Capítulo 8 ''Quebrado'' (Final)
Los noticieros locales no hablan de "agresión", sino de un "desafortunado accidente" durante una fiesta adolescente.
Louis Miller, hijo del Detective de Homicidios Albert Miller, fue hallado al pie de una escalera interna, con ambas piernas fracturadas y traumatismo leve, sin testigos, sin cámaras, solo una ventana entreabierta y una escalera mal iluminada.
Pero Tomi sabe la verdad.
Desde su habitación, frente al escritorio, observa a Shou, el muñeco ha vuelto a su sitio, como siempre, inmóvil, perfecto, pero sus ojos parecen más húmedos hoy, más atentos.
—Yo no lo hice. —dice Tomi en voz baja.
El aire no responde.
—Fue él, fue Shou, yo solo..., lo seguí.
Esa noche, sueña con Louis cayendo, pero no desde una escalera, desde un abismo sin fondo, y en la parte baja, esperándolo, está Shou, sonriendo con dientes humanos.
Tomi camina por el instituto como un fantasma entre paredes que ya no lo contienen, las voces de los profesores llegan a él como ecos submarinos, las risas de los alumnos son cuchillas de aire, cada pasillo parece inclinarse hacia un punto invisible, hacia un colapso.
Pero entonces se entera de algo que hace que el tiempo se congele, Kike e Irene no han venido a clase, y no vinieron ayer tampoco, ni se han conectado a ninguna red social.
Ni contestan los mensajes.
—Igual están castigados —dice una compañera—. O se han ido de puente.
Pero hay algo raro en el tono, en las miradas, en la tensión del ambiente, en cinco meses han desaparecido tres alumnos y el profesor de Educación Física.
Tomi se queda quieto frente a su taquilla, el eco de su respiración le retumba en el cráneo, uno a uno...
Los nombres se van tachando, y solo Sandra sigue viva.
Esa noche, Tomi no puede cenar, la comida le sabe a papel mojado, su madre lo observa desde el otro extremo de la mesa, tiene los ojos hundidos, el rostro tenso, desde hace días no pregunta nada, pero hoy..., algo la inquieta más de lo habitual.
—¿Te pasa algo? —murmura.
Tomi no responde.
—Tomás. ¿Estás bien?
La cuchara en su mano tiembla, la deja caer.
—No me preguntes eso. —responde él, sin mirarla, y se levanta.
Se encierra en el baño, cierra con pestillo, se sienta en el suelo, y empieza a llorar.
No con lágrimas dulces, con convulsiones, con arcadas, con dolor, con culpa.
Ve a Simón, sentado frente a él, sobre la bañera, con la misma capa de la noche de Halloween, la sangre aún fresca en su frente.
—¿¡Simón!? —pregunta Tomi, con los dientes apretados.
Simón no responde, solo lo observa.
—¡¿Responde?! ¡¡¿Simón eres tú?!!
La visión parpadea, cambia, Simón desaparece, en su lugar está su padre, con la cara llena de cortes, la mirada vacía, tiene la correa en la mano, el mismo cinturón que una vez usó para marcarle la espalda.
—¿Otra vez llorando, niño de mierda?
—¡Cállate! ¡Estás muerto! —grita Tomi.
Pero la visión cambia de nuevo, ahora es el profesor de Educación Física, con la camisa abierta, los ojos como pozos, se acerca lentamente, sus dedos hinchados buscan su hombro.
—Yo solo quería ayudarte, Tomás, eres especial...
Tomi grita, golpea la pared, se rasca los brazos con tanta fuerza que sangra.
—¡DEJADME EN PAZ!
Pero las visiones no se van, cuando se atreve a mirar al espejo, no se ve a sí mismo.
Ve a Shou o algo parecido, su cara, estirada en una sonrisa, ojeras negras, piel de madera, y los ojos..., sus propios ojos.
Tomi golpea el cristal con el puño, lo rompe, sangra, pero no le importa.
Abre la puerta del baño, sale temblando y se tumba en la cama, donde parece que por fin coge el sueño.
Escucha un ruido en el baño, la puerta de su cuarto está abierta, se incorpora y ve a su madre en el baño de su propio cuarto.
—¿Mamá? —pregunta, congelado.
Ella no responde, está arrodillada, mirando algo frente a ella, algo que ha sacado del hueco bajo el lavabo.
—Escuché el golpe, pensé que te pasó algo y al verte dormido..., me asomé al baño, estaba recogiendo los cristales y, entonces, lo vi...
Tomi, callado, escucha a su madre.
La madre le enseña un estuche escolar ensangrentado, un compás roto, un mechón de cabello y una hoja empapada en sangre seca.
En letras grandes, torcidas, dice: ''Lista Negra: Borja, Kike, Irene, Simón, Profesor, Sandra, Miller''.
Tomi queda paralizado, su madre se gira lentamente y lo mira con los ojos abiertos como platos.
—¿Qué... qué es esto, Tomás?
Él no contesta, no puede, las palabras se le ahogan en la garganta, la madre se incorpora.
—Mamá, escucha, eso no es mío, es de...
Tomi intenta tocar a su madre y esta se aleja un paso, su mirada ha cambiado, ya no ve a su hijo, ve a un extraño.
—¿Tú hiciste esto?
Tomi niega con la cabeza, pero su madre ya ha dado otro paso atrás.
—Voy a llamar a la policía, no estás bien, necesitas ayuda.
—No, por favor...
—¡No me toques! ¡No te acerques! —grita la madre y baja corriendo, Tomi cae de rodillas y empieza a llorar.
—¿¡Pero a qué coño esperas!? ¡¡DETENLA!! —grita Shou.
El mundo se parte para Tomi, Shou está en la puerta del cuarto de baño alterado.
—Ahora ya no hay vuelta atrás, debes matarla.
La madre de Tomi baja con velocidad, sus manos tiemblan mientras marca el número de la policía por segunda vez, su voz no tiene fuerza, pero alcanza a susurrar.
—Sí..., es mi hijo..., por favor..., vengan ya...
Desde lo alto de la escalera, Tomi la observa, no hay odio en sus ojos, solo vacío.
Las vendas sueltas de una herida que nunca cerró, desciende un escalón, y luego otro.
—¿Mamá...?
Ella gira, el móvil le resbala de su mano y cae al suelo.
—Tomi..., por favor..., no me hagas daño. —susurra—. No eres tú, esto no eres tú...
Pero Tomi ya no sabe quién es, solo oye una voz, una muy dentro, una voz que ya no suena a Shou, sino a sí mismo.
—Hazlo, ya está todo perdido, libérate, hazlo ahora, haz que termine. —dice Shou desde el piso de arriba.
Tomi camina hacia su madre, ella retrocede y tropieza con la mesa cayendo al suelo, Tomi se le lanza.
Un grito cortó el aire, y entonces...
—¡BASTA!
Un golpe sordo.
Tomi cae al suelo, una figura lo inmoviliza, brazos fuertes, una voz conocida.
Es el detective Miller.
—¡Tranquilo, Tomás! ¡Tranquilo! ¡Ya está!
Pero Tomi no lucha, no grita, solo se rompe, empieza a sollozar.
—¡¡Ha sido Shou, el muñeco, ha sido el muñeco!! —grita—. ¡¡Yo no hice nada malo!!
Miller lo abraza contra el suelo, lo contiene, y por primera vez, Tomi no siente miedo de que lo toquen.
Los días siguientes son borrosos, luces blancas, voces suaves, cámaras en las esquinas, pastillas en vasos de plástico.
Un hospital psiquiátrico, Tomi fue Internado, está sentado frente a una terapeuta, su voz es dulce, no lo juzga.
Él le cuenta cosas, pocas.
—El muñeco..., nunca habló en realidad, ¿verdad?
La terapeuta niega suavemente.
—No.
—¿Siempre fui yo?
—Sí, Tomi, siempre fuiste tú.
Los días pasan y no logran sacarle dónde están los cuerpos, y cómo hizo para que nunca nadie lo viese actuar, no se lo explican.
Tras varios meses de terapia e internamiento, Tomi parece mejorar, ya no escucha voces, se siente mejor.
Han pasado seis meses desde que Tomi fue internado.
Los médicos lo describen como funcional, pero emocionalmente plano, come, duerme e incluso hace dibujos de paisajes.
Ya no habla de muñecos, ya no menciona muertes, nadie lo visita, ni su madre, que ahora vive en otra ciudad, ni el detective Miller, hasta hoy.
La puerta se abre suavemente, un joven entra, con muletas, el paso torpe, pero determinado, tiene cicatrices en las piernas, y la mirada seria de quien ha tenido que crecer de golpe.
Louis Miller, el hijo del Detective.
Tomi levanta la vista, lo observa, pero no dice nada, Louis se sienta frente a él, en la pequeña sala de visitas del hospital psiquiátrico.
Durante un rato, solo se miran, y luego, Louis habla.
—Solo quería decirte..., que estoy vivo.
Tomi parpadea.
—Lo siento, siento haberte causado dolor, estaba enfermo, estoy, aún lo estoy, dicen que tengo esquizofrenia paranoide...
Louis le mira sorprendido y continúa.
—No vine a reprocharte nada, no sé si tú me empujaste, no sé si fue un accidente, no me importa ya.
Silencio.
Louis aprieta las muletas con fuerza.
—Pero hay algo que nunca le dije a mi padre, algo que..., no entendí hasta hace poco.
Tomi ladea ligeramente la cabeza.
Louis respira hondo.
—La noche de la caída..., justo antes de rodar por las escaleras, juro que vi algo, algo que no debería estar ahí.
Se inclina hacia Tomi.
—Unas manos pequeñas, de madera. , salieron de la oscuridad y me agarraron de los tobillos.
Tomi deja de parpadear y su corazón se acelera.
—No había nadie más, no era un niño, eran..., como de muñeco, un muñeco muy viejo, fue un instante, pero su sonrisa se me quedó grabada...
El mundo parece detenerse, Tomi lo mira, inmóvil.
—¿Tomi? ¿Me escuchas?
Tomi quiere hablar, pero no puede, su garganta se cierra.
Los médicos se acercan y echan a Louis, que lo mira preocupado.
Tomi sigue sentado, pero ya no respira igual, sus ojos se han abierto de par en par, y su rostro..., ha dejado de sentir.
Desde ese día, no vuelve a hablar, ni una sola palabra, solo observa el rincón más oscuro de su habitación, donde a veces, cuando la luz se apaga, Tomi ve una figura sentada.
Pequeña, inmóvil, con una sonrisa eterna, se sienta en el rincón de su habitación acolchada.
—Te dije que siempre estaría contigo. —la voz estridente de Shou.
Tomi se abraza a las rodillas, y en el fondo de su mente, como un eco que nunca se fue, vuelve a sonar un susurro suave, húmedo, persistente:
—Estoy contigo, siempre lo estuve, y nunca me iré, no cumpliste el trato, estaré contigo para siempre, siempre, SIEMPRE.
Fin
¿Os gustó el capítulo? ¡Deja tu comentario! ^_^
Si te ha gustado, ¡no olvides votar! ☆☆☆☆☆
Creado, revisado y editado (2025) por @TomiLobito
All rights reserved© Safe Creative Code: 2505141741075
ISBN Code: 9789403794938
Tomás S. Aranda