Capítulo 10 ''Cumpleaños feliz'' (Final)
Es mi cumpleaños, y aunque no tengo ánimos para celebrarlo, creo que algunos regalos van a estar divertidos, sexo, placer y éxtasis. (Último capítulo de esta saga).
Despertar no fue como en las películas, no hubo pitidos constantes, ni luces dramáticas, ni lágrimas de alivio al abrir los ojos, solo una luz tenue, blanca, en el techo, solo un frío raro dentro del cuerpo, como si estuviera hueco por dentro.
Mi primer pensamiento fue que me dolía respirar, pero no…, no era dolor, era presión.
Justo debajo del pecho, como si una piedra me aplastara desde dentro, intenté moverme y un pinchazo bajo la costilla me dejó quieto.
La habitación olía a desinfectante, respiré con cuidado, apenas podía abrir el ojo derecho, todo se sentía borroso, pesado, como si estuviera sumergido.
El pómulo hinchado, la nariz entablillada, el labio partido, una ceja vendada, fisura en una costilla, todo eso lo supe no por dolor, sino por la sensación de haber dejado de ser parte de mi cuerpo, como si fuera de cartón mojado.
A mi lado, Miles dormía en una silla incómoda, el traje granate había sido reemplazado por una sudadera y vaqueros oscuros, tenía la cabeza apoyada en el puño, el rostro sereno, agotado.
La puerta se abrió despacio, Erik entró con un café en la mano, me miró, se congeló, luego, suspiró, aliviado.
—Ey. —dijo en voz baja, dejando el vaso en la mesita—. Despertaste.
Asentí apenas, la garganta me ardía, no sabía qué decir, o si había algo que decir.
Entonces vi mi reflejo en la pantalla negra apagada del monitor frente a la cama, la sombra de mi rostro, el ojo morado, la nariz cubierta, la herida en la ceja, todo.
Sentí náuseas, pero no vomité.
Erik se sentó a mi lado, suspiró.
—Tu madre pasó toda la noche contigo. —dijo Erik, yo solo escuchaba—. Ya lo sabe, bueno, cuando vio a Miles, él le dijo lo que pasó, así que tu madre lo sabe, todo.
Tragué saliva e iba a llorar.
—Se fue a casa a descansar, vendrá al medio día, sabes, no se separó de ti y no dejó de llorar.
Yo no me lo creía, ¿mi madre? Si no me quería…
Estuve una semana en el hospital, las luces de Navidad se veían desde la ventana, colgadas entre los árboles del parque, pero no sentía nada, ni ilusión, ni rabia, solo frío, un frío que ya no era corporal.
No hubo clases, eran las vacaciones de invierno, cuando me dieron el alta, volví a casa, a mi cuarto, a mis paredes, no quería salir, no podía.
No quería que me miraran, ni que fingieran compasión, ni que alguien preguntara si estaba bien, cuando todos sabíamos que no.
Miles venía a verme a veces, traía cómics de Superhijos, sabía que me gustaban, incluso mi madre estaba más cercana que nunca, cocinaba cosas que no cocinaba desde que era un crío.
Saqué un cuadro de mi mesita de noche, en él salía junto a mi padre, comencé a llorar impotente, no sé por qué lloraba, solo necesitaba hacerlo.
Ya nada era lo mismo, yo estaba allí, pero no del todo.
Un día, la policía vino, querían que declarara, sabían que alguien lo había visto, que alguien tenía que saber, habían interrogado a varios chicos.
Mi madre estaba en el pasillo, Erik en la cocina.
Yo, en el sofá, con una manta sobre las piernas y las manos heladas.
—Kyle, escucha, tu declaración es fundamental. —el policía me enseñó la foto de Michael y sus dos amigos—. ¿Fueron estos chicos?
Miré las fotos, bajé la vista.
—No lo sé, no recuerdo bien…, fue todo muy confuso. —murmuré.
—Vale, estás confuso, ya ha pasado más de una semana, debes recordar, mira las fotos bien, ¿son ellos?
—No… —negué con la cabeza—. No son ellos. —mentí.
—¡Kyle, joder! —estalló mi primo, con la voz rota—. ¡Tú estabas ahí! ¡Podrías decirlo y terminar con esto!
—¡No me grites! ¡NO ME ACUERDO!
Hubo silencio.
Cuando la policía se fue, Erik se entró a mi cuarto con mi madre.
—¿Por qué no lo dijiste? —preguntó mi madre—. Hijo, sabes que te apoyo, tú eres lo más importante.
No respondí.
—Primo, no quiero juzgarte, pero, ¿por qué mientes? Sí te acuerdas, ¿es por miedo?
No lo pude evitar, lloré, lento, callado.
—Por favor, solo quiero descansar, me duele la cabeza.
Ambos entendieron que estaba al límite, decidieron dejarme a solas, me tumbé y miré por la ventana de mi cuarto, llovía.
No era una tormenta violenta, era esa lluvia fina, constante, que moja todo sin hacer ruido, la que parece más una tristeza que un clima.
Apoyé la cabeza contra mi almohada, miré las gotas recorrer el vidrio con lentitud, como si el cielo también tuviera cosas que no sabe decir.
No lloré, ya no me quedaban lágrimas, Miles me visitó, le dije que necesitaba tiempo, no veía claro lo nuestro, le dolió, lo sé, pero comprendió que necesitaba tiempo.
Y así, pasaron los días, de hecho, más de dos semanas desde que las clases retomaron a mediados de enero, el instituto ya había comenzado, con su rutina, sus ruidos, su velocidad.
Pero yo seguía estancado, como si mi reloj fuera otro, no había vuelto antes porque no podía, no solo por las costillas o el pómulo hinchado, era otra cosa.
Algo que no se veía, esa mañana me desperté antes de que sonara la alarma, me vestí despacio, la camiseta me quedaba bien, pero sentía que todos me mirarían igual.
El espejo no era cruel, solo honesto, mi ceja izquierda aún estaba marcada, una fina línea rojiza que cruzaba como un recuerdo, mi pómulo izquierdo también, apenas más oscuro que el resto de la piel, eso era todo, por fuera.
Mike pasó a buscarme como prometió, no dijo nada al verme, me miró y simplemente asintió, el camino fue en silencio.
Y se agradecía, a veces, la mejor forma de querer a alguien es no forzarlo a hablar.
El instituto apareció al fondo, igual que siempre, pero distinto para mí, más alto, más frío, más lleno de posibilidades que no quería enfrentar.
Apreté los puños, respiré hondo, Mike me dio un toque, estaba ido en mis pensamientos.
—¿Estás bien? —preguntó.
—No, pero vamos igual. —dije sincero.
Pasamos por la entrada sin hablar, algunos me miraron, otros no, sentí ojos, aunque no los buscara, sabía que la historia se había contado sola, con verdades y mentiras mezcladas como siempre.
Yo era "el chico al que molieron a golpes", "El que apareció con un tío en el baile", "El que no denunció", "El que desapareció".
Las clases transcurrieron como siempre, o eso parecía desde fuera.
Los profesores daban sus temas, los bolígrafos corrían sobre cuadernos, algún alumno se dormía en la última fila…, todo igual.
Todo como si el mundo no se hubiera detenido para mí hace semanas, pero para mí, no era lo mismo.
Cada vez que alguien reía por lo bajo, me tensaba, cada vez que alguien me tocaba el hombro para pasar por el pasillo, me giraba de golpe.
Y aunque nadie me miró con desprecio abiertamente, sentía los ojos, o los inventaba, ya no sabía, llegó el recreo y el ruido estalló como siempre, mochilas, gritos, puertas, carreras.
Me dolía la cabeza, fui al baño, no porque necesitara, sino por necesidad de estar solo, de escapar un poco del ruido, o de mí mismo.
Entré, no había nadie, lavabos limpios, luces frías, el eco de mis propios pasos rebotando entre los azulejos, y de pronto, silencio.
No era paz, era encierro, el tipo de silencio que se mete bajo la piel, que pesa más que el ruido.
Me miré en el espejo, la ceja marcada, el pómulo aún pálido y el pecho, apretado.
La respiración se aceleró, tragué saliva, sentía las paredes acercarse, como si el baño fuera una caja sin salida, me ahogaba.
Salí de golpe, empujando la puerta como si escapara de un incendio, al salir choqué con los dos amigos de Michael.
Mi cuerpo se tensó, el estómago se cerró, sentí que, si me movía, iba a vomitar.
Joaquín, el de la chaqueta, fue el primero en bajar la mirada, Santiago dio un paso.
—Ey. —dijo, en voz baja, casi susurrando.
Tragué saliva.
—No queremos líos. —añadió Joaquín.
Me quedé quieto, el corazón golpeaba fuerte, pero no me moví, no retrocedí.
—Solo… —Santiago respiró hondo—. Lo sentimos. ¿Vale?
La frase me descolocó.
—Lo que pasó…, Michael se volvió loco tío, nosotros no sabíamos que iba a llegar tan lejos.
—Y cuando intentamos pararlo…, ya era tarde. —dijo Joaquín.
Los miré, no supe qué decir, la rabia, el miedo, la confusión…, todo mezclado.
Estaba a punto de marcharme, ya había girado hacia las escaleras del pasillo central cuando escuché la voz de uno de ellos detrás de mí.
—Kyle…, espera.
Me detuve, sin girarme del todo.
—Gracias.
Me volví lentamente, los dos chicos seguían ahí, más tranquilos, pero serios, sin esa actitud desafiante que alguna vez tuvieron, esta vez no venían con manos en los bolsillos ni sonrisas nerviosas.
—¿Gracias? —pregunté, sin entender del todo.
—Por no denunciarnos. —dijo Joaquín, el de la chaqueta deportiva—. Pudiste hacerlo y no lo hiciste.
—La policía vino. —añadió Santiago, bajando la voz—. Nosotros…, confesamos.
Mi respiración se detuvo por un momento, los miré, en silencio.
—Michael está en un correccional. —dijo Joaquín—. No sé por cuánto, pero ya no va a volver este año, ni al siguiente.
—Nosotros también… —Santiago dudó—. Vamos a tener que hacer servicios comunitarios, ir a terapia y charlas obligatorias, todo el rollo.
Tragué saliva, la noticia me golpeó despacio, como agua fría en la espalda.
—No lo hicimos por quedar bien. —aclaró Joaquín—. Lo hicimos porque era lo correcto, aunque fuera tarde, solo queríamos que supieras…
Me quedé unos segundos sin saber qué hacer con esa culpa que ahora parecía no ser mía.
—Ok…, vale… —dije sin más, tampoco sabía qué decir.
Joaquín se me acercó y me dio un folleto.
—El fin de semana mi hermana hace una fiesta, por si quieres ir, es para mayores, pero, le pedí permiso para ti…
Cogí el folleto, ambos me miraron como quien se despide sin esperar redención, solo alivio.
Yo asentí, no perdoné, pero tampoco odié, simplemente quería pasar página.
Regresé al patio y vi a Celia, apoyada en la pared, con una carpeta en la mano y ese gesto medio desafiante, medio dulce que la caracterizaba.
No la había visto de cerca desde antes del baile, desde antes de todo, me frené, ella también, de hecho, ella y Mike fueron los únicos que me visitaron cuando estuve en el hospital, además de Miles, mi madre y mi primo Erik.
—Hola, me alegra verte en clase. —dijo, sin rodeos.
—Gracias, yo también de estar por fin aquí, mi cuarto ya me asfixiaba. —respondí, un poco más bajo.
—Normal, después de todo lo que pasó…
Hubo silencio, incómodo.
—Bueno, Kyle, solo quería recordarte algo.
Fruncí el ceño.
—¿El qué?
—Tu cumpleaños es este sábado, el once de febrero, ¿no?, ¿o te habías olvidado?
Me quedé en blanco un segundo, sí, me había olvidado, no porque no significase nada…, sino porque no me sentía con ánimo de celebrarlo, ni de pensar en mí, ni en pasteles, ni en velas.
—No creo que lo celebre… —dije, casi como excusa.
—¿Cómo qué no? Claro que sí. —dijo tajante—. En mi casa.
—¿Qué?
—Te ofrezco mi casa para celebrarlo, solo algo tranquilo, unos cuantos, comida, risas, sin drama, si quieres, claro.
—Celia, no sé si es buena idea…
—Kyle, he superado lo nuestro, ¿vale? Además, mola tener un amigo gay. —interrumpió ella, cruzándose de brazos—. Aunque a veces seas un tonto bobalicón.
Sonreí, aunque no me saliera del todo, entonces apareció Mike, mordisqueando un enorme bocadillo de salchichón, y la mirada puesta directamente en mí.
—¿Qué pasa? —preguntó mientras masticaba como cerdo.
—Estoy invitando a tu amigo antisocial a su propio cumpleaños. —dijo Celia—. Pero se está haciendo de rogar.
Mike me miró con una ceja levantada.
—¿En serio vas a decir que no a pizza gratis, música y gente que te quiere?
—Eh, ¿cómo qué pizza? No, comida basura no. —dijo Celia.
—¿Ehhhh? Una fiesta de cumpleaños, ¿SIN PIZZA? No me jodas Celia.
Celia negó con la cabeza sonriendo.
—No es eso…, —interrumpí—. Es que no sé si quiero ser el centro de nada ahora.
—Justamente por eso. —respondió Celia—. Porque llevas semanas siendo invisible y ya no toca eso.
Mike me empujó suavemente el hombro.
—Dale, cumples quince años tío, eso solo pasa una vez en la vida, déjanos celebrarte un poco, no te vamos a partir una piñata encima, lo juro.
Suspiré, y, después de mucho tiempo, no sentí miedo, sino esperanza.
—Está bien. —dije—. Pero solo si la música no es reggaetón o rap, por favor.
—Hecho. —dijo Celia.
—Y sin juegos raros. —añadí.
—Lo intentaremos —dijo Mike, riendo.
Seguimos caminando juntos y por primera vez en mucho tiempo, sentí que algo se movía en la dirección correcta.
Salimos del instituto y el aire ya olía a febrero de verdad, frío, pero con ese sol bajo que calienta apenas lo justo, Mike iba a mi lado, hablándome de algo sobre un videojuego nuevo.
Aunque yo no lo escuchaba del todo, mi cabeza estaba en otra parte, pensando en mi cumple, la verdad, me hacía ilusión, quería pasar página, ser feliz.
Entonces vi a Tommy, el hijo del profesor de matemáticas, estaba parado junto a la verja, con su mochila colgando de un solo hombro y una carpeta en las manos, parecía estar esperándome, cuando nuestras miradas se cruzaron, sonrió tímido, y caminó hacia nosotros.
Mike se detuvo también, mirándolo con curiosidad.
—Hola, Kyle. —dijo Tommy, algo nervioso.
—Ey, Tommy. ¿Qué haces por aquí? —le pregunté curioso.
—Vine a darte esto. —dijo, alzando la carpeta.
La abrió con cuidado y me entregó un dibujo, en él aparecían Spiderman y Link.
Peleando espalda con espalda, rodeados de enemigos, pero firmes, Spiderman con su pose clásica, y Link empuñando la Espada Maestra, ambos sonreían, eran un equipo.
Mi pecho se apretó.
—Lo hice yo. —dijo Tommy—. Mi padre me contó lo que te pasó, quise ir a verte, pero no me atreví, perdón…, y como el sábado es tu cumple, quería dártelo.
Tomé el dibujo con ambas manos, no dije nada al principio, no podía, estaba a punto de llorar y Mike se dio cuenta, intervino, me dio un toque con su hombro.
—Está…, increíble, gracias, en serio, no sabes cuánto significa para mí.
Tommy sonrió, orgulloso, y antes de que pudiera añadir algo más, me abrazó, ahí, en mitad de la acera, con su mochila colgando, delante de Mike, que miraba orgulloso.
Me congelé por un segundo, todavía me costaba el contacto físico, pero esta vez…, no lo rechacé.
Lo abracé también, con fuerza, cuando se separó, tenía los ojos brillantes.
—Te eché de menos, a ver si mi niñera se pone mala más a menudo… —dijo en tono burlón.
—Yo también. —le dije, sincero.
—Ah, y…, le pedí salir a la chica que me gusta, la de los dragones.
Mike sonrió sin decir nada.
—¿Y?
Tommy bajó la mirada, ruborizado.
—Me dijo que sí, me dio una galleta de chocolate, así que…, creo que cuenta como un ''sí''.
Me reí, esta vez sin miedo.
—Definitivamente cuenta. —dije.
Le revolví el pelo.
—Feliz cumpleaños anticipado, Kyle.
Se alejó, saltando un charco como si acabara de salvar el mundo.
Mike me miró.
—¿Sabes? No mucha gente puede decir que fue el Link de alguien, literal.
Le mostré el dibujo.
—Es lo más bonito que me han regalado en años. —y lo decía en serio, lo guardé con cuidado dentro de la carpeta.
Mañana es mi cumple, estoy tumbado en la cama, descansando, hice los deberes, jugué un poco a la Play, y ahora iba a leer algún cómic, el cielo se tiñó de ese gris anaranjado que anuncia que el fin de semana está por empezar, pero aún no se suelta del todo.
Tenía la ventana entreabierta y el dibujo de Tommy sobre el escritorio, lo había estado mirando durante minutos sin darme cuenta, entonces sonó el timbre.
Bajé, estaba solo en casa, mi madre salió con unas amigas y Erik estaba con Mason, al abrir vi a Miles, con su chaqueta de cuero y esa sonrisa tranquila que parecía decir siempre ''todo está bien, incluso si no lo está''.
—¿Sales un rato? —preguntó, sin forzar nada—. Solo a dar una vuelta.
Asentí, no necesitábamos hablar mucho para saber que hacía falta.
Caminamos por el parque cercano, no había mucha gente, solo algunas parejas, perros, y ese silencio que a veces se siente cómodo.
—Mañana es tu cumple. —dijo Miles, con una media sonrisa.
—Sí, un año más y termino el instituto.
—¿Qué harás después? —me preguntó.
—Quiero estudiar bachillerato, a las afueras, necesito salir de aquí.
Hubo un silencio.
—Me parece bien, Kyle, los estudios son importantes, y el cambio de aires te vendrá muy bien.
No respondí, miraba los árboles pelados, las luces navideñas que aún colgaban de algunas casas como si se resistieran a que acabara la magia.
—He estado pensando. —dijo él, al cabo de un rato—. Sobre nosotros.
Me tensé, pero asentí.
—Yo también.
Nos detuvimos junto a un banco, él se sentó primero, yo a su lado.
—Lo que vivimos fue bonito. —dijo—. Intenso, real, algo que ambos necesitábamos, tú para sentirte libre y yo para recordar que se puede empezar de nuevo, incluso sin buscarlo.
—Sí, es algo que siempre recordaré… —dije.
—Ya…, ahí es dónde iba, cuando me dijiste de darnos un tiempo…, era…, para cortar, ¿no? —me preguntó, ahora, más serio.
No dije nada, él tampoco, sonrió y me puso la mano en la mejilla.
—Te sienta bien, te hace ver más malote.
Sonreí.
—Miles, has sido una persona muy especial en mi vida, pero, siento que no hay amor, o, no sé, tengo dudas, necesito más tiempo… —dije, bajando la voz—. Quiero decir, lo que hicimos, lo que tuvimos, fue intenso y no me arrepiento.
—Yo tampoco. —agregó.
Miré al suelo, me dolía un poco, no por él, sino por lo que representaba, Miles había sido una especie de refugio en medio del caos, alguien que me vio cuando ni yo me veía, y ahora que todo estaba más claro…, también se alejaba.
—Entonces…, ¿amigos? —le pregunté.
Miles sonrió, la clase de sonrisa sin doble intención.
—Sí, amigos, de esos que puedes llamar si quieres descargar tu ira, ya me entiendes.
—¿Follar? —pregunté sonriendo.
—Claro, joder, no te diré que no.
Le devolví la sonrisa, más suave, más triste, pero sincera, nos levantamos y seguimos caminando, no hubo abrazos largos ni promesas vacías, solo la sensación de haber hecho lo correcto, y aunque me doliera un poco, supe que era justo.
Esa noche dormí bastante mejor, no tenía esa carga pesada de hace unos días, y por fin, llegó mi cumpleaños.
Estaba de pie frente al armario con tres camisetas en la cama, dos pantalones, y sin saber qué escoger, una de las camisetas de hecho me la regaló mi madre hace minutos, antes de irse.
Pero ahí estaba, de pie, en bóxer, negros, sin saber qué ponerme, aún ni me había duchado, y en una hora empezaba mi cumpleaños.
El ruido de la puerta principal me sacó del bucle.
—¡Kyle! —la voz de Erik, subió por las escaleras—. ¿Estás vivo ahí arriba o te comió el espejo?
No contesté, unos segundos después, la puerta de mi cuarto se abrió con cuidado, entró mi primo Erik, seguido de Mason, su novio.
Ambos iban arreglados, pero no de gala, rollo elegante y cómodo, perfectos sin parecer que lo intentaban, Erik me escaneó de arriba abajo.
—Vale, esto es peor de lo que pensaba, ¿vas a salir en bóxer?
—¿No sabes qué ponerte? —preguntó Mason con una sonrisa cómplice.
—No sé si quiero ir —confesé, bajando la mirada.
Erik se acercó y se sentó en mi cama como si fuera suya.
—¿Miedo escénico?
—Miedo a todo, más bien. —dije—. A las miradas, a sentir que sobro, a que no me salga sonreír y todos se den cuenta.
Mason cruzó los brazos.
—Kyle, nadie espera que estés perfecto, solo que estés, que seas tú, aunque estés nervioso, aunque no hables mucho, solo ve, tío, lo vas a pasar genial. — dijo Erik, y sonrió.
—Además, aún no te dimos tu regalo. —dijo Mason, cerrando la puerta de mi cuarto.
Les miré extrañado, ambos se acercaron, rodeándome.
—Eh, eh, ¿de qué va esto? —pregunté nervioso.
—Déjate llevar. —dijo Erik, y me comió la boca, no pude rechazarlo, de nuevo, recordé mi primer beso, con mi primo, todo de hecho empezó con él.
—Ehh, ¿y yo qué? —Mason apartó a mi primo y me comió la boca ahora él, yo, alucinando, solo me dejaba hacer.
Sentí la lengua de Mason, el novio de mi primo, recorrer mi boca, mezclando nuestras salivas, mi primo se arrodilló y me bajó el bóxer, comenzó a chuparme la polla.
Estaba en el cielo, no quería que parasen, era un sueño, sí, debía ser eso.
Nos separamos y ahora Mason me hizo arrodillar junto a mi primo, se sacó la polla, circuncidada, morena, la restregó por mi cara, mi primo me la quitó y se la comió, después me la volvió a pasar por la cara y la engullí.
Y así, ambos estuvimos chupándole la polla a Mason, que me hizo de nuevo levantar, me tumbó en mi cama y alzó mis piernas en sus hombros, escupió en mi ano y deslizó su polla, no tuvo dificultad.
Le miré extasiado, mientras mi primo nos observaba pajeándose, viendo como su novio me follaba el culo, arremetía una y otra vez contra mí, miré por la ventana, mientras Mason me follaba.
Estaba a punto de correrme, mi primo se acercó a mí, y metió su polla en mi boca.
—Joder Erik, tu primo tiene el culo tan apretado como tú.
—¿Te gusta eh? Te lo dije, merece la pena follarlo. —dijo Erik, que me follaba la boca con vehemencia.
Su novio, que arremetía con fuerza contra mi culo, no aguantó más y me la clavó hasta el fondo, podía sentirla en mi tripa, tampoco pude aguantar, me corrí.
—Jodeeeeer, he dejado a tu primo muy preñado tío. —confesó Mason mientras sacaba su polla de mi ano.
—Me toca, aparta, que estoy a punto. —dijo Erik.
Mi primo ocupó el lugar de su novio, deslizó su polla dura hasta lo más fondo, y continuó follándome, era intenso, veloz, duro, rápido, todo a la vez.
Mason salió del cuarto, me quedé a solas con mi primo, que me follaba y me comía la boca al mismo tiempo.
—¿Te ha gustado tu regalo primito? —dijo Erik jadeante.
—Síííí, me ha gustado…, ahhh…, no pares…,
Y no paró, siguió follándome con fuerza, me comencé a pajear y me volví a correr por segunda vez, mi primo, casi al mismo tiempo, también, su leche caliente se mezcló dentro de mí con la de su novio.
—Erik, venga, que llegamos tarde. —dijo Mason, que apareció de nuevo vestido—. Dúchate, te espero abajo.
—Voy.
Mason bajó las escaleras, Erik salió de mi cuerpo y me besó, sonriendo, se fue recogiendo su ropa, escuché de nuevo el agua de la ducha, yo, en mi cama, tumbado, extasiado, me dormí.
—Ehhh. —Erik golpeó mi puerta—. Dormilón, que en diez minutos empieza tu fiesta, ¡vamos!
Se marchó deprisa, me incorporé, mi cuerpo estaba manchado del pecado cometido, pero me sentía feliz, aliviado, lo necesitaba, miré el reloj, llegaría tarde.
Por fin decidí qué ponerme, tras darme una buena ducha, rápida, pero a fondo, me puse unos vaqueros cortos azules, rasgados en los bordes, una camisa blanca, ligera, con un dragón dorado bordado en el lateral izquierdo que brillaba suave con la luz.
Y unas Vans rojas y blancas, las que siempre guardaba para cuando necesitaba sentirme más yo que nunca, me miré al espejo, respiré hondo y salí.
La casa de Celia seguía oliendo a familia y a bizcocho recién hecho, su madre fue quien me abrió la puerta, sonriente, con un delantal lleno de harina, supongo que ahora que sabe que soy gay y su hija no corre peligro, le caigo mejor.
—Feliz cumpleaños, Kyle. —me dijo, y me dejó pasar, su padre, en cambio, aún no me tragaba.
Dentro, la música sonaba suave, luces colgaban entre las paredes, algunas velas, bocados dulces sobre la mesa, nada exagerado, pero todo con cariño.
Pude ver a Celia, con un vestido negro brillante, sonriendo tímida, su hermana, algo más ruidosa, pero divertida, hablando con Erik y Mason, que estaban sentados juntos en el sofá.
Mike, que enseguida se acercó y me agarró del brazo, llevándome dentro, me felicitaron, me dieron algunos regalos, algún llavero, una funda para el móvil, incluso una gorra de Zelda.
Entonces lo vi, era Dylan, en el fondo del salón, más delgado, la cara más marcada, los hombros más definidos, llevaba una sudadera roja y el pelo revuelto, además, no llevaba gafas, me miró un segundo y desvió la vista.
Sentí el estómago apretarse, pero no me detuve, Mike me empujó hacia la zona de bebidas, donde había zumos, refrescos y una caja de brownies.
Al poco llegó mi madre, me dio dos besos, y habló con los padres de Celia, se llevaban bien, a veces me echaba un ojo, me di cuenta de que su relación conmigo cambió, creo que el saber que pudo perderme hizo que pasara página por lo de mi padre, ahora sí sentía tener una madre.
Pasaron las horas, casi tres horas, dónde los chicos jugamos al fútbol en el jardín, con una pelota de espuma y porterías improvisadas, me reí, me manché, me caí de culo, sentí dolor, Erik y Mason se miraron entre risas, les odié por ello…
Mike se burló y luego me ayudó a levantarme…, en fin, no mentiré, lo pasé genial.
Llegó el momento, sacaron una tarta de vainilla con crema, había una figura de Link encima, mal recortada, pero adorable, apagué las velas entre aplausos y una canción algo desafinada, el cielo empezó a oscurecer, las primeras estrellas asomaban, el aire se volvió más fresco.
Y yo me sentía bien…, la fiesta pronto acabaría, incluso me sabía mal, el tiempo se me pasó volando, algunos amigos ya se marcharon, mi madre se fue, Erik y Mason también.
Mike se acercó y me dijo que se iba, le dije que esperase un segundo, que iba al baño y le acompañaba, no quería terminar la noche con palabras guardadas.
Subí las escaleras en silencio, sin que nadie me viera, sabía dónde estaba su cuarto, lo había visto otras veces, cuando aún salía con Celia, cuando todo era otro mundo.
La puerta estaba entornada, toqué dos veces, apenas, no respondió, empujé suavemente y ahí estaba.
Sentado en el borde de la cama, con el móvil entre las manos, la mirada baja, no se sorprendió al verme entrar, como si lo esperara, o como si no tuviera ya energía para fingir que no pasaba nada.
Me quedé en el umbral.
—¿Puedo?
Él asintió, entré y cerré la puerta.
Silencio, no era incómodo, solo…, cargado.
—Feliz cumpleaños. —dijo, sin mirarme.
—Gracias…
Pasaron unos segundos, luego me senté en la silla junto al escritorio.
—Dylan, necesitaba hablar contigo, no para pelear, no para revolver lo de antes, solo…, necesito decirte algo.
Él levantó la cabeza, ya no tenía esa mirada defensiva, ya no era el chico a la defensiva en el gimnasio, estaba más delgado, sí, pero también más…, abierto, más cansado de huir.
—Lo siento. —murmuró—. Por cómo te traté, por lo que dije, por no haber tenido el valor de enfrentar lo que sentía.
Me costó un segundo procesarlo.
—Gracias, eso significa mucho.
Bajé la vista, me temblaban las manos, así que las apreté entre las piernas.
—Yo también tuve miedo. —continué—. Tenía dudas, culpa, confusión, pero ahora lo tengo claro, sé que el día de Halloween actué mal, no te pedí permiso, y fue brusco, lo siento, aún no estabas preparado, ahora lo sé, perdóname.
Lo miré.
—Te perdono. —dijo Dylan, su voz me quitó un peso de encima.
Me quedé callado, iba a marcharme cuando Dylan habló.
—Kyle, cuando te pasó lo del baile, me sentí muy mal, lo peor era el no poder ir a verte, porque sospecharían cosas raras, pensé te morías, o no sé… —apretó sus puños—. No quiero sentir eso nunca más.
—Siento haberte preocupado…, Dylan, tú me gustas.
Él frunció el ceño un instante, como si la frase le hubiera dolido…, o curado algo.
—Y no es por pena, me gustas tú, con todo lo que eres, me da igual si estás gordito, si llevas gafas, me da igual.
Dylan tragó saliva.
—No sé qué decir. —confesó.
—No tienes que decir nada, solo quería que lo supieras.
—Es solo que…, no estoy listo, no del todo, a veces me odio por lo que siento, por lo que no sé si quiero, y tras lo que te pasó, siento miedo, rechazo, no puedo…
Asentí.
—Está bien, no vine a pedir nada, solo a que lo sepas, y si un día te apetece buscarme, estaré.
Se levantó y se acercó a mí, sus ojos, negros como la oscuridad, brillaban, ahora se veía mucho más guapo si cabía.
—¿Me esperarías en serio? —me preguntó estupefacto.
—No tengo prisa Dylan, somos amigos, y cuando estés preparado, yo estaré aquí.
Él sonrió, triste.
—Vale, pero, no esperes mucho, si conoces a alguien, lo entendería.
Sonreí y apreté su cabello, se lo revolví y me devolvió la sonrisa.
—Bueno, tengo que irme, Mike me espera.
—Espera, no te di tu regalo.
Me giré y Dylan posó sus labios en los míos, de nuevo sentí ese sentimiento, esa electricidad, mi cuerpo tembló, se separó y me sacó la lengua sonriente.
—Eres un cabroncete. —le dije.
Bajé las escaleras con pasos lentos, pero tranquilos, ya no pesaban como antes.
Ahí estaba Mike, esperándome cerca de la puerta, con las manos en los bolsillos y esa expresión de ''lo sabía'' escrita en la cara.
—¿Qué? —pregunté.
—Tío, lo sabía, desde el día que Dylan salió del gimnasio y tú detrás, y me dijiste que estuviste con Celia, joder, ¡era su hermano!
—Shuuuu, ¡calla! —le tapé la boca—. ¿Quieres que todos lo oigan o qué? Además, somos amigos, ya con el tiempo quizás surja algo.
No preguntó nada, solo me dio una palmadita en la espalda.
—Bueno, lo siento por los padres de Celia, pensaron que se deshicieron de ti como yerno, y ahora les toca el hijo, jajajaja.
—Eres bobo… —confesé, pero tenía razón.
Caminamos en silencio hasta la calle, la noche era fría, pero no dolía, había estrellas, y un murmullo suave de risas apagadas que salían de la casa de Celia.
Llegué a casa, mi madre me esperó despierta, me abrazó y me dijo que me quería, como si supiera que esa frase, esta vez, significaba algo más grande.
Subí a mi cuarto, me quité los zapatos, la camisa del dragón dorado manchada, me tumbé en la cama, con el pantalón aún puesto, y respiré hondo, por fin lo entendí.
Voy a esperar a Dylan, si algún día llega, que lo haga por él, no por mí, yo ya no lo necesito para saber quién soy, ya lo tengo claro, sé lo que soy, sé lo que quiero y nadie me va a impedir ser feliz.
Final
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Creado (2017), revisado y editado (2025) por @TeenBoy
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