terminado, con mi derrota dos a cero, juro que quise ganar, realmente me ponía saber que Soufián podría pajearme, pero el cabrón era muy bueno.

Entonces nos miramos, la tensión había subido, nos callamos, de fondo se escuchaba la música del menú del juego.

Bueno, tienes que cumplir. —dijo Soufián.

Está tu madre abajo…

Nunca sube, y si te preocupa eso, espera.

Se puso en pie, cerró la puerta con cerrojo que tenía en la misma, me miró sonriente, se bajó los pantalones cortos y se acercó hasta mí, de pie.

Yo me senté en el borde de la cama, él separó sus piernas, descalzo, llevaba calcetines negros, algo sudados por el calor de la tarde.

¿Qué esperas? Debes cumplir. —dijo nervioso, me miraba esperando que yo tomase la iniciativa, pero me daba pavor.

Ya tío, pero no es tan fácil… —confesé, y era verdad, estaba muy nervioso, no sé si me iba a atrever, con Marcos tenía más confianza y sentía algo más.

Con Soufián era más frío todo, además, yo sabía que Marcos no se iría de la lengua, en cambio, no podría decirse lo mismo de Soufián, que era un bocas, ya me lo imaginaba fardando mañana en clase.

A ver, supongamos que te la hago…

Supongamos no, tienes que hacérmela.

Ya, vale, te la hago.

Sí.

No le dirás a nadie, ¿no?

A ver…

Entonces no…

Vale, no diré nada…

No, júralo, o no te toco.

Dudó unos instantes, después, afirmó con la cabeza.

Vale joder, no diré nada…

Se acercó más a mí, le miré nervioso, mis manos se posaron en su bóxer, azules oscuros, ajustados, los bajé hasta que saltó su polla, aún no estaba duro.

Pero se notaba ya que se había calentado, suspiré y la sujeté con mi mano derecha, su polla estaba circuncidada, de unos quince centímetros de larga y algo gruesa, más que la de Marcos, era más oscura que su piel.

Comencé a pajearle lentamente, subía y bajaba la piel de su polla, Soufián no dejaba de mirarme, me cogió del pelo y me hizo mirarle, mientras le pajeaba.

Así, sujeto, seguí pajeándole la polla, había una nueva tensión en el aire, como si hubiéramos cruzado un pequeño límite que ninguno sabía bien cómo nombrar.

Y, por alguna razón, yo no quería que terminara tan rápido, pero él movía las caderas, insinuando que acelerara la paja.

Los dos permanecimos callados, pero a diferencia de Marcos, Soufián sí me miraba, de hecho parecía gustarle, como si así dominase más la situación.

Soltó mi cabello y cogió mi mano izquierda, haciendo que le tocara el cuerpo, yo, obediente y sumiso, lo hice, estaba buenísimo, algo sudado, por el calor del día, la situación, todo.

Aceleré la paja, con más fuerza y rapidez, seguí pajeándolo, Soufián comenzó a gemir con más intensidad, miró hacia arriba mordiéndose el labio inferior, volvió a mirarme y sonrió.

Me corro puto, me corro… —suspiró.

Seguí pajeándole y noté como su polla se hinchaba y comenzó a correrse, el primer disparo fue directo a mis labios, el segundo a mi mejilla, me aparté rápido sin dejar de pajearle, varios disparos más a mi brazo.

Ahhh, joder… Soufián se apartó a un lado y se sentó en la cama, tumbándose.

Yo me levanté rápido y me metí a su baño, me miré al espejo, tenía semen del marroquí en mis labios, los cogí con mi mano, me relamí los dedos y me lo tragué.

Me sentía ahora mal, me lavé la cara en el lavabo con agua y también las manos y el brazo de su lefa, me sequé con la toalla de al lado y salí del baño.

Soufián estaba vistiéndose y apagando la consola.

Creo que debo volver ya a casa, se hizo muy tarde. —dije.

Soufián ni me miró, colocaba los mandos en el estante, de espalda, me sentí mal, me hizo sentir mal.

Salí de su cuarto, su madre se despidió de mí y salí a la calle, el frescor de la noche me hizo pegar un escalofrío, de nuevo había hecho algo sucio, y de nuevo me sentí utilizado.

( Continuará... )

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jueves, 17 de julio de 2025

En los vestuarios — Capítulo 2: El entrenador

 

Capítulo 2 ''El entrenador''

Tras lo sucedido en los vestuarios, todo avanza muy rápido, mi relación con Marcos se estrecha, y entra en escena el entrenador, ¿me dejo?

Daba vueltas en la cama como si las sábanas me pesaran, como si cada vez que cerraba los ojos volviera a ese momento en las duchas, a su voz, a su risa, a sus palabras.

En parte me sentí utilizado, Marcos me usó para darse placer, y aunque yo disfruté el momento también me sentía mal, no sé como explicarlo, me jodía.

A la mañana siguiente llegué al instituto con el estómago revuelto, todo me parecía más lento, más ruidoso, como si la vida no supiera que yo quería pasar desapercibido.

Estaba sentado en clase, mochila al lado, sacando el libro de matemáticas, sí, matemáticas a primera hora, hay que ser hijo de perra…

No prestaba atención a nadie, hasta que entró Marcos en clase, íbamos a la misma clase, igual que Soufián.

Llevaba la sudadera que le quedaba siempre un poco grande, la capucha medio puesta, con el pelo despeinado como si ni se hubiese mirado al espejo.

Me miró, directo, sin vacilar, se acercó y se sentó en su sitio, la mesa de delante, yo estaba atrás del todo, a mi lado no se sentaba nadie, bueno, mi mochila.

Marcos se inclinó hacia atrás y me habló.

Tomi. —dijo en voz baja, pero firme—. Tenemos que hablar, es urgente.

Su tono no era de burla ni de superioridad, era serio, más serio que nunca.

Tragué saliva, me encogí un poco en la silla, aún sentía vergüenza por lo que hice ayer en los vestuarios.

¿De qué? —pregunté confuso.

Ya lo verás.

Vale…

¿En el recreo?

Sí, claro…

Vale, en el recreo tras la escuela, ya sabes dónde.

Asentí, no hice más preguntas.

El resto de las clases pasaron como si no estuviera ahí, las palabras del profesor eran un zumbido lejano, y cada página del cuaderno se llenaba de garabatos sin sentido, solo podía pensar en lo que Marcos querría decirme.

Si iba a reírse, si iba a contar algo, si iba a mirarme con esa mezcla de lástima y sorpresa que tanto temía, mi cabeza no paraba, mi estómago estaba en guerra.

Cuando por fin sonó el timbre del recreo, cogí mi bocadillo y mi zumo, salí sin hablar con nadie, fui directo hacia la parte trasera del edificio viejo, donde apenas iban otros alumnos.

Allí siempre había sombra, un par de bancos de piedra y silencio, me senté y esperé.

Y esperé, ya casi me había comido el bocata de queso hasta que lo vi llegar, caminaba con las manos en los bolsillos, esa forma de andar suya, como si el mundo no le pesara, como si lo que pasó ayer fuera solo una anécdota, una risa más.

Ey. —dijo al llegar, con esa sonrisa de seguridad—. Pensé que no vendrías.

Lo miré, no sabía si sonreír también, solo me quedé sentado, esperando que él dijera algo primero, porque esa sonrisa, tan suya, me confundía más que cualquier otra cosa.

Se sentó a mi lado y me quitó el resto del bocata para comérselo él.

Bueno, tú dirás. —dije nervioso.

Escucha. —prosiguió con la boca llena, tragó y continuó—. Lo de ayer, que quiero repetir.

Le miré, confuso, caliente, con dudas, sin entender bien todo, procesando la información.

¿Cómo? —pregunté.

La paja.

¿Qué? —yo alucinaba.

Que me gustó, y te gustó, ¿no?

Sí, pero creí que no eras gay.

No lo soy, pero me gustó la sensación.

¿Y Sara?

Es una estrecha, tío, ni me ha tocado.

Pero si decías que te la chupaba…

Ya…

Vamos, que no.

No, entonces, ¿me haces una paja?

Marcos se sacó la polla ahí mismo y comenzó a pajearse, yo miré flipando, excitado y con miedo de ser pillados.

¡Tío, que nos pueden pillar!

Aquí no viene nunca nadie, lo sabes, va. —me sujetó la mano derecha y la llevó a su polla.

La agarré con firmeza, y comencé a pajearlo, de nuevo, él se echó hacia atrás mirando al cielo, suspirando y gimiendo.

Yo solo seguí pajeándole, mirando su cara de placer, estaba súper caliente, estaba pajeando a mi amigo de nuevo.

Estábamos sentados, en ese rincón tranquilo que siempre parecía apartado del resto del mundo, como si las cosas pudieran decirse más fácil sin tanto ruido alrededor.

Marcos jadeaba de placer, yo, también caliente, comencé a tocarme por encima, su polla, tan dura como siempre, tan rica como siempre, palpitaba en mi mano.

Marcos posó su mano izquierda en mi nuca, sin mirarme, hizo presión para que me inclinase hacia su polla, yo, me dejé llevar y abrí la boca, iba a comerle la polla a mi mejor amigo.

¿Marcos? —una voz lejana se acercaba a nosotros, yo, como un resorte, me levanté de golpe, Marcos, por su parte, hizo lo mismo, subiéndose la ropa deprisa, empecé a toser, casi me desmayo.

Era Sara, con su cabello castaño, liso, con esa coleta alta que parecía calculada para verse, despreocupada de la vida.

La chica que le gustaba a Marcos desde primer año.

Venía con Alejandra, la chica fácil de la escuela, porque así la llamaban todos, aunque a mí siempre me pareció simplemente una tía sin miedo a gustar, e Isabel, que era menos guapa, más torpe, pero con unas tetas que parecían el tema de conversación favorito de los pajilleros de la escuela.

Se acercaron sonriendo, como si no interrumpieran nada, como si este lugar no fuera nuestro, como si no supieran que nos habían roto el momento.

Nos pusimos rectos, nerviosos, como si estuviéramos haciendo algo malo, yo, por lo menos, me sentí pillado, aunque no hiciera nada malo desde mi punto de vista.

Marcos también se quedó callado, un poco tenso, al menos no se dieron cuenta, estaban aún lejos y las ramas del árbol que había detrás de nuestro banco nos ayudó un poco.

¿Qué hacéis aquí? —dijo Sara, mirando a Marcos, ignorándome por completo, esa mirada suya, de superioridad barata, como si yo no existiera.

Y es que desde primer año sufrí bullying de las chicas de mi clase, entre ellas Sara, la odiaba por ello, me llamaban marica, por ser tan delgado y escuálido, por eso me apunté al equipo de fútbol y jugaba tenis los fines de semana.

Para ganar músculo, además pegué un gran estirón a los meses, dejaron de burlarse, pero esos meses los tenía grabados en mi recuerdo.

¿Y bien? Por qué estáis aquí, ¿tan apartados? —insistió la estúpida.

Nada, hablando. —dijo Marcos, rápido, muy rápido, demasiado.

Escucha, vamos a hacer una fiesta en la tarde, en casa de Alex. —dijo Sara, sonriendo con ese tono de niña popular que todo lo consigue—. ¿Te apuntas?

Marcos dudó, me miró un segundo, fue rápido, pero lo vi, la mirada de que prefería a ella, iba a chupársela, pero ahora Sara me iba a robar mi caramelo.

Después volvió a mirarla a ella.

Sí, claro, vale, allí estaré.

Me tragué las palabras, no dije nada, pero dentro, me sentí traicionado, este era nuestro sitio, nuestro momento y ahora parecía que solo había sido una pausa hasta que viniera ella.

¿Puede venir Tomi también? —preguntó Marcos, como quien lanza algo sin mucha esperanza.

Sara frunció el ceño.

¿Tu amigo? —me señaló de forma altiva.

Sí.

No. —respondió, sin pensárselo demasiado—. Es solo para chicos…, ya me entiendes. —añadió, con una risita estúpida que contagió a las otras dos.

Alejandra soltó una carcajada exagerada, e Isabel solo sonrió, como si ni siquiera supiese de qué se reía.

Lo siento, cielo. —dijo Sara, con esa voz condescendiente que me daba ganas de escupirle en las Vans.

Me miró de reojo, con ese desprecio tan suyo, miré a Marcos, esperando que dijera algo más, que insistiera, que me defendiera de verdad.

Pero solo bajó la mirada y eso fue todo, las tres se giraron, riendo entre ellas, alejándose como si nunca hubieran interrumpido nada importante.

Yo me quedé mirando a Marcos, el corazón me latía con fuerza, pero ya no era por nervios, era por rabia.

Tío, pero de que vas, ¿En serio? —solté, con la voz más seca que nunca.

¡¿Qué?! —dijo él, pasándose la mano por el pelo.

Nada, Marcos, nada, supongo que no quieres seguir con lo que hacíamos, ¿verdad?

Se calló.

Muy bien, te costaba una mierda decir ''si no va él, no voy yo'', pero claro…, ella te guiña el ojo y se te olvida todo.

No es tan fácil, joder. —dijo, bajando la voz, mirando hacia donde se habían ido las chicas—. Además, ¿estás celoso? Tío, somos amigos, lo sabes, ¿no? Lo que hacíamos era…

Jugar conmigo, sí Marcos.

No eres justo.

Me callé, quizás tenía razón, yo sabía que Marcos era heterosexual, entonces, ¿por qué me sentía traicionado?

Vale, perdona, tienes razón, lo siento. —dije.

Se hizo un silencio corto, denso, yo di un paso atrás.

Solo espero que lo pases bien en la fiesta. —me giré y me fui, sin mirar atrás.

Las clases terminaron, guardé mis cosas sin hablar con nadie, bajé las escaleras del instituto con la cabeza llena de palabras que no dije y respuestas que no llegaron.

En casa no quise contar nada, ni a mi madre, ni a mi hermana, me encerré en mi cuarto, me puse los cascos y fingí que no pasaba nada, pero pasaba, dentro pasaba de todo.

Cuando llegó la hora del entrenamiento, me vestí en silencio y salí, Soufián me estaba esperando en la esquina, como siempre, de mi misma altura, tostado de piel, con esa forma de hablar tan directa que a veces me hacía reír, con esos ojos oscuros y su nuevo peinado, se hizo un táper fade, lo que se lleva hoy día vamos.

¿Qué pasa, tío? ¿Te noto cansado o desanimado? —dijo dándome una palmada en la espalda.

Nah, estaba tirado en casa. —respondí, sin mucho ánimo, pero disimulando.

Caminamos juntos hasta el campo, como siempre, él hablaba y yo asentía, me venía bien no tener que pensar, no tener que hablar de mí.

Tío, ¿te acuerdas de Laura? —soltó de repente—. La de cuarto curso.

¿Sí? —respondí.

¿Quieres ver el vídeo de nuevo? —sacó otra vez el móvil, esta vez mostró cómo se la follaba, la tenía a cuatro, le sujetaba su cabello largo, anaranjado oscuro, y la nalgueaba con fuerza.

Soltó una carcajada orgulloso, yo sonreí, por reflejo, pero en parte me calentó ver eso.

Envidia, no porque quisiera ser Laura, ni de coña, yo me veo más dándole a Soufián, pero dudo que un chico marroquí se dejase dar, y menos por mí.

Lo que sentía era envidia de que él pudiese fardar y ser sincero, yo, en cambio, tenía que fingir ser hetero y no expresarme, además de seguir virgen, bueno, no del todo, porque el año pasado se la chupé a mi primo.

Pero esa es otra historia.

El caso es que yo no podía ni decir lo que sentía sin que el mundo pareciera venírseme encima.

Qué crack Soufián.—dije, fingiendo admiración.

La verdad es que no me lo esperaba. —siguió—. Pero bueno, ya sabes, las tías por ser marroquí se abren más fácil.

¿En serio? —pregunté con duda, la verdad es que yo creo que más bien era porque Soufián era muy guapo, y estaba bueno, no creo que fuese por su nacionalidad, pero bueno, muchas veces no entiendo a las tías.

Por cierto, tío, mira. —sin más, Soufián se bajó el pantalón y el bóxer, azul oscuro, y me enseñó su pubis, totalmente depilado, me puso a cien ver eso.

¡¿¿Y eso??!

El míster, que me picó y al final me dije, ¿sabes qué?, me depilo, y mira, parece que la tengo más grande. —se sacó la polla con rapidez, y sí, parecía hasta más grande, la miré y creo que se dio cuenta.

Joder, sí, lo parece…

Soltó una sonrisa de satisfacción y llegamos al entrenamiento.

El míster nos esperaba en el campo, con sus brazos cruzados, para que viésemos sus grandes bíceps, y silbato colgando del cuello como siempre, al vernos llegar, soltó su típica pregunta sin siquiera levantar la voz.

¿Y Marcos?

Se fue con su chica. —respondí, casi sin pensarlo—. Tenía una fiesta.

No dije nada más, pero el míster me miró un segundo más de la cuenta, no era tonto, algo debió de notar en mi cara, o en cómo apreté la mandíbula al decirlo.

Vale, pues al lío. —dijo, dejando el tema.

El entrenamiento empezó como todos, yo jugaba como extremo izquierdo, a pesar de ser diestro, iba a pierna cambiada.

Calentamientos, ejercicios, tiros a puerta, me forcé a estar concentrado, a correr más rápido, a olvidarme de todo, pero no funcionaba del todo, las piernas iban por inercia, la cabeza, no.

Durante el partidillo, uno de mis compañeros, Iván, un chico gitano, de piel blanca, cabello oscuro y ojos negros, vino con demasiada fuerza a una entrada tonta, sentí el golpe seco en la pierna y caí de lado.

¡Joder! —grité entre dientes, más por rabia que por dolor.

Me toqué la rodilla derecha, ardía, no estaba rota, pero me había hecho daño, bastante.

¿Estás bien? —preguntó Soufián, corriendo hacia mí.

Sí, sí… —mentí, poniéndome de pie como podía.

Iván se disculpó, el míster pitó el final del entrenamiento poco después, me fui directo al vestuario, cojeando un poco, mientras los demás bromeaban y se quitaban las camisetas para ducharse, yo me senté en un banco, saqué la botella de agua y un poco de betadine del botiquín.

Me eché el líquido sobre la rodilla, aguantando el escozor, el ruido del agua corriendo y las voces en las duchas me rodeaban como un eco lejano.

Y por dentro solo sentía silencio, un silencio que empezaba a doler más que la herida.

El vestuario se fue vaciando poco a poco, risas, toallas mojadas, mochilas cerrándose con prisas, uno a uno se fueron yendo, hasta que solo quedaron un par de ecos y el sonido hueco de la ducha goteando.

Yo seguía en el banco, con la rodilla al aire, roja, con ese escozor que ya no era solo de la herida, escuché pasos, era míster, pensé que ya se había marchado.

Estaba apoyado en la puerta, me miró unos segundos antes de hablar.

¿Te duele mucho?

Negué con la cabeza, aunque me ardía, se acercó sin decir más, se agachó y sacó del botiquín una venda elástica, con manos firmes, pero cuidadosas, me sujetó la pierna y empezó a vendarme la rodilla.

Te ha dado fuerte, pero no es grave. —murmuró—. Mañana quizás te arda más, pero son lances del juego.

Asentí, con una sonrisa apagada.

El silencio volvió, solo él y yo, solo el vendaje, ajustándose alrededor de mi herida, me sentía raro, expuesto, como si supiera algo más.

Tomi. —dijo de pronto, sin levantar la vista—. ¿Por qué te apuntaste al equipo?

¿Qué? —pregunté confuso.

Sí, quiero decir, te gusta el fútbol, sí, pero algo me dice que te apuntaste obligado, a veces te noto que no te lo pasas bien.

No es eso míster…

¿Es por Marcos?

Mi respiración se detuvo medio segundo.

¿Qué… qué cosa? —fingí no entender.

Bueno, no hace falta ser un genio para ver que tienes algo atravesado, chaval.

Lo miré, no sabía si hablar, si confiar.

No es por él… —susurré, bajando la mirada.

El míster se sentó a mi lado, dejando espacio, pero no tanto.

Escucha, no sé lo que pasa exactamente, ni tengo por qué saberlo. —dijo tranquilo—. Pero si algo o alguien te hace daño, aquí estoy, no solo soy entrenador, y no solo estoy en los partidos.

Me mordí el labio, tragué saliva, no dije nada, pero por dentro, esa frase me desarmó un poco.

Yo también fui adolescente como tú ehh, tuve mis dudas, e hice algunas cosas.

Le miré, sorprendido, ¿qué quiso decir?

¿Cosas? —pregunté.

Sí, como tú, con Marcos, ayer.

Me callé, mi corazón empezó a cabalgar como si participase en una carrera sin premio.

Verás, se me olvidó el móvil en la taquilla, al volver, te vi, con Marcos, ojo, no os juzgo, pero me sorprendió, de él, digo, porque sé que es heterosexual.

Yo también lo soy… —mentí.

Ya…, claro…

El míster posó su mano en mi muslo izquierdo, comenzó a subir y me levanté como un resorte.

Tengo que irme, se hace tarde. —dije nervioso.

Perdona, Tomi, no fue mi intención incomodarte, solo quería que sintieras que no estás solo. —dijo alterado.

Noté que se asustó, quizás no esperaba mi reacción.

No, míster, no es eso, es que…

Le miré, ahora yo estaba de pie, él sentado, posó sus manos en mis caderas y me atrajo a él, deslizó sus manos por dentro de mi camiseta, tocando mi piel, le miré con la respiración acelerada, él me devolvió la mirada.

Sus manos comenzaron a bajar mi pantaloncito y el bóxer, dejando a la vista mi polla, sin circuncidar, de trece centímetros exactos, no me sentía orgulloso, pero al no tener vello parecía más grande.

La sujetó con sus dedos gruesos y comenzó a subir y bajar la piel de mi polla, el entrenador, de unos treinta y tres años, cabello corto oscuro, ojos marrones y su barba típica de tres días, estaba ahí, haciéndome una paja.

Yo, me dejé llevar, empecé a gemir y sentí de repente su lengua, miré abajo y solo veía la cabeza del míster pegada a mi entrepierna, me estaba comiendo la polla, la succionaba y la engullía como un profesional.

Nunca me la habían chupado, y era una sensación única, joder, ahora entendía los vídeos porno, su boca me daba un placer indescriptible, nada que ver las pajas.

Mis manos se posaron en su cabeza y apreté con fuerza, como si yo le controlase, pero era él quien dominaba la situación, mis piernas temblaban y por un momento me olvidé de Marcos.

El míster recorría mi polla con su lengua, la sacó de su boca y ahora me lamía los huevos, los metió en su boca y los mordió levemente, no aguantaría más.

Le sujeté e hice que volviera a comerse mi polla, lo hizo con gusto, moví mis caderas al sentir que me corría, apreté su nuca contra mí, mi polla disparó la leche dentro de su boca, que tragó gustoso.

Me quedé sin fuerzas, me drenó la energía con su boca, siguió succionando como si quisiera arrancarme el alma, tras unos segundos más, me soltó, me subí la ropa avergonzado.

Venga, te llevo a casa.

¿Seguro? —pregunté, dudando.

Claro, además, quiero enseñarte a mi chico. —dijo con una sonrisa de orgullo.

Me sacó esa confesión, salimos juntos del vestuario, el sol caía ya, teñía todo de naranja, su coche estaba aparcado cerca de la verja del campo, un Range Rover Sport rojo intenso, limpio, reluciente, con el cristal oscuro y ese brillo arrogante de los coches caros.

¿Qué? ¿Te gusta mi chico?

Ah, ¿el coche? Joder, está guapísimo, que envidia.

Me abrió la puerta del copiloto orgulloso de fardar de semejante cochazo.

El interior olía a cuero nuevo y a colonia masculina, minimalista, potente, como si todo en ese coche estuviera pensado para sentirse importante.

Nos pusimos en marcha, él conducía tranquilo, con una sola mano en el volante, la otra apoyada en la rodilla, por momentos, me lanzaba miradas de reojo, no de esas que juzgan.

Observaba, con atención, con cuidado, yo miraba por la ventana, no sabía qué decir, el silencio era raro, pero no incómodo.

¿Quieres poner música? —preguntó, sin apartar la vista de la carretera.

Negué con la cabeza, no hacía falta, el trayecto no fue largo, cinco minutos, como mucho, pero se sintió diferente, como si por una vez, alguien me llevara sin que yo tuviera que aguantar nada.

Al llegar a la puerta de mi casa, frenó despacio.

Tomi. —dijo, antes de que bajara—. Sobre lo de antes…

No pasa nada, lo pasé bien. —confesé.

Le notaba preocupado, no sé si porque pensó que yo diría algo, o si pensó que no quería, pero ni lo uno ni lo otro, no iba a decir nada, y lo disfruté.

Ah, vale, bueno, me alegro, oye, si alguna vez necesitas algo, sabes dónde estoy. —dijo serio.

Bueno, habría que hablar de la capitanía, creo que me la he ganado. —dije con una sonrisa sacando la lengua, cerré la puerta de su coche sin mirar atrás y me metí en casa, miré por la ventana, arrancó el coche y se fue.

( Continuará... )

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