viernes, 17 de octubre de 2025

En los vestuarios — Capítulo 5: El hermanito de Marcos

 

Capítulo 5 ''El hermanito de Marcos''

El hermanito de Marcos, Hugo, nos pilla en plena mamada, al día siguiente se presenta en mi casa, quiere que le ayude, quiere lo mismo que su hermano, una buena mamada.

El viernes amaneció con cielo despejado, pero el frío seguía ahí, colándose por el cuello de la sudadera y pegándose a la piel.

Caminé hasta el insti como cada día, con la mochila medio abierta, los cascos puestos sin música, y esa sensación de que todo estaba igual, pero yo ya no.

En clase, Marcos me trató con normalidad, como si lo del cuarto nunca hubiera pasado, como si su hermano no nos hubiera interrumpido, como si no me hubiera dejado chuparle la polla, ni me hubiera mirado con esos ojos mientras lo hacía y le tocaba su hermoso cuerpo.

Durante las dos primeras horas, hablamos con los demás, nos reímos de un vídeo que Iván enseñó en el móvil, jugamos a ser los de siempre.

Cuando llegó el recreo, salimos todos juntos al patio, el cielo estaba limpio, azul claro, pero el aire te cortaba las manos si no las guardabas en los bolsillos.

Estábamos apoyados en la barandilla, Iván y Soufián discutiendo sobre qué hamburguesería era mejor para ir este domingo, cuando Sara apareció al fondo del patio, como si el viento la empujara en cámara lenta.

Iba con su abrigo de marca, el pelo castaño suelto y esa sonrisa suya que siempre parecía saber algo que nadie más sabía, se acercó directo a Marcos, sin mirar a nadie más.

¿Te vienes un rato? —le dijo, tocándole el brazo como si ya fuera suyo.

Él dudó un segundo, y luego asintió.

Sí, voy.

Sara le agarró del brazo, se lo llevó con ella entre risas tontas y pasos lentos, nosotros nos quedamos mirando desde lejos, sin decir nada.

A lo lejos, los vimos tontear, ella se le apoyaba en el hombro, le pasaba el brazo por la cintura, le hablaba muy cerca, él se reía, no se apartaba.

Esta tía va a ir directa al infierno. —murmuró Iván, medio riendo.

O a su cama. —añadió Soufián, sin maldad, como quien dice algo que todos piensan.

Yo no dije nada, no podía, solo miré cómo se alejaban, cómo ella lo tenía sin haber hecho nada más que aparecer.

Y yo, que había estado tan cerca, ahora estaba más lejos que nunca.

Seguíamos apoyados en la barandilla, viendo cómo Sara y Marcos se perdían entre los pasillos del patio, Iván escupió al suelo, como haciendo tiempo, y luego habló.

Bueno, a este ya lo hemos perdido.

Soufián se estiró los hombros, dándole un poco igual.

¿Sabéis quién me ha vuelto a hablar? —preguntó, mirando al cielo como si no fuera importante—. Laura.

Iván se giró enseguida.

¿La pelirroja de cuarto?

Sí, esa misma. —respondió Soufián, sonriendo con media cara—. La de las uñas largas y las piernas eternas, la que se lió conmigo, ¿os acordáis?

¿Cómo voy a olvidarla? —dijo Iván, con cara de "qué cabrón"—. ¿Te la vas a follar otra vez?

Bueno, tiene pinta, sí. —soltó, como si fuera lo más normal del mundo.

Se rieron los dos, como si hablaran de una partida del Fifa, yo apreté los labios, sonriendo por fuera, por dentro…, sentí el vacío de siempre, el tipo de conversación en la que no encajaba, pero en la que tenía que quedarme.

Porque si me iba, se notaba, y si me quedaba callado, también.

¿Y qué vais a hacer? —preguntó Iván, animado.

Soufián se encogió de hombros.

Quedaremos el sábado, quiere enseñarme no sé qué.

Vamos, que quiere polla.

Sí, y me he depilado, mira. —Soufián volvió a enseñar su pubis vigilando que nadie más nos viese.

Joder cabrón, menuda polla, la harás gozar como perra. —dijo Iván sonriendo, se le notaba cierta envidia.

Eso intentaré, jaja. —Soufián me miró, se volvió aguardar su herramienta y me habló—. ¿Y tú? Tomi, ¿cuándo te estrenas tío?

No sé, ninguna tía me da bola. —dije, en parte así era.

¿Y algún chico? —soltó con una mirada picantona.

Le miré un poco enfadado y sorprendido, entonces comenzó a reír, Iván, ajeno a todo, también rió.

Tienes una suerte… —dijo Iván, continuando con la conversación—. Yo ya es que me da igual la tía, quiero una mamada, saber que se siente tío.

¿Y si se te ofrece un chico? —preguntó Soufián, que luego me miró arqueando las cejas.

Iván, ajeno al doble sentido que tuvo esa pregunta se quedó pensativo.

No sé, ¿te refieres un gay?

Bueno, no tiene por qué ser gay, quizás un chico que quiere experimentar, ¿te dejabas? Curiosidad. —dijo Soufián.

Iván observó al marroquí, pensativo.

Pufff, no sé, depende de cuanto de caliente esté, y qué chico, si es feo no. —confesó riendo.

A ver lelo, ¿qué más te da?, digo, no sería tu novio ni un rollo, te la chupa y listo. —insistió Soufián.

Pues no sé, puede, quizás, ¿y tú?, ¿te dejabas? —preguntó el gitanillo.

Ah sí, a mí me importa si es chico o chica, digo, es una boca, si solo es eso, chupármela y se pira, cojonudo, descargo y gratis jajaja.

Soufián me miró y volvió a arquear sus cejas al verme, yo, me calenté, esa confesión no me la esperaba, estaba duro.

¿Y tú? ¿Tú te dejabas Tomi? —me preguntó Iván.

No sé, yo ya con tal de perder la virginidad, es que me da igual ya.

Los dos rieron.

Va, tío no seas negativo, verás que este año te desvirgas. —me animó Iván con su mano en mi hombro, y tenía razón, este año sería desvirgado…

Terminaron las clases y el camino a casa fue rápido, Iba con la capucha puesta, los auriculares metidos sin música, solo para evitar tener que saludar a nadie más.

Al doblar la esquina y llegar a mi calle, vi a Hugo, estaba sentado en el borde del porche de mi casa, con su mochila de Mickey Mouse roja colgando floja del hombro y los pies colgando sobre el primer escalón.

Me detuve a unos metros, confundido, ¿Qué hacía ahí? Solo y esa hora.

Me acerqué despacio, como si se tratara de un animal asustado.

¿Hugo? —pregunté con cuidado—. ¿Qué haces aquí?

Él no contestó, miraba al suelo, con las manos enredadas en las correas de la mochila, tenía el rostro tenso, serio, como si estuviera aguantando algo.

¿Estás bien? —insistí, ahora más cerca.

Nada, ni una palabra, solo ese nerviosismo, esa forma de respirar como si hubiese corrido o llorado, o ambas.

Me agaché frente a él, manteniendo algo de distancia, no entendía nada y me daba miedo entender.

¿Te ha pasado algo? ¿Dónde está tu madre o Marcos?

Hugo me miró de reojo, rápido, como si esa pregunta le hubiese dolido un poco, luego volvió a bajar la cabeza, tragué saliva.

Sabía que no estaba allí por casualidad, sabía que algo había visto ayer, y ahora estaba aquí, solo, conmigo, y no decía nada.

Me quedé en silencio, agachado frente a él, esperando que hablara, saqué el móvil para llamar a su hermano Marcos, entonces habló.

Sé lo que hacías tú y Marcos ayer. —dijo, bajito, sin levantar la cabeza.

Sentí que me arrancaban el aire del pecho, mi cuerpo se tensó, los oídos me zumbaban.

¿Qué…, qué dices? —balbuceé.

Hugo levantó un poco la mirada, tenía los ojos brillantes, pero no parecía asustado, parecía muy seguro de lo que había visto.

Antes de entrar, me quedé en la puerta, miré. —Su voz era baja, pero firme—. Tus manos estaban en su cuerpo, y tú estabas…, chupando su…

Me quedé congelado, lo había visto todo.

Y no era como un juego, se notaba. —terminó de decir.

Tragué saliva, me giré a mirar la calle, estaba vacía, solo nosotros dos, pero sentía que alguien más nos estaba escuchando, aunque no fuera real.

No es lo que parece, la mente a veces te hace ver algo que no… —dije, intentando sonreír—. Solo estábamos de broma, entre amigos, Marcos y yo siempre hacemos el tonto, no era nada raro, ¿vale?

Hugo negó con la cabeza, despacio.

No me pareció una broma. —respondió—. Marcos estaba rojo y tú también, además, vi tu boca, tus labios, blancos.

Sentí que me ardía la cara, el cuello, las orejas.

Hugo, escúchame… —intenté calmarlo—. No lo entiendes, es complicado, nadie hizo nada malo, ¿vale?

Mi hermano, ¿es gay? —preguntó, mirándome a los ojos.

¿¡Qué!? No, no Hugo, solo…, mira, solo experimentábamos, ¿vale? Tu hermano es heterosexual, te lo juro, le gustan las chicas, si tiene novia, Sara…

Intentaba excusarme, darle explicaciones, me quería morir, me sentía desfallecer.

Se lo voy a decir a mi mamá. —dijo, de golpe, sin rabia, como quien dice que va a hacer lo que cree correcto.

No, por favor. —respondí enseguida, sin pensar—. No fue nada malo, no era lo que tú piensas, de verdad, solo fue un momento tonto, un juego, nada más.

Iba a llorar, se dio cuenta, me faltaba el aire, él tenía el temple serio.

Hugo, por favor, no me encuentro bien, no digas nada, por favor…

Nos quedamos en silencio, él me miraba, yo me rompía por dentro.

¿Solo jugabais, lo prometes? —preguntó, aún dudando.

Asentí, aunque me dolía la garganta de hacerlo.

Lo prometo, no pasó nada, solo fue un juego estúpido, una broma idiota, no pasó nada más, solo fue eso, un juego, que no se repetirá nunca más, porque somos amigos.

Y ahí, en ese porche, en pleno otoño, con el suelo aún mojado de la lluvia de ayer…, mentí.

Mentí para proteger a Marcos, para protegerme a mí y porque no sabía cómo explicarle a un chaval de sexto de primaria lo que ni yo mismo entendía del todo.

Hugo se quedó un rato callado después de mi promesa, me miraba con esa seriedad que tienen los chavalines cuando se sienten parte de algo importante, aunque no entiendan del todo qué es.

¿Te puedo preguntar cosas? —dijo de pronto, bajando la mirada.

¿Qué cosas?

De eso, de…, chicas, de amor, de…, esas cosas.

Me pilló totalmente fuera de juego.

¿Yo? ¿Por qué a mí? Digo, tienes un hermano mayor, ¿mejor él no?

Marcos nunca me dice nada, se ríe, cambia de tema o me dice que soy muy pequeño, pero tú…, no me tratas como un idiota.

Me quedé callado, no sabía qué responder, quería decirle que yo tampoco sabía mucho, que mi cabeza era un lío, que no tenía respuestas.

Pero su forma de mirarme era tan seria, tan llena de confianza, que no supe negarme.

Vale…, pero no prometo nada. —le dije, casi sonriendo.

¿Puedo entrar?

Asentí, y abrí la puerta.

Subimos a mi cuarto, mi madre aún no llegó a casa, solía hacerlo por la tarde, Hugo entró con esa mezcla de timidez y curiosidad típica de los chavales en casa ajena, se quedó parado en el marco, mirando a su alrededor.

Y entonces vio la caja de mis cromos de Digimon sobre la estantería.

¿Eso qué es?

Cromos, de cuando era más pequeño. —respondí—. De Digimon, ¿Te suena?

Se acercó enseguida, cogió la caja como si fuera un tesoro.

¡Mi profe de inglés tiene una camiseta con este bicho! —señaló a Agumon, con una sonrisa enorme.

Es Agumon, aunque mi favorito es este. —le dije, señalándole a Gabumon—. Se llama Gabumon, es el Digimon de Matt, se convierte en un lobo enorme.

Hugo se sentó en el suelo, cruzado de piernas, revisando cromo por cromo, con una emoción pura, sin filtros.

¿Y tú…, te has enamorado alguna vez? —preguntó, sin levantar la vista.

Mi estómago se encogió.

Sí… —dije, bajito.

¿Y era…, una chica?

Me quedé callado, él levantó la mirada, no había juicio, solo curiosidad sincera.

Pues, al principio me gustaba una chica de la escuela, se llamaba Beatriz, pero con el tiempo me di cuenta que me gustaban más los chicos. —respondí, sincero, sentía que podía confiar en él, o eso quería creer, esperaba no arrepentirme.

Él asintió, como si estuviera absorbiendo información importante.

¿Y has hecho el amor? —me preguntó, esta vez, más serio.

Eh…, a ver…, no…

Volvió a mirar los cromos.

Y por un momento, fuimos solo eso, un chico buscando entender, y otro que apenas empezaba a hacerlo también.

¿Y tú? ¿Te has enamorado de alguna chica de tu clase? ¿O te gusta alguna? —le pregunté, curioso.

Mmm, sí, me gusta un chico. —dijo sin tapujos.

Mi corazón dio un vuelco, el hermanito de Marcos, mi mejor amigo, ¿era gay?

No, no puede ser, no lo parecía, aunque yo tampoco lo parecía, quizás estaba confundido, quizás solo estaba aún experimentando.

Hugo, ¿te gustan los chicos entonces? —le pregunté.

Sí…, como a ti, ¿no?

Ehh, a ver, sí…, pero, ¿desde cuándo? —mi curiosidad era infinita.

No sé, desde siempre…

Después de unos minutos de silencio compartido, con los cromos esparcidos por el suelo y Hugo todavía absorto en las evoluciones de los Digimon, su mirada saltó a la estantería.

¿Tienes una Switch? —preguntó, abriendo los ojos.

Sí, ahí. —dije, señalando la base de carga junto al monitor—. Aunque hace días que no la toco.

Se levantó de golpe, como si le acabaran de regalar la tarde.

¿Tienes Mario Kart?

Claro.

¡¿Jugamos?!

Sonreí, no como acto reflejo, no para disimular, sonreí de verdad, encendí la consola, conecté los mandos y nos sentamos en el suelo, uno al lado del otro.

Y empezamos a correr por circuitos imposibles, tirándonos caparazones, chocando, riéndonos cada vez que uno caía al vacío, la tensión fue desapareciendo.

No por olvido, sino porque por primera vez en días, no necesitaba pensar, pasaron las horas sin darnos cuenta, cuando miré el reloj del móvil, pegué un respingo.

¡Mierda! Tengo que ir al entrenamiento, casi me olvido.

Justo entonces, se escuchó la puerta de casa, era mi madre.

¡Hola! —gritó desde abajo—. ¿Tomi? ¿Estás en casa?

¡Sí, mamá! Estoy arriba.

Subió con pasos tranquilos, y cuando entró en mi cuarto, se encontró con Hugo en el suelo, con el mando en la mano y los cromos a un lado, sonriente y sudando un poco del esfuerzo de tanto mover el cuerpo con el juego.

Vaya, vaya… ¿Y tú quién eres?

Me levanté enseguida.

Mamá, él es Hugo, el hermano pequeño de Marcos, vino a jugar un rato, Marcos me lo pidió. —mentí.

Ella sonrió, ladeando la cabeza como hacía cuando algo no encajaba del todo, pero no preguntó más, fue a la cocina y volvió con dos bocatas de nocilla y un par de zumos.

Venga, merienda express antes de ir al entrenamiento. —bromeó, dejando las cosas en la mesa.

Le di las gracias con la mirada, y Hugo, con las mejillas llenas de chocolate y una sonrisa enorme, me miró como si el mundo fuera un lugar un poco más fácil de entender.

Mi madre salió y saqué la equipación del armario, me quité la camiseta y el pantalón, ante la mirada de Hugo, que no me quitaba ojo, fingiendo que jugaba al Mario.

Me puse la camiseta primero de manera torpe, dejando que viese todo mi cuerpo, no sé por qué, pero la situación me estaba calentando mucho, después me puse el pantalón.

Llegamos al campo justo cuando el sol pegaba con más fuerza, el entrenamiento era a las cinco de la tarde, llegué veinte minutos tarde, el aire olía a pista mojada y a goma caliente de zapatillas desgastadas.

Hugo caminaba a mi lado, con su mochila en la espalda y las manos en los bolsillos, en silencio.

¿Seguro que quieres quedarte? —le pregunté mientras cruzábamos la verja.

Asintió.

Sí, quiero veros entrenar, el año que viene cuando entre al insti, me apuntaré a vuestro equipo.

Le sonreí, un poco sorprendido.

Vale, te puedes quedar en las gradas, donde están algunas chicas y otras personas que a veces nos mira entrenar mientras estudian.

Subió las escaleras de cemento con paso rápido y se sentó en uno de los extremos, las piernas colgando, la mirada atenta, como si fuese a ver un partido de Champions.

Yo bajé al campo, el míster ya estaba allí, con su silbato colgado del cuello y soltando instrucciones como siempre.

¡Vamos, Tomi, que llegas tarde! —gritó—. Calienta rápido y únete al grupo.

Asentí, me até las botas más fuerte de lo necesario y empecé a correr por la banda, el resto del equipo ya estaba haciendo rondos y ejercicios de pase, vi a Soufián al fondo, estirando, y me saludó con un gesto de la cabeza.

Mientras trotaba, miré de reojo a Hugo, estaba ahí, observándome con atención, sin móvil, sin distraerse, solo mirándome, y por alguna razón, eso me hizo querer hacerlo bien.

No por el míster, ni por el equipo, por él, el entrenamiento avanzaba, pero mi cabeza no estaba del todo en el campo, hacía los pases, corría las líneas, pero no dejaba de sentir los ojos de Hugo clavados en mí desde la grada.

Cada vez que giraba la cabeza, ahí estaba, sentado, serio, observando, demasiado atento, me empezaba a poner nervioso, no por miedo, sino por todo lo que él sabía, y lo que podía estar pensando.

Entre ejercicios, mientras caminábamos a recuperar pelotas del fondo, Marcos se me acercó.

¿Ese no es mi hermano? —preguntó, con las cejas fruncidas señalándole.

Sí. —respondí, sin rodeos.

¿Qué hace aquí? ¿Vino contigo?

Sí, me lo encontré por el camino… —mentí—. Y le propuse que viniera a vernos entrenar.

Marcos se detuvo, mirándolo desde el campo, Hugo saludó desde lejos, levantando una mano con tímida energía, sonreía, como si nada estuviera mal.

Pero Marcos no devolvió el gesto.

¿Qué pasa? —le pregunté, notando su cara.

Él se encogió de hombros, aunque claramente estaba molesto.

Nada, solo que…, no sé, preferiría que mantuvieras un margen con mi hermano.

Esa frase me picó más de lo que esperaba, no por el contenido, sino por cómo lo dijo, seco, distante, como si yo fuera un problema que estaba traspasando límites invisibles.

¿Cómo? No comprendo, ¿no podría ser su amigo? Además, te dije que solo me lo encontré, hablamos un poco y ya… —le dije, molesto.

Marcos bufó, como si la conversación le cansara.

Pues habla con otros, no es tu hermano, es mi hermano, y no quiero que hables con él sin mi permiso o sin saberlo, no sé tío, no sé de qué vas.

Me quedé callado, porque esa última frase…, fue la más injusta, él no decía eso cuando estábamos encerrados en su cuarto.

No, no es mi hermano. —le respondí, sin mirarlo—. Y no entiendo tu actitud, ¿que de qué voy? ¿Qué coño te pasa?

Marcos apretó la mandíbula, pero no dijo nada más, volvió al grupo, y yo, por dentro, tenía el pecho ardiendo, seguimos entrenando, el míster nos dividió para el partidillo final, camisetas contra petos.

A mí me tocó contra Marcos, genial, el campo parecía más frío, o quizás era yo, nos evitábamos con la mirada, pero en cada choque se notaba la electricidad bajo la piel.

El roce, el resentimiento, y entonces, pasó, recibí un pase en corto, giré para avanzar y justo cuando solté el balón, Marcos me entró, con fuerza, demasiada.

El golpe fue seco, directo al tobillo, sentí el crujido antes de caer, caí al suelo de lado, y un dolor punzante subió hasta la rodilla.

¡Joder! —grité, entre dientes.

Caí de bruces, apoyé los codos, cerrando los ojos, no era un golpe cualquiera.

Era uno que iba con rabia, se hizo un silencio.

¿¡Pero estás tonto o qué!? —gritó el míster, corriendo hacia mí.

Me agarré el tobillo, ardía, palpitaba, Soufián llegó enseguida, se agachó conmigo.

Tío, ¿estás bien? ¿Puedes moverlo? Marcos tío te has pasado, mañana tenemos partido joder. —le recriminó Soufián.

Asentí apenas, dolía, pero no era una rotura, quizás torcedura, pero dolía, mucho, el míster miró a Marcos como si fuera fuego puro.

¡Fuera del campo! ¡Te vas a casa ya mismo! Y más te vale venir con la cabeza fría mañana. ¡Ahora mismo, Marcos!

Él no dijo nada, ni una excusa, se quitó el peto, lo tiró al suelo y solo me miró desde lejos, en su mirada no había disculpa, solo…, dolor y algo parecido a culpa.

Se dio media vuelta y se marchó por la banda, sin mirar atrás, y en las gradas, Hugo lo había visto todo, el entrenamiento terminó en un silencio raro, nadie lo celebró, nadie gritó gol.

Todos se fueron en fila, algunos mirándome de reojo, otros sin saber qué decir, yo me quedé sentado al borde del campo, con el tobillo ardiendo y la cabeza dando vueltas.

El sol se escondía tras los árboles y el aire se volvía cada vez más frío, Hugo bajó de las gradas, corrió hacia mí con cara de susto.

¿Qué ha pasado? ¿Estás bien? ¿Por qué entró así Marcos?

Le evité la mirada, no podía con eso también.

Vete a casa, Hugo.

Pero…

Te he dicho que te vayas…

Se quedó quieto un segundo, como si quisiera decir algo más, pero al final dio media vuelta, cabizbajo, y se fue sin rechistar.

Entonces el míster apareció a mi lado, me ofreció la mano.

Vamos, campeón, te ayudo a levantarte.

Asentí, me incorporé apoyándome en él, cojeando hasta los vestuarios, cada paso dolía, pero lo que más dolía era todo lo que había detrás del golpe.

Dentro, ya sin el ruido de los demás, me senté en el banco, me quité la zapatilla con cuidado y el calcetín empapado de sudor, el tobillo estaba hinchado, rojo y sensible al tacto.

El míster trajo el botiquín, sin decir mucho, se agachó, me examinó el pie con cuidado y negó con la cabeza.

No está roto, pero sí tocado, te has llevado una buena.

¿Puedo jugar mañana?

Me miró, tardó en responder.

No, ni de coña, no quiero arriesgarte, es el tercer partido, sí, pero no es el último.

Bajé la cabeza, el golpe al ego dolía tanto como el del tobillo, el míster me vendó en silencio, apretando con firmeza, pero sin hacer daño.

A veces los partidos que más duelen…, son los que no se juegan.

Asentí, no por estar de acuerdo, sino porque no tenía energía para discutir, me sentía fuera de juego, en todos los sentidos.

Te llevo a casa si quieres, tengo el coche ahí fuera. —dijo, con ese tono tranquilo suyo, que no forzaba nada.

Lo miré un segundo, pensé en aceptar, pero no podía, no podía quedarme encerrado en un coche, hablando de lo que había pasado, ni fingiendo que estaba bien, necesitaba caminar, aunque fuera cojeando.

Gracias, pero prefiero ir a pie. —respondí.

Él asintió, sin insistir.

Como quieras, pero vete despacio, y si te duele más, paras.

Lo haré.

Se quedó un momento en la puerta del vestuario, como si dudara en decir algo más, luego simplemente se marchó tras despedirse.

Nos vemos mañana en el banquillo, ¿vale?

Vale.

Y se fue, me quedé solo un momento más, el campo ya estaba vacío, el cielo cayendo en sombras azules y lilas, y el silencio empezaba a doler también.

Salí caminando lento, apoyando con cuidado el pie vendado, el aire frío me golpeaba la cara, pero era justo lo que necesitaba.

Y aunque el tobillo ardía, lo que más pesaba era lo de siempre, todo lo que callaba, el vendaje apretaba, pero podía caminar, cojeando un poco, sí, pero el dolor ya no era como al principio.

Tras salir del Instituto, vi a Hugo, sentado en el escalón del borde, esperándome, me detuve, pensé que se había ido, que me había hecho caso.

Pero no, no se había ido, no dijo nada cuando me vio, solo se levantó y se puso a mi lado, el cielo estaba oscureciéndose, las farolas aún no se habían encendido, el aire olía a tierra.

Empezamos a caminar, yo, cojeando ligeramente, él, en silencio, íbamos uno al lado del otro, escuchando el ruido de nuestras suelas sobre el asfalto, el viento entre los árboles y de vez en cuando lo miraba de reojo.

Y en ese paseo silencioso de otoño, con el tobillo dolorido y el corazón hecho un nudo, entendí que a veces el consuelo no llega hablando, llega caminando contigo sin soltar la mano.

Caminábamos en silencio, el cielo tornándose más oscuro con cada paso, el viento agitaba las ramas secas de los árboles hasta que Hugo habló.

Yo también quiero hacerlo. —dijo, casi como si lo pensara en voz alta.

Lo miré, confuso.

¿El qué?

Hugo bajó un poco la mirada, sin detenerse.

Lo que hiciste con Marcos, quiero que lo hagas conmigo.

El corazón se me encogió, paré en seco.

¿¡Qué!?

Hugo se detuvo un paso más adelante, no me miraba, su voz fue más baja esta vez.

Quiero que me hagas lo que le hacías a él…

Me quedé mudo, el mundo pareció quedarse en pausa, el aire, el viento, el suelo…, todo se volvió más frío.

Hugo. —dije con calma, tragando saliva—. Eso no está bien, no voy a hacer eso, no contigo.

Él se calló, se apretó los brazos contra el pecho, como si de pronto sintiera vergüenza, o miedo, o ambas cosas.

¿Por qué? ¿Y con él si? ¿No era solo un juego? Yo quiero jugar.

Escucha, no funciona así, es que… —añadí enseguida, con suavidad—. Mira, aún estás creciendo, nos llevamos casi cuatro años, a eso le sumas que eres el hermano de mi mejor amigo, además eso es algo que solo se hace si los dos entienden lo que están sintiendo, y tú aún estás entendiendo muchas cosas.

Hugo no respondió, solo bajó más la cabeza, seguimos caminando, más lento, más silenciosos que antes, yo no estaba enfadado, estaba triste, sorprendido, ¿por eso vino tras las clases?

¿Por eso se acercó a mí? ¿Para experimentar conmigo? Pues lo siento, pero eso no iba a suceder, primero porque era un chaval aunque no iba ni al instituto, y segundo, era el hermano de Marcos.

Llegamos a la esquina de mi calle, donde la farola parpadea con ese zumbido constante que siempre me había pasado desapercibido, hasta ahora.

Hugo se detuvo, miró mi casa, luego me miró a mí.

¿Vas a estar bien volviendo solo? —le pregunté.

Asintió, bajito.

Sí…

Pero justo cuando giró, se detuvo otra vez.

Tomi…, yo solo quería…, probar… —dijo, sin rodeos, con esa forma cruda de hablar que tienen los chavales cuando aún no entienden del todo las barreras.

Mi pecho se tensó.

Hugo, ya te lo dije antes, la respuesta sigue siendo no. —respondí con firmeza, pero con cariño.

Él apretó la correa de su mochila, no me miraba a los ojos.

¿Por qué no? Solo es jugar, un juego, como hiciste con Marcos, no pasa nada…, y no le diré a nadie, lo juro.

Tomé aire, estaba siendo valiente, sí, pero también estaba confundido, como cualquier chico que ha visto algo sin contexto y busca replicarlo para entender.

Porque es un juego para mayores, Hugo. —dije, bajando la voz—. Y tú aún eres pequeño para entender por qué a veces se hacen ciertas cosas, no quiero hacerte daño, ni a ti, ni a Marcos.

Se quedó callado, la mochila le colgaba floja del hombro, parecía más bajito que hace un rato, más frágil.

Además… —añadí—, está tu hermano no creo que le gustase que jugase así contigo, y es mi amigo, no podría mirarlo a la cara si hiciera algo así contigo, ¿entiendes?

Hugo desvió la mirada, no dijo nada, pero su cara cambió, no era rabia, era decepción, y eso, dolía más que cualquier reproche.

No estoy enfadado. —le dije, intentando acercarme un poco con la voz—. Solo quiero protegerte, aunque ahora no lo entiendas.

Asintió, apenas y sin más, empezó a caminar calle abajo, sin mirar atrás, yo me quedé en la puerta, viendo cómo se alejaba, con una mezcla de tristeza, alivio…, y un peso enorme en el pecho.

A veces hacer lo correcto no te deja tranquilo, solo te deja en paz.

Cuando Hugo salió corriendo, me quedé un rato más en la puerta, mirando hacia donde se había perdido. No sabía si había hecho lo correcto, pero sabía que no podía haber hecho otra cosa.

Entré en casa cabizbajo, cerrando la puerta con cuidado, como si no quisiera que nadie notara mi presencia, la casa estaba en silencio, solo el ruido del reloj de pared y el leve murmullo de la tele encendida abajo, mi madre dormía en el sofá echada, tenía una copa de vino en la mano.

Es verdad, era su aniversario, supongo que le echa de menos, se fue con otra más joven hace tan solo cuatro años, cuando yo tenía diez, mi madre aún no lo había superado, subí a mi habitación cojeando un poco, dejé la mochila en el suelo y me tiré en la cama, mirando el techo.

El móvil vibró, era Marcos, un mensaje en WhatsApp, ''Tenemos que hablar'', me quedé mirando la pantalla un segundo largo.

Escribí despacio, ''Vale, ¿Mañana por la mañana?''

No respondió, lo dejé encima de la mesa, boca abajo, justo entonces, Claudia entró sin llamar, como siempre.

¿Y ese tobillo? —preguntó, con el ceño fruncido.

Nada, entrenamiento, me dieron una buena.

¿Te pusiste hielo?

Negué con la cabeza, ella no dijo nada, se fue y volvió con una bolsa de hielo envuelta en una toalla, me la puso sobre el pie con delicadeza.

Se sentó a los pies de la cama.

¿Qué tal las clases? ¿O las novias? —preguntó, como si tuviera un guión ensayado.

No te molestes en hacer de hermana buena, Claudia. —dije esquivo.

O sea, nada.

Nada.

Se quedó un rato ahí, en silencio, no solía quedarse tanto, Claudia y yo no hablábamos mucho, cuatro años de diferencia parecían diez a veces.

Pero esta vez, antes de levantarse, se detuvo en la puerta.

Tomi.

¿Qué?

Siento haber sido distante contigo estos años.

La miré, ella no me miraba.

Después de que papá se fuera…, tuve que crecer muy rápido y cuidarte, mientras mamá se mataba a trabajar para sacar esta familia adelante, quizás no lo hice bien, quizás pagaba mis frustraciones contigo, a veces no quise hacerlo, y eso me hace sentir mal.

Tardé un poco en responder, la voz me temblaba sin querer.

Está todo bien. —dije, bajito.

Y es que ahora que me daba cuenta, sí, ella me trataba muchas veces mal por tener que cuidarme o ayudarme con los deberes, dejando de lado su vida, pero comprendo que no lo pasaba fácil tampoco.

Claudia, está todo bien, en serio.

Ella asintió, no se acercó, no me abrazó, pero cerró la puerta más lento que nunca, y por primera vez en mucho tiempo, sentí que no estábamos tan lejos.

Esa noche, el silencio pesaba más que el cansancio, seguía tumbado en la cama, con la pierna estirada y el hielo ya derretido en una toalla empapada, miré el techo un buen rato.

Sin música, sin mensajes nuevos, sin nadie más que yo, pensé en Hugo, en su cara al irse, en todo lo que no entendía, y en lo que yo tampoco supe explicarle, pensé en mi hermana mayor, Claudia.

En su voz temblando por primera vez, pidiéndome perdón como si todavía estuviera a cargo de un hermano pequeño que creció sin que se dieran cuenta, y pensé en Marcos.

En ese mensaje, en lo que querría decir, en lo que quizás, por fin, iba a confesar, me giré en la cama, intentando encontrar una postura que no doliera.

El sueño tardó en llegar, pero llegó, no como alivio, ni como escape, solo como una tregua, mañana sería otro día.

El sábado amaneció con el cielo despejado y un sol enorme y brillante, a las doce de la mañana jugábamos contra un instituto de otra ciudad, el tercero de la temporada.

Pero yo no iba a jugar, me desperté a las nueve, el tobillo estaba menos hinchado, dolía todavía, pero podía caminar mejor, bajé a la cocina, me hice un buen desayuno, estaba hambriento, unas tostadas de mermelada de fresa, un buen batido de chocolate, un plátano y una manzana.

Tras desayunar y sentirme lleno, salí fuera, arrastrando las zapatillas, y ahí estaba, sentado, esperándome, en el porche de mi casa, era Marcos.

Con las manos en los bolsillos y esa cara suya de ''tenemos que hablar'' que ya me cansaba, el sol le pegaba en toda la cara, su cabello rubio brillaba.

Hola. —dijo.

Hola.

Me acerqué despacio, el silencio era tan tenso que casi crujía.

¿Qué querías decirme? —pregunté, sin rodeos.

Él tardó en responder, como si no encontrara las palabras correctas.

No quiero que estés más con Hugo.

¿Qué?

No quiero que pases más tiempo con él. —repitió, más firme.

Lo miré, directo a los ojos.

¿Y por qué no?

Marcos apretó la mandíbula, no hablaba, no justificaba, solo ordenaba.

¿Qué pasa? —insistí, dolido—. ¿Es porque crees que haré algo con tu hermano? ¿Piensas que lo haré gay?

El silencio fue su respuesta, y ese silencio…, me rompió.

¿De verdad piensas eso de mí? —pregunté, con la voz rasgada.

Nada, seguía callado, quien calla otorga.

¿Después de todo lo que pasó entre nosotros? ¿Después de cómo te he cuidado, cómo te he respetado, cómo he callado por ti? ¿Ahora resulta que soy una amenaza para tu hermano?

Me ardía la cara, los ojos, el pecho, todo.

No puedes ser más hipócrita, bien que me pides que te coma la polla, pero ahora me pides que me aleje de tu hermano, cobarde, homófobo.

Me arrepentí de esas palabras, pero ya era tarde.

Se me quedó mirando un segundo, como si quisiera decir algo, pero no lo hizo, no tuvo el valor, y sin decir nada más, se fue.

Se marchó como si no hubiera dejado nada detrás, pero yo sabía que lo que dejaba era una amistad hecha pedazos.

Me senté en el borde del porche, temblaba, nunca me había dolido tanto que alguien no confiara en mí, no lo pude evitar, lloré, en silencio, lloré.

El sol caía sin piedad sobre el campo, el partido había empezado hacía diez minutos, los gritos, los silbidos y el olor a césped cortado llenaban el aire.

Yo estaba en la grada, sentado entre dos bancos vacíos, con el pie vendado estirado y el alma un poco más rota que el tobillo, mis ojos, rosados, indicaban que había llorado.

No me apetecía ir al banquillo, no quería verle la cara, no después de esta mañana, no después de lo que me dijo sin decirlo.

Desde la distancia, veía a Marcos corriendo por la banda, como si nada hubiese pasado, como si yo no existiera, entonces sentí una presencia a mi lado.

Me giré, era Hugo, llevaba una camiseta larga y el pelo rubio más revuelto que de costumbre, se sentó sin decir nada al principio, con las piernas colgando del asiento, miró el campo, luego me miró a mí.

¿Has llorado? ¿Por mi culpa? —preguntó, en voz baja.

Suspiré, ya no tenía fuerzas para rodeos.

No, por tu hermano, discutimos, se enfadó porque pasé tiempo contigo, no quiere que me acerque a ti, piensa que soy una mala influencia.

Hugo se quedó quieto, procesando.

¿Por eso estás triste?

No estoy triste. —mentí.

Y sonreí como se sonríe cuando algo duele mucho, él apretó sus manos sobre las rodillas.

Fue por lo que te pedí ayer, ¿verdad?

No respondí.

Lo siento. —añadió, bajando la mirada—. Yo solo quería sentir lo mismo que él, no sabía que eso iba a estropear vuestra amistad.

Le puse una mano en el hombro, suave.

No es culpa tuya, Hugo, no pienses eso, en serio, Marcos es imbécil, no ha confiado en mí, eso ha roto nuestra amistad.

Silencio, el partido seguía, los gritos iban y venían como olas.

Voy a hablar con él. —dijo, con determinación.

No. —le dije rápido—. No lo hagas, no fuerces las cosas, a veces la gente necesita equivocarse sola para darse cuenta de lo que ha hecho.

¿Y si no se da cuenta?

Me dolió esa pregunta, porque no tenía respuesta.

Entonces es su problema, además, ahora yo soy el que dudo de su amistad, no quiero alguien que no confía en mí, pero finge que sí, me parece de hipócritas.

Hugo asintió, aunque la tristeza le pesaba en los ojos, nos quedamos así, mirando el partido, dos personas que sabían que a veces el daño no lo hacen los enemigos, sino quienes más quieres.

El partido iba 3 a 0, y no era solo por mala suerte, el equipo se notaba desconectado, sin garra, los pases mal dados, la defensa perdida, y sobre todo, Marcos, corriendo sin alma, sin cabeza, como si lo único que quisiera fuera chocar con todo.

Lo vi desde la grada, con el tobillo apoyado en alto y las manos entrelazadas, no quería sentir pena por él, pero la sentía.

Entonces comenzó una contra del otro equipo, el rival le gana la carrera, Marcos llega tarde, muy tarde, entrada por detrás, como hizo conmigo, el árbitro le sacó la roja.

El entrenador hecho una furia, ni mira a Marcos, el campo se queda en silencio, Marcos no discute, ni siquiera se queja, solo baja la cabeza y se va caminando hacia los vestuarios, sin mirar a nadie.

Ni siquiera a la grada, no me vio, mejor, porque si me viese junto a su hermano…

Me levanté, no quería ver más.

¿Te vas? —preguntó Hugo, levantándose también.

Asentí.

Sí, el partido ya está perdido, no hay nada que ver.

No añadió nada, solo me siguió, y así, mientras el partido continuaba detrás, con los gritos y las quejas de fondo, nosotros bajamos las escaleras del campo en silencio.

Dos sombras alejándose del ruido, una amistad hecha pedazos detrás y una nueva que empezaba, callada, pero firme.

Caminamos sin hablar, cruzando el parque que separa el Instituto del centro del pueblo, el sol empezaba a esconderse detrás de los edificios bajos, pintando las aceras de dorado apagado.

Ya pensaba en irme a casa cuando Hugo rompió el silencio:

¿Te vienes a la biblioteca un rato?

Tengo deberes…, y no me apetece hacerlos solo, le miré de reojo.

Esperaba una excusa para no pensar, para no sentir, y ahí estaba.

Vale. —respondí—. Vale, pero espero no sean matemáticas.

Él sonrió.

Son mates.

Genial, mi peor enemiga, la biblioteca estaba casi vacía cuando entramos, el aire olía a papel viejo y desinfectante suave, una lámpara parpadeaba en la esquina, pero lo demás era silencio y mesas de madera con marcas de años.

Nos sentamos al fondo, junto a una ventana por la que entraba la luz del día, Hugo sacó su cuaderno, arrugado y con dibujos en los márgenes, sumas, fracciones, divisiones.

¿Qué no entiendes? —pregunté, hojeando.

Fracciones y divisiones.

Perfecto, empezamos bien.

Me puse a explicarle con la paciencia que nunca tengo para mí, entre las divisiones, dibujos de manzanas y tachones con lápiz, nos reímos más de una vez.

Él preguntaba sin miedo, yo respondía como podía.

Y, sin darme cuenta llevaba un rato sin pensar en Marcos, sin pensar en el tobillo, sin pensar en lo que dolía, solo en hacer que Hugo entendiera las mates, y por primera vez en días, eso me bastaba.

La biblioteca seguía en silencio, apenas dos personas más sentadas al otro extremo de la sala, el reloj marcaba las seis y media, Hugo había terminado el último ejercicio con un garabato alegre y una sonrisa orgullosa.

¿Ves? No era tan difícil. —le dije, fingiendo entusiasmo.

Gracias. —respondió, sin levantar la cabeza—. Si no me ayudas, suspendo fijo.

Voy un momento al baño, no tardo. —dijo Hugo, cogió su mochila y se marchó a los baños de la biblioteca.

Yo esperé ahí, saqué mi móvil, Marcos no me escribió ni nada, entré al grupo donde estábamos yo, Marcos, Iván y Soufián, nada, la última vez hablaron Soufián e Iván para quedar mañana e ir a la hamburguesería.

Miré Ista, mi última foto era con Marcos, en la visita al museo que hicimos hace tres semanas, salíamos sonriendo, me sentí mal.

Cuando quise darme cuenta, ya habían pasado más de diez minutos, Hugo no volvía, me preocupé, me puse en pie y entré al baño

¿Hugo? —pregunté, estaban vacíos.

Aquí, Tomi, corre. —la voz de Hugo, parecía preocupado.

Estaba en el último cubículo, me acerqué y abrí la puerta, estaba de espaldas, se giró, me sujetó de la camiseta y me metió dentro.

¿Qué pasa? —pregunté confuso.

Mira… —Hugo se bajó la ropa y mostró su pene, de unos once centímetros, estaba duro, tocándose.

Hugo, ¿qué coño haces?

Es que, estando contigo, estaba así, no consigo que se ponga bien… —me miró con ojos lagrimosos.

Yo…, esto no está bien tío…

Hugo sujetó mi mano y la llevó a su pene, el cual agarré con mis dedos, estaba sin circuncidar, como su hermano, con su mano, me hizo moverla, pajeándole, me miró y suspiró, nuestra respiración se aceleró, el tiempo se detuvo.

En ese instante se puso en cuclillas y se inclinó hacia mí, sus labios besaron los míos, ambos, nos fundimos en un beso, intentó meter su lengua y lo separé, soltándole.

No…, esto…, no debía pasar… —iba a salir, pero alguien entró al baño, dos chicos hablando.

Hugo sonrió, me sujeto para que no abriese la puerta, coló su mano por mi ropa y la metió dentro, por dentro de mis pantalones, agarró mi polla por encima de mi bóxer y la estrujó, intente detenerlo, pero hacíamos ruido y los chicos se callaron.

Me detuve, con el corazón a mil, Hugo no, siguió tocándome, masturbándome torpemente por encima del bóxer, además, sentí como movía sus caderas contra mi culo, como si me follase, los chicos siguieron hablando y respiré.

A los segundos salieron y de un empujón me quité a Hugo de encima, le miré muy enfadado, él solo bajó la mirada y se subió la ropa.

Esto…, ¡esto que has hecho ha sido un error! —salí del baño muy enfadado, sentí cómo la presión en el pecho volvía, lenta, pero constante, culpa de Hugo, él era quien me hacía sentir ese nudo interno.

Espere que saliera él del cubículo, tras ponerse bien la ropa, se le había bajado el calentón tras ver mi enfado.

Hugo. —dije, mirándole con enfado—. Creo que deberíamos tomar un poco de distancia.

Me miró con tristeza y arrepentimiento, sus ojos se le apagaron de golpe.

¿Por qué? ¿Por esto? Perdóname, no sé en esta pensé, lo siento, Tomi, por favor…

Porque esto que hiciste no está bien, no solo nos has expuesto en peligro, has hecho que traicione a mi amigo…

¡Solo piensas en mi hermano, te importa más él que yo!

Es mi amigo…

Se calló, noté que iba a llorar.

Escucha, mira, no estoy enfadado, vamos a olvidar esto, ¿de acuerdo? Pero necesito estar solo, un tiempo de distancia, ¿vale? —tragué saliva—, además siento que estoy escogiendo estar contigo para evitar pensar en tu hermano y no es justo para ti.

Hugo asintió, tardó, pero lo hizo, no dijo nada al principio, solo bajó la mirada, mordiéndose el labio inferior.

Vale… —murmuró—. Lo entiendo…

Gracias Hugo, además, aún eres joven para experimentar con chicos de tu edad, ¿vale?

Tras eso, caminé hacia la puerta del baño, él se quedó allí plantado, me dolía, pero era lo mejor, no quería arrepentirme de hacer algo con Hugo, no podía hacerle eso a Marcos.

Salí de la biblioteca con el corazón como una piedra, caminaba por la acera, mirando al suelo, cuando lo vi.

Marcos, volvía hacia su casa, caminando en dirección contraria, llevaba el chándal del instituto y el pelo revuelto.

Cuando me vio, se detuvo, me miró con odio, y empezó a acercarse, apretando los puños.

( Continuará... )

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miércoles, 10 de septiembre de 2025

En los vestuarios — Capítulo 4: Noche de chicos

 

Capítulo 4 ''Noche de chicos''

Marcos me invita a su casa para jugar a la Play, también invita a Soufián e Iván, noche solo de chicos, la cosa se pone caliente, muy caliente.

Era jueves, a primer ahora tenía ciencias, no tenía ganas, aún así me duché, desayuné unas tostadas con miel y con la mochila en el hombro, salí de casa.

Justo, Soufián pasaba por mi portal.

Ey, Soufián. —dije, acercándome a él, me puse a su lado, caminando hacia el instituto.

El cielo estaba cubierto, gris claro, de esos que no amenazan tormenta, pero tampoco prometen sol.

Octubre se notaba en el aire, fresco, con ese punto húmedo que se te mete en la ropa si sales sin abrigo.

El suelo seguía empapado por la lluvia de anoche, y las hojas caídas se mezclaban con charcos que reflejaban el vaivén de los árboles desnudos.

Si hoy volvía a llover, no habría entrenamiento, ya que aún no podíamos acceder al pabellón cubierto del Instituto, estaban terminando unas reformas en la pista.

Caminaba al instituto con Soufián, hombro con hombro, cada uno con las manos en los bolsillos.

Él llevaba su chaqueta vaquera con capucha por debajo, y yo una sudadera con las mangas recogidas a medias, aún no del todo convencido de que el frío había llegado para quedarse.

El sonido de nuestras zapatillas pisando el asfalto mojado llenaba los huecos del silencio, incómodo, los árboles del parque por el que pasábamos se veían preciosos, con las hojas empezando a caerse al suelo, llenos de ramas secas que crujían con el viento.

Alguna hoja rebelde aún aguantaba el otoño, temblando en lo alto, me sentía un poco como ellas.

A veces, sin querer, nuestras manos rozaban dentro de los bolsillos de la chaqueta, por lo cerca que íbamos.

Soufián, sobre lo que pasó…

Tío…, no pensé que lo harías de verdad —dijo, medio serio, medio sorprendido.

Me encogí de hombros, evitando sus ojos.

Una apuesta es una apuesta. —dije.

Ya, pero…, no sé, fue raro, o sea, no malo, solo…, raro.

Lo sé, no debí hacerlo. —dije sin pensarlo—. Solo no quiero que nuestra amistad se joda por ésto, tío…

Hubo un silencio, intenso, nos quedamos así un momento, entonces me miró sonriendo.

Bro, no te rayes, no voy a dejar de ser tu amigo por hacerme una paja, además lo propuse yo, y no te lo niego, me gustó, fue excitante.

Su confesión me excitó, y también me quitó un gran peso.

¿Sí? ¿Entonces, no hay bronca? —le pregunté, ahora el ambiente era menos denso.

Claro bro, pero, antes tengo una duda, quiero que me seas sincero, no le diré a nadie…

Claro…, dispara…

¿Eres…, gay? —su pregunta me hizo detenerme de golpe—. A ver, que a mí me importa una mierda si te gusta la polla o los coños, pero ayer no dejé de pensar en ello.

Y…, ¿si te digo que sí?

Pues cojonudo, no hay problema, a ver, a mis padres no les haría gracia, ya sabes como son con estos temas por la religión y tal…

Ya…, que mejor no lo sepan. —dije.

Sí, y tranqui, no diré nada, ¿lo sabe alguien?

No… —mentí—. Y prefiero que así siga, tengo pensado algún día salir del armario, pero no estoy preparado.

Claro, no hay problema bro, por mi parte tema zanjado. —y reanudó la marcha hacia el instituto, yo le seguí, ahora, más tranquilo.

La clase aún no había empezado, la gente hablaba, se reía, se gritaban cosas de mesa a mesa.

Yo fui directo a mi sitio, dejando la mochila caer en la mesa, fue entonces cuando Marcos se acercó, no venía con su sonrisa.

Ni con esa actitud suya de hacerse el chulo, estaba serio, incluso algo nervioso, se sentó a mi lado, sin pedir permiso.

Tomi, ¿puedo hablar contigo?

No respondí, solo le miré, y esperé.

Sé que he estado raro. —empezó—. Frío, distante y que te he hecho sentir como una mierda, lo sé, tío, no soy tonto.

Me quedé callado, no quería hacerle las cosas fáciles.

Quería que supieras que…, no fue por hacerte daño. —siguió—. Es solo que…, joder, no sé cómo gestionar estas cosas. Tú me importas y mucho, pero no de la forma que tú, tal vez, querrías…

Tragué saliva.

Marcos, déjalo, en serio, tío, no pasa nada.

No, déjame terminar antes de que venga la profe, mira, Sara me gusta, es así, me gusta hacer cosas con ella, hablar, liarnos…, no sé, me hace sentir bien.

No había odio en su voz, solo sinceridad y eso dolía más que cualquier burla.

Eres hetero. —dije, sin más—. Así que es normal, querías experimentar cosas, yo estaba a mano, hasta que Sara te hizo caso.

Asintió despacio.

Sí…, lo confieso, lo siento, sé que no debí hacerlo, al menos no así, las cosas no salen como uno quiere a veces…

Vale, Marcos, lo entiendo, en serio, no te preocupes, todo está bien.

¿Seguro?

Guardamos silencio unos segundos yo no lloré, tampoco me fui, pero por dentro, algo se partía lento, como hielo bajo presión.

No quiero perder tu amistad. —añadió, con un hilo de voz.

Lo miré, no con rencor, sino con tristeza.

Escucha, tío, en serio, está todo bien, no vamos a romper amistad por una tontería, lo digo en serio, además, está superado.

Él asintió, no dijo nada más, se levantó y volvió a su sitio.

Y aunque la clase empezó como cualquier otra, para mí fue el final de algo, y es que me había quedado claro que con Marcos jamás pasaría nada, fue el chico con el que siempre soñé estar, el típico hetero machito.

Era demasiado bonito para que esa fantasía se cumpliera, pero eh, al menos le hice una buena paja y probé su leche, ahora, pensando en ello, me gustaría haberlo repetido más veces, pero lo hecho, hecho estaba.

Pasaron las horas, las clases fueron con normalidad y llegó por fin el recreo, estábamos apoyados en la barandilla cerca del campo de fútbol, mojado, Iván, Soufián, Marcos y yo.

Estaban demasiado emocionados hablando de videojuegos, aunque antes comentamos que seguramente hoy no habría entrenamiento, en parte me jodió, porque quería jugar fútbol, aunque otra parte me alivió, ya que tras lo que hice con el entrenador, me sentía incómodo.

Tío, el tráiler nuevo del GTA6 es una locura. —soltó Iván—. Vaya graficazos, qué locura, tú.

Dicen que puedes tener dos personajes otra vez. —añadió Soufián—. Y uno de ellos es tía, yo si puedo liarla con otras tías ya soy feliz.

Ya te veo yendo a comprarle braguitas, sostenes y demás para verte guapa. —dije riendo.

Nos reímos, lo peor es que seguramente eso harían.

Buah, que ganas de ir a uno de los puticlubs y pagar por putas en el juego. —dijo Marcos pegando un mordisco a su bocadillo.

Yo sonreía, sin meterme mucho, pero disfrutando de verlos tan pillados.

Bueno, solo nos falta la consola. —dijo Iván dándole un codazo a Soufián en broma.

Yo tengo la PS5, así que podré jugar al GTA6. —confesó Marcos.

Los tres le miramos a la vez.

¿Qué? —dijo Iván con los ojos como platos—. ¡No me jodas!

Te lo juro, mi madre me la compró, a plazos, con la promesa de aprobar todo, si no, la devuelve, y me la pillé con dos mandos, además.

Estás loco. —dijo Soufián—. ¿Y la tienes ya?

Desde ayer, anoche estuve trasteando un poco y jugué un Fifa con mi hermanito Hugo, pero como mi madre se va al pueblo con mi hermano a ver a mi abuela hoy…

Nos quedamos todos en silencio un momento, procesando.

Marcos sonrió, ladeando la cabeza.

¿Os venís a mi casa esta tarde o qué? Tengo el Demon's Souls.

¡Obvio! —saltó Iván el primero.

Yo me apunto. —dijo Soufián—. Si hay pizza y mando para todos, firmo ya.

Todos me miraron, asentí, me hacía ilusión.

Vale, voy también.

Marcos me miró un segundo más, sin forzar nada, sin sonrisa exagerada, solo como quien aún está arreglando algo roto.

Y yo, por una vez, le dejé hacerlo.

La casa de Marcos olía a ambientador barato y a pizza recalentada, como todas las casas donde mandan los chavales por unas horas, su madre ya se había ido con su hermanito hacía unas horas, así que éramos dueños del salón comedor, donde tronos improvisados de cojines y una mesa llena de comida basura nos esperaba.

En el centro del mueble, la PS5, blanca, hermosa.

Y en la pantalla, Demon’s Souls, con un caballero a punto de ser reventado por uno de los enemigos, habíamos quedado en ir cambiando de manos según te mataban.

Te lo dije, no entres ahí sin escudo —gritaba Iván entre risas.

Pero si lo tenía puesto, ¡ese bicho me oneshotea! —respondía Soufián, tirado en el suelo, apretando los botones como si el mando fuera a morderle.

Va, que ahora me toca. —dije, levantándome del sofá y cogiendo el mando con una sonrisa.

Las reglas eran simples, si morías, pasabas el mando, sorprendentemente el que más resistía sin morir era yo, pero tenía trampa, yo ya lo jugué en PS3 en su día, así que sabía lo que me hacía, claro que ellos no lo sabían, jajaja.

Jugábamos por turnos, entre risas, gritos, Doritos volando y CocaColas medio abiertas que iban perdiendo gas encima de la mesa.

Marcos se reía de fondo, con los pies en la mesa, y su perro, pastor alemán de cinco años que ladraba por todo y se llamaba Deku, sí, por My Hero Academia, Marcos era muy friki, eso me gustaba de él, el perro se paseaba entre nosotros como si vigilara que nadie hiciera trampas.

Iván, como mueras por caerte otra vez, te baneo de mi casa. —bromeó Marcos.

Banéate a ti mismo, que eres más malo que la peste —respondió, devolviéndole la sonrisa.

Las bromas iban desde lo tonto a lo absurdo, Iván decía que si tuviera un anillo de invisibilidad como en el juego, lo usaría para entrar al vestuario de las chicas.

Soufián le dijo que con esa cara, ni invisible ligaba, ya salió el tema de las chicas, y aunque no había tensión, sí me sentía a veces desconectado cuando salía el tema de chicas.

Pasaron las horas, ya estaba anocheciendo, estábamos a mitad de una partida cuando Marcos se levantó de golpe, como si se hubiera acordado de algo muy importante.

Chavales. —dijo, con media sonrisa—, en mi cuarto tengo una botella de Jack Daniel’s que mi madre tiró a la basura, la vi y la escondí en mi cuarto.

Soufián e Iván se miraron como si hubieran descubierto un tesoro.

¡No jodas! ¿Whisky de verdad? —dijo Iván—. Vamos, tráelo ya, tío.

¿Y si nos pillan? —preguntó Soufián, aunque se le notaba que quería también.

Mi madre está a más de una hora de aquí aún, hoy somos libres. —dijo Marcos, en tono solemne y burlón.

Entonces me miró, directo a mí, y me hizo una seña con la cabeza, como diciendo, "Ven conmigo''.

No dijo nada, no me llamó, solo ese gesto.

Me levanté sin preguntar, dejando el mando en el sofá, lo seguí por el pasillo hasta su habitación, mientras Iván y Soufián se quedaban comentando algo sobre cómo mezclar el whisky con CocaCola para que no se note tanto.

La puerta del cuarto de Marcos se cerró con un pequeño clic detrás de mí, él fue directo a su armario, se agachó, y sacó de una caja de zapatillas una botella de Jack Daniel’s medio llena.

Aquí está el tesoro. —dijo, levantándola como si fuera un trofeo.

Yo me quedé de pie, mirándole, sintiendo cómo el ambiente cambiaba, no había tensión…, pero había algo más, una especie de burbuja rara entre nosotros dos.

¿Te molesta que beban? —me preguntó de pronto, sin mirarme, mientras buscaba unos vasos de plástico.

No, a ver, no estamos en edad, pero no soy su madre. —respondí, sincero.

¿Y tú? ¿Vas a tomar?

Me encogí de hombros.

No sé, igual sí, igual no…, nunca he probado el alcohol.

¿Ni una cerveza? —me preguntó incrédulo.

No…

Marcos sonrió, esa sonrisa que no enseña los dientes, pero lo dice todo.

Te conozco, si lo pruebas te gustará.

La abrió con un clic seco y se la llevó a la boca sin pensárselo, bebió un trago corto, y puso una mueca como si le ardiera todo por dentro, se rió solo.

Sabe a rayos. —dijo, limpiándose los labios con la manga de la sudadera.

Me miró y me ofreció la botella.

¿Tú qué? ¿Te atreves?

La cogí con algo de duda, no solo por el alcohol, sino por el acto de compartir, el contacto, lo íntimo del momento, me la llevé a la boca y bebí, un trago corto.

El ardor fue inmediato, como si me estuviera tragando fuego líquido, tosí al instante, dando un paso atrás.

¡Joder! —solté, con los ojos medio llorosos.

Marcos se echó a reír, de verdad, con esa risa suya que suena entre carcajada y suspiro.

Te dije que picaba. —dijo, todavía riéndose, me quitó la botella—. Mira, es así, aprende.

Marcos se la llevó de nuevo a la boca y bebió uno, dos y tres tragos.

Agggg, pica, pica. —dijo devolviéndome la botella.

Jajaja, es que eres tontísimo. —respondí, sonriendo sin querer.

Me senté en su cama, aún con la garganta ardiendo, miré la botella y le di un trago, la garganta me ardía, Marcos me quitó la botella y volvió a beber, esta vez un poco más.

Nos miramos, por un momento, la habitación se quedó en pausa, el sonido lejano de Iván y Soufián riendo en el salón apenas se colaba por la puerta cerrada.

¿Sabes? —dijo Marcos, dejando la botella en el suelo—. A veces echo de menos cuando no era todo tan raro entre nosotros.

No supe qué decir, porque yo también, me quedé en silencio, él también, le quité la botella y di otro trago, me empezaba a sentir raro, caliente, pesado.

El aire entre nosotros se volvió más espeso, como si la habitación se hubiese cerrado aún más, aunque la puerta ya estaba medio cerrada.

Marcos me miró, no con burla, ni con esa sonrisa de siempre, era otra mirada, más seria.

¿Te acuerdas lo que hicimos en los vestuarios? —preguntó, bajando un poco la voz—. Cuando me hiciste una paja.

Asentí, sin abrir la boca.

Y el otro día, cuando vino Sara con sus amigas, me estabas pajeando, de nuevo.

Otra vez, asentí.

Marcos suspiró, se pasó la mano por el pelo y bajó la mirada un momento.

Ese día, ¿me la ibas a chupar?

Mi pecho se tensó, no respondí, Marcos bebió otro trago, le quité la botella.

Deja de beber, te vas a emborrachar.

Creo ya lo estoy… —confesó sentándose a mi lado de la cama, a mi izquierda.

Pues con mayor razón…

¿Y si me la chupas?

Me miró otra vez, de forma lasciva, su mano apretó su paquete, estaba duro, podía notarlo.

¿Qué? Marcos…

Tío, deja de ser así.

¿Así? ——pregunté.

Sí, amargado, miedoso, no sé, quiero experimentar, no dejo de pensar en el otro día, me la ibas a chupar, hazlo.

La frase quedó ahí, en el aire, no era una broma, no era una provocación, era una confesión y una petición, me quedé congelado.

No porque no lo hubiera soñado mil veces, sino porque ahora era real, y venía de él, del chico que me gustaba, del amigo que me partió el pecho hace apenas unos días.

No estoy diciendo que sea gay. —añadió rápidamente, nervioso—. Ni que quiera liarme contigo así porque sí, pero no sé, a veces lo pienso, me da curiosidad experimentar con un chico, y cuando lo pienso, ese chico eres tú, confío más en ti.

El silencio volvió, solo se escuchaban los piques de Soufián e Iván, a lo lejos, mientras jugaban.

Podrías…, no sé. —dijo en voz baja, casi susurrando—. Probar, digo, sin obligaciones, de chill, si a alguno no le gusta, paramos.

Lo decía serio, casi temblando, como si se lo hubiera ensayado en la cabeza.

¿Y después? —pregunté, con un nudo en la garganta.

Después somos como siempre, amigos. —respondió rápido—. Sin celos, sin rayadas, solo amigos que experimentaron un poco…

Yo tragué saliva, mi pecho latía fuerte, no sabía si era miedo, emoción o las dos cosas al mismo tiempo.

No tienes que hacerlo por mí. —le dije, bajando la mirada—. De verdad, no quiero que pienses que te estoy obligando a nada, no me debes nada.

No lo hago solo por ti, lo hago por los dos. —dijo—. Por mí también, para entender cosas, para sentir cosas, para no quedarme con la duda.

Marcos se puso de pie, frente a mí, y sin bajarse los pantalones deportivos, se sacó la polla, estaba muy duro, muy caliente, cerré los ojos un segundo, respiré.

Y entonces sentí como su punta rozaba mis labios, abrí la boca y la comenzó a deslizar dentro, la sensación era única, la polla de mi mejor amigo estaba en mi boca, palpitando.

Le toqué el abdomen, primero con la yema de los dedos, estaba templado, firme por el fútbol y el gimnasio, pero también vulnerable, mi mano subió un poco, recorriendo su piel, deteniéndose apenas en su pecho.

Marcos no se movió, no habló, solo respiraba, mi otra mano se apoyó en su costado, lo sentí todo, su cuerpo, su calor, su temblor leve.

Y por un momento, no hubo nada más que eso, estábamos en silencio, mi boca succionaba y chupaba su polla, todo su tronco, intenté meterla toda en mi boca, hasta rozar mi nariz en su pubis, depilado, con algo de vello creciendo de nuevo.

Le miré, con las manos aún apoyadas en su pecho, Marcos con la respiración entrecortada, y algo en el ambiente que ya no era solo curiosidad, ni solo deseo, era todo a la vez, nadie decía nada, pero los dos lo sentíamos, el cuerpo caliente, el pulso acelerado, la tensión en el aire.

Comencé a disfrutar el momento, seguí chupándole la polla a mi amigo Marcos, que miró al techo y suspiraba, cogió la botella de Whisky y le dio otro trago, mientras seguía chupando su polla, bien dura, la saqué de mi boca, bajé más su piel, estaba sin circuncidar.

Su polla era hermosa, perfecta, lamí el tronco con lametones, succioné la punta y Marcos pegó un gemido, volví a meterla en mi boca y Marcos comenzó a mover sus caderas.

Joder, me corro, me corro, ¿lo tragas? —miró abajo, nuestras miradas se chocaron, y sin dejar de mirarnos el uno al otro, comenzó a correrse, sentí mi boca llenarse de su lefa caliente, él temblaba y perdía las fuerzas, posó su mano en mi cabello, acariciándome la cabeza.

La puerta se abrió de golpe y apareció un chavalín corriendo, Marcos se apartó a un lado y yo me levanté tropezando con mi propio pie y cayendo a cuatro, mientras tosía y me limpiaba la boca con la manga de mi sudadera.

¡Marcos! —dijo una voz infantil—. ¡Ya estamos aquí! ¡Mira que me regaló la abuela!

Nos separamos como si nos hubieran electrocutado, el crío sacó un móvil más grande que el mío, Marcos se giró de golpe y su hermanito, que iba a sexto de primaria, no tendría más de once años, nos miraba desde la puerta, con una mochila colgándole de un hombro y los ojos bien abiertos, mientras agitaba su nuevo móvil.

Su hermano, Hugo, era idéntico a su hermano Marcos, un chico blanco, rubio de cabello corto, ojos azules en lugar de verdes y la cara llena de pecas.

¿Qué hacéis? —preguntó con total inocencia, me miró frunciendo el ceño.

Marcos se levantó de inmediato, tragando saliva, nervioso pero intentando mantener la compostura.

Nada, tío, hablábamos —respondió, forzando una sonrisa—. Así que ya tienes móvil ehhh, renacuajo.

¿Por qué estáis tan rojos? —insistió el chaval.

Porque hace calor. —solté yo, con la voz más rota del planeta.

El chaval nos miró raro, como si no se lo creyera del todo, pero se encogió de hombros.:

Bueno…, ¿jugamos a la Play, Marcos? —preguntó su hermanito, cambiando el tema, afortunadamente.

Ahora después, venga, ve y ahora te sigo. —dijo Marcos.

Se dio la vuelta y se fue como si nada, la puerta quedó entreabierta, nos quedamos ahí, en silencio, el momento se había ido, roto, desaparecido.

Marcos se pasó la mano por la cara, frustrado, como si quisiera borrar todo lo que acababa de pasar.

Joder…, por qué poco… —susurró.

Yo no dije nada, porque estaba al borde del infarto.

¿Marcos?, ¿Qué hacéis aquí solos? —la voz de su madre.

Marcos se giró tan rápido que casi se tropieza con la botella de Jack Daniel’s, que seguía al pie de la cama.

Dio una leve patada y la metió bajo la cama, justo cuando ella asomaba la cabeza por la puerta.

¿No habéis llegado muy pronto? —preguntó él, aún con la voz forzada.

Sí, hubo menos tráfico por las lluvias.

Entró al cuarto sin pedir permiso, como hacen las madres que conocen demasiado bien a sus hijos, llevaba un bolso rojo colgando de un brazo, miró a su alrededor con una ceja alzada.

¿Y por qué estáis aquí a solas? —la madre echó un vistazo a la cama y el escritorio, el armario estaba abierto.

Nada, mamá, estábamos…, jugando, a la Play. —respondió Marcos con una sonrisa que no convencía ni al espejo.

Yo asentí, sin decir nada, deseando convertirme en aire.

Ella miró la habitación, olfateó el ambiente como si fuera un sabueso entrenado.

Marcos, ¿no estaríais fumando no?

No mamás, sabes que no fumo…

La madre se acercó y le olió de cerca.

Marcos, hueles a Whisky.

Se nos congeló la sangre.

¿Whisky? Qué va, mamá, habrás olido el perfume, es uno que me dejó Tomi… —soltó Marcos, inventando sobre la marcha como un experto.

Ella nos miró, primero a él, luego a mí, no dijo nada más, pero sabía, o al menos sospechaba.

Bueno. —dijo finalmente—. Voy a preparar algo de cenar para tu hermano que viene hambriento.

Vale, ahora bajamos… —dijo Marcos.

Tomi, cariño, ¿te quedas a dormir? Si te da pereza volver, no hay problema, hay sitio.

Me pilló desprevenido, a Marcos también.

Gracias. —respondí, por educación más que por intención—. Pero no le dije nada a mi madre y no sé si me deje…

Mamá, mejor que se vayan todos. —interrumpió Marcos de repente, demasiado rápido—. Así descansamos hoy, y otro día nos vemos más tranquilos, ¿verdad?

Su madre se lo quedó mirando, un segundo más largo de lo normal.

¿Estáis bien? Bueno, como digáis, yo lo decía por si os hacía ilusión. —respondió, y se marchó sin más.

Me quedé quieto, Marcos ni me miraba, estaba claramente alterado, sudaba un poco, como si llevara una mochila de nervios a cuestas.

¿Está todo bien? —le pregunté, en voz baja.

Sí, sí…, sólo que todo fue muy rápido, ¿sabes?

Asentí, aunque no sabía del todo si lo decía por su madre, su hermano o por nosotros.

¿Te arrepientes de…? —pregunté.

No, Tomi, tío, en serio, ha sido por el susto…

Decidí no presionar más, no quería empeorarlo.

Salí del cuarto y fui al salón con los demás, les dije que tenía que irme, que mañana madrugaba, Soufián e Iván se sumaron enseguida, sin preguntar demasiado.

Cuando salimos al porche, el aire fresco me golpeó como una ducha inesperada, me di cuenta de que seguía temblando un poco.

¿Estás bien, bro? —me preguntó Soufián mientras caminábamos.

Sí…, solo estoy cansado.

Pero no era eso, no dejaba de pensar en ese momento, le acababa de comer la polla a mi mejor amigo, mi primera mamada, y fue a Marcos, en parte no podía evitar sentirme feliz.

Pero luego me venía a la mente su hermanito Hugo, tuvo que ver algo, a no ser que fuese tan inocente que no se dio cuenta, ojalá sea así, por otro lado, su madre no creo sospechara nada, aunque la habitación olía a alcohol, creo que también a algo de sexo, espero no lo haya notado.

El camino a casa fue lento, gris, mudo, Soufián e Iván no paraban de hablar entre ellos, riéndose de cualquier cosa, algo de la Play que se habían quedado con ganas de seguir, yo iba a su lado, sin abrir la boca.

Por cierto tío, ¿y el whisky?, tardeasteis una eternidad. —dijo Iván.

Ah…, eh…, bueno, es que Marcos no encontraba la botella y le ayudé a buscarla en su cuarto, entonces llegó su hermano y en fin…

Iván dio una patada a una piedra que salió rebotando por la calle, Soufián me echó una mirada frunciendo el ceño, le mire y desvió la mirada, ¿sospecharía algo?, lo cierto es que estuvimos por lo menos diez minutos en el cuarto.

Nos despedimos en la esquina de siempre, cuando llegué a casa, mi madre estaba en la cocina, cenando algo ligero con la tele de fondo, mi madre trabajaba como gerente en un almacén de medicamentos y temas sanitarios.

¿Ya estás? ¿No te quedaste a cenar?

No, al final no, la madre llegó a casa antes.

¿Quieres que te caliente algo?

No, gracias, no tengo hambre.

Me miró un momento desde la mesa, como si dudara en preguntarme algo más, pero no lo hizo, solo asintió con un "vale, cariño" y volvió a mirar la tele.

Subí a mi cuarto, me cambié de ropa sin prender la luz y me tumbé en la cama, boca arriba, y me quedé mirando el techo, donde las sombras parecían moverse con el parpadeo de la farola de la calle.

Pensé en todo, en Marcos, en su cuerpo, en sus gemidos, en cómo le chupé la polla, en cómo me dejó tocarle su cuerpo, pensé en su hermano, mirándonos con esa inocencia que me heló la sangre.

En su madre, olfateando el aire como si lo supiera todo sin necesidad de palabras, y pensé en mí, en lo que quería, en lo que no debía querer, en lo que no podía decir.

Esa noche no dormí bien, solo me quedé ahí, mirando el techo, aún no me había corrido yo, llevé la mano dentro de mi bóxer, y comencé a tocarme, me dormí tras hacerme una buena paja, recordado la mamada que le hice a mi mejor amigo, Marcos.

( Continuará... )

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