Capítulo 9 ''Baile de Navidad''
Llega el baile de fin de año, quiero ir con Dylan, que no está por la labor, además, no solo voy a bailar esa noche, también voy a follar, pero no me espero con quién...
El instituto entero olía a papel brillante, ramas de plástico y esa mezcla imposible de ambientador barato y ansiedad adolescente.
Se acercaba el baile de Navidad, y todo el mundo hablaba de eso, quién iba con quién, qué se iban a poner, qué canciones sonaban seguro y etc.
Yo no pensaba ir, al menos, no hasta resolver lo que llevaba días girando dentro de mí como una espiral interminable, Dylan.
Llevaba esquivándome una semana, cada vez que lo veía en el pasillo, giraba la cara, si me acercaba, fingía revisar el móvil, hablar con otro o cambiar de dirección.
Pero yo ya estaba cansado de andar con dudas, silencios y fantasmas, así que esperé a la salida, me apoyé junto a la verja, fingiendo estar ocupado con mi mochila hasta que lo vi salir con su sudadera roja y los cascos puestos.
Me planté delante.
—Dylan. —dije.
Le costó mirarme, pero lo hizo, y por un segundo, vi en sus ojos la misma confusión que llevaba yo por dentro.
—No tengo tiempo, Kyle.
—Solo…, quiero hablar, un minuto, me lo debes.
Suspiró, se quitó un auricular, el aire frío le enrojecía las mejillas.
—¿Por qué me evitas? —le pregunté, aún sin entender nada.
—Porque intento olvidarte, no sé de qué vas, me dices que somos amigos y luego me buscas, me dices que no moleste, que estorbo, que pase de tí, y me la chupas. —soltó de golpe—. Porque cada vez que te veo me siento raro, a veces me dan ganas de abrazarte y otras de empujarte y darte una hostia, porque no sé si te odio por confundirme o si me odio por pensar en ti.
Me quedé callado, no me esperaba tanta honestidad de golpe.
—¿Suficiente? Ahora, déjame en paz.
—¿Y por eso no me hablas?
—No, porque no quiero que estén conmigo por LÁSTIMA.
—¿Qué? No lo dices en serio, ¿no? —no me creía que pensase eso de mí, no estaba por él por lástima, no…, ¿no?
—Mira, la noche de Halloween, ¿de qué ibas? ¿Por qué lo hiciste?
Me quedé callado.
—Mira, me gustó, me gustó mucho, pero luego, sentí miedo, terror, todo esto…, no es lo que debería sentir. —confesó.
—¿Y qué deberías sentir?
—No lo sé, pero no esto, no así.
Se quedó mirando al suelo, pateando una piedra con la punta del pie.
—Escucha, el sábado es el baile de fin de año, ¿quieres venir conmigo?
—¿Qué? ¿Te volviste loco? ¿Y que todos piensen que soy gay? —dijo alterado.
—Dylan, eres gay…
—No, no lo soy, además, he quedado en ir al baile con una chica de mi clase, es maja, me lo pidió y le dije que sí.
Me atravesó algo por dentro, un hielo lento que empezó en el pecho.
—¿Qué? ¿Por qué? Es una chica, Dylan, eres gay…
Él no respondió de inmediato.
—Kyle, no sé de qué vas, pero con ella es fácil, ¿sabes? Contigo no, ¿Por qué no vas y se la chupas a otro?
Mi mano le cruzó la cara, con odio, rabia, dolor, dos segundo después, me arrepentí, se llevó la mano a la cara y sus ojos se pusieron rojos.
—Perdón, Dylan, no…
Me miró haciendo muecas de llorar, pero se contuvo.
—No me molestes más…
Se giró y se marchó con velocidad, me sentí la mierda más grande del mundo.
No corrí detrás de él, no supe qué hacer, me quedé solo, con la mano ardiendo y el pecho encogido, la rabia se disolvió rápido, solo quedó el asco y la culpa.
Me fui a casa sin saludar a nadie, subí a mi cuarto y cerré la puerta.
Y lloré, no como cuando te frustras, no como cuando te rompes un poco, lloré como quien ya no sabe si va en la dirección correcta o si está perdiendo algo que ni siquiera entendía del todo.
Porque lo había herido, y no solo con una palabra o una mano, lo había perdido, y eso dolía más que cualquier golpe.
La habitación estaba a oscuras, me había dormido, la persiana estaba medio bajada, la puerta cerrada, y yo, hecho un ovillo en la cama, con la cara pegada a la almohada húmeda de tanto llorar.
El silencio de la casa era espeso, como siempre, mi madre estaba más trabajando y fuera, que preguntándose cómo estaba su hijo.
No escuché pasos, solo el golpe suave de los nudillos contra mi puerta.
—Kyle… —la voz de Erik era baja, cuidadosa—. ¿Puedo pasar?
No respondí, pero la puerta se abrió igual.
La luz del pasillo recortó su silueta, se quedó en el umbral unos segundos, evaluando el desastre en la cama, cerró tras de sí sin decir nada y vino a sentarse al borde de la cama, como si ya supiera que no debía forzar palabras.
Yo no me moví, solo respiraba despacio, con los ojos ardiendo y la garganta cerrada.
—Te escuché llorar. —dijo—. No podía quedarme sin hacer nada.
Tragué saliva, me giré despacio, lo justo para que viera mi cara, los ojos hinchados, la piel manchada de lágrimas secas.
—¿Qué ha pasado?
Asentí, no tenía fuerzas para contar todo.
—Le pagué a Dylan. —murmuré—. Discutimos y le pegué, nunca había hecho algo así y no me siento mejor, me siento... peor, asqueroso.
—¿Dylan? ¿El chantajista?
Me callé.
—Espera, ¿es el chico que te gusta? ¿Dylan?
Mi silencio se lo confirmó.
Erik bajó la cabeza, se pasó una mano por el pelo y suspiró.
—Escucha, Kyle, estás dolido, confundido, reaccionaste mal, sí, pero eso no te define, todos nos equivocamos, además, te recuerdo que me dejaste un ojo morado, y aquí estoy, ¿no?
Me quedé en silencio, los ojos se me llenaron otra vez, pero me contuve.
—Va a ir al baile con otra, y yo… yo no tengo a nadie, no quiero verlos juntos, no quiero ir, pero tampoco quiero quedarme aquí, solo.
—¿Querías ir al baile con él? ¿Sabiendo lo que dirían?
—Me da igual. —dije—. Tú lo dijiste, te veo con Mason y siento envidia, sois libres, yo quiero serlo, pero no hay manera primo, estoy solo.
Erik me miró con esa mezcla de ternura y orgullo que solo alguien que te quiere de verdad puede sostener.
—Entonces iré contigo. —dijo, tranquilo—. Al baile, no como cita rara ni nada incómodo, como primos, como quien no va a dejarte solo aunque el mundo se caiga a pedazos.
Lo miré, sorprendido, quise decir que no, que no tenía sentido, que iba a estar fuera de lugar, pero me conocía lo suficiente como para leer la duda antes de que hablara.
—Mira, Mason lo entenderá, él es muy abierto de mente, créeme, de hecho le caes genial, hasta me confesó que su fantasía es hacerlo con dos primos. —dijo guiñándome el ojo y ambos nos reímos—. ¿Ves? No me gusta verte triste, con tu sonrisa cautivarías a cualquiera, primo, y no estás tan solo como crees.
Me quedé en silencio.
—Ya…, pero ahora que dijiste lo de que nos mirasen…, ¿Y si me miran raro?
—Pues que miren, que miren al chico más guapo del Instituto reír y bailar con el otro chico más guapo del barrio.
Reí, por primera vez en horas, una risa rota, pero sincera.
—¿De verdad irías conmigo? —pregunté limpiándome las lágrimas de los ojos.
—De verdad, traje incluido, pero tienes que prometer una cosa.
—¿Cuál?
—Que no te vas a esconder más.
Asentí, despacio, aún no tenía todas las fuerzas, pero esa noche, mi primo me prestó las suyas.
El día del baile llegó como una especie de tregua, el cielo gris se aclaró un poco, el frío ya no calaba tanto, y aunque las cosas seguían pesando dentro, algo en mí se había aflojado.
Tal vez porque no iba a ir solo, tal vez porque ya no tenía nada que ocultar, mi primo se había marchado por la tarde a recoger su traje.
Me dijo que no me preocupara, que iba a llegar puntual, ''y con estilo'', yo no sabía si confiar o preocuparme.
Por la tarde, me preparé solo, me miré al espejo más veces de lo normal, no para saber si estaba bien vestido, sino para ver si realmente era yo, me gustó lo que vi, o al menos, no lo odié.
Ya era un avance, mi traje era totalmente negro, con camisa blanca y un pañuelo rojo en el bolsillo delantero, me gusta como me veía, me puse el cabello hacia atrás con fijador, me hacía ver uno o dos años más mayor.
Salí con el tiempo justo y pasé por casa de Mike, cuando abrió la puerta, con una chaqueta negra elegante y el pelo peinado hacia atrás también, nos reímos, me silbó como si yo fuera una celebridad.
—¿Así que tú también vas hecho un señorito? —dijo, riendo.
—No me quedaba otra, es el baile, ¿no?
Por el camino, le conté lo que aún no sabía.
—Por cierto. —dije, como si fuera algo menor—. No voy con nadie, o sea, sí, pero voy con Erik.
—¿Con tu primo?
Asentí.
—¿Erik, Erik?
—Ese mismo.
Mike se rió por lo bajo, más sorprendido que otra cosa.
—Tienes al primo más cañón de toda la historia de los bailes escolares, seguro van a pensar que es un modelo infiltrado, qué escándalo.
—Solo espero que no me deje plantado. —dije, medio en broma, medio en serio.
Llegamos al instituto, decorado con luces azules y blancas, desde la entrada ya se escuchaba la música filtrándose por las paredes, un ritmo lento, elegante, como para ir entrando en clima.
Algunas parejas ya estaban dentro, otras llegaban de la mano, nerviosas, emocionadas, Mike divisó a Lisa y se despidió con un codazo cariñoso.
—Si pasa algo raro, mándame una señal con los ojos. —bromeó—. Nos vemos dentro.
Y entonces me quedé solo, frente a las puertas dobles del salón principal, con la gente entrando, con el ambiente en pleno encendido, y yo parado como quien no sabe si debe cruzar el umbral o volver a casa.
Me fijé, durante bastante rato, buscaba, y miraba, pero no, no había ninguna pareja de dos chicos, nadie, eso me puso más nervioso, solo había chicos con chicas.
El hall olía a perfume caro, a laca de pelo, a expectativas flotando, vi a varios chicos de mi clase, algunos con traje y corbata, otros con looks más modernos.
Reían, se hacían selfies, abrazaban a sus parejas, y yo…, esperaba, solo, nervioso, mis manos sudaban, el traje me pesaba.
Me crucé de brazos, respiré hondo, miré el móvil, aún no había mensajes de Erik, la música cambió, algo más animado empezó a sonar, las luces del salón bailaban contra las paredes.
Todo se movía, todo comenzaba, y yo… todavía al borde, seguía ahí, en la entrada del salón, viendo pasar gente, tragándome el nervio seco que tenía atascado en la garganta.
Mi primo no daba señales, el móvil seguía sin vibrar, el reloj avanzaba lento, como si estirara el tiempo a propósito.
—¡Eh, mira quién está aquí! —gritó Michael, acercándose con una media sonrisa venenosa—. ¿Qué? ¿Esperando al novio?
Su novia se rió con una mano sobre la boca, sin saber que era verdad…
No respondí, me limité a mirarlo fijo, sin retroceder, pero el golpe emocional ya había entrado, sentí el calor subirme al cuello.
—¿Por qué tan solito? ¿Tu novia te dejó tirado? Perdón, novio. —preguntó, como quien busca sangre—. ¿O viniste a cazar corazones solitarios con tu espadita de mentira?
Me tensé, las palabras no salían, las manos me sudaban.
—Estoy esperando a alguien. —dije simplemente.
—Claro, claro. —dijo Michael, arrastrando las palabras como si fueran baba—. A ver si aparece tu princesa, o tu príncipe, ya sabes, en estos tiempos uno nunca sabe con los de tu tipo.
Su novia soltó una carcajada fingida y le tiró del brazo.
—Déjalo ya, Mike, vamos a bailar.
Él me dio un último empujón leve con el hombro al pasar.
Se alejaron riendo, y yo me quedé ahí, tragando la rabia, el miedo, y ese viejo nudo de siempre, el que te recuerda que hay gente que te quiere ver temblar solo por existir distinto.
Respiré hondo, no iba a dejar que eso me partiera, no esta vez.
Miré hacia la calle, esperando. Rogando.
Y entonces vi a alguien acercarse.
El empujón de Michael aún me pesaba en el pecho, no por el golpe, por lo que decía sin decir, me quedé en la entrada, quieto, como una figura que no terminaba de encajar en el decorado.
Gente pasaba, voces, risas, perfume flotando en el aire, y yo, clavado como si el suelo me sujetara por dentro, no aguanté más.
—Me piro, no aguanto más.
En ese momento casi me choco con Dylan, entraba por la verja del instituto, al lado de una chica, ella iba preciosa, con un vestido rojo oscuro que brillaba con las luces del atardecer.
El cabello suelto, rizado, la sonrisa tímida, pero genuina, iban de la mano, él, con americana negra, camisa blanca sin corbata, los zapatos relucientes.
Estaba nervioso, pero se le notaba contento, orgulloso, incluso, y sí, seguía siendo ''el gordito'' para algunos, pero esa noche se veía diferente, más firme, más entero.
Mi corazón se encogió, quise saludarlo, aunque fuera con una mirada, un gesto, algo.
Pero cuando nuestras miradas se cruzaron, y lo hicieron, él me vio, me reconoció, y simplemente, siguió caminando, como si yo fuera parte del fondo, como si no me conociera.
Ambos cruzaron las puertas del salón y se perdieron entre el murmullo de música y luces, yo me quedé solo, aún, y eso dolió más que cualquier insulto.
No sabía si estaba esperando a Erik o si solo necesitaba un motivo más para no irme caminando a casa con los puños cerrados y el alma hecha migas.
Entonces, desde la esquina de la calle, alguien cruzó el umbral de la noche, iba en un Ford Mustang Mach 1, de 1969, un cochazo, color negro.
El coche atrajo la mirada de todos los que estaban en la entrada, algunos chicos silbaron, otros se giraron como si fuera parte de una película, el motor se apagó y las luces se atenuaron.
Entonces la puerta del conductor se abrió y apareció el chico negro del garito, alto, imponente, sin camiseta aquella noche... y esta vez, con un traje granate oscuro que parecía hecho a medida.
La chaqueta le ceñía los hombros anchos, la camisa negra asomaba apenas abierta por el cuello, tenía esa sonrisa despreocupada y segura, como si nada pudiera tocarlo, me miró directamente.
Y sonrió, caminó hacia mí sin prisa, como si el resto no existiera, como si esta noche, también, viniera por mí, tragué saliva, sintiendo cómo el corazón me golpeaba en el pecho.
Estaba supernervioso, y paralizado, de pie, frente a la entrada del salón del baile, con un nudo en la garganta y el corazón golpeándome el pecho como si quisiera salir huyendo.
El chico negro se detuvo frente a mí, su sonrisa era tranquila, segura, como si supiera exactamente lo que estaba haciendo.
Yo, en cambio, no sabía si salir corriendo o caerme redondo ahí mismo.
—Hola, Kyle. —dijo, como si ya nos conociéramos de verdad—. Soy Miles, primo de Mason, bueno, ya nos conocemos, pero, no sabías mi nombre.
Abrí la boca, pero tardé un par de segundos en procesar las palabras.
—¿Perdón?, ¿Primo...?
—Sí, Mason me habló de ti, me dijeron que necesitabas un empujón. —dijo sacando la lengua.
—Yo estoy…, flipando…
—A ver, después de aquella noche en el garito, bueno, me dejaste prendido tío, me hablaron de ti muy bien, pero joder, el caso es que Erik también me comentó lo del baile, me dijo que pensabas venir con él, así que…
—¿Así qué…?
—Entonces le dije que no merecías tener el recuerdo del baile con tu primo, a ver, es bonito, pero no lo ideal, así que le dije que si no te importaba, yo vendría contigo.
Se quedó en silencio un momento, luego, con suavidad, me ofreció su brazo.
—¿Me dejas acompañarte?
Lo miré, era imposible no notarlo, alto, traje granate impecable, sonrisa que desarmaba, presencia que se sentía incluso antes de que hablara, y aun así, allí estaba, ofreciéndome algo más que su brazo.
Me estaba ofreciendo dignidad, un lugar a su lado, dudé.
Miré alrededor, algunos chicos ya se habían detenido a observar, susurraban, reían por lo bajo, miradas como flechas.
Miles lo notó, se acercó un poco más, bajando la voz solo para mí.
—Olvídalos, es tu momento, nuestro momento, estoy contigo, ¿vale? Deja que lo miren, que piensen lo que quieran, esta noche no se trata de ellos, sino de ti.
Y antes de que pudiera reaccionar, me besó, no fue largo, pero fue firme, cálido, en la boca, directo, con intención.
Y me dejé, cerré los ojos un segundo y me dejé, cuando abrió los ojos, me sonreía.
—Ahora sí, vamos. —dijo.
Tomé su brazo, las manos me temblaban, pero avancé, paso a paso, al lado de alguien que no me conocía del todo, pero me trataba como si valiera, las puertas se abrieron, la música sonaba, suave aún, como un preludio.
Y todos, absolutamente todos, giraron la cabeza, nos miraban, a él, a mí, cogidos de la mano, intenté soltarme, pero me sujetaba con fuerza.
Miles se inclinó y me susurró.
—Solo un baile, y si te sientes mal, nos vamos, ¿Trato?
Asentí, no confiaba en mi voz todavía.
Fuimos hasta la pista, él me guió con calma, sin apurar, sin exigirme, me tomó de la cintura, como si no fuera la gran cosa, como si bailar con otro chico no fuera un acto político, ni una rareza, como si solo fuera eso, bailar.
La música siguió, las luces giraron y yo, por primera vez en mucho tiempo, sentí que tenía permiso para existir, y que ese permiso venía de mí, no necesitaba que nadie me diera permiso.
Las luces se movían sobre la pista, reflejando destellos sobre los trajes, los vestidos, los rostros sorprendidos.
Miles y yo bailábamos en el centro, al principio, torpemente, él guiaba, con seguridad, con esa sonrisa tranquila que parecía decir ''nada malo va a pasar''.
Pero yo no podía evitar mirar alrededor, las miradas, las bocas murmurando, algunos reían en silencio, otros simplemente nos observaban como si fuéramos parte de un espectáculo que no habían pagado por ver, y entre ellos, estaba él.
Michael, apoyado contra una columna, su chaqueta medio abierta, con su novia abrazada a su brazo como si fuera un trofeo, nos miraba como si estuviéramos invadiendo un territorio que creía suyo.
Y entonces se acercó, dejó a su novia atrás y caminó hacia nosotros con paso firme, los ojos afilados, Miles lo notó al instante, se enderezó, sin soltarme la cintura.
Michael se detuvo a apenas un metro.
—¿Qué es esto? —dijo, con ese tono medio burla, medio amenaza—. ¿Una jodida exhibición?
—Es un baile. —respondió Miles, tranquilo.
—Tú te callas, hermano. —dijo Michael con sorna.
Miles apretó los dientes y sonrió.
—Si te molesta, te puedes ir, blanquito. —respondió Miles.
—No sois bienvenidos aquí. —escupió Michael—. Esto es un baile para chicos y chicas, ¿comprendes? Y no veo ninguna chica, ohh, espera, igual Kyle es la chica, la puta más bien, como dije, PIRAOS.
Sentí que el corazón se me encogía, las manos me sudaban, las piernas me temblaban, Miles no parecía afectado, pero yo sí, demasiado.
—Mejor vámonos. —le dije, en voz baja, tirando un poco de su brazo.
Miles se giró y me miró.
—¿Tú quieres irte?
No supe qué responder, no era que quisiera, me lo estaba pasando bien, pero tenía miedo, antes de que pudiera decidir, Miles hizo algo que me cortó la respiración.
Me besó, ahí, delante de todos, delante de Michael, de su pandilla, de los profesores, de las luces, de los prejuicios, de todo.
Fue un beso seguro, sin esconderse, sin pedir permiso al mundo, cuando me separó, yo aún tenía los ojos cerrados.
Al abrirlos, vi la cara de Michael, su rabia contenida, sus puños apretados y la mandíbula tensa.
Justo cuando pareció que iba a soltar algo más, una voz firme lo cortó.
—Michael.
Nos giramos, era Fran, el profesor de matemáticas, de pie, al borde de la pista, impecable con su traje, mirada seria, y un tono de voz que no admitía réplica.
—O respetas a los demás, —dijo, con claridad, para que todos lo oyeran—, o te vas.
El silencio fue instantáneo, algunos alumnos dejaron de bailar, otros miraban a Michael como si de pronto ya no fuera tan intocable.
Él no dijo nada, solo frunció el ceño, escupió un insulto que no entendí del todo, y se dio la vuelta.
—Vamos. —le dijo a su novia.
Se fueron, con algunos de sus amigos detrás, murmurando, sin atreverse a mirar directamente.
Y de repente, algo cambió, no en ellos.
En mí, no me sentía valiente, pero tampoco me sentía pequeño, Miles me miró, y con su voz suave me intentó calmar.
—¿Estás bien?
Tragué saliva, el corazón aún me latía rápido.
—Necesito tomar el aire. —dije, bajito—. Salgamos, por favor…
Mike se acercó con su novia, preocupado, pero solo le lancé una mirada y una leve sonrisa, él la entendió, me dejó ir, sin preguntas.
Preferí seguir caminando con Miles, salimos por la puerta lateral, al patio trasero del gimnasio, la música seguía sonando, pero más baja, filtrada por los muros.
Afuera el aire era más frío, pero más real, como si el mundo volviera a moverse a mi ritmo, Miles me llevó a un banco blanco, adornado con flores artificiales y luces cálidas.
Nos sentamos sin hablar, me quedé mirando el cielo estrellado, con los latidos en calma, pero la mente en un remolino silencioso, y por primera vez en semanas, no me dolía estar en silencio.
Miles miraba al cielo como yo, como si buscara en las estrellas alguna versión más simple del mundo.
—¿Puedo contarte algo? —preguntó él, con ese tono bajo que ya empezaba a conocer.
—Claro.
—Soy cirujano, en el hospital del centro.
Lo miré rápido. Pensé que estaba bromeando.
—¿En serio?
—Sí. —sonrió—. Tengo veintiocho años, aunque a veces paso por estudiante de intercambio en los garitos para ligar más fácil.
Solté una risa nerviosa, le habría echado veinte.
—No te pega nada el bisturí, pareces modelo de catálogo de trajes.
—Es que los uso en quirófano. —dijo con una sonrisa ladeada—, pero con bata encima.
Me reí otra vez, y por un momento olvidé todo, pero luego su cara cambió, se puso seria, suave, como si estuviera buscando la forma más cuidadosa de abrirse.
—Cuando tenía tu edad…, las cosas no eran tan fáciles.
Lo miré en silencio y le dejé continuar.
—Me enamoré de mi mejor amigo, ¿sabes?, éramos inseparables, lo típico, las miradas, las bromas, los mensajes a medianoche, era un blanquito jodidamente guapo, nuestra conexión era tal, que me lancé.
—¿Y?
—Me rechazó, y a los dos días, al salir de clase, él y sus amigos me esperaban fuera, no me rompieron huesos, pero me dejaron marcas, aquí.
Se tocó el pecho.
—No sabes cómo me sentí el ver al chico del que estaba enamorado pegarme una paliza junto a sus amigos, yo, no me defendí.
—¿Por qué? —pregunté.
—No pude, lo amaba tanto que no pude tocarlo, solo me quedé quieto, nunca se lo conté a mis padres, ni a nadie, me callé y decidí que nadie iba a tener ese poder sobre mí otra vez.
Me dolió escucharlo, porque aunque mi historia era distinta, el miedo, el rechazo, la herida eran la misma.
—¿Y ahora? —pregunté con desasosiego.
—Ahora elijo de quién me enamoro, no me van a dañar sus palabras, y jamás me dejaré pegar, sea quien sea, mi integridad y mi corazón está por encima de todo.
Nos quedamos callados, el frío nos rodeaba, pero yo no temblaba.
Miles se giró, me miró con esa calma suya que parecía envolverme en silencio.
—Kyle…
—¿Sí?
—Me gustas.
Y me besó, diferente al beso de la pista, este fue más lento, más íntimo, más real.
No había público, ni demostración, solo nosotros, solo él y yo, en un banco decorado con luces falsas, en una noche que por fin empezaba a doler menos.
—Espera… —me separé de él.
—¿Qué? ¿No sientes lo mismo?
Dudé y le miré de nuevo.
—Me sacas trece años… —confesé.
Se quedó callado, se levantó y me ofreció su mano.
—Ven, quiero enseñarte algo.
Le miré, su sonrisa me sacaba todos mis pensamientos negativos, le ofrecí mi mano y me llevó dentro del gimnasio.
—Miles, no podemos estar aquí…
Me ignoró y cerró por dentro, me arrastró donde las colchonetas y me tumbó de un empujón, yo, boca arriba, le observaba desnudarse, la música del baile aún se escuchaba, muy lejana, pero podía oírla.
Miles se terminó de desnudar y comenzó a pajearse, podía ver su polla ahora sí, bien dura, de unos dieciocho centímetros, comenzó a pajearse, se arrodilló donde yo estaba y la acercó a mi boca.
—Has sido un nene bueno, aquí tienes tu premio. —dijo de manera lasciva.
Abrí la boca y engullí su polla, me costaba meter la mitad, comencé a chupar y succionar, él me guiaba con su mano.
—Así nene, joder.
Sus palabras y gemidos me excitaban más, succioné su polla y comencé a masajear sus huevos, estaba circuncidado y tenía algo de vello en la base de su polla, seguí introduciéndola hasta que noté la punta rozar mi campanilla, siguió y me dieron arcadas, pude sentir mi nariz en su vello.
No pude más y la saqué tosiendo con fuerza, Miles rió en broma.
—Así campeón, ufff, quiero follarte.
Miles me bajó los pantalones del traje y escupió en mi ano, puso mis piernas encima de sus hombros y me comenzó a comer la boca, yo solo me dejaba ir, comenzó a meterme la polla, la deslizaba entera dentro y la volvía a sacar, esta vez a pelo, sin preservativo.
—Esta vez no escapas, te voy a hacer nenita con mi leche.
—¿Soy tu nenita?
—Lo eres joder.
Me besó de nuevo, su lengua recorría mi boca, su cuerpo negro comenzaba a sudar y podía tocarlo, su tripa, sus brazos, estaba a mi, su polla perforaba mi ano y no iba a aguantar más, me iba a correr, se detuvo y me sujetó con fuerza.
—No, no, putita, aguanta.
Me sujetó con todas sus fuerzas y me pegó a la pared, él de pie y yo encima, le costaba sostenerme, pero logró mantenerme a flote y comenzó un bombeo frenético y convulsivo.
Yo solo podía gemir sin parar, nos mirábamos a los ojos mientras me follaba el culo, oh joder, ese negro me tenía loco, era suyo y sabía que sería suyo siempre, nunca más me dejaría tocar por nadie.
Su bombeo se intensificó y me empecé a correr, mis contracciones apretaron su polla y él arremetió con fuerza, me lamió la boca, el cuello, la cara, todo, no paraba de besarme, sentí como se corría dentro de mí como nunca nadie lo había hecho, estaba lleno de su leche de macho.
—Ahhhhh, joder. —Miles me soltó y me quedé exhausto.
—Cabrón… —dije con la respiración entrecortada.
—Voy a ver si queda algo frío fuera. —dijo Miles mientras se ponía su ropa—. ¿Quieres?
—Sí, por favor, pero nada de alcohol ehh. —respondí, sonriendo.
—Ahora vuelvo. —me besó en la boca y se marchó.
Lo vi alejarse con ese andar suyo despreocupado, me quedé solo unos segundos, aún podía sentir sus labios en los míos, tomé aire y me terminé de subir la ropa, me la coloqué como pude, estaba arrugada.
Salí del gimnasio y caminé despacio hacia el baile, para reunirme con él, o al menos…, eso pensaba.
La noche olía a asfalto húmedo, fuera, en la zona trasera del gimnasio, las luces eran más escasas, y la música sonaba como si viniera desde muy lejos, iba caminando para encontrarme con Miles, todavía con una sonrisa ligera colgando de los labios, creía que lo peor ya había pasado.
Me equivoqué, apenas doblé la esquina del pasillo exterior, los vi.
Michael, con su melena negra, y dos de sus amigos, Joaquín, el rubio de cabello rizado, me miraba con los puños apretados, Santiago iba con su chaqueta deportiva y cara de no saber por qué estaba allí.
No tuve tiempo de reaccionar.
—¿Te crees muy valiente, maricón? —escupió Michael, antes de que sus amigos me sujetaran por los brazos.
Intenté forcejear, pero me apretaron fuerte, no estábamos cerca del bullicio, no había profesores, ni alumnos, solo nosotros, y el eco de una música feliz que ya no me pertenecía.
—¿Te crees que puedes humillarme delante de todos? ¿Eh? ¿Traer a un tipo y hacerte el héroe?
—¡Soltadme joder! —dije, tragando saliva, mientras forcejeaba.
El primer puñetazo me dio en el estómago, me doblé, pero no caí, tosí con dificultad.
El segundo, en el pecho.
—¡¿Dónde está tu novio eh?!, ¿¡Dónde!? —gritó.
Le miré con rabia, odio, estaba jodiéndolo todo, iba perfecto, no le hacía daño a nadie, ¿por qué? ¿¡POR QUÉ!?
—¡MARICÓN! —el tercer puñetazo fue en la cara, el cuarto también, empecé a perder la cuenta, la sangre me llenó la boca con el sabor metálico del miedo, sentí que la piel se me abría sobre el pómulo.
—¡Michael! —gritó uno de los chicos que me sujetaban—. ¡Tío, para ya!
—¡Te estás pasando! —dijo el otro, soltándome un brazo.
Pero ya no podía reaccionar, ya no dolía, sólo sentía frío, el suelo temblaba bajo mis pies, mi visión se llenó de manchas negras y luces que giraban.
Los golpes se volvieron más caóticos, la cara, otra vez, no podía ver bien, oía mi respiración cada vez más lejana, como si viniera desde otro cuerpo.
Sentí caer al suelo, sentí patadas, en mi cuerpo, en mi cara, pude ver como sus propios amigos le sujetaban, no era suficiente, él seguía, todo me daba vueltas, luces, muchas luces, eran blancas, grises, de pronto, alguien gritó.
Pasos corriendo, voces.
—¡¿QUÉ COÑO HACÉIS?! —era la voz de Miles, grave, rota, preocupada.
Michael estaba ido, se detuvo y solo respiraba agitado, mirando lo que había hecho, salió corriendo con sus amigos, vi como Miles se arrodilló a mi lado.
—Kyle… Kyle, mírame, mírame, por favor…
No podía, la cara me pesaba, el pecho dolía, todo era ruido, todo era luz, más pasos y más gritos.
—¡Que alguien llame una ambulancia! —escuché a Miles gritar, desgarrado—. ¡YA!
Me tomó la mano, la apretó fuerte, su otra mano me sostenía la cabeza con cuidado, como si fuera de cristal.
—Tranquilo, estoy aquí, ya pasó, te tengo, no te vayas, ¿sí? No te vayas…
Pero yo ya no veía nada, todo daba vueltas, las luces se deshacían, no podía más, quería llorar, pero no pude, ni llorar podía, ya no sentía dolor, me dejé ir, todo era oscuro.
Todo era silencio.
( Continuará... )
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