miércoles, 5 de febrero de 2025

El susurro del muñeco - Capítulo 3 ''La voz de la venganza''

Capítulo 3 ''La voz de la venganza''



El silbato del profesor de educación física corta el aire como si de una cuchilla oxidada se tratase, los chavales daban vueltas al patio de la escuela, corriendo sin parar, Tomi era bastante veloz y no le suponía ningún problema, eso no gustó a Kike, que le hizo la zancadilla, Tomi cayó al suelo de bruces.

Todos, y cuando digo todos, es todos, empezaron a reír a carcajadas.

¡Vamos, Tomás! ¡No me hagas perder el tiempo! ¡Corre como un hombre, coño! —gritó el profesor de educación física.

Un mastodonte de casi dos metros, cuello grueso y un silbato colgando del mismo, miraba a Tomi de manera burlesca tras verlo caer al suelo mientras sus compañeros reían.

Otro inepto que no ponía orden y dejaba que compañeros se burlasen de otro, otro cobarde más en una lista de profesores cobardes.

Los demás chicos seguían riendo, Borja aprovechó para acercarse y fingir que le ayudaba a levantarse, en ese momento Tomi sintió como Borja le pellizcaba el pezón derecho con fuerza, este asintió con dolor y Borja sonrió, eran unos cabrones.

El asfalto del patio sin arreglar le raspó las rodillas, sangraba por ellas, el profesor lo llamó haciendo un gesto con su mano para que se acercara hasta él.

Ven conmigo, vamos al vestuario, necesitas curarte eso, no se puede ser más inútil joder. —el profesor de educación física sujeta a Tomi del hombro y mira a Borja—. Tú, Borja, lleva a los demás a la pista cubierta, hoy toca partido de basket.

Tras sus palabras los chavales gritaban de alegría y se marcharon a la pista de basket, a su vez, Tomi acompañó al profesor, el cual le regañaba y lo increpaba, en lugar de ayudar, lo estaba empeorando.

Tomi obedecía todo lo que el profesor le decía, nunca dice que no, nunca dice nada, siempre callado, siempre cobarde.

El vestuario estaba vacío, las luces parpadeaban, viejas, sucias.

Quítate la camiseta —ordena, sin mirarlo.

Tomi le mira confuso.

No te hagas, cuando te agarré del hombro te quejaste, venga, a ver que te has hecho con esa caída.

Tomi se la quita despacio, sin decir palabra, el aire frío golpea su piel, el silencio se vuelve denso.

El profesor se gira con el agua oxigenada en la mano y se queda quieto al ver los moretones, no son por la caída, no, son morados, otros amarillentos, como mapas de un infierno personal, claramente de puñetazos.

¿¡Quién te ha hecho eso!?

Tomi no responde y empieza a ponerse nervioso, sabe que esto no va a acabar bien.

Tomi, ¿Quién te hizo eso? ¿Los chicos? ¿Tu padre?

Tomi sigue en silencio, nervioso, mira al suelo, no sabe qué decir, no se atreve a hablar, su cuerpo pesa, en cualquier momento se desmaya, odia su vida.

Ya no está. —murmura, casi sin voz, por fin sacó algo de valentía.

El profesor asiente, sabe que su puto padre ha fallecido, pero algo en su expresión cambia, se acerca demasiado, demasiado lento y no parece preocupado.

Hay formas de sacar eso de la cabeza, Tomi. —su voz es suave, como si se hubiera quitado una máscara o como si se hubiese puesto una nueva.

Tomi retrocede un paso, su mente, alertada por peligro, le hace retroceder, fue instintivo, como cuando tocas fuego y te quemas, o como cuando el agua de la ducha es helada y tu instinto hace que retrocedas.

Tranquilo. —dice el profesor de gimnasia, y le pone una mano en el hombro, tocando su piel de adolescente—. Solo quiero ayudarte.

Pero no es ayuda, no es eso, la mano aprieta su piel, nota como baja por su espalda, fría, dura, el profesor se relame mientras sigue bajando su mano, tocando el cuerpo de Tomi.

Tomi comienza a respirar con fuerza, aprieta sus puños, el profesor está cada vez más cerca del elástico del pantalón corto que lleva, nota como sus dedos invaden dentro del mismo y Tomi pone los ojos como platos.

Tomi lo empuja con fuerza, no piensa, solo reacciona, el profesor intenta sujetarlo, pero logra soltarse, aprovecha sus dudas y sale corriendo.

El profesor le grita algo, pero él ya no escucha, salta la valla de detrás de la escuela, al hacerlo se corta el costado con un alambre, va sin camiseta.

No se da cuenta del corte, está con la adrenalina al máximo, solo corre hasta casa, sin camiseta, entra de golpe abriendo la puerta, sube hasta su cuarto y cierra de un portazo.

¿Tomi? —la madre se acerca y llama tímidamente a la puerta—. ¿Está todo bien? ¿Por qué has venido antes?

Tomi mueve de nuevo el escritorio y atasca la puerta.

No dice nada, la madre insiste, pero al ver que su hijo no contesta decide dejarle en paz, tampoco es que a estas alturas solucione su relación madre e hijo.

El pecho le late como un tambor aporreado en un concierto de rock, entonces se da cuenta, está sangrando del costado, se desploma en la alfombra, y llora.

Pero no es un llanto débil, es un sollozo rabioso, visceral.

Shou está en su sitio, observa a Tomi, inmóvil, su sonrisa te torna oscura.

Te juro... —dice Tomi, con la voz rota, mojada de rabia—. Te juro que si pudiera matarlo, lo haría, con mis propias manos, lo mataría, lo haría sufrir.

Shou no responde.

Entonces suena el estruendo de un relámpago, las luces del cuarto se encienden y se apagan de nuevo, la habitación queda ahora en penumbra, el cielo, nublado, predecía que se acercaba una tormenta.

Tomi, tumbado en el suelo mira al muñeco, fue un instante, un segundo, pero jura que ve al muñeco inclinar la cabeza.

Tomi, cansado, cierra sus ojos y se duerme.

Los pájaros cantan, los primeros rayos de sol cruzan la ventana y acarician la cara de Tomi, el cual despierta, en el suelo de su cuarto, se levanta con ligero dolor, entra al baño y se limpia la herida, se ducha y se viste con ropa nueva, busca la mochila, pero la dejó en clase cuando huyó del Instituto.

Al bajar al comedor ve que hay una nota de su madre en la mesa, estará haciendo doble turno para pagar las deudas de su padre, el bebedor ludópata, arruga la nota y la tira al suelo.

Tomi, sin ganas de nada, se dirige al instituto, entonces ve un coche patrulla en la entrada, los alumnos están alterados, su corazón se encoge.

Murmullos en los pasillos, profesores reunidos en la sala de profesores, la directora con el móvil pegado a la oreja, nerviosa mientras hablaba con dos oficiales de policía.

Tomi toma asiento, atrás, mira y ve su mochila, saca los libros mientras escucha como sus compañeros hablan.

Dicen que el profesor de educación física no volvió a casa anoche, su coche sigue en el parking de la escuela. —dice Borja.

Tomi se congela, su corazón se detuvo un segundo, dejó la libreta en la mesa y siguió escuchando.

Y que la policía lo está buscando, su mujer dice que no volvió a casa, su coche está en el parking de la escuela, incluso sus cosas personales siguen aquí, ha desaparecido. —la voz inconfundible de Sandra, la chica por la que Tomi estaba colado desde primaria.

A lo mejor se lo llevó el coco. —susurró Kike fingiendo una voz fantasmal.

Todos se ríen, menos Tomi, que respira con dificultad.

En su mente, una imagen se dibuja sin permiso, el profesor gritando, atrapado en un espacio oscuro, algo afilado clavándose en su cuello mientras una risa se escapa de su garganta en forma de gorgoteo.

¿Es un sueño? ¿Un recuerdo? ¿Su imaginación intentando ver lo que deseaba que le hubiese sucedido? ¿Qué es?

Sea lo que fuera, Tomi se siente bien, en su mente solo piensa una palabra: Justicia.

Esa noche, Tomi no coge el sueño, está sentado frente a Shou.

¿Fuiste tú? —pregunta Tomi.

Shou no contesta, pero su sonrisa, esa mueca de madera tallada, parece distinta, más... real.

Lo merecía. —dice Tomi, se lo dice a sí mismo, se lo dice al muñeco, se lo dice al aire.

Intenta autoconvencerse.

Pero sabe que es culpa suya, del muñeco, de él mismo, él lo ha pedido, pero lo merecía, ese cerdo asqueroso lo merecía.

Aun así hay algo que lo incomoda, no el crimen, no el castigo, sino el placer, el calor en el pecho al imaginarlo, la sangre, el dolor, la justicia, sí... pero también el poder.

Y en ese instante, algo nuevo nace en Tomi, ya no es solo un chico al que maltratan, ya no es la víctima, ahora hay una sombra creciendo dentro de él, una semilla negra que Shou riega cada noche.

Y aunque le asusta, no quiere que pare.

No todavía.

(Continuará...)

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Creado, revisado y editado (2025) por @TomiLobito

All rights reserved© Safe Creative Code: 2505141741075

ISBN Code: 9789403794938 

sábado, 25 de enero de 2025

El susurro del muñeco - Capítulo 2 ''Shou me escucha''

Capítulo 2 ''Shou me escucha''


Es lunes por la mañana, Tomi lleva una semana con su muñeco, incluso le hizo fotos y las subió a Instagram, gran error, surgen burlas y risas en sus comentarios, los cuales cierra.

Mientras bloquea a personas que le escriben mensajes privados de burlas sobre él y su muñeco, Tomi llega al Instituto, se sienta en su pupitre, en la última fila del aula, como siempre.

La profesora habla, pero sus palabras son ruido de fondo, solo escucha los lápices al escribir en papel, las risas apagadas dos filas más adelante, los murmullos que siempre terminan en su nombre.

Dicen que duerme con un muñeco —susurra Irene, la de las trenzas perfectas, una chica muy alta, rubia y que se cree una actriz de cine, que acabará al final trabajando sirviendo comida en una hamburguesería.

¿Un muñeco? Seguro que también le da besitos —responde Kike, sin preocuparse de ser escuchado por Tomi, de hecho, lo deseaba.

Borja se gira y le lanza una nota doblada a Tomi, que no la abre, ya sabe lo que dice, siempre es lo mismo: raro, maricón, bicho, muérete.

Los insultos no duelen como antes, ya no, ahora solo arden, como si una mano invisible los grabara en su piel, ya no llora.

Solo aprieta la mandíbula y clava las uñas en las palmas de sus manos, como si pudiera retener algo dentro que grita por salir.

En casa, las cosas no son mejores, tras llegar a casa se encuentra con su padre, le da asco pronunciar ese nombre.

¿Otra vez con esa cara de idiota? ¿No vas a saludarme? —ruge su padre al verlo cruzar el salón.

Es un hombre grande, con una barriga dura como un tambor viejo y una barba que apesta a tabaco frío, tiene la voz de una pared golpeando otra pared.

Hola... —responde Tomi, apenas audible.

¡¿Cómo has dicho?! ¡Habla claro, joder! ¡No seas maricón!

Una bofetada invisible lo alcanza, no lo toca, pero cada palabra duele más que un golpe, su madre, sentada en la cocina, remueve algo en una olla sin levantar la vista, está más centrada en sus quehaceres del hogar que en su propio hijo.

No le grites —susurra, sin fuerza.

¡Cállate tú también! —responde él, sin mirarla.

Tomi se encierra en su cuarto, no hay llave, solo empuja el escritorio contra la puerta, por costumbre.

Se sienta en la cama, frente a él, sobre la estantería, está Shou.

Con su sonrisa de madera y sus ojos brillantes.

Le ODIO, joder, no sabes cuanto, ojalá se muriese... —murmura Tomi, sin pensarlo.

Hay un silencio espeso, como si la habitación respirara con él.

El día que muera seré más feliz, nadie lo echara de menos.

El muñeco le mira fijamente, como si lo escuchase de verdad.

Perdona, digo muchas tonterías, pero es que no puedo más, son muchos años aguantando esto...

Tomi abre el cajón de su mesita de noche y saca una navaja, la mira fijamente y la aprieta.

¿Crees que si me suicido alguien me echará de menos Shou? No..., yo tampoco creo que me echen de menos, la verdad es que nadie me quiere, odio mi vida, ojalá tuvieras vida, y me hablaras..., al menos no estaría solo.

Tomi comenzó a llorar desconsoladamente, no espera respuesta de un muñeco, pero en parte sí, apagó la luz y escuchó un susurro, miró hacia el muñeco, se secó las lágrimas y le miró de nuevo, ahí, en la oscuridad.

No estaba loco, escuchó algo, no una voz, sino un susurro, como viento entre dientes, lo observó durante un rato y sonrió cínicamente.

Estoy volviéndome loco.

Pasan los días y al volver a casa del Instituto ve un coche policial en la puerta de su casa, sorprendido se acerca y le dejan pasar, su madre estaba sentada en el sofá del comedor, se acercó y logró escuchar al oficial de policía.

Un accidente en la fábrica, la grúa falló, el cable reventó, le cayó encima, murió al instante.

La madre mira a Tomi y abre los ojos como platos, sorprendida, pero no sabe por qué le mira así, el oficial mira a Tomi, el cual está estático, aprieta sus puños con fuerza, desea alegrarse, pero por dentro se siente mal.

¿Fue rápido? —preguntó ella, mirando su taza de café vacía.

Se lo garantizo señora, no ha sufrido. —el oficial se levantó y miró a Tomi con tristeza— Lo siento chaval, tienes que ser fuerte.

Tomi asiente y no dice nada, pero esa noche, frente a su espejo, se mira largo rato.

Toca su rostro, mira sus ojos, no llora.

Shou está en su sitio, le sonríe como siempre.

¿Has sido tú? —pregunta, en voz baja.

El muñeco, por supuesto, no responde.

Pero Tomi siente algo, no un pensamiento, no una certeza.

Una presencia, algo que habita la habitación ahora, algo que huele a madera quemada y a sangre fría.

En clase, al día siguiente, los chicos no se burlan como antes, mantienen la distancia, Tomi, con ojeras de no haber dormido avanza hasta su pupitre e Irene choca con él a propósito.

¿Tu papá también dormía con muñecos? —Irene sonríe y se sienta en su pupitre.

Se escuchan risas por lo bajo, Borja también le mira sonriendo y Kike le tira una goma a la cabeza.

Tomi no parpadea, solo les mira con odio, pero no dice ni hace nada, se queda como siempre, quieto, no es capaza de actuar, él no.

Cuando regresa a casa esa tarde, cierra la puerta de su habitación con un clic suave, se sienta frente a Shou, y le susurra, con voz calmada:

Sé que lo hiciste tú, perdóname, aún no te lo he agradecido, gracias por matar a mi puto padre, ¿podrías matar a alguien más si te lo pido de nuevo?

Tomi miró a Shou, que aunque no se movía, parece asentir sonriente, por su parte, Tomi también sonrió.

Pero, si fuese verdad que Shou actúa según los deseos de Tomi, ¿Cuál es el precio? Porque todo tiene un precio.

Tomi no sabía aún el precio de pedirle a un muñeco inerte que asesine por él, aunque, quizás fue casualidad y su padre tuvo un accidente.

No, no fue casualidad, ni un accidente, fue Shou, fue el muñeco, tuvo que serlo.

(Continuará...)

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Creado, revisado y editado (2025) por @TomiLobito

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ISBN Code: 9789403794938