viernes, 28 de febrero de 2025

El susurro del muñeco - Capítulo 4 ''Corazón roto''

Capítulo 4 ''Corazón roto''



Y en ese instante, algo nuevo nace en Tomi, ya no es solo un chico al que maltratan, ya no es la víctima, ahora hay una sombra creciendo dentro de él, una semilla negra que Shou riega cada noche.

Y aunque le asusta, no quiere que pare.

No todavía.

Pasan los días, Tomi, desayunando en la cocina de su casa escucha atento la televisión, están hablando de la desaparición del profesor de educación física, el cual lleva ya una semana desaparecido.

Moja la tostada de mermelada de fresa en la taza de leche con Nesquik, mientras su madre mira la televisión, también atenta, sentada, haciendo cuentas para poder llegar a final de mes.

Tomi, hijo, siento todo lo que ha pasado, lo de tu padre y...

Mamá, déjalo. —Tomi, ahora con los ojos mirando fijamente a su madre, muerde la tostada de forma amenazante. —Nunca hiciste nada por defenderme, no intentes ahora ir de buenas.

La madre calla, Tomi, sorprendido por su actitud, también calla.

Lo siento, es que... —Tomi no termina la frase, se levanta tras la disculpa y deja a medias el desayuno. —Tengo que ir a clase.

Al llegar a la escuela puede ver al grupo de Borja, le miran de manera despectiva, Tomi los esquiva.

Los pasillos están más callados de lo normal, no es que reine el respeto, es el silencio tenso que deja el miedo cuando todavía no se convierte en escándalo.

La desaparición del profesor de educación física ya no es un rumor, es un hecho y las paredes empiezan a tragar murmullos como si temieran que alguien los oyera desde dentro.

Dicen que la policía registró su casa... —murmura Irene al pasar junto a Tomi, sin mirarlo—. Y encontraron vídeos de chicos desnudos, al parecer era un pervertido de esos.

Borja, como siempre, no muestra miedo, solo aburrimiento fingido.

Bah, seguro que intentó propasarse con alguno y tras su negativa ha huido, el muy cerdo, a saber lo que hacía cuando nos dejaba correr solos por la pista.

Tomi los escucha hablar, pero su cuerpo parece estar en otro sitio, la realidad le llega en oleadas irregulares, voces lejanas, luces demasiado brillantes, el eco de pasos que a veces suenan dobles, como si alguien caminara a su lado.

Y Shou.

Siempre Shou, en su cabeza.

Espera, ¿Tomi no fue el último que vio al entrenador? —la pregunta de Kike hizo que varios de la clase girasen a mirarle.

Tomi les observó en silencio, callado, como siempre.

Borja se levanta de su asiento y se acerca a Tomi.

¿Qué? El profe te quiso meter mano, ¿y le amenazaste con contarlo? —Borja metió su mano dentro de la camiseta de Tomi en forma de broma.

Sobresaltado, Tomi se levanta y lo empuja con un grito:

¡¡No me toques!!

Todos en el aula miraron lo que sucedía y justo llegaba el profesor de literatura.

Borja, ¿qué coño pasa? —pregunta el profesor.

Nada, perdón profe, fue sin querer. —Borja miró con odio a Tomi, pero a su vez con sorpresa, nunca se comportó así.

Tras las clases Tomi salió corriendo, sabía que Borja iba a hacerle pagar lo ocurrido, si algo destacaba en Tomi era su velocidad, cruzó la entrada como una flecha y se fue a casa.

Hace días que Tomi no duerme más de un par de horas seguidas, cuando cierra los ojos, ve cosas, escucha cuchicheos a su alrededor, a veces, despierta y está de pie en mitad del pasillo de su casa, sin recordar cómo llegó allí, o con la ropa llena de barro, como si hubiese salido de casa.

Esa noche, Tomi despierta frente al escritorio, con Shou sentado en sus piernas, como si él mismo lo hubiese colocado ahí, el muñeco parecía mirarlo con ternura, burla o ambas.

¿Qué me estás haciendo...? —susurra Tomi, frotándose los ojos.

Pero Shou solo sonríe.

No responde.

Aunque últimamente... Tomi ha comenzado a sentir las respuestas, como ideas sembradas en su mente, como pensamientos que no le pertenecen del todo.

A mí nunca te quisieron, a mí nunca te escucharon, pero tú sí, lo noto, Shou, yo sé que te importo, ¿verdad?

Los días pasan, Tomi está cada vez más turbado, está en el lavabo del instituto, se observa en el espejo y por un instante no se reconoce.

Sus ojos están hundidos, las ojeras no son solo sombra, son marcas reales, violáceas, como dos mordidas bajo la piel, su piel parece más blanca, más tensa, el chico del reflejo parece enfermo, o poseído.

Shou están intentando meterse en mi mente, en mi cuerpo.

Me estoy volviendo loco.

Los pensamientos de Tomi le perturban.

Pestañea.

Y jura ver algo detrás de él, una sombra, un movimiento, algo moverse.

Se gira, pero no hay nadie.

El grifo del lavabo empieza a gotear, y cada gota suena como un tic nervioso que le taladra el cráneo como si de un martillo neumático se tratase.

Es como sentir un martillo golpear una y otra vez su cabeza y el dolor es insoportable.

¡¡BASTA!! ¡¡PARA!! —grita descolocado y fuera de sí.

Un chico sale del baño y le mira asustado, al ver que es Tomi cambia su reacción.

Macho, estás como una puta regadera, háztelo mirar.

Tomi sale del baño con velocidad y se dirige a clase, se encuentra mal, ¿cuánto ha dormido hoy? Espera, ¿ha dormido? Un momento, ¿cuándo fue la última vez que ha dormido? ¿O está durmiendo ahora? ¿Es todo un sueño?

La clase de literatura es un susurro de hojas pasando, el profesor recita versos de Lorca con voz apagada, Tomi ni lo escucha, mira el pupitre, mira a Borja, mira a las ventanas, el exterior.

Y por un momento a Sandra, la chica más guapa de clase, de la que lleva enamorado, años, con su sonrisa dulce, su cabello castaño claro, y esos ojos azules que alguna vez lo miraron como si existiera.

Hoy, sin embargo, se sienta a su lado, le sonríe y le roza la mano.

Hola, Tomi.

Él, se gira, sorprendido, su estómago se retuerce.

Ho..., hola... —casi tartamudeando.

¿Estás bien? —dice ella, inclinándose un poco—. Te he visto triste, quiero hablar contigo... después de clase.

Tomi asiente, apenas puede hablar, su corazón late fuerte, no entiende nada, pero cada palabra de ella se clava como un rayo de luz en medio de su tormenta.

Durante los siguientes treinta minutos, solo puede pensar en Sandra, en sus labios, en la posibilidad imposible de que alguien como ella pueda sentir algo por alguien como él.

Cuando suena el timbre, ella lo lleva detrás del gimnasio, cerca de los asientos oxidados, cerca de la valla que saltó al escapar del profesor de educación física.

Él no sabe qué decir, y entonces, Sandra se acerca más.

No digas nada... —dice Sandra.

Y lo besa.

Un beso leve, frío, sus labios temblorosos contra los de él, antes de que Tomi pueda cerrar los ojos, escucha la risa.

Tomi se separa.

Borja está detrás de los asientos, escondido, saca su móvil y ríe como una hiena.

¡Lo hicimos, joder! ¡Mira la cara que ha puesto! ¡Qué pringado! —dice Borja.

Sandra se aleja riendo, tapándose la boca.

Kike aparece también, todos aplauden como si hubieran presenciado una comedia grotesca, Sandra le lanza una mirada rápida, sin culpa, como si él no fuera humano, como si no importara.

Era solo una broma, Tomi —dice Borja—. ¿De verdad pensaste que te besaría de verdad? Dios, estás más jodido de lo que pensábamos, esto es por lo del otro día, cabroncete, a mí nadie me jode.

Tomi no reacciona, solo les mira con rencor, Borja sujeta a Sandra de la cintura y le come la boca, mientras Kike ríe y le tira una bola de papel a la cabeza.

¿De verdad creíste que este bombón se fijaría en ti? —dice Kike mientras Borja besa a Sandra.

Tomi solo los observa mientras se alejan riéndose y entonces mira sus propias manos, están temblando.

Les vuelve a mirar, ahora de espaldas, no le ven, pasan de él, Tomi abre la boca y comienza a morderse la mano, el mordisco es fuerte, tanto que comienza a sangrar.

Esa noche, en su habitación, no enciende la luz, se sienta frente a Shou, afuera llueve, dentro el silencio es total.

Ya no me queda nada —susurra.

Shou lo observa.

Me lo han quitado todo, quiero que todos lo paguen, no aguanto más.

El muñeco, sin moverse, parece asentir, su sonrisa ahora no es de burla, es de aceptación.

Tomi se levanta, abre el armario, saca el cuchillo que alguna vez usó su madre para cortar carne y que por algún motivo él tiene en el armario, lo sostiene, pesa menos de lo que pensaba.

No sé tú... —dice, con los ojos brillando en la oscuridad—. Pero alguien tiene que pagar, ¿no?

Y Shou... finalmente, responde, para sorpresa de Tomi, al cual se le cae el cuchillo clavándose en el suelo, la voz del muñeco es como un susurro reptante.

Shou se mueve, por primera vez, Tomi le observa ponerse en pie y mirarlo con una sonrisa de miedo.

La sangre correrá como un río y el silencio será tuyo, el placer de sus gritos los sentirás en tus dedos y te hará feliz. —dice Shou.

Tomi sonríe tras las palabras de Shou, no como un niño, sino como alguien que ha comprendido por fin quién es, y lo que puede hacer.

(Continuará...)

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Creado, revisado y editado (2025) por @TomiLobito

All rights reserved© Safe Creative Code: 2505141741075

ISBN Code: 9789403794938 

miércoles, 5 de febrero de 2025

El susurro del muñeco - Capítulo 3 ''La voz de la venganza''

Capítulo 3 ''La voz de la venganza''



El silbato del profesor de educación física corta el aire como si de una cuchilla oxidada se tratase, los chavales daban vueltas al patio de la escuela, corriendo sin parar, Tomi era bastante veloz y no le suponía ningún problema, eso no gustó a Kike, que le hizo la zancadilla, Tomi cayó al suelo de bruces.

Todos, y cuando digo todos, es todos, empezaron a reír a carcajadas.

¡Vamos, Tomás! ¡No me hagas perder el tiempo! ¡Corre como un hombre, coño! —gritó el profesor de educación física.

Un mastodonte de casi dos metros, cuello grueso y un silbato colgando del mismo, miraba a Tomi de manera burlesca tras verlo caer al suelo mientras sus compañeros reían.

Otro inepto que no ponía orden y dejaba que compañeros se burlasen de otro, otro cobarde más en una lista de profesores cobardes.

Los demás chicos seguían riendo, Borja aprovechó para acercarse y fingir que le ayudaba a levantarse, en ese momento Tomi sintió como Borja le pellizcaba el pezón derecho con fuerza, este asintió con dolor y Borja sonrió, eran unos cabrones.

El asfalto del patio sin arreglar le raspó las rodillas, sangraba por ellas, el profesor lo llamó haciendo un gesto con su mano para que se acercara hasta él.

Ven conmigo, vamos al vestuario, necesitas curarte eso, no se puede ser más inútil joder. —el profesor de educación física sujeta a Tomi del hombro y mira a Borja—. Tú, Borja, lleva a los demás a la pista cubierta, hoy toca partido de basket.

Tras sus palabras los chavales gritaban de alegría y se marcharon a la pista de basket, a su vez, Tomi acompañó al profesor, el cual le regañaba y lo increpaba, en lugar de ayudar, lo estaba empeorando.

Tomi obedecía todo lo que el profesor le decía, nunca dice que no, nunca dice nada, siempre callado, siempre cobarde.

El vestuario estaba vacío, las luces parpadeaban, viejas, sucias.

Quítate la camiseta —ordena, sin mirarlo.

Tomi le mira confuso.

No te hagas, cuando te agarré del hombro te quejaste, venga, a ver que te has hecho con esa caída.

Tomi se la quita despacio, sin decir palabra, el aire frío golpea su piel, el silencio se vuelve denso.

El profesor se gira con el agua oxigenada en la mano y se queda quieto al ver los moretones, no son por la caída, no, son morados, otros amarillentos, como mapas de un infierno personal, claramente de puñetazos.

¿¡Quién te ha hecho eso!?

Tomi no responde y empieza a ponerse nervioso, sabe que esto no va a acabar bien.

Tomi, ¿Quién te hizo eso? ¿Los chicos? ¿Tu padre?

Tomi sigue en silencio, nervioso, mira al suelo, no sabe qué decir, no se atreve a hablar, su cuerpo pesa, en cualquier momento se desmaya, odia su vida.

Ya no está. —murmura, casi sin voz, por fin sacó algo de valentía.

El profesor asiente, sabe que su puto padre ha fallecido, pero algo en su expresión cambia, se acerca demasiado, demasiado lento y no parece preocupado.

Hay formas de sacar eso de la cabeza, Tomi. —su voz es suave, como si se hubiera quitado una máscara o como si se hubiese puesto una nueva.

Tomi retrocede un paso, su mente, alertada por peligro, le hace retroceder, fue instintivo, como cuando tocas fuego y te quemas, o como cuando el agua de la ducha es helada y tu instinto hace que retrocedas.

Tranquilo. —dice el profesor de gimnasia, y le pone una mano en el hombro, tocando su piel de adolescente—. Solo quiero ayudarte.

Pero no es ayuda, no es eso, la mano aprieta su piel, nota como baja por su espalda, fría, dura, el profesor se relame mientras sigue bajando su mano, tocando el cuerpo de Tomi.

Tomi comienza a respirar con fuerza, aprieta sus puños, el profesor está cada vez más cerca del elástico del pantalón corto que lleva, nota como sus dedos invaden dentro del mismo y Tomi pone los ojos como platos.

Tomi lo empuja con fuerza, no piensa, solo reacciona, el profesor intenta sujetarlo, pero logra soltarse, aprovecha sus dudas y sale corriendo.

El profesor le grita algo, pero él ya no escucha, salta la valla de detrás de la escuela, al hacerlo se corta el costado con un alambre, va sin camiseta.

No se da cuenta del corte, está con la adrenalina al máximo, solo corre hasta casa, sin camiseta, entra de golpe abriendo la puerta, sube hasta su cuarto y cierra de un portazo.

¿Tomi? —la madre se acerca y llama tímidamente a la puerta—. ¿Está todo bien? ¿Por qué has venido antes?

Tomi mueve de nuevo el escritorio y atasca la puerta.

No dice nada, la madre insiste, pero al ver que su hijo no contesta decide dejarle en paz, tampoco es que a estas alturas solucione su relación madre e hijo.

El pecho le late como un tambor aporreado en un concierto de rock, entonces se da cuenta, está sangrando del costado, se desploma en la alfombra, y llora.

Pero no es un llanto débil, es un sollozo rabioso, visceral.

Shou está en su sitio, observa a Tomi, inmóvil, su sonrisa te torna oscura.

Te juro... —dice Tomi, con la voz rota, mojada de rabia—. Te juro que si pudiera matarlo, lo haría, con mis propias manos, lo mataría, lo haría sufrir.

Shou no responde.

Entonces suena el estruendo de un relámpago, las luces del cuarto se encienden y se apagan de nuevo, la habitación queda ahora en penumbra, el cielo, nublado, predecía que se acercaba una tormenta.

Tomi, tumbado en el suelo mira al muñeco, fue un instante, un segundo, pero jura que ve al muñeco inclinar la cabeza.

Tomi, cansado, cierra sus ojos y se duerme.

Los pájaros cantan, los primeros rayos de sol cruzan la ventana y acarician la cara de Tomi, el cual despierta, en el suelo de su cuarto, se levanta con ligero dolor, entra al baño y se limpia la herida, se ducha y se viste con ropa nueva, busca la mochila, pero la dejó en clase cuando huyó del Instituto.

Al bajar al comedor ve que hay una nota de su madre en la mesa, estará haciendo doble turno para pagar las deudas de su padre, el bebedor ludópata, arruga la nota y la tira al suelo.

Tomi, sin ganas de nada, se dirige al instituto, entonces ve un coche patrulla en la entrada, los alumnos están alterados, su corazón se encoge.

Murmullos en los pasillos, profesores reunidos en la sala de profesores, la directora con el móvil pegado a la oreja, nerviosa mientras hablaba con dos oficiales de policía.

Tomi toma asiento, atrás, mira y ve su mochila, saca los libros mientras escucha como sus compañeros hablan.

Dicen que el profesor de educación física no volvió a casa anoche, su coche sigue en el parking de la escuela. —dice Borja.

Tomi se congela, su corazón se detuvo un segundo, dejó la libreta en la mesa y siguió escuchando.

Y que la policía lo está buscando, su mujer dice que no volvió a casa, su coche está en el parking de la escuela, incluso sus cosas personales siguen aquí, ha desaparecido. —la voz inconfundible de Sandra, la chica por la que Tomi estaba colado desde primaria.

A lo mejor se lo llevó el coco. —susurró Kike fingiendo una voz fantasmal.

Todos se ríen, menos Tomi, que respira con dificultad.

En su mente, una imagen se dibuja sin permiso, el profesor gritando, atrapado en un espacio oscuro, algo afilado clavándose en su cuello mientras una risa se escapa de su garganta en forma de gorgoteo.

¿Es un sueño? ¿Un recuerdo? ¿Su imaginación intentando ver lo que deseaba que le hubiese sucedido? ¿Qué es?

Sea lo que fuera, Tomi se siente bien, en su mente solo piensa una palabra: Justicia.

Esa noche, Tomi no coge el sueño, está sentado frente a Shou.

¿Fuiste tú? —pregunta Tomi.

Shou no contesta, pero su sonrisa, esa mueca de madera tallada, parece distinta, más... real.

Lo merecía. —dice Tomi, se lo dice a sí mismo, se lo dice al muñeco, se lo dice al aire.

Intenta autoconvencerse.

Pero sabe que es culpa suya, del muñeco, de él mismo, él lo ha pedido, pero lo merecía, ese cerdo asqueroso lo merecía.

Aun así hay algo que lo incomoda, no el crimen, no el castigo, sino el placer, el calor en el pecho al imaginarlo, la sangre, el dolor, la justicia, sí... pero también el poder.

Y en ese instante, algo nuevo nace en Tomi, ya no es solo un chico al que maltratan, ya no es la víctima, ahora hay una sombra creciendo dentro de él, una semilla negra que Shou riega cada noche.

Y aunque le asusta, no quiere que pare.

No todavía.

(Continuará...)

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Creado, revisado y editado (2025) por @TomiLobito

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ISBN Code: 9789403794938