lunes, 5 de junio de 2017

Mi primito - Capítulo 8 ''Noche salvaje''

Capítulo 8 ''Noche salvaje''

Mi primo y su novio me convencen para llevarme a un garito gay de la zona, un mundo nuevo se descubre ante mi, chicos sin camisetas, besos, caricias, y un chico negro me quiere follar, ¿me dejaré al final? ¿sucumbiré?

Los días pasaron como hojas arrastradas por el viento, Celia volvió a clase justo cuando la culpa ya me pesaba como una piedra en el pecho, me cruzaba con ella en los pasillos, pero no me miraba, era como si me hubieran borrado de su vida con una sola línea.

Me estaba terminando un café recalentado de la máquina cuando la vi acercarse, Celia, con el abrigo beige y el rostro más serio de lo que recordaba, no había rabia en su cara, solo…, distancia, dolor seco.

Tenemos que hablar. —dijo sin más.

Asentí y la seguí hasta un rincón del patio, cerca de los árboles, donde nadie nos oyera.

No quiero seguir contigo. —soltó, directo, sin adornos—. No puedo, me has hecho daño, Kyle. Te quise dar otra oportunidad, pero veo que esto no va a ninguna parte, lo que antes era amor es resentimiento.

Bajé la mirada, sentí como si cada palabra cortara un poco más.

Lo sé, lo merezco —respondí—. Pero hay algo que tengo que decirte, y no es excusa…, solo la verdad.

Ella no dijo nada, pero esperó.

Soy gay… —dije, por fin, así, sin rodeos, como debía haberlo dicho antes—. No me atrevía a decirlo, ni a mí mismo y mucho menos a ti, no quería hacerte daño, pero terminé haciéndolo peor.

Celia me miró, con los ojos grandes, brillantes, pero no lloró, ni se alteró, solo respiró hondo.

Espera, ¿qué? Entonces, los cuernos, fueron…, ¿con otro chico? —dijo al fin, con la voz baja—. Yo…, ahora lo comprendo todo…

Lo siento. —repetí, sintiendo el alma encogida.

Ella apartó la vista, se cruzó de brazos, temblando un poco, no sé si por el frío o por contenerse.

Mira, ya me da igual que seas hetero o gay. —dijo—. Pero no quiero que formes parte de mi vida ahora, necesito distancia, curarme sola.

Asentí, no podía pedirle más, ni menos, lo entendía.

Gracias por ser sincera. —logré decir.

Ella se giró, se alejó y con cada paso que daba, algo dentro de mí se rompía un poco más, no porque la quisiera como antes, sino por lo que habíamos compartido, por lo que fue, y por lo que nunca sería.

Los días siguientes fueron grises, me movía por los pasillos del instituto como un fantasma con mochila, Mike intentaba animarme, pero yo no tenía fuerzas ni para sonreír.

Me dolía el pecho, me dolía todo, no por haber perdido a Celia, sino por todo el cúmulo de cosas, incluso Dylan me esquivaba, me hacía sentir mal, una de las veces nos chocamos y salió corriendo, no comprendía nada, ¿Qué hice mal?

Entonces, un viernes por la tarde, Erik entró en mi cuarto sin avisar, Mason venía detrás, con una chaqueta de cuero y una sonrisa fácil.

Mason me caía bien a pesar de haberme robado a mi primo, es un chico negro, de cabello oscuro y ojos negros, era un poco más alto que nosotros y mayor de edad.

Vamos a salir. —dijo Erik—. Hay un sitio que quiero enseñarte.

Paso, no tengo ganas.

No te estamos preguntando. —añadió Mason con una media sonrisa—. Solo te decimos que vengas, acompañarnos, nada más.

Me giré en la silla, los miré, Erik tenía esa mirada que conocía bien, la que usaba cuando quería ayudar, pero no sabía cómo.

¿Dónde?

Un garito, ambiente tranquilo, buena música, nadie te va a juzgar por mirar a quien te gusta.

¿Un garito gay? No gracias, además, somos menores… —dije.

Mason no, y conoce al dueño del local, nos dejarán pasar. —dijo mi primo.

Yo flipaba con la propuesta.

No voy a ligar. —respondí.

Nadie dijo eso. —respondió Erik—. Solo queremos que veas que no estás solo.

Suspiré, lo último que me apetecía era estar rodeado de desconocidos fingiendo pasarlo bien, pero algo en su tono…, algo en cómo Mason me miró, sin presión, como si entendiera el lodo en el que estaba atrapado, me hizo asentir.

Solo voy a acompañaros, estoy un rato y me piro.

Perfecto. —dijo Mason, ya saliendo—. Es todo lo que necesitamos.

Me levanté, cogí una chaqueta, y salí detrás de ellos, Erik me metió unos preservativos en el bolsillo de mis vaqueros.

¿Qué coño? —pregunté intentando evitarlo.

Ey, nunca se sabe. —me dijo guiñándome un ojo y sacando su lengua.

Se adelantó y miré los preservativos negando con la cabeza, el aire frío de diciembre me golpeó en la cara como un aviso, algo iba a cambiar esa noche.

El garito no tenía nombre en la puerta, solo una luz de neón rojo y azul temblando sobre el umbral, Mason se adelantó, saludó al portero, un tipo cuadrado con mirada aburrida.

Mason, ya sabes las reglas, mayores de edad tío. —dijo el portero.

Mason se le inclinó, le dijo algo y le pasó discretamente unos billetes, éste apenas pestañeó antes de apartarse y dejarnos entrar.

¿Siempre es así? —le susurré a Erik.

Con Mason, todo es así. —me respondió con una sonrisa ladeada.

Dentro, el ambiente era otra cosa, un mundo completamente distinto, el aire estaba cargado, húmedo, con olor a sudor, colonia fuerte y neón.

La música vibraba en los huesos, grave y constante, como un segundo pulso, casi todos los chicos estaban sin camiseta, mojados por el agua que a veces echaban desde arriba con mangueras.

Chicos bailando apretados, otros bebiendo, riendo, besándose sin pudor, piel brillante bajo las luces moradas y verdes que parpadeaban desde el techo.

Sentí que me había colado en otro planeta, era como un mundo que desconocía, me sentía libre, sin miedos, que podía hacer lo que quisiera sin que nadie me juzgara, fuimos directos a la barra.

Erik y Mason pidieron algo fuerte, Yo pedí un zumo de naranja, con hielo.

¿Seguro que no quieres algo más fuerte? —preguntó Mason.

Con esto voy bien. —respondí, intentando parecer más tranquilo de lo que me sentía.

Ellos se miraron, se sonrieron, y se fueron a la pista, los vi perderse entre los cuerpos en movimiento, sus siluetas tragadas por la marea de música y carne.

Erik y Mason se comían la boca ahí mismo, después, un chico se les unió y se besaban entre los tres mientras se tocaban, yo, alucinando, me giré, no podía seguir viendo, además, me puse caliente.

Me quedé solo en la barra intentando no mirar, bebiendo a sorbos mi zumo, intentando entender si me sentía fuera de lugar o simplemente fuera de mí mismo.

¿Un zumo? —dijo una voz cerca de mi oído, con una carcajada ligera—. Eso es adorable.

Me giré, un chico alto, negro, con el torso desnudo y reluciente de sudor me sonreía, tenía los ojos brillantes, los labios gruesos y una confianza que me desarmó en dos segundos, tendría unos veinte años.

No bebo alcohol. —respondí, encogiéndome de hombros.

¿Eres menor? Joder, qué fácil se cuelan, ya decía yo, eres demasiado bajito y joven. —dijo—. ¿Bailas?

Negué con la cabeza al principio, pero él extendió la mano, insistió con una sonrisa tan segura, tan sin esfuerzo, que me sentí idiota rechazándole.

Asentí, con cierta timidez, y lo seguí, la música me golpeó el pecho cuando pisamos la pista, él se movía fácil, como si la música saliera de su propio cuerpo.

Yo…, bueno, no tanto, pero me dejé llevar, sintiendo cómo el ritmo me ayudaba a soltar la tensión, miré buscando a mi primo y Mason, pero no los veía.

En algún momento, él se acercó, mucho, me rozó el cuello con los labios, estaba empapado, caliente, su piel resbalaba al tocar la mía, me susurró algo al oído que no entendí bien, algo sobre estar solo, sobre tener buena vibra.

Y luego, sin preguntar, me tomó de la mano y me llevó a una zona más oscura, más apartada, no protesté, estaba mareado, la música seguía golpeando como un tambor lejano.

En ese rincón, el aire era aún más espeso, apenas se oía la pista, solo nuestros pasos sobre el suelo pegajoso.

Y entonces me besó.

Fue rápido, con fuerza, su lengua entró en mi boca sin pedir permiso, me apretó contra la pared con una mano en la cintura, la otra bajando sin pausa, me tocó por encima del pantalón, su cuerpo, caliente y mojado, presionaba el mío, todo fue tan rápido, tan agresivo, que me congelé.

Espera, para… —dije.

Él no me escuchó, pensó que era parte del juego, le empujé el pecho.

He dicho que pares…

Se detuvo al fin, me miró, confundido, algo molesto.

Vale, tranquilo. —dijo, levantando las manos—. Solo estabas bailando conmigo.

Sí…, bailando —dije, con la voz tensa—. ¿Y por qué estamos aquí?

Se me acercó de nuevo y me comió la boca, su lengua se volvió a introducir y me quitó la camiseta tirándola al suelo, me comenzó a lamer el pecho y fue bajando, me bajó los vaqueros de golpe sin desabrochar y comenzó a chupármela.

No pude ni negarme, fue todo tan rápido, yo, extasiado y algo mareado, me dejé hacer, su boca succionaba mi punta, mi polla, que me mide catorce centímetros, toda dentro de su boca, sin circuncidar, él succionaba y lamía como un profesional.

Se levantó y me volvió a comer la boca.

Quiero follarte.

Metí mi mano en el bolsillo y saqué los preservativos, sonrió y cogió uno, lo rompió con la boca y me giró, allí, delante de todos, aunque estuviésemos apartados, algunos podrían vernos.

Me daba igual, necesita esto.

El chico negro escupió en mi ano y deslizó su polla dentro de mí, podía sentir el plástico frío en mi ano, su polla era bastante más grande que las que había probado hasta ahora, nunca pude medirla, pero de dieciocho o diecinueve centímetros no bajaba, y gruesa.

Me la clavó y me tapó la boca al pegar un grito, comenzó a bombearme el culo con fuerza, yo, intenté resistir, me apoyé en la pared como pude con mis dos manos, el chaval negro siguió follándome con fuerza, estaba ido, mi cuerpo se movía como si fuera de goma.

Estaba a punto de correrme cuando veo a Erik y Mason venir hacia nosotros, mirando como me follaban.

Avergonzado intenté mirar a otro lado e incluso quitar al chaval, pero no me dejaba, siguió follándome, ante la mirada de mi primo y su novio.

Era humillante, y en ese instante sentí como el chico me la clavaba hasta lo más dentro y se corría, por desgracia no sentí su leche dentro, pero sí noté las convulsiones y me corrí sin tocarme, mis ojos lagrimosos miraban las caras de mi primo y su novio, atónitos, esperando a que acabásemos.

El chico la sacó y se subió la ropa, me dió una nalgada y se fue con una sonrisa.

Yo, avergonzado y tras irse mi excitación, me subí la ropa corriendo, busqué mi camiseta, pero no la encontré.

Me acerqué a mi primo avergonzado y sin mirarle a la cara, le dije que nos fuésemos, y lo hicimos.

La noche se sentía más fría cuando salimos del garito, como si todo el sudor y el humo de dentro se hubieran evaporado de golpe, el aire me golpeó el pecho descubierto como una bofetada.

No encontraba mi camiseta por ninguna parte, la había dejado en algún rincón, o alguien la había cogido, no lo sabía, no me importaba, solo quería irme.

Erik me tendió su chaqueta en silencio, la acepté sin mirarlo a los ojos.

Caminamos los tres por la acera húmeda, bajo faroles que parpadeaban como si también estuvieran cansados de existir, Mason iba en medio, con las manos en los bolsillos, serio, atento.

Erik me echaba miradas de reojo, como si estuviera esperando que hablara, no dije nada.

Primo, no pasa nada, eh. —dijo Erik, finalmente, sin rodeos.

Mi estómago se encogió.

No sé de qué hablas. —murmuré.

No estamos juzgándote. —añadió Mason, con calma—. Oye, vida solo hay una, mientras te protejas, eres libre de hacer lo que quieras, no haces daño a nadie.

Tal vez me echaron algo en la bebida. —solté sin pensar, como quien lanza una cuerda para no hundirse.

Erik se detuvo en seco, me miró con esa mezcla de hermano mayor, primo, y figura que sabe que estás mintiendo.

Kyle, pediste un zumo, literalmente, lo vimos, el vaso no se movió de la barra.

Me apreté la chaqueta contra el cuerpo y seguí caminando.

Ya sé, ya sé, déjalo. —dije a regañadientes.

¿Entonces? —preguntó Mason, suave.

Suspiré, el frío me dolía en los huesos, pero era la vergüenza la que pesaba más.

No fue culpa de él, el chico, fui yo, accedí, bailé, nos besamos, me dejé llevar y cuando me di cuenta, fue demasiado tarde…

Bueno, pero… ¿Te gustó? —preguntó mi primo.

Seguimos caminando y se hizo el silencio, pensé en todo lo vivido esa noche, lo necesitaba, me quité un peso de encima, aunque ahora me empezaba a doler el culo.

Sí…, supongo… —confesé.

Eso está bien —dijo Erik.

¿Sí? Porque no se siente así, me siento... sucio, ridículo, me vi desde fuera y…, no me gusté.

Pero no hay nada de malo. —dijo Mason—. Siempre que tú quieras hacerlo, ¿cuál es el problema? Deja de pensar en los demás, que nadie te juzgue tío.

Guardamos silencio un rato, los pasos contra la acera fueron el único sonido, empecé a sentir calor bajo la chaqueta prestada, y no era físico.

Era algo nuevo, como si me estuviera despegando capas viejas de mí mismo, y debajo hubiese algo más verdadero, más real.

Soy gay. —dije, sin mirar a ninguno de los dos—. Lo soy, y…, me gusta serlo, aunque aún me asuste.

Erik me sonrió, no fue una sonrisa de celebración, fue una sonrisa de alivio, de hermano, de quien lleva tiempo esperando oír eso.

Bienvenido al lado oscuro, primo. —dijo.

Reí, apenas, Mason me palmeó el hombro, sin decir nada más.

Llegamos a casa en silencio, entré sin encender las luces, subí a mi cuarto, cerré la puerta, y me dejé caer sobre la cama sin quitarme la ropa.

Miré al techo, el eco de la música seguía dentro de mi cabeza, pero más tenue, como si se estuviera apagando, pensé en Erik, en Mason, en el chico negro del garito, ni su nombre sabía.

Y pensé en Dylan, en su mirada confundida, en el beso que fue dulce y extraño.

En su dolor, en su rabia y en algo más, algo que no quería admitir, pero que ya no podía negar, sentía algo por él.

No sabía el qué, ni cuánto, ni si estaba bien, solo sabía que, entre todo el ruido, su recuerdo era lo que más volvía, lo que más dolía., lo que más quería entender, cerré los ojos, el mundo giraba lento, necesitaba hablar con Dylan, y esta vez, no iba a huir.

Los días empezaron a hacerse más cortos, el frío se colaba por los huecos del edificio del instituto, y yo seguía arrastrando los pensamientos como hojas secas pegadas a los zapatos.

Dylan no me respondía los mensajes, Erik y Mason seguían pendientes de mí, pero yo evitaba las conversaciones profundas, tenía la cabeza llena y el corazón atascado.

Entonces apareció Fran, nuestro profe de matemáticas, tan simpático como siempre, algo torpe al escribir en la pizarra pero con una paciencia infinita.

Me interceptó en el pasillo, cerca de los baños.

Kyle, ¿tienes un momento?

Asentí.

Nos ha vuelto a fallar la niñera y no puedo dejar a Tommy solo en casa. —dijo, con el gesto preocupado—. Sé que tú conectas bien con él…, y él te admira.

Lo pensé un segundo, era raro decirle que no al tipo que me había ayudado a no repetir curso el año pasado, además, me apetecía ver al crío.

Tommy había pasado por un infierno con el bullying y, de algún modo, habíamos creado un pequeño lazo tras ayudarle.

Claro, profesor. —le dije—. Cuente con ello.

La casa de Fran olía a detergente, a hogar tranquilo, Tommy me recibió con una sonrisa tímida, las mejillas encendidas y una camiseta de Yoshi demasiado grande.

¿Tienes tiempo para unas partidas? —me preguntó, como si lo dudara.

Solo si estás preparado para perder. —le respondí, dejando la mochila a un lado.

Jugamos al Mario Kart durante casi una hora, risas, piques sanos, gritos de frustración cuando nos lanzábamos caparazones rojos, lo vi reír de verdad, sin miedo, sin ese peso en los hombros que traía la última vez que hablamos de lo que le hacían a él y a su amiga.

Después, nos tiramos en el sofá y pusimos la película nueva de Mario, él se acomodó con una manta y yo con un refresco, no la había visto, y me sorprendí a mí mismo riendo con algunas escenas tontas, él ya la había visto cinco veces, me hacía bien estar ahí.

Sin preguntas, sin juicios, sólo dos personas compartiendo una noche sin monstruos, al terminar, Fran había dejado una caja de pizza en la encimera.

Tommy se sirvió dos porciones y yo otras dos, se sentó en la mesa, cruzando las piernas en la silla como si fuera un adulto en miniatura.

Kyle… —dijo, mientras masticaba—. ¿Puedo preguntarte algo?

Claro, dispara.

Hay una niña en mi clase que me gusta, tiene trenzas y sabe hacer dibujos chulísimos de dragones.

Sonreí.

¿Y qué pasa con ella?

Pues… no sé cómo decírselo, no quiero que se ría, o que se lo diga a todos, no quiero que me vuelvan a llamar rarito.

Me quedé en silencio unos segundos, era más que una confesión infantil, venía con cicatrices detrás.

Tommy…, cuando te gusta alguien, es normal tener miedo, pero si esa persona se ríe o te hace sentir mal, entonces no vale la pena tenerla cerca, ¿sabes?

Él asintió, serio.

Pero si te hace sentir bien, aunque solo sea sonriéndote en clase o compartiendo los lápices…, entonces puede valer la pena arriesgarse un poquito, solo un poquito, lo justo para saber si le caes bien también.

Tommy se quedó pensativo, mirando su porción de pizza como si escondiera un oráculo.

¿Tú te has enamorado alguna vez? —preguntó de pronto.

Tragué saliva, me pilló desprevenido.

Sí, eso creo, un par de veces, no fue fácil, pero me ayudó a saber quién soy.

Él no preguntó más, solo asintió, como si entendiera que no hacía falta decirlo todo de golpe.

¿Qué consejo me das? —preguntó mientras masticaba un trozo de pizza.

Le miré con seriedad.

Nunca le mientas, siempre dile lo que sientes, siempre confía en ella, siempre Tommy, nunca la engañes, hazla reír, hazla sentir segura, que nunca dude de tí, no cometas el error de mentir u ocultar algo, nunca, hazme caso, siempre ve de frente.

Tommy asintió con la cabeza.

Terminamos de cenar en silencio, esa noche, me fui de casa de Fran con una sensación nueva, no de confusión, ni de miedo, sino de realidad.

Me di cuenta de algo, Tommy hizo obligado cosas con otros chicos, pero eso no le hizo volverse gay, le gustaba una chica de su clase, así que mi primo no me influyó en mi orientación, sino que despertó algo que ya tenía latente dentro de mí.

Y mientras caminaba bajo las luces tenues de diciembre, pensé en Dylan otra vez, en lo que callaba, en lo que yo sentía, y supe que no podía seguir esperando, al día siguiente, iba a buscarlo.

Además, se acercaba el baile de fin de año, y tenía clara una cosa, quería ir con él, con Dylan.

( Continuará... )

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