martes, 22 de abril de 2025

El susurro del muñeco - Capítulo 8 ''Quebrado'' (Final)

Capítulo 8 ''Quebrado'' (Final)



Los noticieros locales no hablan de "agresión", sino de un "desafortunado accidente" durante una fiesta adolescente.

Louis Miller, hijo del Detective de Homicidios Albert Miller, fue hallado al pie de una escalera interna, con ambas piernas fracturadas y traumatismo leve, sin testigos, sin cámaras, solo una ventana entreabierta y una escalera mal iluminada.

Pero Tomi sabe la verdad.

Desde su habitación, frente al escritorio, observa a Shou, el muñeco ha vuelto a su sitio, como siempre, inmóvil, perfecto, pero sus ojos parecen más húmedos hoy, más atentos.

Yo no lo hice. —dice Tomi en voz baja.

El aire no responde.

Fue él, fue Shou, yo solo..., lo seguí.

Esa noche, sueña con Louis cayendo, pero no desde una escalera, desde un abismo sin fondo, y en la parte baja, esperándolo, está Shou, sonriendo con dientes humanos.

Tomi camina por el instituto como un fantasma entre paredes que ya no lo contienen, las voces de los profesores llegan a él como ecos submarinos, las risas de los alumnos son cuchillas de aire, cada pasillo parece inclinarse hacia un punto invisible, hacia un colapso.

Pero entonces se entera de algo que hace que el tiempo se congele, Kike e Irene no han venido a clase, y no vinieron ayer tampoco, ni se han conectado a ninguna red social.

Ni contestan los mensajes.

Igual están castigados —dice una compañera—. O se han ido de puente.

Pero hay algo raro en el tono, en las miradas, en la tensión del ambiente, en cinco meses han desaparecido tres alumnos y el profesor de Educación Física.

Tomi se queda quieto frente a su taquilla, el eco de su respiración le retumba en el cráneo, uno a uno...

Los nombres se van tachando, y solo Sandra sigue viva.

Esa noche, Tomi no puede cenar, la comida le sabe a papel mojado, su madre lo observa desde el otro extremo de la mesa, tiene los ojos hundidos, el rostro tenso, desde hace días no pregunta nada, pero hoy..., algo la inquieta más de lo habitual.

¿Te pasa algo? —murmura.

Tomi no responde.

Tomás. ¿Estás bien?

La cuchara en su mano tiembla, la deja caer.

No me preguntes eso. —responde él, sin mirarla, y se levanta.

Se encierra en el baño, cierra con pestillo, se sienta en el suelo, y empieza a llorar.

No con lágrimas dulces, con convulsiones, con arcadas, con dolor, con culpa.

Ve a Simón, sentado frente a él, sobre la bañera, con la misma capa de la noche de Halloween, la sangre aún fresca en su frente.

¿¡Simón!? —pregunta Tomi, con los dientes apretados.

Simón no responde, solo lo observa.

¡¿Responde?! ¡¡¿Simón eres tú?!!

La visión parpadea, cambia, Simón desaparece, en su lugar está su padre, con la cara llena de cortes, la mirada vacía, tiene la correa en la mano, el mismo cinturón que una vez usó para marcarle la espalda.

¿Otra vez llorando, niño de mierda?

¡Cállate! ¡Estás muerto! —grita Tomi.

Pero la visión cambia de nuevo, ahora es el profesor de Educación Física, con la camisa abierta, los ojos como pozos, se acerca lentamente, sus dedos hinchados buscan su hombro.

Yo solo quería ayudarte, Tomás, eres especial...

Tomi grita, golpea la pared, se rasca los brazos con tanta fuerza que sangra.

¡DEJADME EN PAZ!

Pero las visiones no se van, cuando se atreve a mirar al espejo, no se ve a sí mismo.

Ve a Shou o algo parecido, su cara, estirada en una sonrisa, ojeras negras, piel de madera, y los ojos..., sus propios ojos.

Tomi golpea el cristal con el puño, lo rompe, sangra, pero no le importa.

Abre la puerta del baño, sale temblando y se tumba en la cama, donde parece que por fin coge el sueño.

Escucha un ruido en el baño, la puerta de su cuarto está abierta, se incorpora y ve a su madre en el baño de su propio cuarto.

¿Mamá? —pregunta, congelado.

Ella no responde, está arrodillada, mirando algo frente a ella, algo que ha sacado del hueco bajo el lavabo.

Escuché el golpe, pensé que te pasó algo y al verte dormido..., me asomé al baño, estaba recogiendo los cristales y, entonces, lo vi...

Tomi, callado, escucha a su madre.

La madre le enseña un estuche escolar ensangrentado, un compás roto, un mechón de cabello y una hoja empapada en sangre seca.

En letras grandes, torcidas, dice: ''Lista Negra: Borja, Kike, Irene, Simón, Profesor, Sandra, Miller''.

Tomi queda paralizado, su madre se gira lentamente y lo mira con los ojos abiertos como platos.

¿Qué... qué es esto, Tomás?

Él no contesta, no puede, las palabras se le ahogan en la garganta, la madre se incorpora.

Mamá, escucha, eso no es mío, es de...

Tomi intenta tocar a su madre y esta se aleja un paso, su mirada ha cambiado, ya no ve a su hijo, ve a un extraño.

¿Tú hiciste esto?

Tomi niega con la cabeza, pero su madre ya ha dado otro paso atrás.

Voy a llamar a la policía, no estás bien, necesitas ayuda.

No, por favor...

¡No me toques! ¡No te acerques! —grita la madre y baja corriendo, Tomi cae de rodillas y empieza a llorar.

¿¡Pero a qué coño esperas!? ¡¡DETENLA!! —grita Shou.

El mundo se parte para Tomi, Shou está en la puerta del cuarto de baño alterado.

Ahora ya no hay vuelta atrás, debes matarla.

La madre de Tomi baja con velocidad, sus manos tiemblan mientras marca el número de la policía por segunda vez, su voz no tiene fuerza, pero alcanza a susurrar.

Sí..., es mi hijo..., por favor..., vengan ya...

Desde lo alto de la escalera, Tomi la observa, no hay odio en sus ojos, solo vacío.

Las vendas sueltas de una herida que nunca cerró, desciende un escalón, y luego otro.

¿Mamá...?

Ella gira, el móvil le resbala de su mano y cae al suelo.

Tomi..., por favor..., no me hagas daño. —susurra—. No eres tú, esto no eres tú...

Pero Tomi ya no sabe quién es, solo oye una voz, una muy dentro, una voz que ya no suena a Shou, sino a sí mismo.

Hazlo, ya está todo perdido, libérate, hazlo ahora, haz que termine. —dice Shou desde el piso de arriba.

Tomi camina hacia su madre, ella retrocede y tropieza con la mesa cayendo al suelo, Tomi se le lanza.

Un grito cortó el aire, y entonces...

¡BASTA!

Un golpe sordo.

Tomi cae al suelo, una figura lo inmoviliza, brazos fuertes, una voz conocida.

Es el detective Miller.

¡Tranquilo, Tomás! ¡Tranquilo! ¡Ya está!

Pero Tomi no lucha, no grita, solo se rompe, empieza a sollozar.

¡¡Ha sido Shou, el muñeco, ha sido el muñeco!! —grita—. ¡¡Yo no hice nada malo!!

Miller lo abraza contra el suelo, lo contiene, y por primera vez, Tomi no siente miedo de que lo toquen.

Los días siguientes son borrosos, luces blancas, voces suaves, cámaras en las esquinas, pastillas en vasos de plástico.

Un hospital psiquiátrico, Tomi fue Internado, está sentado frente a una terapeuta, su voz es dulce, no lo juzga.

Él le cuenta cosas, pocas.

El muñeco..., nunca habló en realidad, ¿verdad?

La terapeuta niega suavemente.

No.

¿Siempre fui yo?

Sí, Tomi, siempre fuiste tú.

Los días pasan y no logran sacarle dónde están los cuerpos, y cómo hizo para que nunca nadie lo viese actuar, no se lo explican.

Tras varios meses de terapia e internamiento, Tomi parece mejorar, ya no escucha voces, se siente mejor.

Han pasado seis meses desde que Tomi fue internado.

Los médicos lo describen como funcional, pero emocionalmente plano, come, duerme e incluso hace dibujos de paisajes.

Ya no habla de muñecos, ya no menciona muertes, nadie lo visita, ni su madre, que ahora vive en otra ciudad, ni el detective Miller, hasta hoy.

La puerta se abre suavemente, un joven entra, con muletas, el paso torpe, pero determinado, tiene cicatrices en las piernas, y la mirada seria de quien ha tenido que crecer de golpe.

Louis Miller, el hijo del Detective.

Tomi levanta la vista, lo observa, pero no dice nada, Louis se sienta frente a él, en la pequeña sala de visitas del hospital psiquiátrico.

Durante un rato, solo se miran, y luego, Louis habla.

Solo quería decirte..., que estoy vivo.

Tomi parpadea.

Lo siento, siento haberte causado dolor, estaba enfermo, estoy, aún lo estoy, dicen que tengo esquizofrenia paranoide...

Louis le mira sorprendido y continúa.

No vine a reprocharte nada, no sé si tú me empujaste, no sé si fue un accidente, no me importa ya.

Silencio.

Louis aprieta las muletas con fuerza.

Pero hay algo que nunca le dije a mi padre, algo que..., no entendí hasta hace poco.

Tomi ladea ligeramente la cabeza.

Louis respira hondo.

La noche de la caída..., justo antes de rodar por las escaleras, juro que vi algo, algo que no debería estar ahí.

Se inclina hacia Tomi.

Unas manos pequeñas, de madera. , salieron de la oscuridad y me agarraron de los tobillos.

Tomi deja de parpadear y su corazón se acelera.

No había nadie más, no era un niño, eran..., como de muñeco, un muñeco muy viejo, fue un instante, pero su sonrisa se me quedó grabada...

El mundo parece detenerse, Tomi lo mira, inmóvil.

¿Tomi? ¿Me escuchas?

Tomi quiere hablar, pero no puede, su garganta se cierra.

Los médicos se acercan y echan a Louis, que lo mira preocupado.

Tomi sigue sentado, pero ya no respira igual, sus ojos se han abierto de par en par, y su rostro..., ha dejado de sentir.

Desde ese día, no vuelve a hablar, ni una sola palabra, solo observa el rincón más oscuro de su habitación, donde a veces, cuando la luz se apaga, Tomi ve una figura sentada.

Pequeña, inmóvil, con una sonrisa eterna, se sienta en el rincón de su habitación acolchada.

Te dije que siempre estaría contigo. —la voz estridente de Shou.

Tomi se abraza a las rodillas, y en el fondo de su mente, como un eco que nunca se fue, vuelve a sonar un susurro suave, húmedo, persistente:

Estoy contigo, siempre lo estuve, y nunca me iré, no cumpliste el trato, estaré contigo para siempre, siempre, SIEMPRE.

Fin

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Creado, revisado y editado (2025) por @TomiLobito

All rights reserved© Safe Creative Code: 2505141741075

ISBN Code: 9789403794938 

Tomás S. Aranda

martes, 8 de abril de 2025

El susurro del muñeco - Capítulo 7 ''El fin justifica los medios''

Capítulo 7 ''El fin justifica los medios''

Tomi mira a su reflejo en el cristal de la ventana y por un segundo, no se reconoce.

Su cara parece estirada, sus ojos, más hundidos, hay una sombra sobre su hombro que no estaba ahí antes, una presencia, algo que sonríe con dientes invisibles.

No puedo, el Detective sospecha de mí... —murmura, con una calma nueva, desconocida.

Se gira hacia el muñeco.

Pues, iremos a por el Detective, quitémosle lo que más quiere... —susurra Shou.

Lo que más quiere...

Silencio.

Tomi coge un destornillador que no sabe por qué está ahí, lo aprieta y se mira al espejo, Shou, a su lado, sonríe.

Lo que más quiere..., su hijo.

Es de noche, desde su cama, Tomi observa el techo agrietado, ha dejado de intentar dormir, las voces no se callan, son cuchicheos intermitentes, como gotas que caen dentro de su cráneo, algunas vienen de lejos, otras, las más claras, vienen de dentro.

Estás cansado, ¿verdad? —dice la voz de Shou desde el rincón.

El muñeco está sentado sobre la repisa de la ventana, nadie lo ha puesto ahí.

Estás harto de sentir que respiras con una piedra en el pecho, de que la gente viva su vida como si nada hubiese pasado, pero ya han pasado varios días, y aquí estás, sin actuar.

Tomi no responde.

Yo puedo silenciarlo todo. —promete Shou—. Las voces, las pesadillas, la culpa, pero tienes que terminar lo que empezaste.

Tomi cierra los ojos.

No voy a matar al hijo del Detective, no soy como tú, no soy un asesino.

Shou no parpadea, no necesita hacerlo.

Claro, ahora he sido yo, soy un muñeco Tomi, un puto muñeco inerte, no me muevo, no tengo vida, todos los asesinatos han sido tuyos, todos.

Tomi le ignora.

Vale, hagamos un trato, si lo cumples desapareceré de tu vida.

Tomi escucha atentamente, pero con los ojos cerrados, haciendo como si le ignorase.

Debes terminar lo que empezamos, Kike, Irene, Sandra, los tres te han destrozado la vida, los tres rieron, se burlaron, te humillaron, y los tres siguen vivos, como si no fuesen culpables, como si tú no importaras.

Las palabras se arrastran por su mente como lombrices mojadas, Tomi se incorpora en la cama y sienta, se mira las manos, siente que ya no le pertenecen.

Yo no puedo... —empieza a temblar.

¿Acaso no recuerdas la mirada de Simón antes de morir? ¿El momento en que decidiste seguirle corriendo, gritando su nombre, sabiendo que podría acabar mal?

Tomi aprieta los dientes.

Shou se inclina apenas, su sonrisa parece más ancha esta noche.

Fue culpa de ellos, piénsalo, si no te hubieran destrozado la vida, nunca me habrías encontrado, ¿no? Por tanto, Simón jamás te habría visto discutir con un muñeco.

Tomi asiente, sabe que Shou tiene razón.

Además, escuchaste a tu madre esta tarde, el Detective Miller quiere volver a interrogarte, quizás encontró algo con lo que inculparte, vas a acabar en un centro de menores asesinos, allí serás una princesa.

¡CÁLLATE!

Tomi se tumba y se tapa los oídos, y así, logra por fin coger el sueño, ante el silencio de Shou.

A la mañana siguiente, justo cuando Tomi va a salir a clase, el Detective lo espera en la entrada de su casa.

Hola, Tomás, ¿Podemos hablar?

Ambos entran en casa y toman asiento, Tomi deja la mochila a un lado con enfado.

Tenemos nuevas declaraciones, testigos que vieron a Simón y a ti discutiendo la noche del accidente. —dice, mientras la madre de Tomi le sirve café con manos temblorosas.

Tomi está sentado al borde del sofá, la vista fija en una mota de polvo flotando.

Fue una discusión normal, nada más. —responde fríamente.

Miller se inclina hacia él.

¿Sabes qué es lo que más me molesta, Tomás? —dice, en tono bajo—. Que cada vez que muere alguien cerca de ti, pareces... intacto, ni una lágrima, ni un temblor, ni un ''por qué''.

Tomi alza la vista, sus ojos están vacíos.

¿Y qué esperas que haga? ¿Que me ponga a llorar delante de todos para que crean que soy inocente?

Miller no responde, solo lo observa, sus ojos, oscuros y agrietados, revelan algo más profundo, una preocupación auténtica, pero no por el caso, por él.

El detective se queda callado, luego se levanta.

No estoy aquí para juzgarte, solo para entenderte.

Detective, ¿Por qué vino? Esa declaración es absurda, como ya dije, si estuve con Simón y él no vio el coche, yo no hice nada, piensa realmente, ¿que lo maté?

El Detective resopla y deja el café a un lado.

¿Lo hiciste?

No, yo no he matado a nadie, no hice nunca nada malo, y por intentar ser buena persona siempre soy el que me llevo los palos, así que si me disculpa tengo que ir a clase.

Tomi se levanta ante la mirada del Detective y de la madre, se cuelga la mochila en la espalda y ve marcha.

Va a por ti. —dice Shou.

Lo sé.

El hijo —le recuerda Shou, si lastimas lo que más le importa, se irá, abandonará el caso, no querrá volver a mirar en tu dirección.

¿Y si no es como los demás? ¿Y si su hijo no me ha hecho nada?

Silencio.

¿Y acaso Borja te golpeó directamente todos los días? ¿O Irene? ¿O Sandra? No siempre se necesita el puño para destruir a alguien, a veces basta con mirar hacia otro lado, reír en el momento equivocado.

Tomi se levanta y mira la ciudad desde la ventana.

Shou lo observa.

La fiesta de Diana. —dice Shou—. Este fin de semana, la casa de Diana, todos van a estar allí, también el hijo del detective.

¿Cómo sabes eso? Espera, ¿y cómo sabes quién es su hijo? —pregunta Tomi nervioso.

Lo sé, tengo mis métodos. —Shou saca una foto de su chaqueta y la lanza a la cama—. Ese es el chico del Detective, elimina a su hijo y tendremos vía libre.

La decisión ya está tomada.

La casa está llena de luces cálidas y música electrónica que golpea el pecho como una taquicardia colectiva, adolescentes disfrazados, beben, gritan, se empujan, se besan, nadie mira a nadie, todos quieren ser vistos, pero solo de forma superficial.

Tomi entra por la puerta lateral, va de negro con una sudadera con capucha, la capucha baja le cubren el rostro, nadie lo reconoce, nadie lo saluda.

El hijo de Miller está en la cocina, se llama Louis, es un chico delgado, blanco y con un cabello ondulado a media melena, ríe con dos chicas que no conoce realmente.

Tomi lo observa desde la escalera, el corazón le late con fuerza, tiene miedo, dudas, no quiere hacerle daño, ese chico nunca se metió con él.

Debo saber antes si es mala persona, no actuaré si es buena persona, no lo haré... —se decía Tomi a sí mismo en voz baja.

Louis se separa del grupo y sube al piso de arriba, la puerta del baño está al fondo, Tomi lo sigue, nadie repara en él, todos están demasiado ocupados mostrando sonrisas falsas.

Cuando Louis entra al baño, Tomi cruza el pasillo como una sombra, y espera.

Minutos después, la puerta se abre y no tiene tiempo de gritar, unas manos le sujetan por los tobillos y este cae hacia las escaleras, el cuerpo de Louis rueda, golpea y rebota hasta llegar al final, donde se detiene su cuerpo, inerte.

Todos comienzan a gritar y se acercan con velocidad para socorrerlo, Tomi ya está fuera, corre entre árboles y salta una valla, se esconde detrás de un contenedor.

Respira, las manos le tiemblan, no sabe si Louis está muerto, no sabe si él lo deseaba.

Solo sabe que él no fue, estaba esperando a que saliera y vio a Shou sujetar sus tobillos, era la primera vez que veía al muñeco actuar, ahora estaba seguro, no estaba loco, todo lo hizo Shou.

Horas más tarde, ya en casa, se arrastra hasta su cama, su cuerpo parece de piedra, su pecho arde.

Shou está en la esquina, donde siempre, su sonrisa ha mutado.

Ya no es una mueca torcida.

Es una sonrisa de victoria.

Te vi, hijo de puta...

¿Y qué? Sé que tú no ibas a atreverte a hacerlo.

Tomi no responde, cierra los ojos, pero el silencio no lo consuela, y entonces comprende algo aterrador.

No se siente culpable por lo que Shou hizo, y eso... eso sí lo asusta.

(Continuará...)

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Creado, revisado y editado (2025) por @TomiLobito

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ISBN Code: 9789403794938