domingo, 22 de junio de 2025

En los vestuarios — Capítulo 1: Amigos calientes

 

En los vestuarios

En los vestuarios del equipo, donde el sudor y las risas se mezclan, un grupo de amigos se enfrenta al torbellino de la pubertad, Tomi, un chico como cualquier otro, está a punto de descubrir que el amor y el deseo pueden manifestarse de formas inesperadas. Entre confidencias a media voz, miradas que lo dicen todo y el miedo a lo desconocido, él y sus compañeros explorarán un mundo nuevo de sensaciones. ¿Están listos para aceptar quiénes son realmente? Una historia de amistad, drama, miedos y el emocionante descubrimiento de la propia sexualidad en la etapa más vulnerable de la vida.

Capítulo 1 – Amigos calientes

Tras el entrenamiento del equipo, en los vestuarios, el entrenador nos calienta, mi amigo se hace una paja y me pide ayudarlo, ¿lo hago?

Esta historia ocurre cuando las hormonas deciden por ti, cuando tu mente es manejada por tu excitación, cuando primero actúas y luego te arrepientes.

Me llamo Tomi, voy a segundo curso de secundaria, soy un chico normal, dentro de lo que cabe, delgado, de 1,70 cm de altura, cabello corto oscuro y ojos miel.

No voy a negarlo, no me quejo de mi cuerpo o de mi cara, me considero guapete, me mantengo a base de deporte, fútbol, tenis o natación.

Soy de familia humilde y sí, gay, lo empecé a descubrir cuando comencé el instituto, pero hace ya un año que lo asimilé, ninguno de mis amigos, familia o conocidos lo sabe, nadie, por ahora el miedo me impide salir del armario.

Yo estaba apuntado a un equipo de fútbol, formaba parte de las actividades extraescolares del Instituto, llevaba dos años en él ya, pero este año iba a suceder algo que lo cambiaría TODO.

Y es que el antiguo entrenador dejó el equipo, ni siquiera supimos por qué, el caso es que llegó uno nuevo, y nada que ver, el anterior estaba fondón, era arisco y nunca nos miraba.

Sí amigos, éste entrenador nos miraba mucho en las duchas tras los partidos, además se la pasaba palmeando nuestros traseros, ya ni te digo las miradas lascivas que nos echaba, y no era el único que se daba cuenta.

A veces bromeábamos con que el míster se metería en la ducha con alguno de nosotros.

El entrenador, de unos treinta y pico años, cabello oscuro, barba de varios días, fibrado, con unos bíceps que daban envidia, siempre iba en pantalón corto y camiseta sin mangas, además, se le notaba la polla enorme en el pantalón, que a veces parecía que explotaría.

Sin más, voy a comenzar por el principio, el entrenador llevaba con nosotros ya dos semanas, era octubre y aún hacía calor en las tardes, estábamos calentando en la pista de fútbol del Instituto mientras él nos gritaba de manera constante.

Tras más de diez minutos calentando, nos puso a dar vueltas por la pista, otros diez minutos, no hace falta que diga que estábamos sudados a estas alturas.

El entrenador nos dividió en dos equipos, uno con camisetas y otro sin ellas, puso la excusa de que se dejó la ropa de entrenamiento en casa, sí, claro.

Pero había un problema, yo, no podía quitar la vista de sus cuerpos, sudados, marcados y deseosos de ser tocados, y es que ya estaba acostumbrado de esquivar la vista en los baños de las duchas.

Era la primera vez que veía a mis compañeros así, solo en pantaloncitos cortos, muy cortos por cierto, joder, me estaba poniendo duro y no sabía como evitarlo, os juro que intentaba no mirar sus cuerpos, ¿¡pero quién coño se resiste a no mirar a unos chavales sudaditos sin camiseta!?

Mi amigo Marcos hizo un golazo de chilena durante el partido de entrenamiento, sí, estaba sin camiseta, tras el gol salió corriendo y lo celebró con los que miraban en la grada, unos cuantos chavales mientras hacían deberes, había también chicas, dirigió una sonrisa a una de ella, Sara, de la que estaba pillado desde primero.

Se bajó un poco los pantalones del equipo mostrando su bóxer negro de Calvin Klein, mientras se agarraba el paquete, eso me puso a mil, joder, otra vez estaba duro.

Al rato el entrenamiento terminó y nos adentramos en los vestuarios, el suelo olía a humedad y a desodorante barato, las duchas al fondo echaban vapor, como si fuera una sauna improvisada.

Me quité la camiseta y la tiré a un lado del banco, mientras mis compañeros hacían lo mismo, estábamos exhaustos, por el calor y por el intento entrenamiento.

Tío, ¿has visto la cara del entrenador cuando he celebrado el gol? —dijo Marcos entre risas.

Cállate, cabrón, te lo juro, un poco más y pensé que te arrancaba la ropa él mismo. —contesté, aunque sonriendo también.

Y es que algunos bromeábamos con que el entrenador fuese gay.

No podía evitar mirar a mi amigo Marcos, su torso estaba lleno de sudor, tostado por el sol, los músculos tensos de tanto correr y respiración agitada, no podía dejar de mirarle, no en plan descarado, pero sí de esos momentos donde crees que no se nota que le miras.

Marcos tenía mi misma edad, un chaval delgado, más marcado que yo, sin vello, como yo, aunque sí tenía algo en la base de su polla, el chaval estaba buenísimo, rubio de cabello a lo táper fade, ojos verdes y unos labios carnosos.

La de pajas que me hice imaginando como me comía la polla y los huevos, para después ponerlo a cuatro y follármelo.

Pero no, tenía que poner mi mente en blanco, estaba de nuevo poniéndome duro, necesitaba ir a darme una ducha fría.

Tío, me marcaste gol porque estaba siendo distraído por las tías que nos miraban. —se excusaba Soufián, un chico marroquí que jugaba como portero en nuestro equipo.

Sí claro, vaya excusa más barata. —dijo Marcos, que le dió una nalgada en el culo, tocando su piel.

Éste, entre risas, se la devolvió, con más fuerza, le dejó hasta la marca roja en su glúteo.

Puff, sus glúteos, compactos, respingón y blanco, como la leche, qué ganas tenía de follarme a mi amigo Marcos…

Soufián es un chico moreno de piel, cabello rizado corto oscuro, ojos marrones y un corte en el tabique de la nariz, que se hizo de pequeño.

También estaba buenísimo, su piel, más oscura que las nuestras, destacaba aún más, estaba sudando también, podía ver como su polla era bastante más grande que la mía, circuncidado, adornada en la base con bastante vello.

Marcos se agachó para sacar una toalla de su mochila y pude ver su espalda, sus hombros…, joder, y ya ni te digo su polla, también más grande que la mía, sin circuncidar.

Me giré hacia mi bolsa, intentando concentrarme, pero mi cabeza ya no tenía el control.

¿Tú también vas a ducharte o te vas a quedar ahí oliendo a macho? —bromeó Marcos mientras se metía en la ducha.

Reí, intentando parecer natural.

Voy, voy.

Cogí la toalla y con ella, intenté tapar mis partes nobles, me acerqué a una de las regaderas y abrí para que saliera fría.

Soufián, deberías depilarte, te haría ver que no la tienes tan pequeña. —dijo el míster, que hizo acto de presencia.

Los demás chavales se comenzaron a reír.

¡Ehh!, ¡Que la tengo grande! —replicó el marroquí.

¿Cuánto te mide?, ¿diez dura? —dijo con sorna Marcos, que se enjabonaba.

Yo escuchaba de espalda, ajeno a lo que ocurría, aún tenía una erección.

Me mide más de quince dura. —replicó Soufián.

Sí claro… —reía Marcos.

¿Quieres comprobarlo?

¿Cómo?

Arrodíllate y me la mides. —dijo casando la lengua.

Ehhh, mariconadas aquí no eh…, mientras no os deis las manos… —dijo el entrenador y volvieron a reír.

En ese momento escuché silbidos, como si vitorearon a alguien, me giré y vi como el entrenador se desnudó y se metió en la regadera de mi izquierda, yo, flipando.

Los demás riendo, además así pude comprobar que estaba totalmente depilado, incluso su pubis, sin vello, el míster me miró y sonrió al ver dónde miraba yo, qué, avergonzado, quité la vista y seguí enjabonando mi cuerpo.

Estaba demasiado duro, no se me bajaba ni con el agua fría, así que cerré la manivela y me puse la toalla alrededor de la cintura, salí disimuladamente y me senté en el banco, necesitaba esperar a que se me bajase o a quedarnos menos.

Los chavales del equipo terminaron de ducharse y solo quedábamos Marcos, yo, el míster, Soufián y dos compañeros más.

Todos se iban yendo, el míster hablaba con Marcos sobre la celebración de antes, que incluso pensó que se sacaría la polla.

Marcos rió y negó, diciendo que no eso ya no, que hay que dejar algo a la imaginación, se agarró la polla y comenzó a pajearse lento en forma de broma, el míster, no lo quitaba el ojo de encima.

Yo tampoco.

Y tú, ¿Tomi? He visto que te depilas, ¿no? —me miró el míster sacándome de mis pensamientos.

¿Qué? Ah, no, la verdad es que no, aún no me creció nada… —confesé.

Marcos intervino.

Qué suerte tío, yo me depilo cada semana, sobretodo las axilas y la polla, no le gusta el vello a Sara.

¿Tu novia? —preguntó el míster mientras terminaba de quitarse el jabón con el agua del cuerpo.

Qué va, no es mi novia, solo me la come a veces. —dijo orgulloso.

Todos nos dimos cuenta de que estábamos tardando más de la cuenta en salir de las duchas, y era por la conversación, por estar el míster con nosotros, por la calentura, por todo.

En el ambiente se respiraba sudor, feromonas de chavales jóvenes y calentura, esa calentura adolescente.

Haces bien Marcos, anoche estuve con una piba y le di hasta en el pasaporte. —confesó el míster, que salió de la ducha, secando su cuerpo escultural con la toalla.

No jodas míster, ¿te follaste una tía anoche? —Marcos, cachondo, también salió de la ducha y le dió un azote al entrenador en el culo, yo estaba flipando con todo.

¿Qué te sorprende? La dejé bien fina. —e inmediatamente le devolvió la cachetada en el culo a mi amigo Marcos, que se quejó por la rudeza.

¿Y cómo era, míster? La chica, digo… —pregunté cohibido por estar rodeados de machos.

Pues, muy buena, veintipocos, con unas tetas enormes, y digo enormes por no decir gigantes, se los estrujaba mientras la penetr…

El míster se calló cuando se dio cuenta de que le escuchábamos a mil, sonrió y terminó de vestirse.

Estas cosas son privadas, venga, nos vemos mañana.

No míster no seas así, cabrón que mira como estoy. —Marcos volvió a tocarse la polla, subiendo y bajando la piel, simulando una paja.

El míster se marchó recogiendo su mochila entre risas y nos dejó a Soufián, Marcos y a mí solos, allí, calientes.

Soufián salió de la regadera, desnudo, con la toalla en el cuello, caminó hasta el banco y sacó su móvil.

El míster en un fantasma. —dijo Soufián.

¿Por qué dices eso? —pregunté.

Sin pruebas, no me lo creo, mira. —Soufián nos enseñó su móvil, un vídeo.

En el vídeo salía una chica pelirroja, le estaba comiendo la polla a Soufián.

No me jodas, ¿es quien creo que es? —preguntó Marcos, que comenzó a pajearse lento mirando el vídeo.

Sí, Laura, la de cuarto, el fin de semana pasado me comió la polla, qué puta, la chupa delicioso. —confesó el marroquí, ante nuestro asombro.

Tío, pásamelo. —le pidió Marcos, que no dejaba de pajearse.

Ni de coña. —Soufián se guardó el móvil y comenzó a vestirse.

Marcos le rogó, pero no dio su fruto, Soufián terminó de vestirse y se marchó, dejándonos a nosotros a solas.

Joder, tío, me ha dejado caliente, voy a cascarme una paja, no tardo. —confesó mi amigo Marcos, y se metió en la regadera de nuevo.

Yo, cohibido, a mil, sin saber qué hacer o decir, comencé a vestirme, aprovechando que estábamos solos, mi polla me dolía.

Marcos comenzó a pajearse bajo la ducha, escuchaba como su brazo se movía intensamente, en cómo sus gemidos se intensificaban.

Yo me giré y comencé a subirme el bóxer.

Espera, quédate así, ya termino. —dijo Marcos.

¿Cómo? —me giré y le vi frente a mí, de pie, en su regadera, el agua mojaba su cuerpo, el vapor del humo caliente adornaba la zona, me miraba pajeándose.

Coño, gírate, para ver tu culo, así pienso que es el de Sara.

¿Estás de coña? ¿Marcos? —yo alucinaba, pero me puso a mil su petición.

Le miré, se mordió el labio, intensificó su paja, me giré, y no sé por qué, me volví a inclinar, mostrándole mi culo, entero.

Debo decir que yo siempre me consideré activo, mis pajas, mis pensamientos, sueños o fantasías siempre acababan con yo siendo el que follaba al pasivo.

Pero ahí estaba, sin saber por qué, mostrándole mi culo a Marcos, mi mejor amigo, mientras se hacía una paja, mirándome, estaba a mil.

¿Me la comerías? —me preguntó.

Yo de espaldas, no respondí, esto me sobrepasaba, incluso me sentía mareado por la excitación, la situación.

Tomi, ¿me la chuparías? —insistió.

Sí… —murmuré, me arrepentí segundos después.

Ven…

Yo, obediente, me giré y le observé.

Ven joder, estoy a punto, ven. —me ordenó.

Con el corazón latiéndome a mil por hora, me acerqué y me sujetó del brazo con fuerza, hasta me hizo daño.

Pajéame, corre.

Extendí mi mano y se la agarré, estaba caliente y mojada, le miré, tenía los ojos cerrados, mi mano comenzó a pajear su polla con velocidad sin quitarle los ojos de encima, con mi otra mano comencé a tocar su cuerpo.

Mi fantasía se estaba cumpliendo, no me lo creía, era un sueño, seguí pajeando su dura polla, de unos quince centímetros y gruesa, su piel bajaba y subía, vislumbrando su punta rosada.

No aguantó mucho más, me sujetó con sus manos con fuerza y comenzó a correrse, yo intensifiqué el meneo de su polla, mi mano y parte de mi muñeca y brazo me la llenó de su semen, caliente y espeso, se corrió muchísimo.

Ambos, en silencio, respirábamos acelerados, Marcos abrió los ojos y veloz, me apartó a un lado, mirando a la puerta, ¿le entró el miedo de haber sido descubiertos o espiados?, ¿la culpa?

Joder, lo sabía…

¿Qué? —le pregunté confuso.

Que eras marica. —dijo mientras me daba la espalda y se enjabonaba sus partes.

¿Eh? No, no, yo…

Tomi, tío, que no me importa, quise comprobarlo, pero ya lo sabía, o al menos lo sospechaba.

Se giró y al ver mi cara prosiguió.

No diré nada, tranquilo.

Respiré hondo, más tranquilo, incluso se me bajó la erección.

Marcos terminó de ducharse y se comenzó a vestir, yo me quedé un rato más, fingiendo que necesitaba relajar los músculos, esperé a que se marchase, entonces miré mi mano, su lefa.

No pude resistirme, la llevé a mi boca y la probé, seguí lamiendo y me comí casi toda, mientras me hacía una buena paja, fue la mayor corrida de mi vida hasta ese momento.

El agua, ahora caliente, caía sobre mis hombros, arrastrando el sudor y algo más que no podía quitarme, culpa.

Ahora me arrepentía de lo que había hecho, sé que Marcos me utilizó para correrse, y para comprobar si yo era gay, ¿cómo lo supo?

El caso es que ya estaba hecho, y ahora, solo bajo el agua, me sentía mal, me sentía sucio.

No porque estuviera mal lo que sentía, no sabía explicarlo, dentro de mí estuvo mal, apoyé la frente contra los azulejos fríos de la ducha, y cerré los ojos.

No pienses, solo acaba, vístete, y vete.

Y así, comenzaban una serie de acontecimientos en donde lo mejor estaba por venir, muchas cosas que contar, calientes, muy caliente, perversas, muy perversas.

Y yo, sin saber todo lo que iba a suceder, salí de los vestuarios, nervioso.

( Continuará... )

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martes, 22 de abril de 2025

El susurro del muñeco - Capítulo 8 ''Quebrado'' (Final)

Capítulo 8 ''Quebrado'' (Final)



Los noticieros locales no hablan de "agresión", sino de un "desafortunado accidente" durante una fiesta adolescente.

Louis Miller, hijo del Detective de Homicidios Albert Miller, fue hallado al pie de una escalera interna, con ambas piernas fracturadas y traumatismo leve, sin testigos, sin cámaras, solo una ventana entreabierta y una escalera mal iluminada.

Pero Tomi sabe la verdad.

Desde su habitación, frente al escritorio, observa a Shou, el muñeco ha vuelto a su sitio, como siempre, inmóvil, perfecto, pero sus ojos parecen más húmedos hoy, más atentos.

Yo no lo hice. —dice Tomi en voz baja.

El aire no responde.

Fue él, fue Shou, yo solo..., lo seguí.

Esa noche, sueña con Louis cayendo, pero no desde una escalera, desde un abismo sin fondo, y en la parte baja, esperándolo, está Shou, sonriendo con dientes humanos.

Tomi camina por el instituto como un fantasma entre paredes que ya no lo contienen, las voces de los profesores llegan a él como ecos submarinos, las risas de los alumnos son cuchillas de aire, cada pasillo parece inclinarse hacia un punto invisible, hacia un colapso.

Pero entonces se entera de algo que hace que el tiempo se congele, Kike e Irene no han venido a clase, y no vinieron ayer tampoco, ni se han conectado a ninguna red social.

Ni contestan los mensajes.

Igual están castigados —dice una compañera—. O se han ido de puente.

Pero hay algo raro en el tono, en las miradas, en la tensión del ambiente, en cinco meses han desaparecido tres alumnos y el profesor de Educación Física.

Tomi se queda quieto frente a su taquilla, el eco de su respiración le retumba en el cráneo, uno a uno...

Los nombres se van tachando, y solo Sandra sigue viva.

Esa noche, Tomi no puede cenar, la comida le sabe a papel mojado, su madre lo observa desde el otro extremo de la mesa, tiene los ojos hundidos, el rostro tenso, desde hace días no pregunta nada, pero hoy..., algo la inquieta más de lo habitual.

¿Te pasa algo? —murmura.

Tomi no responde.

Tomás. ¿Estás bien?

La cuchara en su mano tiembla, la deja caer.

No me preguntes eso. —responde él, sin mirarla, y se levanta.

Se encierra en el baño, cierra con pestillo, se sienta en el suelo, y empieza a llorar.

No con lágrimas dulces, con convulsiones, con arcadas, con dolor, con culpa.

Ve a Simón, sentado frente a él, sobre la bañera, con la misma capa de la noche de Halloween, la sangre aún fresca en su frente.

¿¡Simón!? —pregunta Tomi, con los dientes apretados.

Simón no responde, solo lo observa.

¡¿Responde?! ¡¡¿Simón eres tú?!!

La visión parpadea, cambia, Simón desaparece, en su lugar está su padre, con la cara llena de cortes, la mirada vacía, tiene la correa en la mano, el mismo cinturón que una vez usó para marcarle la espalda.

¿Otra vez llorando, niño de mierda?

¡Cállate! ¡Estás muerto! —grita Tomi.

Pero la visión cambia de nuevo, ahora es el profesor de Educación Física, con la camisa abierta, los ojos como pozos, se acerca lentamente, sus dedos hinchados buscan su hombro.

Yo solo quería ayudarte, Tomás, eres especial...

Tomi grita, golpea la pared, se rasca los brazos con tanta fuerza que sangra.

¡DEJADME EN PAZ!

Pero las visiones no se van, cuando se atreve a mirar al espejo, no se ve a sí mismo.

Ve a Shou o algo parecido, su cara, estirada en una sonrisa, ojeras negras, piel de madera, y los ojos..., sus propios ojos.

Tomi golpea el cristal con el puño, lo rompe, sangra, pero no le importa.

Abre la puerta del baño, sale temblando y se tumba en la cama, donde parece que por fin coge el sueño.

Escucha un ruido en el baño, la puerta de su cuarto está abierta, se incorpora y ve a su madre en el baño de su propio cuarto.

¿Mamá? —pregunta, congelado.

Ella no responde, está arrodillada, mirando algo frente a ella, algo que ha sacado del hueco bajo el lavabo.

Escuché el golpe, pensé que te pasó algo y al verte dormido..., me asomé al baño, estaba recogiendo los cristales y, entonces, lo vi...

Tomi, callado, escucha a su madre.

La madre le enseña un estuche escolar ensangrentado, un compás roto, un mechón de cabello y una hoja empapada en sangre seca.

En letras grandes, torcidas, dice: ''Lista Negra: Borja, Kike, Irene, Simón, Profesor, Sandra, Miller''.

Tomi queda paralizado, su madre se gira lentamente y lo mira con los ojos abiertos como platos.

¿Qué... qué es esto, Tomás?

Él no contesta, no puede, las palabras se le ahogan en la garganta, la madre se incorpora.

Mamá, escucha, eso no es mío, es de...

Tomi intenta tocar a su madre y esta se aleja un paso, su mirada ha cambiado, ya no ve a su hijo, ve a un extraño.

¿Tú hiciste esto?

Tomi niega con la cabeza, pero su madre ya ha dado otro paso atrás.

Voy a llamar a la policía, no estás bien, necesitas ayuda.

No, por favor...

¡No me toques! ¡No te acerques! —grita la madre y baja corriendo, Tomi cae de rodillas y empieza a llorar.

¿¡Pero a qué coño esperas!? ¡¡DETENLA!! —grita Shou.

El mundo se parte para Tomi, Shou está en la puerta del cuarto de baño alterado.

Ahora ya no hay vuelta atrás, debes matarla.

La madre de Tomi baja con velocidad, sus manos tiemblan mientras marca el número de la policía por segunda vez, su voz no tiene fuerza, pero alcanza a susurrar.

Sí..., es mi hijo..., por favor..., vengan ya...

Desde lo alto de la escalera, Tomi la observa, no hay odio en sus ojos, solo vacío.

Las vendas sueltas de una herida que nunca cerró, desciende un escalón, y luego otro.

¿Mamá...?

Ella gira, el móvil le resbala de su mano y cae al suelo.

Tomi..., por favor..., no me hagas daño. —susurra—. No eres tú, esto no eres tú...

Pero Tomi ya no sabe quién es, solo oye una voz, una muy dentro, una voz que ya no suena a Shou, sino a sí mismo.

Hazlo, ya está todo perdido, libérate, hazlo ahora, haz que termine. —dice Shou desde el piso de arriba.

Tomi camina hacia su madre, ella retrocede y tropieza con la mesa cayendo al suelo, Tomi se le lanza.

Un grito cortó el aire, y entonces...

¡BASTA!

Un golpe sordo.

Tomi cae al suelo, una figura lo inmoviliza, brazos fuertes, una voz conocida.

Es el detective Miller.

¡Tranquilo, Tomás! ¡Tranquilo! ¡Ya está!

Pero Tomi no lucha, no grita, solo se rompe, empieza a sollozar.

¡¡Ha sido Shou, el muñeco, ha sido el muñeco!! —grita—. ¡¡Yo no hice nada malo!!

Miller lo abraza contra el suelo, lo contiene, y por primera vez, Tomi no siente miedo de que lo toquen.

Los días siguientes son borrosos, luces blancas, voces suaves, cámaras en las esquinas, pastillas en vasos de plástico.

Un hospital psiquiátrico, Tomi fue Internado, está sentado frente a una terapeuta, su voz es dulce, no lo juzga.

Él le cuenta cosas, pocas.

El muñeco..., nunca habló en realidad, ¿verdad?

La terapeuta niega suavemente.

No.

¿Siempre fui yo?

Sí, Tomi, siempre fuiste tú.

Los días pasan y no logran sacarle dónde están los cuerpos, y cómo hizo para que nunca nadie lo viese actuar, no se lo explican.

Tras varios meses de terapia e internamiento, Tomi parece mejorar, ya no escucha voces, se siente mejor.

Han pasado seis meses desde que Tomi fue internado.

Los médicos lo describen como funcional, pero emocionalmente plano, come, duerme e incluso hace dibujos de paisajes.

Ya no habla de muñecos, ya no menciona muertes, nadie lo visita, ni su madre, que ahora vive en otra ciudad, ni el detective Miller, hasta hoy.

La puerta se abre suavemente, un joven entra, con muletas, el paso torpe, pero determinado, tiene cicatrices en las piernas, y la mirada seria de quien ha tenido que crecer de golpe.

Louis Miller, el hijo del Detective.

Tomi levanta la vista, lo observa, pero no dice nada, Louis se sienta frente a él, en la pequeña sala de visitas del hospital psiquiátrico.

Durante un rato, solo se miran, y luego, Louis habla.

Solo quería decirte..., que estoy vivo.

Tomi parpadea.

Lo siento, siento haberte causado dolor, estaba enfermo, estoy, aún lo estoy, dicen que tengo esquizofrenia paranoide...

Louis le mira sorprendido y continúa.

No vine a reprocharte nada, no sé si tú me empujaste, no sé si fue un accidente, no me importa ya.

Silencio.

Louis aprieta las muletas con fuerza.

Pero hay algo que nunca le dije a mi padre, algo que..., no entendí hasta hace poco.

Tomi ladea ligeramente la cabeza.

Louis respira hondo.

La noche de la caída..., justo antes de rodar por las escaleras, juro que vi algo, algo que no debería estar ahí.

Se inclina hacia Tomi.

Unas manos pequeñas, de madera. , salieron de la oscuridad y me agarraron de los tobillos.

Tomi deja de parpadear y su corazón se acelera.

No había nadie más, no era un niño, eran..., como de muñeco, un muñeco muy viejo, fue un instante, pero su sonrisa se me quedó grabada...

El mundo parece detenerse, Tomi lo mira, inmóvil.

¿Tomi? ¿Me escuchas?

Tomi quiere hablar, pero no puede, su garganta se cierra.

Los médicos se acercan y echan a Louis, que lo mira preocupado.

Tomi sigue sentado, pero ya no respira igual, sus ojos se han abierto de par en par, y su rostro..., ha dejado de sentir.

Desde ese día, no vuelve a hablar, ni una sola palabra, solo observa el rincón más oscuro de su habitación, donde a veces, cuando la luz se apaga, Tomi ve una figura sentada.

Pequeña, inmóvil, con una sonrisa eterna, se sienta en el rincón de su habitación acolchada.

Te dije que siempre estaría contigo. —la voz estridente de Shou.

Tomi se abraza a las rodillas, y en el fondo de su mente, como un eco que nunca se fue, vuelve a sonar un susurro suave, húmedo, persistente:

Estoy contigo, siempre lo estuve, y nunca me iré, no cumpliste el trato, estaré contigo para siempre, siempre, SIEMPRE.

Fin

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Creado, revisado y editado (2025) por @TomiLobito

All rights reserved© Safe Creative Code: 2505141741075

ISBN Code: 9789403794938 

Tomás S. Aranda