jueves, 17 de julio de 2025

En los vestuarios — Capítulo 2: El entrenador

 

Capítulo 2 ''El entrenador''

Tras lo sucedido en los vestuarios, todo avanza muy rápido, mi relación con Marcos se estrecha, y entra en escena el entrenador, ¿me dejo?

Daba vueltas en la cama como si las sábanas me pesaran, como si cada vez que cerraba los ojos volviera a ese momento en las duchas, a su voz, a su risa, a sus palabras.

En parte me sentí utilizado, Marcos me usó para darse placer, y aunque yo disfruté el momento también me sentía mal, no sé como explicarlo, me jodía.

A la mañana siguiente llegué al instituto con el estómago revuelto, todo me parecía más lento, más ruidoso, como si la vida no supiera que yo quería pasar desapercibido.

Estaba sentado en clase, mochila al lado, sacando el libro de matemáticas, sí, matemáticas a primera hora, hay que ser hijo de perra…

No prestaba atención a nadie, hasta que entró Marcos en clase, íbamos a la misma clase, igual que Soufián.

Llevaba la sudadera que le quedaba siempre un poco grande, la capucha medio puesta, con el pelo despeinado como si ni se hubiese mirado al espejo.

Me miró, directo, sin vacilar, se acercó y se sentó en su sitio, la mesa de delante, yo estaba atrás del todo, a mi lado no se sentaba nadie, bueno, mi mochila.

Marcos se inclinó hacia atrás y me habló.

Tomi. —dijo en voz baja, pero firme—. Tenemos que hablar, es urgente.

Su tono no era de burla ni de superioridad, era serio, más serio que nunca.

Tragué saliva, me encogí un poco en la silla, aún sentía vergüenza por lo que hice ayer en los vestuarios.

¿De qué? —pregunté confuso.

Ya lo verás.

Vale…

¿En el recreo?

Sí, claro…

Vale, en el recreo tras la escuela, ya sabes dónde.

Asentí, no hice más preguntas.

El resto de las clases pasaron como si no estuviera ahí, las palabras del profesor eran un zumbido lejano, y cada página del cuaderno se llenaba de garabatos sin sentido, solo podía pensar en lo que Marcos querría decirme.

Si iba a reírse, si iba a contar algo, si iba a mirarme con esa mezcla de lástima y sorpresa que tanto temía, mi cabeza no paraba, mi estómago estaba en guerra.

Cuando por fin sonó el timbre del recreo, cogí mi bocadillo y mi zumo, salí sin hablar con nadie, fui directo hacia la parte trasera del edificio viejo, donde apenas iban otros alumnos.

Allí siempre había sombra, un par de bancos de piedra y silencio, me senté y esperé.

Y esperé, ya casi me había comido el bocata de queso hasta que lo vi llegar, caminaba con las manos en los bolsillos, esa forma de andar suya, como si el mundo no le pesara, como si lo que pasó ayer fuera solo una anécdota, una risa más.

Ey. —dijo al llegar, con esa sonrisa de seguridad—. Pensé que no vendrías.

Lo miré, no sabía si sonreír también, solo me quedé sentado, esperando que él dijera algo primero, porque esa sonrisa, tan suya, me confundía más que cualquier otra cosa.

Se sentó a mi lado y me quitó el resto del bocata para comérselo él.

Bueno, tú dirás. —dije nervioso.

Escucha. —prosiguió con la boca llena, tragó y continuó—. Lo de ayer, que quiero repetir.

Le miré, confuso, caliente, con dudas, sin entender bien todo, procesando la información.

¿Cómo? —pregunté.

La paja.

¿Qué? —yo alucinaba.

Que me gustó, y te gustó, ¿no?

Sí, pero creí que no eras gay.

No lo soy, pero me gustó la sensación.

¿Y Sara?

Es una estrecha, tío, ni me ha tocado.

Pero si decías que te la chupaba…

Ya…

Vamos, que no.

No, entonces, ¿me haces una paja?

Marcos se sacó la polla ahí mismo y comenzó a pajearse, yo miré flipando, excitado y con miedo de ser pillados.

¡Tío, que nos pueden pillar!

Aquí no viene nunca nadie, lo sabes, va. —me sujetó la mano derecha y la llevó a su polla.

La agarré con firmeza, y comencé a pajearlo, de nuevo, él se echó hacia atrás mirando al cielo, suspirando y gimiendo.

Yo solo seguí pajeándole, mirando su cara de placer, estaba súper caliente, estaba pajeando a mi amigo de nuevo.

Estábamos sentados, en ese rincón tranquilo que siempre parecía apartado del resto del mundo, como si las cosas pudieran decirse más fácil sin tanto ruido alrededor.

Marcos jadeaba de placer, yo, también caliente, comencé a tocarme por encima, su polla, tan dura como siempre, tan rica como siempre, palpitaba en mi mano.

Marcos posó su mano izquierda en mi nuca, sin mirarme, hizo presión para que me inclinase hacia su polla, yo, me dejé llevar y abrí la boca, iba a comerle la polla a mi mejor amigo.

¿Marcos? —una voz lejana se acercaba a nosotros, yo, como un resorte, me levanté de golpe, Marcos, por su parte, hizo lo mismo, subiéndose la ropa deprisa, empecé a toser, casi me desmayo.

Era Sara, con su cabello castaño, liso, con esa coleta alta que parecía calculada para verse, despreocupada de la vida.

La chica que le gustaba a Marcos desde primer año.

Venía con Alejandra, la chica fácil de la escuela, porque así la llamaban todos, aunque a mí siempre me pareció simplemente una tía sin miedo a gustar, e Isabel, que era menos guapa, más torpe, pero con unas tetas que parecían el tema de conversación favorito de los pajilleros de la escuela.

Se acercaron sonriendo, como si no interrumpieran nada, como si este lugar no fuera nuestro, como si no supieran que nos habían roto el momento.

Nos pusimos rectos, nerviosos, como si estuviéramos haciendo algo malo, yo, por lo menos, me sentí pillado, aunque no hiciera nada malo desde mi punto de vista.

Marcos también se quedó callado, un poco tenso, al menos no se dieron cuenta, estaban aún lejos y las ramas del árbol que había detrás de nuestro banco nos ayudó un poco.

¿Qué hacéis aquí? —dijo Sara, mirando a Marcos, ignorándome por completo, esa mirada suya, de superioridad barata, como si yo no existiera.

Y es que desde primer año sufrí bullying de las chicas de mi clase, entre ellas Sara, la odiaba por ello, me llamaban marica, por ser tan delgado y escuálido, por eso me apunté al equipo de fútbol y jugaba tenis los fines de semana.

Para ganar músculo, además pegué un gran estirón a los meses, dejaron de burlarse, pero esos meses los tenía grabados en mi recuerdo.

¿Y bien? Por qué estáis aquí, ¿tan apartados? —insistió la estúpida.

Nada, hablando. —dijo Marcos, rápido, muy rápido, demasiado.

Escucha, vamos a hacer una fiesta en la tarde, en casa de Alex. —dijo Sara, sonriendo con ese tono de niña popular que todo lo consigue—. ¿Te apuntas?

Marcos dudó, me miró un segundo, fue rápido, pero lo vi, la mirada de que prefería a ella, iba a chupársela, pero ahora Sara me iba a robar mi caramelo.

Después volvió a mirarla a ella.

Sí, claro, vale, allí estaré.

Me tragué las palabras, no dije nada, pero dentro, me sentí traicionado, este era nuestro sitio, nuestro momento y ahora parecía que solo había sido una pausa hasta que viniera ella.

¿Puede venir Tomi también? —preguntó Marcos, como quien lanza algo sin mucha esperanza.

Sara frunció el ceño.

¿Tu amigo? —me señaló de forma altiva.

Sí.

No. —respondió, sin pensárselo demasiado—. Es solo para chicos…, ya me entiendes. —añadió, con una risita estúpida que contagió a las otras dos.

Alejandra soltó una carcajada exagerada, e Isabel solo sonrió, como si ni siquiera supiese de qué se reía.

Lo siento, cielo. —dijo Sara, con esa voz condescendiente que me daba ganas de escupirle en las Vans.

Me miró de reojo, con ese desprecio tan suyo, miré a Marcos, esperando que dijera algo más, que insistiera, que me defendiera de verdad.

Pero solo bajó la mirada y eso fue todo, las tres se giraron, riendo entre ellas, alejándose como si nunca hubieran interrumpido nada importante.

Yo me quedé mirando a Marcos, el corazón me latía con fuerza, pero ya no era por nervios, era por rabia.

Tío, pero de que vas, ¿En serio? —solté, con la voz más seca que nunca.

¡¿Qué?! —dijo él, pasándose la mano por el pelo.

Nada, Marcos, nada, supongo que no quieres seguir con lo que hacíamos, ¿verdad?

Se calló.

Muy bien, te costaba una mierda decir ''si no va él, no voy yo'', pero claro…, ella te guiña el ojo y se te olvida todo.

No es tan fácil, joder. —dijo, bajando la voz, mirando hacia donde se habían ido las chicas—. Además, ¿estás celoso? Tío, somos amigos, lo sabes, ¿no? Lo que hacíamos era…

Jugar conmigo, sí Marcos.

No eres justo.

Me callé, quizás tenía razón, yo sabía que Marcos era heterosexual, entonces, ¿por qué me sentía traicionado?

Vale, perdona, tienes razón, lo siento. —dije.

Se hizo un silencio corto, denso, yo di un paso atrás.

Solo espero que lo pases bien en la fiesta. —me giré y me fui, sin mirar atrás.

Las clases terminaron, guardé mis cosas sin hablar con nadie, bajé las escaleras del instituto con la cabeza llena de palabras que no dije y respuestas que no llegaron.

En casa no quise contar nada, ni a mi madre, ni a mi hermana, me encerré en mi cuarto, me puse los cascos y fingí que no pasaba nada, pero pasaba, dentro pasaba de todo.

Cuando llegó la hora del entrenamiento, me vestí en silencio y salí, Soufián me estaba esperando en la esquina, como siempre, de mi misma altura, tostado de piel, con esa forma de hablar tan directa que a veces me hacía reír, con esos ojos oscuros y su nuevo peinado, se hizo un táper fade, lo que se lleva hoy día vamos.

¿Qué pasa, tío? ¿Te noto cansado o desanimado? —dijo dándome una palmada en la espalda.

Nah, estaba tirado en casa. —respondí, sin mucho ánimo, pero disimulando.

Caminamos juntos hasta el campo, como siempre, él hablaba y yo asentía, me venía bien no tener que pensar, no tener que hablar de mí.

Tío, ¿te acuerdas de Laura? —soltó de repente—. La de cuarto curso.

¿Sí? —respondí.

¿Quieres ver el vídeo de nuevo? —sacó otra vez el móvil, esta vez mostró cómo se la follaba, la tenía a cuatro, le sujetaba su cabello largo, anaranjado oscuro, y la nalgueaba con fuerza.

Soltó una carcajada orgulloso, yo sonreí, por reflejo, pero en parte me calentó ver eso.

Envidia, no porque quisiera ser Laura, ni de coña, yo me veo más dándole a Soufián, pero dudo que un chico marroquí se dejase dar, y menos por mí.

Lo que sentía era envidia de que él pudiese fardar y ser sincero, yo, en cambio, tenía que fingir ser hetero y no expresarme, además de seguir virgen, bueno, no del todo, porque el año pasado se la chupé a mi primo.

Pero esa es otra historia.

El caso es que yo no podía ni decir lo que sentía sin que el mundo pareciera venírseme encima.

Qué crack Soufián.—dije, fingiendo admiración.

La verdad es que no me lo esperaba. —siguió—. Pero bueno, ya sabes, las tías por ser marroquí se abren más fácil.

¿En serio? —pregunté con duda, la verdad es que yo creo que más bien era porque Soufián era muy guapo, y estaba bueno, no creo que fuese por su nacionalidad, pero bueno, muchas veces no entiendo a las tías.

Por cierto, tío, mira. —sin más, Soufián se bajó el pantalón y el bóxer, azul oscuro, y me enseñó su pubis, totalmente depilado, me puso a cien ver eso.

¡¿¿Y eso??!

El míster, que me picó y al final me dije, ¿sabes qué?, me depilo, y mira, parece que la tengo más grande. —se sacó la polla con rapidez, y sí, parecía hasta más grande, la miré y creo que se dio cuenta.

Joder, sí, lo parece…

Soltó una sonrisa de satisfacción y llegamos al entrenamiento.

El míster nos esperaba en el campo, con sus brazos cruzados, para que viésemos sus grandes bíceps, y silbato colgando del cuello como siempre, al vernos llegar, soltó su típica pregunta sin siquiera levantar la voz.

¿Y Marcos?

Se fue con su chica. —respondí, casi sin pensarlo—. Tenía una fiesta.

No dije nada más, pero el míster me miró un segundo más de la cuenta, no era tonto, algo debió de notar en mi cara, o en cómo apreté la mandíbula al decirlo.

Vale, pues al lío. —dijo, dejando el tema.

El entrenamiento empezó como todos, yo jugaba como extremo izquierdo, a pesar de ser diestro, iba a pierna cambiada.

Calentamientos, ejercicios, tiros a puerta, me forcé a estar concentrado, a correr más rápido, a olvidarme de todo, pero no funcionaba del todo, las piernas iban por inercia, la cabeza, no.

Durante el partidillo, uno de mis compañeros, Iván, un chico gitano, de piel blanca, cabello oscuro y ojos negros, vino con demasiada fuerza a una entrada tonta, sentí el golpe seco en la pierna y caí de lado.

¡Joder! —grité entre dientes, más por rabia que por dolor.

Me toqué la rodilla derecha, ardía, no estaba rota, pero me había hecho daño, bastante.

¿Estás bien? —preguntó Soufián, corriendo hacia mí.

Sí, sí… —mentí, poniéndome de pie como podía.

Iván se disculpó, el míster pitó el final del entrenamiento poco después, me fui directo al vestuario, cojeando un poco, mientras los demás bromeaban y se quitaban las camisetas para ducharse, yo me senté en un banco, saqué la botella de agua y un poco de betadine del botiquín.

Me eché el líquido sobre la rodilla, aguantando el escozor, el ruido del agua corriendo y las voces en las duchas me rodeaban como un eco lejano.

Y por dentro solo sentía silencio, un silencio que empezaba a doler más que la herida.

El vestuario se fue vaciando poco a poco, risas, toallas mojadas, mochilas cerrándose con prisas, uno a uno se fueron yendo, hasta que solo quedaron un par de ecos y el sonido hueco de la ducha goteando.

Yo seguía en el banco, con la rodilla al aire, roja, con ese escozor que ya no era solo de la herida, escuché pasos, era míster, pensé que ya se había marchado.

Estaba apoyado en la puerta, me miró unos segundos antes de hablar.

¿Te duele mucho?

Negué con la cabeza, aunque me ardía, se acercó sin decir más, se agachó y sacó del botiquín una venda elástica, con manos firmes, pero cuidadosas, me sujetó la pierna y empezó a vendarme la rodilla.

Te ha dado fuerte, pero no es grave. —murmuró—. Mañana quizás te arda más, pero son lances del juego.

Asentí, con una sonrisa apagada.

El silencio volvió, solo él y yo, solo el vendaje, ajustándose alrededor de mi herida, me sentía raro, expuesto, como si supiera algo más.

Tomi. —dijo de pronto, sin levantar la vista—. ¿Por qué te apuntaste al equipo?

¿Qué? —pregunté confuso.

Sí, quiero decir, te gusta el fútbol, sí, pero algo me dice que te apuntaste obligado, a veces te noto que no te lo pasas bien.

No es eso míster…

¿Es por Marcos?

Mi respiración se detuvo medio segundo.

¿Qué… qué cosa? —fingí no entender.

Bueno, no hace falta ser un genio para ver que tienes algo atravesado, chaval.

Lo miré, no sabía si hablar, si confiar.

No es por él… —susurré, bajando la mirada.

El míster se sentó a mi lado, dejando espacio, pero no tanto.

Escucha, no sé lo que pasa exactamente, ni tengo por qué saberlo. —dijo tranquilo—. Pero si algo o alguien te hace daño, aquí estoy, no solo soy entrenador, y no solo estoy en los partidos.

Me mordí el labio, tragué saliva, no dije nada, pero por dentro, esa frase me desarmó un poco.

Yo también fui adolescente como tú ehh, tuve mis dudas, e hice algunas cosas.

Le miré, sorprendido, ¿qué quiso decir?

¿Cosas? —pregunté.

Sí, como tú, con Marcos, ayer.

Me callé, mi corazón empezó a cabalgar como si participase en una carrera sin premio.

Verás, se me olvidó el móvil en la taquilla, al volver, te vi, con Marcos, ojo, no os juzgo, pero me sorprendió, de él, digo, porque sé que es heterosexual.

Yo también lo soy… —mentí.

Ya…, claro…

El míster posó su mano en mi muslo izquierdo, comenzó a subir y me levanté como un resorte.

Tengo que irme, se hace tarde. —dije nervioso.

Perdona, Tomi, no fue mi intención incomodarte, solo quería que sintieras que no estás solo. —dijo alterado.

Noté que se asustó, quizás no esperaba mi reacción.

No, míster, no es eso, es que…

Le miré, ahora yo estaba de pie, él sentado, posó sus manos en mis caderas y me atrajo a él, deslizó sus manos por dentro de mi camiseta, tocando mi piel, le miré con la respiración acelerada, él me devolvió la mirada.

Sus manos comenzaron a bajar mi pantaloncito y el bóxer, dejando a la vista mi polla, sin circuncidar, de trece centímetros exactos, no me sentía orgulloso, pero al no tener vello parecía más grande.

La sujetó con sus dedos gruesos y comenzó a subir y bajar la piel de mi polla, el entrenador, de unos treinta y tres años, cabello corto oscuro, ojos marrones y su barba típica de tres días, estaba ahí, haciéndome una paja.

Yo, me dejé llevar, empecé a gemir y sentí de repente su lengua, miré abajo y solo veía la cabeza del míster pegada a mi entrepierna, me estaba comiendo la polla, la succionaba y la engullía como un profesional.

Nunca me la habían chupado, y era una sensación única, joder, ahora entendía los vídeos porno, su boca me daba un placer indescriptible, nada que ver las pajas.

Mis manos se posaron en su cabeza y apreté con fuerza, como si yo le controlase, pero era él quien dominaba la situación, mis piernas temblaban y por un momento me olvidé de Marcos.

El míster recorría mi polla con su lengua, la sacó de su boca y ahora me lamía los huevos, los metió en su boca y los mordió levemente, no aguantaría más.

Le sujeté e hice que volviera a comerse mi polla, lo hizo con gusto, moví mis caderas al sentir que me corría, apreté su nuca contra mí, mi polla disparó la leche dentro de su boca, que tragó gustoso.

Me quedé sin fuerzas, me drenó la energía con su boca, siguió succionando como si quisiera arrancarme el alma, tras unos segundos más, me soltó, me subí la ropa avergonzado.

Venga, te llevo a casa.

¿Seguro? —pregunté, dudando.

Claro, además, quiero enseñarte a mi chico. —dijo con una sonrisa de orgullo.

Me sacó esa confesión, salimos juntos del vestuario, el sol caía ya, teñía todo de naranja, su coche estaba aparcado cerca de la verja del campo, un Range Rover Sport rojo intenso, limpio, reluciente, con el cristal oscuro y ese brillo arrogante de los coches caros.

¿Qué? ¿Te gusta mi chico?

Ah, ¿el coche? Joder, está guapísimo, que envidia.

Me abrió la puerta del copiloto orgulloso de fardar de semejante cochazo.

El interior olía a cuero nuevo y a colonia masculina, minimalista, potente, como si todo en ese coche estuviera pensado para sentirse importante.

Nos pusimos en marcha, él conducía tranquilo, con una sola mano en el volante, la otra apoyada en la rodilla, por momentos, me lanzaba miradas de reojo, no de esas que juzgan.

Observaba, con atención, con cuidado, yo miraba por la ventana, no sabía qué decir, el silencio era raro, pero no incómodo.

¿Quieres poner música? —preguntó, sin apartar la vista de la carretera.

Negué con la cabeza, no hacía falta, el trayecto no fue largo, cinco minutos, como mucho, pero se sintió diferente, como si por una vez, alguien me llevara sin que yo tuviera que aguantar nada.

Al llegar a la puerta de mi casa, frenó despacio.

Tomi. —dijo, antes de que bajara—. Sobre lo de antes…

No pasa nada, lo pasé bien. —confesé.

Le notaba preocupado, no sé si porque pensó que yo diría algo, o si pensó que no quería, pero ni lo uno ni lo otro, no iba a decir nada, y lo disfruté.

Ah, vale, bueno, me alegro, oye, si alguna vez necesitas algo, sabes dónde estoy. —dijo serio.

Bueno, habría que hablar de la capitanía, creo que me la he ganado. —dije con una sonrisa sacando la lengua, cerré la puerta de su coche sin mirar atrás y me metí en casa, miré por la ventana, arrancó el coche y se fue.

( Continuará... )

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