Capítulo 7 ''Noche de Halloween''
Tengo que confesarle a mi novia que soy gay y decirle a mi primo que estoy enamorado de él, pero no todo sale bien, ¿por qué siempre acabo chupándola?
La voz de mi madre rompió el silencio como un cuchillo sobre vidrio.
—¿Se puede saber qué demonios ha pasado entre vosotros?
Estábamos los tres en el comedor, la mesa del centro parecía demasiado grande, demasiado fría.
Mi primo Erik tenía hielo sobre el ojo izquierdo, yo sentía el pulso latiendo en mi labio partido, la sangre ya se había secado, pero el escozor seguía ahí, igual que la rabia.
—Kyle, te estoy hablando.
La miré, pero no dije nada, ¿Cómo iba a explicarle que le había soltado un puñetazo a mi primo porque me había cambiado la sexualidad? ¿Cómo se dice algo así sin parecer que estás más confundido que enfadado?
Ella miró a Erik, luego a mí, luego al hielo en su ojo y la servilleta sucia que yo tenía presionada contra mi boca.
—¿Fue por una chica? ¿Por dinero? ¿Qué clase de estupidez ha hecho que os peleéis así en plena calle como si fuerais salvajes?
Erik tragó saliva, yo le lancé una mirada rápida, sabía que él lo entendía, que si alguien iba a decir algo, tenía que ser él.
—¿No vais a hablar? Entonces me da igual lo que haya sido, el castigo es el mismo, este fin de semana os quedáis en casa, sin salir, ni al cine, ni a la calle, a ningún sitio, ¿Me habéis entendido?
Apreté los dientes, las palabras querían salir, pero no me atrevía, no sabía si me daba más miedo mi madre o lo que iba a decir Erik.
Él resopló, se frotó el ojo herido, luego se pasó una mano por el cuello, incómodo, y habló.
—Fue culpa mía. —dijo, sin mirarla—. Yo... lo provoqué, lo piqué hasta que explotó, solo quería... no sé, fastidiarlo un poco.
Mi madre frunció el ceño.
—¿Por qué?
—No importa. —dije rápido—. Solo importa que fue él, que empezó él.
Erik me miró, había algo raro en su cara, culpa, o quizá vergüenza.
Mi madre suspiró, largo y hondo.
—Sois unos críos, si no sabéis resolver las cosas hablando, entonces vais a tener mucho tiempo para pensar en casa, el castigo se mantiene y si os volvéis a poner una mano encima, os juro que no vais a salir de casa en un mes.
Se levantó y salió del comedor, el silencio volvió, solo se oía el zumbido del frigorífico.
Yo miré a Erik, él me sostuvo la mirada, y por un segundo, no hubo odio, solo confusión.
—¿Por qué lo hiciste? —pregunté en voz baja.
Erik se encogió de hombros.
—Porque tienes razón, fue culpa mía, todo lo que toco lo destruyo.
No dije nada, solo miré hacia la puerta por la que había salido mi madre, el labio me ardía, me levanté y subí al baño, deseché el trapo con sangre en la papelera y mojé mi labio con agua, después me apliqué una tirita.
Me desnudé y me metí en la ducha, necesitaba despejarme, el agua caliente me corría por el cuerpo como una manta pesada, me ardía el labio cada vez que el chorro lo tocaba, pero no me quejé, no podía, el dolor era lo único que me mantenía en el presente, lejos del nudo que tenía en el estómago.
Me enjaboné despacio, como si el tiempo fuera algo que pudiera estirar para no enfrentarme a lo que venía después, las palabras que tenía que decirle.
Cuando salí de la ducha, el pasillo estaba en penumbra, la luz del cuarto de Erik se colaba por debajo de la puerta, dudé un segundo frente a ella, el pelo aún goteando, la toalla colgando de la cintura, decidí primero ponerme un pijama, tiré la toalla en la cama y me puse un pantalón corto de Sonic y una camiseta a juego, me estaba pequeño ya, debería decirle a mi madre que me diera algo de dinero para renovar el armario…
Me acerqué y abrí la puerta despacio tras dar unos toques avisando.
—¿Erik?
No hubo respuesta, pero escuché algo moverse dentro, me arriesgué y abrí la puerta del todo.
Estaba tumbado en la cama, con una sudadera vieja y los auriculares puestos, miraba al techo como si ahí estuviera todo lo que necesitaba entender.
—¿Puedo...?
Él se quitó uno de los auriculares y se incorporó ligeramente.
—¿Qué?
Me apoyé en el marco de la puerta, me sentía idiota, pero peor sería no decir nada.
—Solo quería…, darte las gracias, por no decirle a mi madre la verdad, por…, cubrirme.
Erik no dijo nada al principio, solo me miró con ese ojo morado que le había dejado yo mismo.
—No lo hice por ti. —dijo al final, con la voz apagada—. Lo hice porque ya bastante ridículo fue lo que hice yo, no tenía sentido meter a tu madre en eso también.
Asentí, sin saber qué responder, el silencio se alargó, luego, me tragué el orgullo.
—Lo del puñetazo…, lo siento, no tenía que haberlo hecho.
Se encogió de hombros.
—Supongo que lo merecía, me siento mal desde que te forcé en el baño… —dijo cabizbajo.
—A ver…, forzado…, forzado…, no fue…, lo que pasa es que, estoy confundido, Erik.
—¿A qué te refieres? —preguntó confuso.
Cerré la puerta por dentro y me acerqué un poco.
—Estuve con Celia…, es algo que siempre quise desde que salgo con ella, pero, no, no pude…
Dio una palmada al colchón, como si me invitara a sentarme, me acerqué y me senté a su lado.
—¿Tú lo sabías desde hace tiempo? —pregunté, sin atreverme a mirarlo.
—¿El qué?
—Que te gustaban los chicos.
Erik tardó en contestar, resopló y habló.
—Nunca lo supe al cien por cien, pero contigo fue especial, desde el primer momento me atrajiste…
Eso me dejó callado, miré al suelo, sentía como si las paredes se cerraran un poco más cada segundo.
—¿Y tú? —me preguntó, bajito.
—No lo sé…
Y era verdad, no lo sabía.
Me quedé en silencio, tragando saliva, sintiendo cómo el corazón me golpeaba en el pecho como si quisiera escaparse.
Mi Erik no dijo nada, ni se movió, seguía ahí, sentado en su cama, mirándome, esperando quizá que lo dejara en paz, pero no me fui.
—Desde que lo hicimos…, —dije al fin, bajando la voz—, no dejo de pensar en eso.
Él frunció ligeramente el ceño, pero no dijo nada, lo tomé como permiso para seguir.
—No fue solo por…, follarme…, fue lo que despertó en mí…, es como si…, desde entonces, algo en mí se hubiera manifestado, empecé a mirar a los chicos de otra forma, a notarlo, a sentir cosas, a sentirme raro.
Erik respiró hondo, como si ya supiera hacia dónde iba todo.
—Ya, por mi culpa ahora estás así, lo sé, pero, ¿Y Celia?
Me pasé una mano por el pelo húmedo, frustrado.
—Con Celia…, no sé, se ha enfriado, las cosas no fluyen, cuando me besa, pienso en otra persona, a veces en ti y me siento como una mierda por eso, porque…, porque no solo estoy confundido, es que lo peor es que creo que me gustas…, tú, joder.
Erik me miró, no con sorpresa, sino con esa tristeza silenciosa que se siente cuando uno sabe que no puede dar lo que el otro necesita.
—Te pegué porque te vi con ese chico. —solté, casi sin aire.
—Mason, lo conocí hace unos días en un bar de ambiente…
—Ah…, entonces…
—Sí, el que nos separó, estamos saliendo, Kyle.
Me quedé callado, esa confesión me dolió, intenté besarlo y apartó la mirada.
Erik se pasó la mano por la nuca y bajó la mirada.
—No tenía que haberte…
—¿Follado? —dije.
—Joderte, sí. —dijo, casi en un susurro—. Fui egoísta, sabía que te podía confundir y lo hice igual, me dejé llevar y ahora te sientes así, perdido, lo siento mucho, Kyle, de verdad.
Quise decir que no era solo su culpa, que yo también había respondido, pero él siguió hablando.
—Somos primos, no puede pasar nada más, no debe, yo...
—No sigas… —mis ojos, empezaban a lagrimear, no podía evitarlo, me había enamorado de mi primo Erik.
—Tío, lo siento, de verdad, ese chico me hace reír, me hace sentir bien, me mira sin que tenga que esconder nada y la verdad es que quiero ver adónde va eso.
Sentí como si algo se encogiera dentro de mí, no era rabia, era tristeza y culpa, sabía que no tenía nada que hacer con él, estaba lejos de mí, era demasiado guapo y perfecto para alguien como yo, aunque doliera admitirlo.
—Tienes que hablar con Celia —dijo Erik, con firmeza pero sin dureza—. No puedes seguir así, no puedes fingir algo que ya no sientes, sé honesto, dile que has cambiado, que estás cambiando, no es justo ni para ella ni para ti.
Asentí, sin mirarlo.
—Me va a odiar.
—Puede que sí o puede que no, pero va a dolerle más si sigues al lado de ella sin estar realmente ahí.
Me quedé quieto, sentado en el borde de su cama, Erik puso una mano en mi hombro, me giró y me abrazó, un abrazo corto, pero sincero, uno de esos que no necesita más palabras.
Después salí del cuarto sin decir nada más, cerré la puerta con cuidado, como si temiera que mi madre se despertase si hacía ruido.
Esa noche me metí en la cama con el pecho lleno de cosas que no sabía cómo ordenar, tenía frío, aunque el cuerpo aún estaba tibio por la ducha.
Pensé en Celia, en su cara cuando le dijera la verdad, pensé en Erik, en cómo me miró, en cómo se alejó sin alejarse del todo.
Y pensé, por primera vez, que quizá no estaba roto, solo estaba empezando a entender quién era.
El domingo me la pasé en casa, castigado, mi primo igual, cada uno en su cuarto, yo estuve buscando por Internet temas sobre la homosexualidad, confesiones, ayudas…
Sí, estaba nervioso por lo que iba a hacer, pero estaba seguro de hacerlo, tenía que hacerlo.
El lunes amaneció con una niebla densa y gris, como si el cielo supiera que ese día no era uno cualquiera, me vestí despacio, sintiendo el peso del mundo en los hombros, el estómago lo tenía cerrado, como si hubiera tragado piedras, temblaba, pero no de frío, sino de miedo, miedo real, miedo de verdad, a veces sentía náuseas.
Mi amigo Mike llegó puntual, como siempre para recogerme e ir al Instituto con su mochila colgada de un solo hombro y esa chaqueta negra que siempre usaba cuando el aire olía a invierno.
—¡Qué tal Kyle! —dijo, cuando abrí la puerta de casa.
—Ahí vamos… —respondí, sin apenas voz.
—¿Qué te pasó en el labio? —preguntó y quiso tocarme el labio.
—Nada…, una pelea tonta con mi primo. —confesé y le aparté el dedo—. ¿Nos vamos?
Durante los primeros minutos del trayecto no hablamos, el silencio era espeso, él lo notó, claro, me lanzó un par de miradas de reojo, sin decir nada, pero sé que estaba esperando que hablara.
Yo desviaba la mirada cuando me miraba, sentía las manos heladas, el pecho apretado, el corazón me latía como si estuviera huyendo de algo.
—¿Estás bien? —preguntó, con esa voz suya tan directa pero cálida.
Tragué saliva, no estaba bien y necesitaba soltarlo.
—Mike...
Él me miró, preocupado.
—¿Qué pasa?
—Tengo que decirte algo.
—Vale...
Inspiré hondo, una, dos veces, me temblaba el labio, y entonces lo solté, así, sin darle más vueltas, sin vaselina.
—Soy gay.
El silencio fue brutal, tan denso que dolía, Mike se detuvo y me miró, su mirada era entre incertidumbre y no creérselo.
Quise desaparecer, sentí que el aire desaparecía de golpe del coche, como si me hubieran cerrado en una caja sin oxígeno, me mareé, las manos me sudaban, el pecho se me encogía, estaba a punto de romperme, de llorar ahí mismo, de gritar.
Apreté con tantas fuerzas las asas de mi mochila que casi las destrozo, pero entonces sentí su mano en mi hombro.
—Ey, Kyle. —dijo, sonriendo un poco—. Tranquilo, tío, cálmate, no se acabó el mundo, vale, eres gay, ¿y qué?
No supe qué decir, me tapé la cara con las manos, estaba al borde del colapso, nunca me había sentido tan vulnerable, ni siquiera con Erik.
—Lo siento, joder. —murmuré—. No quería que cambiase nada entre nosotros, pero tenía que decírtelo, me estaba matando por dentro, desde que llegó Erik, todo cambió…, yo también cambié y no sabía cómo decírtelo, no quería perderte, no quería que me miraras distinto.
Mike me llevó a una esquina, cerca de un árbol, dejando que los demás chavales que iban al instituto no nos pudieran escuchar.
—No te miro distinto tío. —dijo, con firmeza—. Te miro igual, solo que ahora entiendo por qué estabas tan apagado, me alegro de que me lo digas, de verdad, eres mi mejor amigo, y eso no va a cambiar porque te gusten los chicos.
No pude evitarlo, se me escaparon un par de lágrimas, las sequé rápido, como si eso pudiera evitar que las hubiera.
Él me abrazó, fuerte, su abrazo fue sincero, me quité un peso enorme de encima.
—Gracias. —susurré.
—Gracias a ti por confiar en mí, va tío, anima esa cara, además que mañana es Halloween, ¿no te hace ilusión?
—Claro tonto.
Seguimos el camino en silencio, pero ya no era un silencio tenso, era un silencio de paz, de alivio.
Cuando llegamos al instituto, me sentía como volar, como si me hubieran quitado una piedra de encima, no, un muro entero, por primera vez en mucho tiempo, me sentía más yo que nunca.
—¿Vas a hablar con Celia? —me preguntó Mike, antes de separarnos.
Asentí, los nervios volvieron, pero ya no me paralizaban, esta vez los podía manejar, esta vez no estaba solo.
Y así, las clases siguieron con normalidad, hasta que llegó la hora del recreo, me acerqué a Mike y le dije que buscaría a Celia.
Busqué a Celia por todo el patio durante el recreo, el corazón me latía como un tambor, las manos me sudaban, y repasaba una y otra vez lo que iba a decirle, no quería que sonara a excusa, ni a despedida fría.
Quería que lo entendiera, que supiera que lo intenté, que fui sincero, aunque fuera tarde, pero no estaba, pasé por las mesas del fondo, la cafetería, incluso el banco donde a veces se sentaba a leer.
Nada, empecé a pensar que quizás me estaba evitando, no la culpaba, a lo mejor ya sabía algo, no, no puede ser, quizás fue por el plantón del sábado, me odiaba.
Entonces lo vi, Dylan, su hermano pequeño.
Estaba solo, masticando chicle y con un batido de chocolate, como siempre, lo raro fue cómo me miraba, fijo, intenso, como si supiera más de lo que debía, como si estuviera esperando algo de mí.
Me acerqué con paso decidido.
—¿Dylan?
Él pegó un respingo, como si lo hubiera pillado haciendo algo malo, de repente, giró sobre sus talones y salió corriendo.
—¡¿Qué haces?! —grité, y sin pensarlo, salí tras él.
Lo seguí por los pasillos del edificio viejo hasta que lo vi colarse en el gimnasio, joder, para estar gordito corría el jodío, empujé la puerta justo a tiempo para verlo esconderse detrás de las colchonetas apiladas.
—¡Sal de ahí! —dije, jadeando—. ¿Qué pasa contigo?
Dylan salió a regañadientes, con las manos en los bolsillos y esa cara de niño pillado en medio de una travesura que se ha ido de las manos.
—¿Dónde está tu hermana? —pregunté.
—No ha venido. —respondió, encogiéndose de hombros—. Está resfriada o algo.
Me llevé una mano al pecho, aliviado y frustrado al mismo tiempo.
—¿Y por qué saliste corriendo? ¿Qué pasa contigo?
Dylan me miró, esa mirada rara volvió a aparecer, medio vacilante, medio retadora.
—Estoy cansado de que Celia se lleve siempre a los chicos guapos.
Fruncí el ceño, ¿Había oído bien?
—¿Qué…?
—Me gustas. —soltó, rápido, como una bala—. Desde siempre, desde que viniste a casa con Celia, ella te presentó como su novio, pero yo te vi antes, me gustabas desde que te vi, y…, y… cuando ella se presentó en casa contigo…, me JODIÓ, mis hermanas siempre se llevan todo, aunque no lo merezcan.
Me quedé congelado, no sabía si reír, gritar o salir corriendo yo también.
—Dylan, escucha, estás confundido, estás descubriendo tu sexualidad, es normal estar confundido, tú y yo no somos nada, solo somos amigos. —dije, con calma—. Y tú…, eres muy joven, aún estás creciendo, lo que sientes, puede que ni siquiera sea lo que crees.
—No digas eso como si no sintiera de verdad. —escupió, dolido—. No sabes lo que siento.
—Tienes razón, disculpa, escucha, no lo compliques, busco a tu hermana para cortarla, ¿vale? No quiero más problemas, solo decirle que no vamos a seguir juntos.
Hubo un silencio.
—Vale, entonces, ¿podemos salir juntos?
—¿Qué? No, Dylan…
—¿Es porque estoy gordo? ¡¿¿Es por eso??! —comenzó a gimotear.
—No Dylan, te lo juro, no es por eso, tío, es que no funciona así…
—Ya, claro, pero con tu primo sí, ¿no? ¿Qué pasaría si cuento que te metes en la cama con tu primito?
La rabia me subió de golpe, como una tormenta.
—¿Estás amenazándome?
Dylan retrocedió un paso, tal vez no esperaba que yo alzara la voz, ni que mis ojos se llenaran de furia de verdad.
—Dylan, NO me amenaces, o te irá mal.
Nos miramos en silencio unos segundos, él bajó la mirada como entendiendo que había ido demasiado lejos.
—Sólo quería estar contigo… —confesó.
—No se consigue eso jodiendo a los demás. —dije—. Yo sé lo que es sentirse solo, pero no voy a dejar que conviertas mi vida en una amenaza.
Me di la vuelta sin decir nada más, el corazón aún me latía con fuerza, la conversación con Celia tendría que esperar, pero ya no por miedo, sino porque ahora tenía otro incendio que apagar.
Me di la vuelta, listo para marcharme, pero entonces escuché su voz de nuevo, más baja, más rota.
—Kyle…, espera.
Me detuve, sin girarme todavía.
—Sólo…, sólo un beso —dijo Dylan.
Me di la vuelta, y ahí estaba él, vulnerable, su cabello ondulado y rubio, sus ojos negros brillantes a través de sus gafas de pasta y la voz temblorosa.
—Sólo uno, como el otro día. —repitió—. Te lo juro y no te molestaré más, no volveré a meterme en tu vida, como una despedida, por fa…
Tragué saliva, el corazón me dio un vuelco, todo en mí gritaba que no era buena idea, que no debía, que él era el hermano pequeño de Celia, que era menor, que esto era un error.
Pero había algo en su cara, algo en su mirada rota, en esa necesidad silenciosa que se parecía demasiado a la que yo había sentido no hace mucho, el miedo de no saber quién eres, el deseo de encontrar un refugio, aunque sea por un segundo, un beso no iba a resolver nada.
Pero para él, quizá era algo más, algo necesario, su sobrepeso tampoco ayudaba, sabía que pocos chicos se fijarían en él, en parte me daba pena, y ojo, Dylan no era feo, pero sus gafas y su gordura no ayudaba.
Me acerqué a él y asentí, una sola vez, Dylan se acercó con pasos lentos, yo me incliné un poco, sin pensar, sin analizarlo.
Y lo besé, fue suave, cauteloso, pero en cuanto sus labios tocaron los míos, algo cambió, como si una corriente pasara por mi cuerpo, eléctrica, inesperada, no fue como con Erik.
Recordé cuando Dylan me besó en el baño, en aquel momento pensé que fue la adrenalina de ser pillados, pero de nuevo sentí lo mismo, no era adrenalina, tampoco fue como con Celia.
Fue distinto, más inocente, más puro, pero también real, y me asustó.
Me aparté lentamente, él también, y por un segundo, ninguno de los dos dijo nada, solo nos miramos.
—Gracias… —susurró, con la voz rota.
Una lágrima le cruzó la mejilla y no la limpió, se giró y se fue, sin decir nada más, cabizbajo, pequeño, como si se llevara en la espalda todo el peso del mundo.
Yo me quedé allí, plantado, con el corazón acelerado, la cabeza hecha un nudo, el alma dividida.
¿Qué acababa de pasar?, ¿Por qué ese beso me había hecho sentir algo?
Me pasé una mano por los labios, aún me temblaban, no era solo culpa, no era solo confusión, era más, era una verdad nueva, inesperada, que no sabía dónde colocar.
Pensé en Celia, pensé en Erik, pensé en mí, no tenía las respuestas.
Pero sabía que nada volvería a ser igual, y así, pasó el día.
La noche de Halloween trajo consigo una brisa fresca y ese olor a caramelo, plástico barato y libertad que siempre flotaba en el aire cuando las calles se llenaban de disfraces.
El cielo estaba despejado, iluminado por la luna llena, y las luces naranjas y moradas parpadeaban desde los porches y los escaparates como si todo el barrio jugara a ser otro por una noche.
Mike llegó puntual a mi casa, disfrazado de pirata, con un parche en el ojo y una espada de plástico mal sujeta en el cinturón, su cabello oscuro estaba revuelto, vino con su novia, Lisa, iba a juego, camisa blanca abombada, falda negra, y una risa contagiosa, su cabello, muy largo y también negro, estaba desordenado.
Hacía solo unos días que empezaron a salir juntos, y la verdad es que me alegraba por Mike.
—¡Te ves épico! —dijo Mike al verme—. ¿Link, no?
—Obvio. —respondí, ajustándome el gorro verde—. ¿Qué pensabas, que iba de nuevo de Peter Pan?
Nos reímos, me sentí más ligero, aunque por dentro, aún llevaba el caos que Dylan había dejado con aquel beso, celia no vino, seguía con gripe, parte de mí agradeció el respiro.
Fuimos a una cafetería de la zona que abría hasta tarde por Halloween, estaba decorada con calabazas, telarañas de mentira y luces de colores.
La música sonaba suave de fondo, elegimos una mesa cerca de la ventana, tomamos chocolate caliente y tarta de calabaza, Lisa se reía con cualquier cosa que Mike decía, yo los miraba y sonreía también, aunque mi mente estaba en otra parte.
Entonces los vi, en una mesa al fondo, dos chicos, algo mayores, estaban sentados juntos, compartiendo una porción de tarta, uno iba disfrazado de Gon, con esa chaqueta verde chillón y los pelos de punta, y el otro de Killua, con peluca blanca y camiseta morada, su cercanía era evidente, se reían bajito, se rozaban sin pensar.
Me levanté, algo dentro de mí me impulsó, me acerqué a su mesa.
—Disculpad. —dije, sintiéndome un poco ridículo con mi túnica verde y las botas falsas—. ¿Vosotros... sois pareja?
Se miraron y sonrieron, como si se esperaran la pregunta.
—Sí. —respondió el que iba de Killua—. Aunque fue una historia larga hasta llegar a serlo.
—Una historia muy larga. —añadió el otro, y se rieron los dos.
—Me alegro. —dije, sinceramente—. Es genial ver eso, me llamo Kyle.
—Yo soy Max. —dijo el chico que iba de Killua sonriente.
—Yo Tomi. —el que iba como Gon, me ofreció su mano y la apreté—. Pues mira, te resumo, yo le confesé a este bobo que estaba enamorado de él, y nos peleamos, pero ya ves, el amor lo puede todo.
Max le besó y sonrieron.
—¿Por qué viniste a preguntar? ¿Tienes dudas? —preguntó Max.
—No, ya no, gracias. —dije, y en parte era verdad, ya lo tenía claro.
Me devolvieron la sonrisa, no dijeron nada más, pero no hizo falta, me bastó con ver cómo se miraban.
Volví a la mesa con Mike y Lisa, estuvimos un rato más, pero ya era tarde y ellos se iban juntos, me despedí de Mike con un abrazo.
—¿Estás bien? —me preguntó al oído.
—Mejor. —le respondí, y lo decía en serio.
Caminé solo por la calle principal, viendo pasar gente disfrazada de vampiros, monstruos, héroes y criaturas inventadas, todos escondidos tras máscaras, todos jugando a ser algo distinto por una noche.
Un grupo de chavales estaba reunido en una esquina, cerca del parque, reían alto, algunos comían chuches, otros tiraban petardos a la acera.
Y ahí, entre ellos, estaba Dylan, con capucha negra, sin disfraz, me vio, intentó girarse, desaparecer entre los demás, pero ya era tarde.
Me acerqué.
—Dylan. —le llamé.
Él, me miró, serio, los amigos dejaron de reírse al vernos hablar, era raro que uno más mayor les hablase, como si intuyeron que no era una charla casual.
—¿Podemos hablar? —pregunté, sin levantar la voz.
Él dudó, pero al final, asintió y se apartó del grupo, caminando conmigo hacia un rincón más tranquilo, donde las luces eran menos intensas y los ruidos quedaban lejos.
Había muchas cosas que quería decirle, y ninguna fácil.
—¿De qué vas disfrazado? —pregunté.
—Detective privado. —dijo cortante.
—Vaya…, yo voy de…
—¿Peter Pan?
Le miré con enfado y sonreímos, en ese momento me acerqué y le besé, él sorprendido, correspondió el beso.
Sus labios, calientes, se fundieron con los míos, pude sentir como su lengua entraba en mi boca, soltó la bolsa de chuches en el suelo y me sujetó de la cintura, besándome con más intensidad.
Sus manos se colaron por dentro de mi ropa, tocando mi piel, las tenía frías, su tacto era agradable, seguimos besándonos hasta que escuchamos risas de un grupo cercano y nos separamos.
Miramos que nadie nos hubiese visto.
Ambos con la cara sonrosada, pero dónde estábamos era difícil que nadie nos viese, me arrodillé delante de él, sus ojos, brillosos, me miraban con expectación.
Agarré sus vaqueros, ajustados, y comencé a bajarlos tras desabrocharlos, los bajé junto a su bóxer negro, saltó una polla sin circuncidar, de unos doce centímetros, sin nada de vello, aún sin estar erecta del todo.
La sujeté y miré hacia arriba, me miraba extasiado, respiraba con dificultad, comencé a tocar su cuerpo, apreté su tripa, le sobraban unos kilos, y aproveché para estrujar tu barriga.
Noté como su mano se posaba en mi cabeza y me guiaba hacia él, yo, obediente, abrí la boca y comencé a comerle la polla, notaba como se endurecía en mi boca, mi lengua relamía todo su tronco y comencé a succionar, él, tembloroso, se tapó la boca, miré y observaba como vigilaba que nadie se acercara.
La adrenalina de ser descubiertos, peor, de que me viesen con el hermano pequeño de mi novia, hacía que la situación fuese casi irreal.
No pude evitarlo y comencé a pajearme, no podía más, me dolía, succioné más su polla y Dylan me sujetó con fuerza, convulsionó y se corrió dentro de mi boca, yo, como buen chico sumiso, comencé a tragarme todo su néctar, de ese chico que jamás había tenido ninguna relación sexual.
Siguió corriéndose durante dos, tres, cuatro y cinco disparos conté, su leche era un poco líquida, pero su sabor fue increíble, algo que aún recuerdo, terminé lamiendo sus huevos y limpiando toda la leche derramada, me levanté relamiéndome y él se subió la ropa.
Cogió la bolsa de chuches y salió corriendo, sin decirme nada más, no entendía nada, le vi correr como una gacela a pesar de estar pasado de peso, el puto era rápido, joder.
Entonces volvió, la culpa, la incertidumbre, ¿Qué coño hice?
( Continuará... )
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